Revista Florencio

Una función no tan privada que duró 16 años

En abril del 64 entré a Clarín como redactor de la página teatral y me quedé 26 años, hasta que una reestructuración a fondo, cuando el diario adquirió canal 13, barrió con el secretario general de redacción, Marcos Citrymblum, su prosecretario Joaquín Morales Solá y varias jefaturas entre ellas la de Espectáculos que compartíamos con Carlos Morelli: fue en febrero del 90. Pero antes, en el 77, el periodista Ramón Andino –padre de Guillermo-, que era asesor general de la redacción y también columnista del noticiero de canal 7, nos sugirió a los dos hacer un programa de cine en las trasnoches sabatinas de esa emisora estatal. El canal, que sobrevivía en el vetusto edificio de Viamonte casi Bouchard, estaba muy pobre de contenidos, se pasaban muchos actos militares a toda hora, casi no había ficción y su cineteca era escuálida, con material viejo mal mantenido y carente de base de datos. En rigor nadie tenía muy claro qué había en esas latas. Igual con Morelli nos tiramos a la pileta porque, salvo una fugaz participación conjunta en Buenas tardes, mucho gusto, el célebre programa de canal 9, y una incursión mía en el 11 con un engendro titulado Mi destino, mi letra y yo (mescolanza de Los doce del signo y El juicio del gato) no habíamos vuelto a hacer televisión. Con muy poco para exhibir –ni hablar de comprar películas- poníamos al aire un largometraje cualquiera que estuviera en condiciones y completábamos con homenajes a los galanes y las divas usando fragmentos que nos prestaba la Cinemateca Argentina. La gente veía una Ingrid Bergman con los ojos llenos de lágrimas, un Errol Flynn sobrador y canchero con sus bigotitos anchoa y de cierre una copia pésima de Rebeca, de Hitchcock. Lo bautizamos Microcine 7 y como preámbulo, todavía sin continuidad, grabamos un especial que fue una pegada fenomenal con fuerte repercusión: el documental Bergman trabajando. Mostraba al gran Ingmar Bergman –rostro casi desconocido en ese momento, aunque su cine había sido ya consagrado por la crítica y el público exigente- en el rodaje de El huevo de la serpiente. Impacto que no logramos repetir pero que sirvió para colocar el programa en la curiosidad de algunas plateas cinéfilas. Fue el primer germen de Función Privada. El otro, un poco mejorado y con nosotros más sueltos, se llamó Sábado segunda noche. El horario era malo para la época, cerca de las 12 de la noche, hoy casi un horario central.

Así las cosas, con eso en el aire y alguna participación en noticieros, pasaron seis años. A fines del 83, con el triunfo de la democracia, se hizo cargo de ATC (Argentina Televisora Color) el periodista y productor Miguel Angel Merellano. Nos llamó y nos encomendó hacer un programa de cine con todo en el horario central, sábados a las 22. Alfonsín estrenaba su gobierno y el canal debía tener un alto nivel. “Ojo –nos advirtió- les doy un espacio para competir y ganar, el viejo canal 7 no existe más, piensen en algo atractivo, completo y bien hecho”. Lo primero que le pedimos fue que nos comprara el cine argentino de estreno, una movida que todavía era posible porque las películas nacionales no eran caras y los canales grandes no coproducían cine. Así conseguimos que los estrenos locales pasaran de la pantalla grande a la chica en nuestro programa y en su propia casa, la televisión pública.

Carlos Morelli y Rómulo Berruti presentando a Bergman

EL TÍTULO Y LA CORTINA

Cuando aceptamos y arreglamos el contrato, que era de hecho muy superior al que teníamos en los tiempos del tembloroso y a veces inaudible blanco y negro, nos fuimos con Carlos a la confitería de enfrente a diseñar el trabajo. Se tiraron varios títulos que no se parecieran a los anteriores y como íbamos mucho a las exhibiciones cerradas porque eran para prensa, Morelli exclamó ¡Función privada!, que así se llamaban. Quedó aprobado de inmediato, era corto, contundente, aludía al cine y generaba cierta sensación de exclusividad. Llegó el tema clave de la cortina musical y aquí hubo divergencias de opinión. Carlos proponía la tintineante y pegadiza melodía de ¡Esto es Hollywood!, una catarata de ritmos que levantan el ánimo y predisponen a ver cine. Yo prefería en cambio por menos escuchada, por su categoría y por remitir a Fellini, algo de Nino Rota. Y quedó la maravillosa partitura de Amarcord.

Lo demás consistía en una productora de lujo, Susana Tenreiro, la búsqueda de material novedoso que fue apareciendo –empezando por Sucesos Argentinos que pasábamos antes del film e incluyendo la deliciosa serie de 1937 Flash Gordon-, una escenografía cálida que presidía la hermosa foto de Marilyn en blanco y negro grano grueso. Bueno, y nuestro funcionamiento como conductores que ya dominábamos por los envíos previos pero que había que afilar al máximo. Cada uno afianzó su estilo y ambos apostamos a la improvisación total, ninguno sabía qué iba a decir el otro.

Nunca supusimos ni remotamente lo que iba a pasar. Nos teníamos fe, habíamos pasado por una experiencia previa, nos sabíamos muy buenos profesionales, pero el golazo de Función privada nos tomó por sorpresa. Desde el principio, a fines del 83, el programa mató, llovían las cartas (no había Internet), nos hacían notas en todos los medios y lo más difícil, la medición, nos ponía ganadores casi todos los sábados. Arrasamos con el cine del 13 y del 11, el 9 intentó enfrentarnos con obras teatrales y también fue a la lona. La década del 80 nos tuvo como nítidos dominadores del horario central de los sábados y hubo hitos memorables como la película de Pilar Miró El crimen de cuenca, la serie española La huella del crimen y por supuesto Esperando la carroza que tuvimos que dar tres veces.

EL CHIN CHIN

Un tema inseparable de Función Privada –y un hallazgo nuestro- fue que bebíamos en cámara. Y la pregunta de cajón: “¿Che, toman en serio o hacen como sí… pero no?” En rigor hubo dos etapas. En los primeros años estábamos solos en el bar, no teníamos invitados…y grabábamos a las 7.30 de la mañana. Las embajadas nos mandaban muchos licores exóticos, pero nosotros nos mojábamos los labios y punto, de lo contrario no hubiéramos podido trabajar. Pero, cuando empezamos a servir platos calientes que se sostenían en las rodillas tipo cóctel y con unos cuantos comensales, sí empinábamos nuestra copa de vino o champán. Lo que ambos pudimos comprobar es que como los televidentes veían Función… tomando algo y suponían que el programa iba en vivo, nos imaginaban chupando durante toda la proyección. No sabían que íbamos grabados y que la peli se mandaba después a la hora de salida al aire. Entonces yo creo que tal vez los que terminaban un poco mareados eran nuestros espectadores y por carácter transitivo nos suponían borrachines a nosotros…

EL PASE AL CABLE

Los noventa marcaron una cierta declinación de Función privada, en parte por un lógico desgaste y en parte porque la privatización de los canales nos enfrentó a una competencia muy dura. Ya debíamos pelear el rating con alguna desventaja, pero seguíamos siendo un referente sólido, confiable y, sobre todo, con una carga afectiva del público que sigue hasta hoy. Con el ingreso de Gerardo Sofovich como capo de ATC, perdimos el contrato con el canal y debimos procurarnos un productor de afuera. Lo encontramos en un distribuidor, Juan Carlos Crespo, que se interesó en bancar el programa vendiéndole películas al canal y asumiendo nuestros contratos. Al principio funcionó, pero pronto se encontró deficitario, él debía pagarnos, pero ATC no le pagaba a él. Así, la del 94 fue la última temporada en esa pantalla. Pudimos seguir, pero en Space, cuyo dueño, Alberto González, quería vestir su señal cinematográfica con una marca tan fuerte. Obvio, el cable no tenía la inserción poderosa de nuestros días y con todo logramos –con la decisiva capacidad negociadora de Morelli- dos contratos de dos años cada uno. No anduvo nada mal, pero con la venta de la empresa a la cadena venezolana de Cisneros en diciembre del 98 Función Privada salió del aire definitivamente.

Fueron 16 años inolvidables, para nosotros y para la muchísima gente que nos siguió con férrea fidelidad. Veintitrés años después de su adiós, todavía mozos y tacheros nos preguntan cuándo volvemos. Y todavía se nos estruja el corazón cuando algunos jóvenes nos reconocen y nos silban los acordes de Amarcord: eran muy chiquitos cuando sus padres los sacaban del dormitorio ante el impúdico baño de Isabel Sarli o en la escena donde alguna de nuestras actrices más familieras dejaba oír gemidos que la censura de los viejos tiempos había tijereteado sin piedad.

Rómulo Berruti