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27 de marzo

Día Mundial Del Teatro

«Habría que cerrar los teatros por un año, y ver si la gente
nota la diferencia, y si no, el teatro no está cumpliendo su misión»
(Heiner Müller)

A instancias de la Unesco, el Instituto Internacional de Teatro (ITI) estableció el 27 de marzo como Día Mundial del Teatro. El festejo, iniciado en 1962, correspondía a las intenciones de reconstrucción de la Europa de posguerra, aunque con un afán acaso excesivo, y con mucho de gesto imperial, se involucró en el asunto a todo el planeta.

Desde entonces el ITI estimula la celebración de actos en todos los países (aquí tuvieron lugar en el Cervantes), y pide a un caracterizado teatrista del mundo que redacte un mensaje anual con sus reflexiones acerca de la actividad escénica y su incidencia en el terreno de la cultura. La larga lista de cargados con el mandato, muy larga, contiene la presencia de un solo argentino: Jorge Lavelli.

Suponemos que este año, como nunca, el elegido deberá pensar qué cavilar en medio de la pandemia del coronavirus que, entre otras consecuencias, ha provocado el cierre de (casi) todos los teatros del mundo. Ningún oferente se había encontrado ante semejante compromiso; sin duda que el primero, Jean Cocteau, pudo eludir con elegancia los daños de otra catástrofe, la Segunda Guerra Mundial, de efectos ya muy atenuados cuando se sentó a redactar, en 1962.

Sin ningún ánimo de “dar letra”, sería posible encarar esa tarea con la ineludible certeza de que la “peste” (así, la “peste negra”, identificación más contundente y feroz que epidemia o pandemia) fue compañera de la escena durante mucho de su trayecto. Del brazo atravesaron el Renacimiento, momento en que para muchos el teatro nació de nuevo, y mientras uno producía muchas de sus más grandes obras, el otro, la peste, afectaba a Europa en 1564, 1593, 1603, 1623 y 1665. La última, de 1665, mató a más de la mitad de la población de Londres, ese Londres que ya había dejado de habitar un tal William Shakespeare, muerto en 1616, pero con seguridad víctima de los anteriores flagelos. Se dice que, aprovechador, ocupó una de las cuarentenas en redactar nada menos que Rey Lear y Macbeth.

De este modo Shakespeare, que no escribía para la publicación y la lectura silenciosa, se aprovisionó de precioso material (bendición para los autores, que podemos escribir en casa), mientras vaya a saberse qué comía, en esos tiempos en que las cuarentenas eran cuarentenas de hasta dos años, porque Shakespeare era actor y empresario y de eso vivía, de los favores económicos de los espectadores que se encontraban con The Globe clausurado (dato: los teatros ingleses debían cesar cuando se registraban cuarenta muertos de peste por semana).

Claro que pasaron cuatro siglos y estos tiempos de coronavirus son distintos (¿hasta dónde?). Por lo menos lo son para señalar que nuestro teatro, el teatro argentino, hoy forma parte de ese universo que, según el ITI, debe festejar el 27 de marzo. Ahora puede apelarse, para citar la calamidad, al uso del vocablo científico, pandemia, ignorando el inquietante de peste, pero las consecuencias son las mismas: espectadores recluidos en casa; teatros cerrados; teatristas, actores y actrices rebuscando monedas en los bolsillos casi vacíos o vacíos del todo; y autores y autoras también tan pobres, sin poder cobrar derechos pero con el favor de rejuntar apuntes, terminar borradores o, acaso, iniciar una obra nueva.

Todos los teatristas estamos a la espera de que pase la desgracia y los teatros se abran. Entonces nos enteraremos de que modo nuestro público de Buenos Aires, tan teatrero, responderá al desafío de Heiner Müller. Ojalá manifieste que se notó la diferencia y que mucho pero mucho se lo ha extrañado. Creemos en eso.

Roberto Perinelli
Presidente del Consejo Profesional
de Teatro de Argentores


Mensaje del Día Mundial del Teatro 2020

Una de las acciones más importantes en este día es la circulación del “Mensaje para el Día Mundial Del Teatro”, a través del cual, por invitación del ITI, una figura de talla mundial comparte sus reflexiones sobre el tema Teatro y Cultura de Paz. Este año, la reflexión está a cargo de Shahid Nadeem -foto-, galardonado periodista paquistaní, dramaturgo, guionista, director de teatro y televisión, como así también activista de derechos humanos.

El teatro como santuario *

Al final de una representación de la obra de teatro de Ajoka sobre el poeta sufí Bulleh Shah, un anciano, acompañado por un niño, se acercó hasta el actor que había interpretado el papel del gran sufí, “Mi nieto no se encuentra bien, ¿podría bendecirlo? dijo, El actor se sorprendió y contesto: «No soy Bulleh Shah, solo soy un actor que interpreta el papel». El anciano entonces contesto: «Hijo, no eres un actor, eres una reencarnación de Bulleh Shah, su Avatar».

De repente, se nos ocurrió un concepto completamente nuevo de teatro, donde el actor se convierte en la reencarnación del personaje que interpreta. Explorar historias como la de Bulleh Shah, historias como esta existen en todas las culturas y pueden convertirse en un puente entre nosotros los creadores de teatro, una audiencia desconocida pero entusiasta.

Mientras actuamos en el escenario, a veces nos dejamos llevar por nuestra filosofía del teatro, en nuestro papel como precursores del cambio social a veces dejamos atrás a gran parte de la comunidad.

En nuestro compromiso con los desafíos del presente, nos privamos de las posibilidades de una experiencia espiritual profundamente conmovedora que el teatro puede proporcionar.

En el mundo de hoy donde la intolerancia, el odio y la violencia están en aumento, nuestro planeta se está hundiendo cada vez más en una catástrofe climática, necesitamos reponer nuestra fuerza espiritual.

Necesitamos luchar contra la apatía, el letargo, el pesimismo, la avaricia y el desprecio por el mundo en que vivimos, por el planeta en el que vivimos.

El teatro tiene un papel, un papel noble, debe dinamizar y hacer avanzar a la humanidad ayudarla a levantarse antes de que caiga en un abismo.

El teatro puede convertir el escenario en un templo, el espacio de actuación, en algo sagrado. En el sur de Asia, los artistas tocan con reverencia el piso del escenario antes de pisarlo, una antigua tradición en la que lo espiritual y lo cultural estaban entrelazados.

Es hora de recuperar esa relación simbiótica entre el artista y el público, el pasado y el futuro. Hacer teatro puede ser un acto sagrado y los actores pueden convertirse en los avatares de los roles que desempeñan. El teatro tiene el potencial transformador de convertir la escena en un santuario y ese santuario en un espacio de actuación.

Shahid Nadeem


* Este texto es un extracto de una versión más extensa que se puede descargar cliqueando aquí.