Revista Florencio

CINE. CONVERSANDO CON MARA AVILA

Una historia al servicio de la sociedad

Mara Ávila

La madrugada del 19 de julio de 2005, María Elena Gómez, una mujer de 53 años, fue hallada sin vida en el interior de un automóvil estacionado en el barrio de Puerto Madero y con distintas heridas en el cuerpo. Mariela, como le decían cariñosamente sus familiares y amigas, era una profesora de inglés de muy buen talante y activa, que se sostenía dando clases y residía con su hija, Mara Ávila en un departamento de nuestra ciudad. La víctima, que se había separado años atrás de su marido, mantenía desde hacía poco tiempo una relación sentimental con un hombre de su edad. Era Ernesto Jorge Narcisi, quien en pocas horas fue descubierto como el responsable del asesinato. Desde ese momento, los diarios porteños, en la lógica de un amarillismo que dominó durante muchos años las páginas policiales y que en algunos casos aún persiste, llenó de titulares sensacionalistas sus páginas, calificando al hecho de “crimen pasional” e inventando incluso en ciertas crónicas descripciones escabrosas como para entretener el morbo de determinados lectores. Todavía la Cámara de Diputados no había sancionado la norma que imponía agravantes a los crímenes cometidos contra mujeres y personas trans por su condición de género, de modo que el delito fue caratulado de homicidio simple y se condenó a su responsable a una pena de 9 años, que luego fue reducida a 8.

Como víctima colateral de este femicidio quedó Mara, la hija de María Elena Gómez, que tenía, al morir su madre, 25 años. Vinculada a ella por un afecto intenso, como suele suceder en las relaciones de amor profundas entre hijos y progenitores, Mara sintió frente a la tragedia que el mundo se derrumbaba sobre su existencia. Y devastada emocionalmente trató por distintos medios de superar el duro sufrimiento que la envolvió durante un largo tiempo. Pero no le resultó fácil. Como lo confesó en el documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas, cuyo guion, dirección y producción le pertenecen, le llevó 13 años poder salir de ese agujero negro y sanar su dolor. Hacer esa película, que ya ha recorrido más de un festival internacional, fue uno de los caminos que transitó para sanar, pero hubo también otros. El film, que describe  muchos de los pasos dados en búsqueda de su recuperación, cuenta su historia en primera persona: el abandono al año del departamento que habitaba con su madre, su intervención como querellante en el juicio a Narcisi y sus temores de que luego de salir de la cárcel pudiera tomar alguna represalia contra ella, su incorporación al movimiento Ni una Menos -que le dio mayor sentido a su lucha por lograr la justicia para las mujeres que su madre no tuvo-, su práctica de danza, la carrera en comunicación y los inicios del documental que hoy le amplía la perspectiva de desarrollar un trabajo en el campo audiovisual que ya venía haciendo. De esa larga travesía hacia una vida donde no predomine solo la aflicción, habló en la entrevista que mantuvo con la revista Florencio.     

Mara, sin duda, la película fue una de los espacios por donde intentó superar su duelo.

Sí. El film me ayudó a transitar y a cerrar el duelo por el femicidio de mi mamá. Encontrarme como activista y poder poner mi historia al servicio de la sociedad, me dio un sentido y un propósito en mi vida, además de permitirme vincularme con otros familiares que habían transitado procesos similares. La danza, la militancia, la terapia, el canto, el documental y todo mi entorno me ayudaron a sanar. La salida del duelo es siempre colectiva.

También hacer la carrera de Comunicación Social contribuyó a ese proceso ¿A qué edad comenzó la carrera?

Comencé el CBC en 1998 y me recibí veinte años después. Terminé de cursar en 2013, pero desde 2014 estuve trabajando en este documental que fue mi tesina de grado. Durante los años de mi carrera prioricé el trabajo, habiendo sido productora y cronista del Canal Solo Tango de 1999 a 2005, y habiendo trabajado con artistas en prensa y management durante varios años. O sea que siempre trabajé en comunicación, producción y marketing. Y, finalmente, llegué al cine desde la academia.

Hubo también una ponencia denominada María Elena Gómez: mi derecho a réplica, como hija de la víctima. ¿Qué tema trataba?

La ponencia fue una excusa para comenzar a investigar la cobertura de los diarios respecto del caso de mi mamá. La llevé a varios congresos de Comunicación, y fue parte de un libro de ensayos contra la violencia de género editado por la UNLa, la Universidad Nacional de Lanús. El análisis de medios fue un punto de partida y uno de los temas que recorre el film. Éste fue el trabajo con el que me recibí, una «tesina de producción», como se la llama en mi carrera. Mi tutor fue Eduardo Cartoccio; la evaluadora, Ana Broitman, y la calificación, diez. Me gradué el 18 de diciembre de 2018.

Además de sus compañeras de lucha por los derechos de las mujeres y contra el femicidio, ¿quiénes la ayudaron más a salir del pozo anímico en el que estaba? ¿Su tía, Teresa Ávila, fue una de esas personas?

Creo que el sostén fui siempre yo misma, con una enorme voluntad de superar la depresión, el estrés post-traumático y de sanar finalmente. La lucha política y el feminismo como movimiento, junto con el proceso del film, me ayudaron a lograrlo, además de todo el trabajo con la danza, que me permitió localizar el trauma en mi cuerpo y transformarlo. Distintas terapias, mi entorno y, sobre todo, mi gata fueron claves. Mi tía, que es la hermana de mi papá, fue muy importante en todo el camino del documental, y una de sus protagonistas.

Creo que el sostén fui siempre yo misma, con una enorme voluntad de superar la depresión, el estrés post-traumático y de sanar finalmente

Mara Ávila

Junto con el estudio de danza y la realización de una performance, ha realizado ahora este documental distinguido por Argentores. ¿Piensa continuar su la labor en el ámbito cinematográfico?

Sí, de hecho estoy trabajando en el guion de un nuevo proyecto.

La película afirma que tanto el guion, la producción como la dirección le pertenecen. ¿Tuvo además ayuda complementaria de algún profesional?

En 2015, realicé un taller de guion con Gustavo Fontán y allí surgió el guion presentado al INCAA. También conté con el asesoramiento de mi tutor en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Eduardo Cartoccio, y de Marisa Montes, la montajista.

¿Cómo se ha desarrollado su vida durante la etapa de la pandemia?

Durante la pandemia estuve trabajando mucho como profesora de inglés y traductora, una ocupación que aprendí de mi madre y que me sigue conectando con su memoria en mí día a día. Estuve tomando clases de danza y de yoga, para continuar trabajando desde mi cuerpo en seguir sanando, porque el camino de crecimiento es inagotable. De hecho, he estado trabajando desde marzo en un nuevo taller de guion con Gustavo Fontán, y, como he dicho, me encuentro desarrollando un nuevo proyecto documental que aborda el cuerpo en aislamiento y ciertas historias de bailarinas, aunque prefiero no contar más por el momento. Asimismo, sigo vinculada a la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UBA, donde dictamos un seminario como parte de la carrera junto a Eduardo Cartoccio para guiar proyectos documentales que busquen ser tesinas audiovisuales. En este cuatrimestre seguiremos haciéndolo bajo la modalidad de los llamados «Grupos de Investigación en Comunicación» (GIC). Ha sido muy gratificante alentar el desarrollo de documentales que en muchos casos tienen una impronta personal y política enriquecedora. Al mismo tiempo, he continuado difundiendo el documental Femicidio. Un caso, múltiples luchas que está disponible en la Argentina de forma gratuita por la plataforma Cine.ar y que hace muy poco pudo verse en México, en el marco de la XI Muestra Contra el Silencio, Todas Las voces.