Revista Florencio

GRACIELA MAGLIE Y SU PREMIO DE HONOR A LA TRAYECTORIA EN ARGENTORES

Una muchacha de Villa Urquiza

Es verano y me resulta más fácil evocar a Villa Urquiza porque todos los recuerdos que conservo de ese barrio, acumulados durante los años de adolescencia vividos allí, están impregnados por la misma luz que suele proceder de esa estación del calendario. Sé que esas reminiscencias son una selección arbitraria de la memoria, pero lo agradezco porque, sin ocultarme que en esos días hubo también momentos oscuros y angustiosos, es evidente que ella decidió quedarse con los mejores recuerdos y me los regala cada tanto en forma de imágenes presididas siempre por esa luminosidad. Entre esas imágenes está la de Graciela Maglie pasando por el frente de mi casa con el rostro levemente levantado hacia arriba y los ojos grandes mirando hacia adelante, en un gesto que, más que indiferencia por lo que pasaba a su alrededor, parecía manifestar el deseo enérgico de que nadie la interrumpiera en el firme camino hacia su objetivo. Identifico esa actitud como un rasgo de carácter que la orientó en su vida y en su profesión. El tránsito era por la calle Bárcena, donde vivíamos en la misma cuadra, ella más próxima a Echeverría y yo a Juramento. El nombre de esa calle se reemplazó mucho después por el de Barzana, verdadero apellido del jesuita del siglo XVI al que se había querido homenajear originariamente y una equivocación lo impidió. La abuela de Graciela, Felisa Nicolasa Laurenti, luego viuda de Silva, había sido una de las tempranas pobladoras de esa cuadra de Bárcena en Villa Urquiza, en la primera década del siglo XX.

Cuando nos conocimos con Graciela, la calle todavía se llamaba así y todos los recuerdos que atañen a esa época y a esa geografía mínima poblada de plátanos, pájaros e infinidad de amigos,  me vienen a la cabeza con el nombre de  Bárcena y lo respeto, sin canjearlo por otro, como si todavía existiera. Y de hecho existe, al menos en esos espejismos que procura la añoranza y que, de a ratos, detienen el tiempo para revelar que no solo impera el vacío detrás de nosotros, sino también cientos de historias entrañables que nutren nuestro sentido de la vida. Una de esas historias es la de mi amistad con Graciela y me tomé el atrevimiento de darle a esta nota-entrevista un tono personal, porque ya se había publicado poco antes un trabajo periodístico muy exhaustivo en la web de Argentores, por el mismo motivo que genera éstas líneas: haber recibido en 2020 el Premio de Honor a la Trayectoria, máximo galardón que otorga esa entidad y que ese año correspondió al cine, cuyo consejo profesional ella preside.

Un premio muy merecido por su fecundo recorrido como guionista de películas y series de televisión en las últimas décadas, pero sin duda también por su desempeño junto a las y los colegas que la acompañan en la tarea de defender los derechos de autor de sus pares en la institución. Este reconocimiento, propuesto por el presidente de Argentores, Miguel Angel Diani, y aprobado por unanimidad por toda la Junta Directiva, se añade a muchos otros que Graciela ha recibido a lo largo de su carrera, no solo por sus méritos profesionales, sino también por su coherencia y continuidad en la lucha por los derechos de la mujer, por su sentido de la justicia y su admirable constancia. Y como es cierto que todos comenzamos a vivir y a atesorar recuerdos desde los primeros años de vida y, somos en gran parte tributarios de muchas de las experiencias que atravesamos en ese tiempo, elegí para empezar esta nota pedirle a Graciela que nos contara algunos de sus recuerdos de aquella infancia y adolescencia en Villa Urquiza.

“Los más remotos -me contestó- están asociados a la casa de la abuela Felisa, en esa cuadra,  familiarmente nombrada como ‘la casa vieja’: una típica casa chorizo, con jardín delantero, la galería a lo largo de las habitaciones, luego un patio glorieta, después la cocina y  a continuación ‘los fondos’ que incluían gallinero, galpón, conejera, patio trasero. Estaba construida en dos lotes muy amplios y profundos, por lo que al costado de la casa se desplegaban numerosas plantas y árboles frutales de todo tipo y al final había dos altísimos granados. De uno colgaba una hamaca que nos disputábamos los primos y primas todos los domingos, en los cumpleaños y en las navidades, que pasábamos siempre allí. La verja de la casa era esa típica de alambre tejido ‘artístico’ y tras de la verja, al frente y de costado, un olivo que era muy añoso ya en mi infancia y que convocaba a una fila de vecinos los ‘sábados de gloria’, la fiesta religiosa en la que se bendecían en la iglesia ramos de olivos y que mi abuela entregaba a cada vecino por un ‘Dios la bendiga doña Felisa’ como retribución.”

Graciela reproduce esos días con la fidelidad y el detalle de quien los ha registrado con un cariño entrañable y con el claro fin de que no se borren nunca de su memoria: “De esos años guardo como un tesoro un afiche de 1905 promoviendo el loteo de terrenos en la zona, que mi abuela conservó y mi madre guardó celosamente. Para los chicos y chicas de la familia fue nuestro paraíso. Es inevitable que cuando nos juntamos, ya todos muy grandes, lo recordemos como el paraíso perdido. Los chicos comíamos en una mesa que nos armaban bajo ‘la glorieta’, que era una pérgola de glicinas arracimadas en el inicio del verano, y los mayores en el comedor que daba al frente, con mi abuela sentada en una cabecera y el tío Jose, en la otra. Jose -sin acento- era director de escuela, el hermano mayor de mi mamá, es decir, de los Silva. Eran los años de las primeras presidencias de Perón. Después de la raviolada casera regada en aquellos años con vino Nebiolo y Gamba di Pernice, el clima bucólico y armonioso reinante, inexorablemente se quebraba por peloteras de peleas políticas recurrentes: todos los domingos, todas las sobremesas, a lo largo de toda mi infancia.”

 “Curiosamente -añade-, los chicos, lejos de angustiarnos al escuchar esas discusiones feroces, fuimos desarrollando un gran sentido de la anticipación, alimentado por los primos mayores: mi hermano Roberto y mi prima Mimí, quienes milagrosamente habían nacido el mismo día y se presentaban como ‘primos mellizos de distinto padre’. Ellos nos anunciaban: ‘Ahora el tío Juan va a decir que Perón les dio el aguinaldo’…y Mimí: ‘Y mi papá (por Jose) le va a contestar que nadie le va a poner el escudito en la solapa’ o ‘Andá a estudiar historia…’. Así radicales, socialistas, peronistas, mujeres y varones, se trenzaban acalorados. Nunca descubrimos qué mecanismo los hacía parar en algún momento, supongo ahora que la intervención enérgica de la abuela, que tenía un fuerte carácter y al rato, se dividían en mesas de chinchón, las mujeres, y de truco, los hombres y disfrutaban del cafecito y algún licor. Los chicos nos fuimos forjando en esa grieta sin drama, más bien nos volvimos muy burlones a espaldas de los adultos, que supongo que es lo mismo que hacen ahora cuando no los vemos. Algunas veces el tío Juan, el más joven y el más peronista, todavía soltero entonces, se venía a nuestra mesa y nos ponía en el tocadiscos portátil un disco de moda. El más remoto que recuerdo es un boogie-boggie, que él nos enseñó a bailar, moviendo acompasadamente manos y pies hacia ambos costados. Los fines de mes –era ferroviario-, nos ponía en fila de mayores a menores y nos entregaba un billete flamante que iba bajando de monto según la edad, para la libreta de ahorro de los más grandes y el chanchito para los que todavía no íbamos a la escuela.”

A pesar de esas borrascas políticas, los cinco hermanos Silva, tres varones y dos mujeres, eran muy solidarios entre ellos y ninguna diferencia política podía separarlos. Y ese cariño que se tenían los hizo abrigar la idea de vivir en un mismo edificio. “Creo que fue mi mamá quien empezó a pergeñar la idea de tirar abajo la casa vieja y levantar un edificio con un departamento para cada hermano. Mi papá, que era egresado del Otto Krausse y tenía alguna experiencia en construcciones, hizo los planos y después la dirección de obra. Gracias al Banco Hipotecario, a la donación de la abuela del gran terreno de los frutales y algunos ahorros de los hermanos, la casa nueva, se hizo finalmente realidad. Mientras duró la obra, en el país fueron pasando hechos terribles: el bombardeo a Plaza de Mayo, los fusilamientos, la proscripción del peronismo… Nos  mudamos en l957 y al poco tiempo te conocimos y nos hicimos amigos para siempre”.

Entre quienes habitan ese edificio había un gran predominio de mujeres entre los jóvenes. Formaban un grupo bullicioso de primas y primos al que se agregaban otra prima y una mejor amiga que vivían también en Villa Urquiza. Cuando las conocí y me integré al grupo, transcurrían los últimos meses de lo que se llamó la “Revolución Libertadora”, origen de muchos de los odios que todavía subsisten en la sociedad argentina. El gobierno de Arturo Frondizi, que sucedió a la gestión militar de facto, asumió el 1° de mayo de 1958. Ya en esos tiempos, íbamos seguido al cine, en patota, nos intercambiábamos libros a ritmo febril, y ellas organizaban fiestas. Era una especie de comunidad que tenía vida propia y una enorme energía juvenil, proclives a la risa  fácil y, como es típico a esa edad, a la broma sobre los supuestos defectos de los mayores e incluso de los propios y, también, los rasgos pintorescos de algunos personajes de la cuadra, fueran hombres o mujeres. Tuve la suerte de conocer a muchos de los familiares de Graciela: su entrañable mamá, Mary, a su papá,  Ángel y a su hermano Roberto, después ingeniero en puentes. Con el tiempo se fue sumando otra tanda de primos menores, con diez años de diferencia, donde las mujeres también predominaban, una de ellas la actriz Mónica Villa. Yo frecuentaba mucho el departamento de Mimí y Betty, en el primer piso y el de Roberto y Graciela, en la planta baja a la calle.

“Fueron años intensos de descubrimiento, de búsqueda y también de cierta alegría inconsciente en medio del contexto político turbulento -evoca Graciela-. Vos eras una pieza clave en muchos frentes: el de la lectura, seguro, en el del histrionismo casi militante para hacernos reír, también y, por supuesto, en el de la música. Nuestras madres te preferían porque eras respetuoso y educado y porque siempre venías con un libro en la mano, sin interesarse por el contenido, que, entre nos, remitía casi siempre a la cuestión social, a la filosofía crítica de Marx y Lenin, a los temas políticos y sociales que empezaban a prefigurar con intensidad los sesenta. Seguramente también te destacaban porque tu joven y apuesto papá- Ricardo-, con el que vivías, como gran barítono que era y es, salía en los diarios en las críticas de lírica del Teatro Colón y porque vos nos cantabas algunas arias para tenor de óperas conocidas y para ellas y ellos eras portador de cultura. Y para nuestros padres, como para la mayoría de la clase media en esa época, la cultura y la educación era lo más importante. Eso no les impedía persistir en las viejas peloteras que se armaban por las discusiones políticas, que, en la casa nueva, tenían otro escenario: un patio-jardín trasero donde compartíamos el vermouth los domingos y festejábamos las Navidades, todos juntos. La grieta seguía vivita y coleando, la abuela Felisa también, hasta 1960, y los vínculos fraternos, incólumes”.             

Después de terminar el secundario en el Normal 9, de Callao y Corrientes, Graciela, como ya lo contó en otra entrevista, estudió dos años en el Cine Club Argentino y más tarde ingresó a la carrera de Sociología en la que se recibió en 1972.  Después de su paso por el Ministerio de Educación entre 1973 y 1975, vinieron los años de exilio interior durante la dictadura. Y más tarde, cursó y aprobó el doctorado y estaba escribiendo su tesis, cuando la convocó Eduardo Mignogna para intervenir como testimoniante  en su documental Evita, quien quiera oír que oiga. Fue a través de la colaboración con este cineasta y escritor que Graciela inició poco tiempo después su labor como guionista. Su tesis de doctorado quedó inconclusa, pero dejemos que sea ella quien nos relate cómo recuerda esta experiencia de trabajo con Mignogna y su ingreso a un campo de la escritura tan específico como es el del guion cinematográfico.

“El primer largometraje fue Flop, inspirado en Florencio Parravici, que escribimos con Eduardo y él dirigió. En realidad, fue el primero que escribimos y pudo realizar; unos años antes habíamos adaptado su novela Cuatrocasas y ganamos el Premio del Jurado a Mejor Guión en el Festival de La Habana, pero nunca se pudo armar la producción. Trabajábamos juntos desde 1983. Después de mi intervención en Evita, quien quiera oír que oiga, me llamó para la hacer una investigación de base destinada a unos especiales que le habían encargado para la televisión sobre personas discapacitados. Cuando le llevé el informe, donde incluía referencias a la literatura y a la dramaturgia que podían nutrir zonas de ficción, él y Carlos Oves me pidieron que colaborara con el guion. Fueron muy generosos. Oves después se largó a la dirección y yo seguí trabajando con Eduardo. Hicimos documentales, especiales para TV y una miniserie de cuatro capítulos: Horacio Quiroga, entre personas y personajes. De su filmografía para cine escribimos juntos Flop, La fuga con Jorge Goldenberg, que es adaptación de una novela de Eduardo, y El viento, la última que dirigió. Antes de morir escribió el guión de La señal, pero no llegó a dirigirla. Lo hizo Ricardo Darín, que también actuó como protagonista. Recuerdo a Mignogna con inmenso cariño y el agradecimiento de quien recibió de él los instrumentos narrativos propios de nuestra profesión en el mismo proceso de trabajo, es decir, ganándome la vida. Además era muy gracioso, muy divertido y entiendo que ese clima en el trabajamos fue determinante para que amara esta profesión y fuera abandonando a mi otro gran amor: la investigación social. Compartimos la amistad con nuestras familias; era amigo de mi marido antes de que yo trabajara con él y fui amiga de la querida Graciela Aguirre, su esposa, que se fue tras él, y esa amistad y cariño se prolonga hoy en sus divinos hijos.”

A partir de Flop, el primer largometraje en el que se desempeñó como guionista, Graciela desarrolló una carrera cinematográfica que reconoce alrededor de veinte títulos. Trabajó con directores consagrados y con debutantes, varones y mujeres, argentinos y del exterior: el mencionado Mignogna, Tristán Bauer, Lita Stantic, Héctor Olivera, Ciro Cappellari, Juan José Jusid,  César D’ Angiolillo,  Laura Mañá –española-, Alejandro Saderman, Paulo Thiago  -éste de           origen brasileño-, Paula Hernández, Carlos Castro, María Seoane, Silvia Di Florio, Teresa Costantini, Becky Garello. De ese universo de experiencias le pido a Graciela que recorte alguna en especial.  “Tal vez sea bueno aclararle a quienes no son guionistas, que es frecuente que en su vida, los autores/as de libros cinematográficos hayan escrito otras tantas películas como las estrenadas, que nunca llegaron a realizarse -comenta-. No siempre con versiones finales del guion; a veces se truncan en pleno proceso de escritura, pero el mundo de experiencias y vínculos que desarrollamos es bastante más amplio que el que aparece en la filmografía. Y a veces, también muy frustrante. Pero el cine es un arte muy complejo, costoso, y no todas las películas llegan a destino. Yo tuve una inmensa suerte con las primeras para las que fui convocada, ya que, aunque algunas tuvieron procesos más prolongados en el tiempo, pudieron cobrar vida. Y eso fue, obviamente, muy estimulante. De modo que me voy a centrar solo en esas primeras y aclarar que mi relación con los directores siempre fue muy fluida y que con muchos de ellos entablé vínculos perdurables. Pero cada película es un universo único, irrepetible como experiencia y como abordaje de la escritura y el estilo de trabajo que se plantea y las relaciones personales, son, sin duda, singulares. No hay fórmulas, aunque sí condiciones al menos: que se respete mi trabajo y la premisa de que yo no soy la guionista para todos los trabajos que se me presenten. Debo establecer cierta empatía con la propuesta, si no, no funciona.”

Pasado poco tiempo del estreno de Flop, Graciela fue convocado por Tristán Bauer para escribir el guion de Después de la tormenta. Algunos años después escribiría con él un guion de ficción sobre el Che Guevara que no llegó a realizarse y que los dos lamentaron por igual. Respecto de Después de la tormenta afirma: “Era el primer largo de Tristán y escribirlo juntos fue una experiencia interesante y placentera. Ganó merecidamente el premio Ópera Prima en el Festival de San Sebastián y por el guion, que compartimos, recibimos el Cóndor de Plata a Mejor Guion por parte de la Asociación de Cronistas Cinematográficos y el premio de Argentores. Esa fue la primera vez que recibí un premio de nuestra entidad en un acto del día del Autor, en el auditorio, durante la presidencia de Roberto Tálice. Ya había empezado a trabajar con Lita Stantic –a veces se sumaba Gabriela Massuh- en el guion de lo que después sería Un muro de silencio. El proceso de ese guión fue arduo y prolongado, no solo por la temática, que aludía al secuestro y desaparición de personas durante el terrorismo de estado, sino por la estructura compleja por la que optamos y fundamentalmente, porque estaba ligado a aspectos autobiográficos de Lita muy dolorosos. Nos fuimos haciendo muy amigas y pude valorar lo rigurosa e inconcesiva que fue en ese proceso. Ella ya era la consagrada productora de las películas de María Luisa Bemberg y la alentamos para que la dirigiera ella cuando Margarethe von Trotta, a quien Lita pensaba como directora,  tuvo problemas de agenda. Y consiguió a Vanessa Redgrave para el rol de la directora de cine, en la ficción, a Ofelia Medina para el co-protagónico y a Lautaro Murúa para el rol del guionista, que era mi ídolo desde la adolescencia y el de Lita también.”

“Aprendí mucho con ella y de ella en todos los órdenes -añade sobre Lita Stantic- y es una suerte que la escritura de la película nos llevó tiempo así pudimos disfrutar de algunos asados en el jardincito de mi casa, con amigos comunes. Ganamos el Cóndor de Plata a Mejor Guion, compartido con Gatica. Y por último voy a contar brevemente la experiencia de El caso María Soledad porque es muy interesante. Cuando escribimos el guion con Héctor Olivera el caso no estaba cerrado, no había sentencia. Pero Héctor, otro gran productor además de director, había establecido contactos con la mamá y el papá de Soledad, Ada y Elías, y con Marta Pelloni, la monja de la escuela de Soledad articuladora de “las marchas del silencio” que conmovían a la opinión pública y a la que el obispo había mandado a Goya, provincia de Corrientes, para silenciarla. También con la abogada de la causa, la doctora Lila Zafe, con Fany Mandelbaum, la periodista que se instaló en Catamarca y se comprometió con el tema, etc. De modo que viajamos juntos a Goya-Corrientes y a Catamarca y tuvimos encuentros directos con las personas que tenían toda la información del crimen de primera mano. Es decir, sabíamos toda la verdad en lo esencial, pero dado que no había sentencia, tuvimos que escribir el guión con la fórmula de las hipótesis y centrarnos en el vínculo de la monja con las compañeras de colegio de María Soledad, que habían sido las promotoras de las marchas que terminaron con el gobierno de Ramón Saadi. Pero el eje del crimen horrendo y de “los hijos del poder” que violaron y mataron a la adolescente, planteado hipotéticamente, no encarnó la potencia que tiene la “verdad” y que es a lo que el espectador quiere aproximarse. Igual valoramos mucho la película porque queda como testimonio del hecho aberrante y de sus consecuencias políticas. El cine es testimonio y memoria también. Y con Héctor establecimos un vínculo de trabajo fructífero que prolongamos después en tres series de televisión que él produjo con canal 13: Nueve lunas, De poeta y de loco y Laura y Zoe y años después La defensora para la Televisión Pública, que me dieron muchas satisfacciones y reconocimientos.”

Si bien esta nota se centra en lo fundamental en el trabajo de Graciela en el cine, no sería justo dejar de mencionar que ella recibió infinidad de premios por sus series para televisión. Por  Nueve Lunas  fue laureada con el Premio Nacional de Literatura para ser representada, el de Argentores, el Martín Fierro, el Konex, el de la Asamblea de Derechos Humanos-Derechos de la Mujer-, el Alicia Moreau de Justo. Por De poeta y de loco le fue otorgado el Julio Cortázar, el Tabaré de Uruguay, y por Laura y Zoe, el Argentores. Y por un capítulo de “Hospital Público”, el Premio Lola, que otorgó la Secretaría de la Mujer del gobierno de la ciudad y tantas otras distinciones más. También en 1984 la serie de cuatro capítulos con dirección y guión de Irene Ickowicz e investigación y libro de Graciela, La otra Mitad –sobre la situación de las mujeres en nuestro país, en la cultura, en el trabajo, en la educación y en la familia-, fue premiada el Festival de La Habana y en nuestro país no lograron que se emitiera. Graciela atribuye a la perdurabilidad de la matriz patriarcal, que aún existía en el clima de la renaciente democracia, el hecho de que esa serie se proyectara.

Ya desde muy chica, y estimulada por el clima de confraternidad que existía con sus primas mayores, con quienes intercambiaba libros en forma constante, novelas, cuentos y biografías, Graciela fue una lectora voraz e inquieta. Sobre la posibilidad de situar en su vida cuándo nace su convicción feminista, dice que la lectura iniciática la constituyeron Memorias de una joven formal, El segundo sexo y todas las novelas que la autora francesa Simone de Beauvoir publicó luego. Reconoce que esos textos le produjeron una ‘identificación movilizante’, que fueron sentando las bases de su formación feminista y que se prolongaron en su carrera en sociología, sobre todo en el doctorado. Su tesis inconclusa versaba sobre “Revistas para mujeres en torno a la Primera y Segunda Guerras Mundiales en Argentina”. En l983, ingresó al Consejo Asesor de la recientemente creada Subsecretaría de la Mujer, que luego fue Secretaría,  a cargo de Zita Montes de Oca.

 “Me convocaron -nos cuenta sobre esa participación en el Consejo Asesor- porque ya habían circulado algunos fragmentos de mi tesis, especialmente del marco teórico, ya que desde finales de la dictadura nos veníamos reuniendo en torno al tema, sin visibilidad,  en ámbitos acotados. La cuestión de género es transversal, de modo que nos juntábamos mujeres de diferentes ideologías políticas, sin distinción, y eso se prolongó en el Consejo Asesor de la Secretaría que fue muy plural. Conocí a militantes históricas, como Florentina Gómez Miranda, Eva Giberti, Marta Rosenberg, Mabel Bianco, que fueron verdaderas maestras en sus distintos enfoques. Y a una cantidad de especialistas en diversas áreas y militantes de las que me fui nutriendo y que muchas de ellas son las que intervienen en la serie La otra mitad que realizó Irene. En 1986, con Mónica García Frinchaboy, escribimos una investigación sobre “La situación educativa de las mujeres en Argentina”, que publicó la Secretaría con UNICEF. Pudimos visibilizar algunos asuntos que estaban ocultos, como el de la violencia familiar. Trabajamos con mujeres de los barrios populares, pudimos poner el tema en los medios, pero recuerdo que cuando íbamos a los programas de TV, en algunos nos preguntaban: ‘Y de las mujeres que les pegan a los hombres ¿van a hablar?’. Todavía no se hablaba de ‘femicidio’, la palabra ‘aborto’ casi no se nombraba, hablábamos solo de ‘despenalización’. Había muchísima resistencia. Nos recibió Raúl Alfonsín, que nos escuchó con atención, y en un cóctel del día de la mujer apareció Menen, muy simpático. El único político que asistió. ‘Cuando sea presidente voy a convertir la Secretaría en Ministerio, como en Francia, nos dijo’.Lo que yo no creí, en ese momento, es que llegara a ser presidente. Cuando ganó la elección, renunciamos todas, que era lo que correspondía y cuando asumió como presidente, lo primero que hizo fue bajar de nivel a la Secretaría y convertirla en una Dirección. Claro que si pensamos en los indultos y en su política social, no fue lo peor que hizo.”

A pesar de que 1990 coincidió para ella con un período de muchísimo trabajo como guionista, Graciela reconoce que esa pérdida de un lugar de pertenencia y de compromiso activo con la cuestión de la mujer le produjo un vacío que se calmó cuando la convocaron para integrar la Asociación La Mujer y el Cine. Esa institución había sido fundada el año anterior por María Luisa Bemberg, Lita Stantic, Martha Bianchi, Gabriela Massuh, Sara Facio, y otras mujeres de la cultura para promover el cine realizado por mujeres. “La verdad es que me sumé con entusiasmo a la asociación junto con Annamaría Muchnik, que hoy preside la asociación y a quien acompaño como vicepresidenta -agrega-. Durante muchos años la presidió Marta Bianchi y se desarrolló una actividad muy fructífera, tanto de difusión del cine realizado por mujeres como de promoción y estímulo de nuevas generaciones mediante los concursos de cortos y videos que hoy continuamos con la presidencia de Annamaría. De esos concursos surgieron en aquellos años muchas de las grandes directoras actuales, como Lucrecia Martel, Paula Hernández, Julia Solomonoff, por nombrar sólo algunas. Cuando ingresé a la asociación, las únicas mujeres que dirigían eran Clara Zappettini, que había hecho el documental Buenos Aires. La tercera fundación, y María Luisa Bemberg en cine de ficción que había realizado varias de sus películas. Y en el campo del guion, pasaba algo similar: Aída Bortnik, que era una figura sumamente destacada y luego veníamos dos o tres más en cine: Irene, yo, muy pocas. Hoy, alrededor del 30 % de la dirección y del guión está en manos de mujeres. No digo que estén igualadas las condiciones respecto de los hombres, porque no es así y porque construir el lugar de la mujer en el cine, como en otros lugares, es un proceso muy complejo, requiere de un cambio cultural profundo en la sociedad y la cultura.  Pero se ha avanzado mucho y profeso un gran reconocimiento por el  trabajo que realizaron y realizan mis compañeras, a la vez que me siento orgullosa de persistir en el esfuerzo de La Mujer y el Cine desde hace más de treinta años.  Ahora, en medio de la pandemia, estamos preparando el Festival  para el mes de abril de 2021, que será online, seguramente”

Le pregunto por la Comisión de Género de Argentores, fundada recientemente. Y me responde: “La creamos en mayo de 2019 con las integrantes de la Junta Directiva: Susana Torres Molina, Lucía Laragione y Adriana Tursi, de teatro; Inés Mariscal (lamentablemente después fallecida) y María de las Mercedes Di Benedetto, de radio; Jessica Valls, de televisión, e Ivonne Fournery, Irene Ickowicz y yo, de cine. Al comienzo nos centramos en enfocar un estudio estadístico de nuestras socias y representadas para tener un cuadro de situación por sexo-género. El mayor porcentaje de mujeres se da entre las dramaturgas que alcanzan casi el 40 % en relación a los varones. Las demás oscilamos en torno al 30% con diferencias según los años. Y luego nos abocamos a promover tareas formativas para el adentro de la institución, tanto de los autores y autoras que tenemos responsabilidades en la gestión de la institución como del personal administrativo. Realizamos conferencias y charlas de especialistas sobre perspectiva de género y patriarcado y encuentros sobre gestión de políticas de género y debo decir que fueron muy interesantes y muy exitosas porque se invitó al personal administrativo y la mitad del público estaba integrada por varones. Se introdujeron cambios inclusivos en algunos formularios, y estábamos organizando una conferencia sobre la Ley Micaela, con la intervención de su padre y del Dr. Carlos Benítez, de la entidad, que nos compiló toda la legislación inclusiva que ya existe en el país, cuando nos frenó la pandemia. Seguimos trabajando con actividades más acotadas y en contacto con La Colectiva de Dramaturgas y con la Comisión de Género de SADA, el sindicato de autores.”

En medio aún de la pandemia que sufrimos en la mayor parte de 2020 -aunque en enero de 2021 la expectativa de una vacunación masiva en los próximos meses arrojaba un soplo de esperanza sobre un posible camino hacia una situación diferente- y como integrante ella de una generación que soñó con fervor en la transformación del mundo en un ámbito de convivencia humana más justo, le hago una última pregunta a Graciela: ¿con qué sentimientos enfrenta hoy las infinitas desigualdades y penurias que sufre la contemporaneidad y si sigue apostando a un cambio? “Si me agarrás distraída, te repetiría la respuesta que formuló sobre el tema Paul Bowles en su última entrevista: ‘Todo empeora’. Pero intento sobreponerme a esa idea, a pesar de que en clave racional es obvio que el proceso de centralización y concentración de la riqueza se ha intensificado y que el dominio del paradigma neoliberal, acentuado en su etapa global, no ha hecho más que ahondar las desigualdades entre los seres humanos a niveles que abisman. También la brecha entre los países. Y la pandemia impide ocultar ese abismo. Es muy difícil saber si los humanos seremos capaces de reconstruir una sociedad más justa y equitativa, más respetuosa del planeta y de las personas, pero me resisto a pensar que mis hijos y mis nietos no tengan, al menos, esa posibilidad, la de vivir un mundo menos cruel. Y como feminista creo que pertenezco a una masa crítica de múltiples convergencias, que me alientan a pensar en la posibilidad de cambios. Creo que debemos empecinarnos en la idea de que algo puede cambiar, al menos eso, y así poder aportar desde el ámbito en que a cada uno le toca actuar en que algo se modifique. Tirar el carro para adelante. En un plano muy específico, es lo que intentamos hacer en Argentores día a día con todos los compañeros en favor de nuestros colegas, los autores, más aún en este momento, tan adverso para muchos.”            

No es necesario explicar la importancia que puede tener para un ser humano la amistad. Todos, o casi todos, han tenido alguna experiencia en sus vidas que les ha permitido calibrar el valor de ese vínculo. Que lo hayan sabido atesorar, defender, es otra cosa. La existencia nos abruma con tantas dificultades, que no siempre es fácil regar con fortuna ese prodigioso árbol de los afectos que es la relación amistosa. Con Graciela la venimos cultivando desde hace ya más de seis décadas, gracias a que la biología nos dio un largo plazo para hacerlo, pero también porque tuvimos el cuidado de protegerlo con mucho respeto por el otro y suficiente cariño. A ese hecho, se le agregó, por esos giros inesperados del azar, que hace quince años, fuese convocado por ese otro inolvidable amigo que fue Carlos Pais, a trabajar para Argentores en la revista Florencio. En esta entidad, donde Graciela ya integraba la Junta Directiva, encontramos otro ámbito común para seguir cultivando nuestra amistad y compartir visiones sobre temas que nos sensibilizan  y comprometen, como es la defensa de los derechos de autor, y también otros, más abarcadores, como los relacionados con las variadas dimensiones de la cultura y de lo social. Y coincido con mi amiga en que debemos extraer hasta la última gota de energía del golpeado optimismo de otros tiempos para volcarla en la pelea y no dejar que nos hundan en la impotencia y el desaliento. Como en cualquier épica humana, que pueda ser así, dependerá de la voluntad de la mayoría de los ciudadanos de la tierra.

Alberto Catena