Experiencia Migré, el homenaje de Argentores a un autor único

Con la presencia de grandes figuras de la historia de la televisión argentina, dirigentes de nuestra entidad e invitados especiales, se recordó a Alberto Migré a 20 años de muerte

A veinte años de su fallecimiento, Argentores realizó el martes 10 de marzo en Espacio Encuentro un emotivo encuentro para celebrar y revisitar la obra y la figura de Alberto Migré, autor fundamental de la ficción argentina y Presidente en funciones de esta entidad al momento de su partida.

La conducción y moderación estuvo a cargo de Víctor Agú junto a la participación de Nora Cárpena -protagonista de algunas de las obras más recordadas de Migré – y la colaboración de Ivonne Fournery en la concepción de la bienvenida al encuentro.

El actor y cantante Francisco Pesqueira cantó algunas de las emblemáticas canciones que fueron cortina musical de las telenovelas escritas y dirigidas por el homenajeado. Y el actor Sebastián Pozzi interpretó el tango que fue cortina musical de “Rolando Rivas, taxista”.

Una nutrida platea, siguió atentamente las alternativas del encuentro. Figuras de la talla de Claudio García Satur, Soledad Silveyra, Arturo Puig, Marilina Ross, Thelma Biral, Germán Krauss, Carolina Papaleo, Dorys del Valle, Fernanda Mistral, Paola Papini o María Ibarreta, entre otras, -quienes formaron parte de elencos de obras escritas por el autor-, y personalidades del medio, como la productora Mirta Romay, se dieron cita en Espacio Encuentro.

Autoridades de la institución, como Miguel Ángel Diani, su presidente; Sergio Vainman, Vicepresidente 1° y Guillermo Hardwick, Secretario, entre otros, también estuvieron en la reunión.

Lejos de un homenaje nostálgico, Experiencia Migré -tal el nombre de la jornada- propuso un recorrido vivo por su legado: su palabra, sus personajes inolvidables, la música de sus historias, lecturas de textos, materiales de archivo y testimonios de actrices, actores y músicos que formaron parte de su universo creativo.

Fue un encuentro para emocionarnos, reflexionar y poner en valor una obra que sigue dialogando con el presente, reafirmando a Argentores como casa de los autores y guardiana de su memoria viva.


Las palabras de Ivonne Fournery en la apertura del acto

Ivonne Fournery

¡Buena vida! ¿Qué mejores dos palabras para abrir la celebración de estas dos décadas?

Porque si toda celebración es un viaje, haremos este viaje sobre una alfombra mágica.
Y tendrá al timón al mago del vuelo.

Él.
El autor.
El orfebre del diálogo.
El arquitecto de la emoción.
El retratista de lo humano.
El que escuchaba lo que otros pasaban por alto.
El que no le tuvo miedo a la ternura.
El que hizo de la ironía un modo elegante de decir la verdad.

A partir del momento en que las voces de este encuentro se enciendan, vamos a hacer una ronda, tomados de la mano de la imaginación.

Y al hacerla, vamos a comprobar que —en distintos lugares de nuestro corazón y con diferentes lenguajes— todos, absolutamente todos, lo llevamos con nosotros.

Los que hablen, lo recuerden y lo canten, aquí y ahora.
Los que se conmuevan sentados o de pie.
Los que hayan reído o llorado.
Los que hayan hecho preguntas y hayan despertado respuestas.
Los que se hayan visto reflejados en sus personajes.
Los militantes del amor, ahora que la esperanza es empujada al pozo ciego de la grosería.

Porque su obra no envejece. Viaja de un corazón a otro, y sigue latiendo.
Y cuando digo “su obra” no me refiero sólo al autor.

Cuando Alberto Migré tomó la presidencia de esta casa, supo leer el pulso de la institución como quien escucha un texto vivo, y dejó algo más hondo que una gestión. Dejó una forma.

Sus consignas tuvieron la contundencia de la lucidez.
Porque conducir también es cuidar el lenguaje de los actos.
Porque una decisión puede ser firme sin volverse estridente.
Y porque defender a los autores es, antes que nada, defender la dignidad de su trabajo.

El camino que abrió no quedó a sus espaldas. Sigue encendido en nuestra mesa, en nuestras discusiones, en cada resolución que tomamos.

Y esa responsabilidad ante el oficio es la que todavía nos orienta cada vez que esta institución debe elegir, entre lo complejo y lo justo, un camino que nos honre como creadores.

Hoy, los dirigentes de esta casa vestimos de fiesta las paredes del Encuentro para nombrarlo.

A él. Al poeta.
Al imaginero inagotable.
Y también al que tomó las riendas de Argentores en su momento más difícil,
porque supo poner en acción lo que pensaba,
y supo poner de acuerdo lo que sentía con lo que hacía.

Hace veinte años emprendió un vuelo único, misterioso, estelar.
Surcó un cielo que tenía las mismas estrellas que el de esta noche.
Porque hay nombres que el tiempo no borra: los vuelve constelación.

En el cielo de nuestra memoria, su nombre no se apaga: resplandece.

Y, contra la tradición que dice “veinte años no es nada”, nosotros sentimos que “veinte años lo son todo”.

Porque, ahora que estamos solos, vamos… hay que conseguir que un país se detenga por completo para ver un capítulo de una telenovela.

Lo que se diga ahora seguirá haciendo círculos en el agua, como pasa cada vez que una piedra sabe caer.
Es un buen augurio que custodiemos ese eco, y dejemos que se extienda.

No es ninguna novedad que su producción ha sido inmensa.
Y que sigue siéndolo, si nos tomamos el tiempo —y el trabajo— de leer sus infinitos subtextos: botellas al mar para quien sepa encontrarlas.

Antes de despedirme, quiero decirles en manos de quiénes los dejo.
Nora Cárpena… Una primera actriz en toda la dimensión de la palabra. Una artista de enorme talento, de gran sensibilidad y de una elegancia inconfundible. En un momento en que todo el país seguía con emoción la historia de amor de Rolando Rivas y Mónica, esta gran actriz asumió el desafío de incorporarse a una ficción que ya era parte del corazón de la gente. Y superó ese desafío como solo lo hacen las grandes: con verdad, con personalidad y con una presencia que dejó su propia huella.
Y Víctor Agú… Guionista, director y heredero artístico de Alberto Migré. Fue su colaborador cercano, su discípulo y uno de los grandes continuadores de su obra. Tomó su antorcha y supo cuidar la llama de su legado, mantener viva su sensibilidad y seguir llevando adelante esa manera tan profunda y tan nuestra de contar las emociones.
Dos personas profundamente unidas al universo de Alberto, y nadie mejor que ellos para volver a abrirnos la puerta de ese mundo entrañable, popular y eterno.

Los necesitamos, porque tal vez nunca notemos del todo qué era realidad y qué era ficción para Alberto Migré.
Porque nada sucedía sin pasar por su mirada atenta.
Porque nunca le dio la espalda a la realidad, con sus miserias y sus grandezas.

Mientras la ironía pueda decirlo todo sin pedir permiso al aplauso, la esperanza seguirá viva.
¡Gracias por eso… y buena vida, Alberto Migré!


Dos décadas sin Alberto Migré: A esta hora, por este mismo canal

Por Mirta Romay
Mirta Romay

Hubo un tiempo en que el amor tenía horario.

“A esta hora, por este mismo canal.” La frase no era solo una fórmula televisiva: era una forma de organizar el deseo. La telenovela proponía una experiencia que hoy parece casi arqueológica: la espera.

Esperábamos el próximo capítulo

Esperábamos el encuentro postergado.

Esperábamos el beso que sellaba la unión.

Aprendíamos que el amor se construía, que obtener lo que deseábamos era difícil, que había que atravesar obstáculos. Se sufría “de mentira”. No era la vida real, y sin embargo se entretejía con la propia. Lejos de desmotivar, esa demora era estimulante, incluso erotizante. La espera no era un defecto del sistema: era su arquitectura.

Descubríamos y vivíamos como propio el conflicto social —de clase, de origen, de poder— hasta su resolución. Los arquetipos ordenaban la experiencia: la niña huérfana tramitaba nuestra propia orfandad; la villana concentraba odios y resentimientos en una descarga simbólica e inofensiva. La telenovela no se consumía: se aguardaba.

Esa espera producía conversación social. Al día siguiente se comentaba en el trabajo, en la escuela, en la mesa familiar. La historia se volvía tejido colectivo. Más allá de cada ficción, la televisión de entonces sostenía una política cultural de producción nacional. “Un canal ciento por ciento argentino”, decía mi viejo. Mientras cierta inteligencia de época desestimaba el género como menor, los cuarenta o cincuenta puntos de rating mostraban que allí había algo que interpelaba profundamente.

Tampoco era menor el componente aspiracional. De canillita a campeón, de Rosa de Lejos convertida en una gran modista. La ficción sugería que nosotros también podíamos. Habilitaba imaginarios de movilidad, de progreso, de transformación.

El folletín del siglo XIX había inaugurado esa lógica: historias por entregas que fraccionaban el suspenso para construir comunidad. La televisión heredó esa estructura y la volvió doméstica. Entró en la casa y organizó el tiempo familiar.

Detrás de escena trabajaban autores formados en la práctica —Alberto Migré, Nené Cascallar, Celia Alcántara, Hugo Moser, entre otros— que moldearon una sensibilidad. La telenovela no era solo entretenimiento: era un dispositivo simbólico que nos permitía ensayar la vida.

Era una industria popular, sí. Pero también una experiencia del deseo. El amor que proponía no era instantáneo. Era obstáculo, malentendido, sacrificio. Nada se resolvía en un clic.

Hoy el paradigma cambió.

Las plataformas prometen: “cuando quieras, donde quieras”. El capítulo siguiente no se aguarda: se activa. El suspenso se consume en maratón. Somos poderosos frente al control remoto y al on demand. El deseo ya no se dosifica: se satisface. La arquitectura cambia.

El cambio no es solo tecnológico. Es cultural.

La espera construía espesor. Permitía elaborar la emoción, compartirla, comentarla. Hoy el consumo es más individual y vertiginoso. La comunidad se fragmenta. El algoritmo reemplaza a la grilla.

Hoy casi no quedan experiencias de espera compartida. Tal vez el fútbol sea hoy uno de los espacios donde todavía persiste esa forma de espera compartida. El partido sucede en vivo, no se adelanta ni se maratonea. Se espera el domingo, se comenta el lunes. Y en un año mundialista, esa espera se intensifica: cada cuatro años la nación entera se reconoce en una camiseta y, al mismo tiempo, se sabe parte de una audiencia global que mira lo mismo. Millones observan en simultáneo y hablan de lo mismo. Allí todavía sobrevive una conversación social amplia que construye identidad. No es solo deporte: es uno de los pocos espacios donde el deseo sigue siendo colectivo.

No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar el presente. Las series contemporáneas han sofisticado la narrativa de maneras que la telenovela clásica no siempre exploró. Pero algo se transformó: la experiencia colectiva de la espera.

Tal vez no estamos perdiendo un género, sino una forma de experimentar el tiempo y el deseo.

La pregunta no es si volverán las telenovelas.

La pregunta es qué nos volverá a reunir en una identidad común.

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