Revista Florencio

EVOCACIONES. ARTHUR MILLER CUMPLIRÍA 105 AÑOS

Una voz distinta en el teatro del siglo XX

En la primera de estas dos notas, el periodista Rómulo Berruti destaca la importancia de la presencia teatral de Arthur Miller en el siglo XX. En la otra, el dramaturgo Roberto “Tito” Cossa recuerda el impacto emocional de haber visto a los 16 años La muerte de un viajante.

Arthur Miller

Había nacido un 17 de octubre de 1915, lo cual justifica el homenaje. Es cierto que un siglo es mucho tiempo y en el XX, junto a este gran dramaturgo norteamericano, brilla también como una gema única su compatriota Teneessee Williams. Y el último Bernard Shaw. Y Pinter, Anouilh, Ionesco, Beckett. Y Edward Albee o Elmer Rice o William Saroyan, también de su país. Tantos… Sin embargo, hay un elemento que justifica distinguirlo entre quienes escribieron teatro junto a él: su percepción de la injusticia social. Todas las obras de Arthur Miller apuntan a la denuncia y la piedad. Denuncia contra los excesos del capitalismo, piedad hacia sus víctimas. A veces, como en la colosal Muerte de un viajante, el mensaje es directo, es una trompada que hace trizas el sueño americano. Otras, como Las brujas de Salem, eligen la alegoría, en este caso para poner en la picota la caza de brujas del macartismo a principios de los 50, de la cual él mismo había sido víctima.  Acusado de simpatías comunistas por Elia Kazan, rehusó revelar los nombres de los miembros de un círculo literario sospechoso de tener vínculos con el Partido Comunista ante la Comisión de Actividades Antiamericanas en 1956, acogiéndose a la protección constitucional. A pesar de las presiones que sufrió (le fue retirado el pasaporte, no pudiendo viajar a Bruselas para asistir al estreno de una de sus obras), Miller no dio ningún nombre, declarando que, aunque había asistido a reuniones en 1947 y firmado algunos manifiestos, no era comunista. En mayo de 1957 se le declaró culpable de desacato al Congreso por haberse negado a revelar nombres de supuestos comunistas. Sin embargo, en agosto de 1958, el Tribunal de Apelación de los Estados Unidos anuló la sentencia, de forma que no tuvo que ingresar en la cárcel.

Arthur Miller en su estudio, en Roxbury, 1987 (Foto de Inge Morath, su tercera esposa)

Panorama desde el puente, una obra extraordinaria, utiliza las angustias de la inmigración ilegal para establecer los cánones de un dilema de conciencia. Estas tres columnas sostienen sin duda gran parte de la dramaturgia de Estados Unidos, porque además son tragedias modernas de una construcción perfecta. Solo Miller consiguió replantear el esquema griego partiendo de historias actuales y situaciones cotidianas. Allí donde otros se hubieran empantanado en el melodrama, él se empinó hacia la tragedia. Y, por si fuera poco, supo escribir su novela Focus, escasamente leída, que tiene un elevado rango humanista.

Buenos Aires, capital mundial del teatro, hizo todo Miller. Mejor o peor, pero a las ya mencionadas cabe agregar, entre otras, Todos eran mis hijos y Recuerdo de dos lunes. Tuvo, es cierto, un resbalón autobiográfico con Después de la caída, donde hace foco en su relación con Marilyn Monroe. No es una obra mala, pero se queda lejos de lo mejor. A los 89, este faro luminoso de la cultura occidental claudicó ante la neumonía y un viejo cáncer. Pero tendrá la suerte que solo disfrutan los autores teatrales: sus criaturas encarnarán una y otra vez y lo meterán a él mismo en el cuerpo de un actor. La calidad de su corpus literario le garantiza abundantes resurrecciones.

Rómulo Berruti


EL TESTIMONIO DE TITO COSSA

“Vi la obra a los 16 años, llevado por una tía muy querida, quien era la que me acercaba a las expresiones artísticas. Fue en el Teatro Nacional, el personaje de Loman estaba protagonizado por Narciso Ibáñez Menta y la pieza entonces se llamaba La muerte de unviajante y no Muerte de un viajante, como hoy se la conoce. Esa noche se produjo un hecho irrepetible, se me reveló una especie de epifanía, de descubrimiento casi existencial. Me impactó tanto que a los pocos días le pedí a un gran amigo, Alberto, que me acompañara para poder ver de nuevo la obra. Recuerdo que la boletería abría a las diez de la mañana.  Llegué un rato antes de las ocho y ya tenía tres personas delante. Y también que cuando me iba, la cola ya daba vuelta la calle Suipacha, tal su repercusión. Dos veces tuve mucho más tarde la oportunidad de dialogar con Miller. La primera fue cuando Oscar Ferrigno repuso la obra y se realizó una teleconferencia y varios autores tuvimos la oportunidad de hacerle algunas preguntas.  La segunda fue cuando el Banco Patricios lo trajo a Buenos Aires y unos veinte dramaturgos, entre los cuales, recuerdo, estaban Osvaldo Dragún y Aída Bortnik. La tragedia de Willy Loman, su desencanto, su derrumbe, la caída del sueño americano, de un país feliz, me impactaron. Como le pasó a tantos espectadores, en esa tragedia enorme entreví cosas de mi vida, de mi propia familia. Mi vida nunca más sería la misma después de haber asistido a esa función.”