Revista Florencio

TEATRO. LAS MUJERES EN LA HISTORIA ARGENTINA

Un escenario para el rescate de sus luchas

La historia contada solo desde la perspectiva de las batallas muestra muy poco protagonismo de las mujeres. Pero hay muchas otras luchas y conquistas de territorios sociales e intrapsíquicos que ellas han librado y que pertenecen a nuestra identidad. La dramaturga Adriana Tursi se explaya en este artículo sobre este tema.

Mariquita Sánchez de Thompson, Felicitas Guerrero e Isabel de Guevara: pioneras de la lucha

Si la historia argentina se cuenta desde la conquista de territorio y batallas, parecería ser que las mujeres no formamos parte de esa historia, y si tuvimos un lugar fue como personajes ociosos. Tal vez esa sea solo una parte de la historia, pero de ningún modo es “la historia”. En términos de –atender- aquello que nos construye como sujetos, la historia y sus acontecimientos deberían ser revisitados a la luz de lo que somos capaces de observar hoy, desde otra perspectiva.  Imaginemos que no tuvimos como mujeres ninguna intervención en esa historia que tan detalladamente nos narraban en los colegios,  y de la que éramos personajes invisibles. Lo que sí es seguro, es que esas batallas ocurrieron también en el interior de los hogares, donde se perdieron esposos, hermanos e hijos;  esas pérdidas, construyen un sujeto distinto. Lo que quedaría por descubrir es cuáles fueron las acciones que pusieron en marcha las mujeres a partir de esas pérdidas. Los rezos silenciosos y rituales colectivos son acciones, tal vez para alguna de nosotras no las que hubiéramos deseado, pero son acciones. Otras levantaron sus casas y huyeron en busca de refugio a aquellos lugares donde habían quedado sus otras mujeres: madres, hermanas, e hijas, de modo de no sentirse tan abandonadas.  Otras –quizás las menos- salieron a la búsqueda de sus hombres y empuñaron armas. Lo que seguramente esas batallas afectaron en el interior de las mujeres fue el territorio de la psique, dejando marcas para siempre.

Las dramaturgas sabemos contar historias y lo hacemos en términos  de “relato dramático”, es decir: contamos desde la acción. Somos capaces de hilvanar y tejer una trama.  Urdir, hilvanar, tejer, anudar, tarea vinculadas desde siempre a las mujeres. Cuando quedábamos solas en los hogares, refugiadas en nuestras tareas, nos dedicábamos a transmitir la historia de nuestros hombres.

Las dramaturgas sabemos contar historias y lo hacemos en términos  de “relato dramático”, es decir: contamos desde la acción. Somos capaces de hilvanar y tejer una trama.  Urdir, hilvanar, tejer, anudar, tarea vinculadas desde siempre a las mujeres. Cuando quedábamos solas en los hogares, refugiadas en nuestras tareas, nos dedicábamos a transmitir la historia de nuestros hombres.


Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco plantea que, probablemente las primeras narradoras orales fueron las mujeres y por eso encontramos tantos términos en común entre la construcción del relato y términos textiles. Su hipótesis es que las mujeres mientras tejían se contaban sus cuentos, se contaban sus emociones, se contaban sus historias, y por eso utilizaban las metáforas del telar, que era lo que tenían entre sus manos en el momento.

Las mujeres sabemos que cuando un hilo se suelta de la trama, la figura original puede verse dañada. El trabajo consistiría en rescatar el hilo, echando mano a nuestro oficio para rescatar aquel entramado original del que fuimos parte. El instrumento a utilizar para poder observar la historia de nuestras mujeres en términos dramáticos, es lo que nos ocupa. Mariana Percovich, dramaturga uruguaya, toma a las mujeres de la tragedia griega, como el lente a partir del cual va a mirar la tragedia de las mujeres de hoy.  La cultura griega es el nacimiento de la cultura de Occidente, de allí venimos y aquellos grandes mitos, que nos tuvieron como protagonistas, conforman nuestra matriz. Las tragedias griegas pueden ser revisitadas porque sus historias están construidas desde arquetipos. Los arquetipos, en términos junguianos, son patrones     -moldes, matrices- que contienen cantidad de información que conforma el inconsciente colectivo de la humanidad y qué, como tal, nos constituye. Es por eso que cuando Mariana Percovich toma a Medea y cruza la historia con la de una mujer uruguaya para escribir su Medea del Olimar  impacta, porque nos acerca a comprender la dimensión de la tragedia. Los dioses griegos, no eran entidades abstractas. Fueron para aquella civilización fuerzas psíquicas que operaban colectivamente, capaces de arrastrar y destruir a una comunidad toda.

Medea del Olimar, de Marian Percovich

Y este es el abordaje que Marian Percovich toma para escribir Medea del Olimar. Narra la tragedia de una mujer joven, casi obesa, que da muerte a su hija de ocho años. Horas después va al encuentro de sus amigas que, viéndola extraña, deciden acompañarla de regreso a la casa. Cuando llegan encuentran a la niña muerta. El horror está desatado. El impulso que la gobernó terminó con la vida de la niña, pero también con la de ella, ya que su psique es tierra desbastada. Si podemos leer la conducta de las mujeres bajo el lente de las tragedias griegas, si nos apoyamos en sus personajes y sus diosas, si interrogamos el accionar de las mujeres de nuestra historia a la luz de esa matriz que nos constituye, el relato hibrido que nos fue narrado, caerá por falta de sentido. Y cae porque ese relato está construido en base a “tipos” moldes genéricos vacíos de contenido

Así como Marian Percovich encuentra a Medea en un pueblo de Uruguay, así podemos encontrar en nuestra historia argentina a: Atenea, la hija surgida ya crecida de la cabeza del padre, defensora del patriarcado. Artemisa, hermana amorosa de las mujeres, guerrera, hija de la acción. Deméter, madre nutricia, que secará la tierra volviéndola infértil hasta recuperar a su hija. Y encontraremos en los titulares a Perséfone, hija raptada, violada y obligada a vivir en cautiverio. Hasta acá podemos decir que estaríamos en situación de tomar personajes o acontecimientos históricos  colectivos, que  devinieron en tragedias. Fuerzas denominadas “arquetipos” que alcanzan en la tragedia su mayor intensidad. Pero que, en niveles menores, también se los puede observar determinando conductas.

En este punto me gustaría citar el trabajo hecho por algunas dramaturgas argentinas a la hora de abordar personajes históricos. Lo primero a destacar es como buscaron romper con la mirada hegemónica para abordar la historia desde una nueva perspectiva. Y esto es posible porque hay un corrimiento, sus personajes no fueron tomados por estereotipo, sino por patrones arquetípicos que las impulsaron a abordar un accionar distinto. Este es el caso de la obra Isabel de Guevara, de Alicia Muñoz, aquí vemos a una mujer desobedeciendo las órdenes del padre, embarcándose en la conquista de un nuevo territorio y reclamando ante “la corona”.  Lo que reclama es tierras, dinero.  Y no lo hace solo en su nombre, sino en el de todas las otras que junto a ella lucharon tanto o más que algunos hombres. 

Imágenes de «Bastarda sin nombre» y «Yo, Encarnación Ezcurra», ambas obras de Cristina Escofet

Otro es el caso de la obra Yo, Encarnación Ezcurra, de Cristina Escofet. En esta obra toma la figura de la mujer de Juan Manuel de Rosas, que trabajó con su hombre, estrategias de poder. Encarnación  entró en el juego y manejó sus reglas. Uno podría decir que para esta mujer su hombre lo fue todo, pero la hipótesis de la obra abre otra perspectiva. El hombre tuvo peso en la vida de esta mujer en tanto encarnó lo político. En esa misma dirección otra obra de la misma autora Bastarda sin nombre, toma la figura de Eva Perón, que vuelve como personaje mítico. Regresa como heroína habiendo cumplido el recorrido, de lo que Josef Campbell nombra como  “el viaje del héroe”. Evita, no abortó el viaje,  abandonó su hogar y salió a la aventura;  y para avanzar debió profundizar niveles de conciencia. Un viaje siempre se realiza en dos planos -interno y externo-, contiene estas dos dimensiones. En este punto Encarnación Ezcurra, Eva Perón son personajes de una misma matriz arquetípica, como lo podría ser Juana Azurduy.  Mujeres guerreras,  hermanas, que convocan en su lucha a otros y otras. Podemos decir que “Artemisa”, es la que las impulsa al viaje.

Si como “buscadoras” miramos la historia bajo la lente de estas fuerzas arquetípicas que nos gobierna, intentando retomar la trama, algunas mujeres llamarán nuestra atención. El trabajo a realizar no es sencillo, pero sí muy estimulante. Lo más complejo suele ser la escasez de datos históricos. Pero las cartas suelen ser un gran aporte ya que cuando se da con datos concretos estamos en situación de poder arriesgar una hipótesis. Esta vocación de buscadora me llevó a dar con algunas mujeres de la historia que llamaron mi atención.  La frase “Y bueno…antes las mujeres que casaban jóvenes” fue  el disparador para acercarme a ver de qué modo estaba naturalizado el horror. Mariquita Sánchez de Thompson, tenía 14 años cuando se negó a casarse con un hombre mucho mayor que ella. Ese hombre tenía la edad de su padre. Intuimos allí el enorme daño psicológico. Ya que como mujeres podemos imaginar el horror de atar nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, a la de un “otro” que rechazamos.  Mariquita enfrentando a sus padres logró hacer su reclamo. El caso llegó a España y Leandro Fernández de Moratín, inspirado en su historia, escribió El sí de las niñas. La obra, estrenada en 1806, fue un éxito de público, con más de 37.000 espectadores, cifra equivalente a la cuarta parte de la población adulta de Madrid. Al éxito teatral se sumó el editorial.

Mariquita tuvo una vida intensa y de grandes amores. Como figura de la intelectualidad, Victoria Ocampo tiene en ella su antecesora. Creo no equivocarme si señalo que fue una de las primeras feministas argentinas. Y haciendo foco en la frase “Y bueno…antes las mujeres que casaban jóvenes” me encuentro con Remedios de Escalada. La niña se casa con José de San Martin un día antes de cumplir quince años, van a convivir poco tiempo. Parte de esa convivencia fue en Cuyo, donde ella enferma, y su esposo la manda con su hija de tres años de regreso a casa de sus padres, llevando un ataúd detrás por si moría en el camino. No van a volver a verse nunca más. Se dice que el hombre estaba muy ocupado como para viajar a verla, y ella muy enferma para ir a su encuentro. Todo suena falso como moneda falsa. Son conocidas las  relaciones que San Martin tuvo por fuera de su matrimonio. Ahora, la pregunta que se abre ante los hechos es: ¿habrá osado Remedios a encontrarse con un hombre?  ¿Le habrá valido ese amor semejante castigo?  Solo ellos sabrán que pasó y que pacto el hombre vio quebrarse al punto de no querer volver a ver su esposa nunca más; pacto que hacía rato, él, había desatendido.

Felicitas Guerrero se casará a los 14 años con un amigo de su padre. A los veintiocho años, siendo ya viuda decide tomar las riendas de su vida y comprometerse con Manuel Sáenz Valiente, pero Manuel Ocampo, primer amor de su adolescencia sintiéndose despreciado toma la decisión de matarla. En el diario La Gaceta del 13 de 1867  encontraremos el primer femicidio que tomó estado público en nuestro país. Felicitas Guerrero moría, en la casa de Barracas.  La nota no tiene desperdicio, alerta sobre que puede sucederle a las niñas si andan por ahí coqueteando. Una niña de 14 años siempre será una niña de catorce años.  A este grupo de mujeres que me convocaron las llamé  “mujeres-niñas”, ninguna de ellas terminó de asumir su adultez, ya que de un modo u otro quedaron fijadas en algún tipo de dependencia masculina.

Diosas arquetípicas del Teatro Griego

Si miramos la historia de las mujeres bajo el lente de estas fuerzas arquetípicas que atravesaron el teatro griego nos encontraremos con: Atenea, Deméter,  Artemisa, Perséfone, caminando por las calles de las ciudades, algunas pérdidas en sus campos y pueblos. Y aquella historia híbrida que nos fue narrada sobre las mujeres que atravesaron la historia volverá cargada de sentido, a renovar la escena de las mujeres en el teatro argentino.

Adriana Tursi