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30 DE NOVIEMBRE

Día Nacional del Teatro

Argentores se suma a la celebración del Día Nacional del Teatro y felicita en su día a todos aquellos que forman parte de esta invalorable expresión de nuestra cultura, y muy especialmente a nuestras autoras y autores.

El Día Nacional del Teatro se celebra para recordar la inauguración del Teatro de la Ranchería el 30 de noviembre de 1783, en la intersección de las actuales calles Alsina y Perú, el primer espacio donde se representaron piezas dramáticas en el Buenos Aires colonial.

Laura Mogliani rememora los inicios del Teatro de La Ranchería, conocido también como Casa de Comedias: «Durante el período colonial, el teatro se desarrolló en Buenos Aires de forma discontinua e intermitente. Buenos Aires careció de un edificio teatral estable. Las manifestaciones teatrales se asociaban a los ámbitos religioso y político».

La ciudad tuvo un vertiginoso crecimiento al designarse capital del Río de la Plata, y surgió un gran público para las diferentes manifestaciones artísticas y culturales.

El emplazamiento del teatro se haría en el patio de la Ranchería (lugar que los jesuitas destinaban para alojamiento de los negros), que dio origen a su nombre.

El 16 de agosto de 1792, durante la celebración de fiestas patronales, un cohete, disparado desde el atrio de la iglesia de San Juan Bautista, impactó sobre el techo de paja del galpón. La sala ardió por completo llevándose entre otras obras, el primer manuscrito de Siripo, la obra de Manuel José de Lavardén y toda la historia de nuestro primer teatro.

Con motivo de esta nueva conmemoración del Día Nacional del Teatro, publicamos a continuación un artículo escrito por el autor Luis Sáez.


¿Qué significa para un dramaturgo el día del teatro?

Por Luis Sáez *

¿Qué significa para un dramaturgo el día del teatro? No sé. Supongo que un montón de cosas inefables, y otras que tienen nombre y fecha de nacimiento, pero también de caducidad. Recuerdos, que le dicen. Sí, aprovecho el día del teatro para recordar a personas y a personajes que ya no están, pero que pasaron por mi vida y dejaron en mí su huella. Como esos libros llenos de marcas de las lecturas que nos precedieron. Pedazos de memoria que nos confirman como seres que andan por la vida. Porque eso también, o especialmente, se lo debo al teatro: debe ser una de las prácticas de la memoria que más me ayudaron a comprenderla y a valorarla. Y porque seguramente el teatro debe ser, entre muchas otras cosas, una de las formas de reservorio de memoria más ricas y profundas descubiertas por la especie humana. A través del teatro de todos los tiempos, es posible reunirnos con pedazos de vida que la historia, digamos oficial, en su afán por objetivar fechas y batallas, empezó por descuidar para terminar descartando. Peor para ella, pienso, se lo perdió. Pero no es sólo eso, el tal teatro. Es también deseos, esperanzas, privilegios que se atesoran en los pliegues secretos del alma, abrigando alguna solitaria certeza, nacida a la sombra de dudas que nos hicieron, con suerte, un poco menos peores.

Lo cierto es que llevo años escribiendo teatro. Cediendo una y otra vez a la tentación de trazar palotes que, leídos de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha configuran patrañas, fastuosas mentiras cuyo último y paradojal objetivo no es otro que una aproximación a la verdad, así, con minúscula.

Debo al teatro, por algunos llamado independiente, a sus ensayos persistentes, a sus sueños de cartón pintado, a sus ilusiones de cielos coloreados a la cal, el ejercicio de una de las formas cada vez más inusuales y puras de la solidaridad. Porque solo gracias a una voluntad solidaria y desinteresada es posible poner en marcha un proyecto que insumirá dinero, esfuerzo, sinsabores varios y acaso unas pocas, (y a menudo inciertas) gratificaciones, más allá de la alegría de animar ese sueño loco y vital.

Tuve la suerte de debutar como autor en la última edición de Teatro Abierto, aquel emblemático ciclo bisagra en la historia de nuestra cultura, en 1985. Desde entonces, no he dejado se sentarme a garabatear, casi todas las noches de mi vida, borradores de historias gestadas y paridas para que otros las disfruten o condenen. A lo largo y ancho de ese intenso devenir, a mis obras (y a mí, por extensión) nos ocurrió un poco de todo: desde los reconocimientos acaso exagerados, hasta las críticas más despiadadas, pasando por la magia única de ver a mis criaturas encarnadas por elencos y en escenarios donde jamás imaginé que llegarían a montarse. Pero fue gracias a (o por culpa de) esas peripecias que mi relación con el teatro (llamémosla, acaso pomposamente, “amor”) se fue afianzando y enriqueciendo, hasta convertirse, la mágica herramienta, en mi otra voz, aquella que expresa lo que de otro modo no sé o no me animo a decir.

Por éstas u otras razones y sin-razones, aprovecho cada día del teatro para celebrar su existencia, tan unida a la mía. Eso sí, lo celebro a mi manera: como cualquier otro día de la vida, es decir, como una oportunidad única. A diferencia de Borges —y con las distancias del caso— siento que nos unen no sólo el amor; también el espanto, y otras cosas que le sobran a la palabra. Por eso, cuando alguien me pregunta qué es el teatro para mí, me quedo mirándolo. Habrá quien interprete esta reacción como un gesto de burla, o de evasión. Incluso de soberbia. Pero no hay nada de eso. La verdad es muy otra: cuando me quedo mirando a quien me formula esa pregunta tan compleja en su aparente sencillez, inevitablemente me asalta esta certeza: mucho mejor y placentero que preguntarnos qué es el teatro, es zambullirnos de cuerpo y alma en sus brazos y pedir a Dionisio la gracia de su magia sanadora. Por algo será que Dios y Dionisio suenan tan parecido. ¡Feliz día!

* Autor e integrante del Consejo Asesor de Nuevas Tecnologías de Argentores


30 de noviembre de 2021

30 / Nov / 2022