Revista Florencio

EN TORNO AL PRIMER CONGRESO INTERNACIONAL DE TEATRO POR LA IDENTIDAD

Todas las voces

Panelista de una de las mesas que convocó el mencionado congreso, el dramaturgo Mariano Saba nos ofrece en este lúcido artículo una reflexión sobre la importancia de ese encuentro internacional y nos informa de las cinco propuestas que formuló allí para que teatro e identidad puedan seguir aliándose en la sana resistencia a los embates de lo real.   

Hace unas semanas tuvo lugar el Primer Congreso Internacional de Teatro x la Identidad. Íntegramente realizado en formato virtual, la actividad se dio dentro del marco artístico y académico del Departamento de Artes Dramáticas de la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Fue así, entonces, que entre el 17 y el 19 de junio, numerosas mesas fueron programadas, se leyeron decenas de ponencias y se hicieron paneles, conferencias y desmontajes, orientados siempre a pensar ese fenómeno artístico notable que ya lleva 20 años acompañando desde la esfera artística la gigantesca epopeya de las Abuelas de Plaza de Mayo.

Para todo aquel que ha tenido la suerte de colaborar alguna vez con Teatro x la Identidad, sabe de la fuerza inagotable que sus responsables ponen en cada proyecto que desarrollan. En este sentido, y como no podía ser de otro modo, el Congreso ha resultado un punto nodal de reflexión sobre identidad y teatro.  Los temas que circularon fueron diversos, como felizmente suele ocurrir cuando la sinergia entre tantas voluntades irradia un interés  múltiple sobre los ejes. Así, el Congreso invitó a recordar el camino de Teatro x la Identidad, desde su fundación a partir de la experiencia de A propósito de la duda, escrita por Patricia Zangaro y dirigida por Daniel Fanego, a las muchísimas acciones que se llevaron a cabo en los años subsiguientes, ya sea, por ejemplo, con la itinerancia de sus espectáculos o con la consolidación de ciclos como Idénticos, pensado por Mauricio Kartun y sostenido por Teatro por la Identidad desde el año 2010.

Preguntarse por la tarea enorme desarrollada por Teatro por la Identidad reenvía claramente a la cuestión del compromiso. Y en ese encuadre, el compromiso de este acontecimiento anual nos conduce a calibrar cierta gratitud que debemos los teatristas argentinos a tamaño esfuerzo colectivo, sostenido durante tanto tiempo. De este modo, me atrevo a compartir mi percepción de que Teatro por la Identidad sigue y seguirá siendo un referente del teatro nacional en su dimensión política, no solamente por aportar a la causa de las Abuelas sino también por seguir haciendo las preguntas correctas desde ese espacio de sentido insondable que es el escenario: ¿qué es la identidad?, ¿cuál es nuestra identidad? Tuve el gusto de compartir un panel sobre “Teatro por la Identidad. Historia, militancia y arte”, coordinado por Eugenia Levin. Y en él pude felizmente escuchar la experiencia pionera de Fanego, la labor incansable que describió Raquel Albéniz como integrante clave de este encuentro, la marca autobiográfica que Lorena Vega consignó como huella allí en sus propias producciones, tras haber participado de Idénticos con un monólogo que resultó significativo en su historia personal. Así, Teatro por la Identidad parece haber conseguido cada vez más proyectarse en nuestras vidas de hacedores y de espectadores como una caja de resonancia sobre la resistencia y la creación. Desde esta premisa, y también desde la experiencia de haber podido participar con varios textos del ciclo de monólogos Idénticos (coordinado siempre por el maestro Kartun y dirigido por Daniel Veronese) intenté compartir al menos algunas zonas significativas de la relación entre dramaturgia e identidad, las cuales resultan para mí indisociables de experiencias como las de Teatro por la Identidad, donde logra actualizarse la voluntad política de continuar indagando en quiénes somos y quiénes queremos ser.

Panel sobre “Teatro por la Identidad. Historia, militancia y arte”,
coordinado por Eugenia Levin para el Congreso de TxI

Brevísima memoria contra el fin del mundo

Yo creo que supo haber épocas en que se soñaba mejor: épocas en que los viejos postulados de equidad, de libertad, de redención social y política de los sectores más postergados, nunca estuvieron disociadas del fin último de toda utopía, es decir, cuidar este mundo y hacerlo un lugar más feliz para nosotros y para la posteridad de las generaciones futuras. Supo haber épocas -creo yo- en que se soñaba mejor, y estoy seguro de que los mismos intereses que destruyen sistemáticamente el planeta, que son capaces incluso de defender la economía por encima de todo, son los mismos que antes cercenaron miles de vidas por su mero talento de saber soñar.

Hoy es tarea ardua discutir la convicción de un final cuando las velocidades de los discursos imponen muchas veces una imagen rota de la realidad. Todo dolor específico va a nutrir el friso tristemente homogéneo de la catástrofe; es decir, toda experiencia personal corre riesgo de asimilarse a la indefinida angustia general. Y la distancia no ayuda, claro está. Y sin embargo creo que hay que negarse. Hay que negarse rotundamente a que todo dolor vaya a parar al cajón de sastre del desastre. Hay que negarse porque ahí también radica lo identitario: en entender que cada dolor tiene un nombre, tiene un apellido, tiene una memoria, amigos, amores, sueños, recuerdos. Entender que cada dolor tiene una vida, y que en la sumatoria del horror no puede perderla, porque si la pierde significa que aquellos que hemos tenido la dicha de sobrevivir, estamos haciendo algo mal. Si eso pasa, estamos haciendo algo mal con la memoria, algo que casi siempre es rayano al olvido. Hay que resistir la voluntad destructiva, idiotizante y banal de ese mecanismo perverso que intentan imponer ciertos elementos ocupados simplemente en la supervivencia de un sistema económico por sobre el resguardo de lo vital.

Ahora bien, ¿y el teatro qué? ¿Qué puede hacer el teatro si todavía anda incluso saltando los charquitos, capeando el temporal de la distancia cuando –a diferencia de muchos otros lenguajes artísticos− nació necesitado del cara a cara? Bien. En principio yo creo que el teatro puede hacer varias cosas, incluso en este contexto tan dificultoso para su supervivencia. Prueba insoslayable es el Congreso de Teatro por la Identidad y más aún sus veinte años de trayectoria contra viento y marea. El teatro puede hacer varias cosas, creo yo, y puede hacerlo por dos motivos: A) porque el teatro estuvo siempre en inferioridad de condiciones; siempre, siempre, siempre; es decir, su condición aurática, frágil, artesanal, existió siempre, y eso de contar ya con “el mal conocido” hoy es una ventaja… No es la primera vez que el teatro tiene que reinventarse y seguir resistiendo desde una barricada nueva, novedosa, sorprendente; y B) el teatro puede hacer varias cosas porque tiene vocación de gotera. Es decir, la teatralidad es como el agua: no hay límite que se le imponga, busca siempre su filtración, modifica su forma y avanza, encuentra una y otra vez nuevo cauce para surgir. Y ahí donde brota, como el agua, la ficción inyecta su componente vital: suele redimir lo real cuando está por marchitarse. Porque en definitiva se trata habitualmente de lo mismo: de lograr ese pulso poético que sacuda a la vida y la retorne a sí misma, modificada. Por temor, por amor, por humor, siempre lo teatral se injerta en la selva espesa de lo real y retoña.

«A propósito de la duda», de Patricia Zangaro. Primer espectáculo de Teatro x la Identidad.
Foto archivo TxI

Ahora bien, ¿y la dramaturgia qué? ¿Qué puede hacer específicamente la dramaturgia en este entuerto?

No tengo la menor idea.

Sin embargo, me animo a especular. No hay mejor antídoto contra el invierno que imaginar un buen verano. Así que pienso −y me aferro− a cinco puntos donde la dramaturgia puede tal vez seguir aliándose con lo identitario y resistiendo sanamente los embates de lo real.

1) Tenemos lenguaje para conjurar la caducidad de las cosas. La dramaturgia se resguarda en la idea general del lenguaje como rescate de la memoria, como retorno a las voces acalladas y también como forma de evitar la ausencia futura. Te nombro para que estés. Y más que nunca eso se da en un lenguaje puesto al servicio de lo coloquial, puesto al servicio de ese género tan ligado al habla que es la dramaturgia. Dicen que en el acto demiúrgico del lenguaje está el milagro más inescrutable de su génesis: puedo nombrar el fuego para cuando no lo haya y arrecie el frío, y puedo nombrarlo para que su ausencia se torne existencia. ¿Dónde mejor que en la dramaturgia puede darse esa virtud lingüística? ¿Interesa si es por radio, por zoom sincrónico, por señales de humo? Sabemos que el teatro necesita del encuentro, pero mientras tanto, ¿cómo negarle poner en juego esa capacidad sublime del nombrar? Y más cuando es literatura destinada a la carne, siempre en busca de su alianza con la actuación para que el nombre sea cuerpo y sea indudable.

2) Vale la pena plantar discurso poético en el territorio yermo de lo real. Estamos condicionados por la post-verdad. El exceso de la razón ha dado lugar a algo aún más discutible que la imposición de una verdad: ha dado lugar a la venta masiva de una post-verdad. Se hace palpable muchas veces una contienda de discursos que intentan nominar lo real sin necesidad de argumentar. Las afirmaciones sin planteo ganan entonces por repetición: lo real adquiere la lógica pesadillesca de lo recurrente. “Te voy a repetir lo falso hasta convencerte”: ese es el lema más peligroso. Ante esa literalidad prosaica de lo real y su pulsión repetitiva, la dramaturgia se reserva el derecho de intervenir con lo poético. De intervenir la actuación futura con metáforas implosivas, capaces de irradiar sentido abierto donde lo real quiere proyectar significados cerrados. Donde quieras clausurar un sentido, ahí va la dramaturgia con sus armas precarias y disiente, se alía con la actuación y disiente, plantea pregunta y disiente, sienta precedente y disiente. Es indudable el espíritu contestatario de una escritura que simula situaciones humanas para quebrar lógicas naturalizadas, formas de interacción cristalizadas, muchas veces erróneas, equívocas y hasta terribles.

3) El último refugio es la euforia del relato. No hay ninguna razón para desalentar el relato de nadie. Incluso si estuviéramos ciertamente en las horas más oscuras, no hay ninguna razón para dejar de narrar, para pedirle a nadie que deje de narrar. Miremos lo que pasa con cualquier persona que nos cuenta un recuerdo importante de su vida; miremos lo que ocurre con cualquier sujeto que nos cuenta una película que lo apasionó. Nunca entendí que alguien pueda interrumpir esas escenas: si una persona está “tomada” por su anécdota o por la narración de una película que le encantó, es imperdonable quebrarle el goce. Porque ese goce proviene de la euforia del relato: esa persona está felizmente capturada por su relato, por sus imágenes, y transmitirlas le hace bien, le permite volver a transitar por ellas y remedar la satisfacción de narrar, de “pasar” el relato como quien pasa un secreto alquímico. ¿Por qué le negaríamos a la dramaturgia su pasión de seguir contando? ¿Por qué censuraría que el relato teatral no debe darse por fuera de sus cauces “normales” cuando la normalidad se ha distorsionado tanto? El teatro, y la dramaturgia en particular, tiene el derecho inalienable de seguir dejándose tomar por la euforia del relato, porque aquel que cuenta, se cuenta, y cualquier impugnación de eso claramente es destructiva. A veces me preguntan por qué escribo monólogos breves, por qué sigo por ejemplo mandándolos a concurso, por qué me pongo tan contento como la primera vez cada vez que participan de ese querido ciclo de Idénticos que ideó el maestro Kartun y que hace una década que lleva adelante Teatro por la Identidad. Bueno: sigo escribiendo eso porque me gusta. Me enorgullece aportar a la causa de Abuelas. Y me gusta escribir esas voces, esas cápsulas de universo que me toman por un rato y me llevan lejos sin moverme de tres mil caracteres. Me gusta la euforia minúscula del relato minúsculo y me gusta porque narran lo mínimo para que el punto de vista imagine lo máximo. Me gusta ese juego y ese juego me toma, así que de vez en cuando yo también lo tomo a él. Yo soy un poco cada voz que sale de ese juego, y ese juego entonces me cuenta un poco de mí.

4) El oído como médium democrático. La dramaturgia sigue siendo un asunto de oído. Se escribe con el oído que conduce el deambular de la mano. No sé si en otros géneros literarios hay tal exigencia mediúmnica para el oído, pero en el caso de la dramaturgia más te vale que aprendas a escuchar todas las voces. Y por eso pienso en el enorme valor que la escritura teatral tiene para el espíritu democrático: porque no sólo se trata de entender todas las voces, se trata principalmente de escucharlas, de saber escucharlas, de aprender a escucharlas con la mayor capacidad abarcadora posible, te gusten o no, las aceptes o no. No es posible escribir una voz sin escucharla. Y convengamos que escuchar, hoy, es un don escaso. No tengo dudas de que una dramaturgia consciente de esto colabora con el afinamiento de un oído democrático que la trasciende, que se multiplica en los espectadores y pone en valor la capacidad poética y política de la escucha social.

Estela de Carlotto, Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, con integrantes de TxI
Foto archivo TxI

5) Yo soy yo y mis metáforas. Estoy convencido de que la identidad es, entre otras cosas, las metáforas que supimos construir. Ni las mejores, ni las peores: las que supimos construir para nombrar el mundo y para nombrarnos a nosotros mismos. La literalidad nos hubiera condenado a un vuelo rasante: las metáforas vienen a producir la complejidad del relato humano y habilitan cierta expectativa de futuro. Como no somos una simple literalidad, la compleja metáfora de lo que somos empuja nuestras alternativas de relato hacia adelante. Son nuestro hilo de Ariadna en este laberinto insondable. ¿Dónde mejor que en la teatralidad, y en su dramaturgia, pueden condensarse esas metáforas de la identidad, promisorios granos de la voz, relatos en ciernes de nuestros conflictos y de nuestros futuros posibles? Por todo esto identidad y dramaturgia, creo yo, van siempre juntas: porque mientras haya escena posible, habrá entonces metáfora; y mientras haya metáfora habrá siempre –siempre− un resquicio de luz por donde asome la pregunta acerca de lo que somos, un luminoso punto que narre el futuro posible en medio de la noche más oscura.

Mariano Saba