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Ser dialoguista o estructuralista o cómo pagar el derecho de piso

“Una cosa es ‘pagar’ el derecho de piso y otra es la práctica que nos permite crecer”

“Yo les tiro ideas” “Yo anoto cosas que se me ocurren y después se las paso” “La idea es mía, a mí se me ocurrió” “Yo tengo una libretita y cuando veo algo que me parece que puede ser una historia, lo anoto” “Yo les di el arranque y le voy diciendo qué cosas quiero que pasen” “Vi una película así, que puede ser una serie, ¿por qué no te escribís unas paginitas?”

Éstos y otros pensamientos similares surgen muchas veces de los responsables de una producción de televisión que mayoritariamente, desde mediados de los noventa, poco a poco han creído y, lo peor de todo, han hecho creer a muchos autores jóvenes, que con esas acciones, el rol que ellos ejercen en la obra audiovisual es el autoral.

Claro que esto se hizo posible porque, al comienzo, se concentró en pocos la producción de obras audiovisuales para TV y luego el decline imparable de la producción de contenidos nacionales terminaron por precarizar el trabajo del autor y sus derechos.

“Hay una ley, pero no la acatamos”; esto, que vemos expresado en tantas acciones en nuestro país, también se refleja en la empobrecida industria audiovisual argentina. La ley 11.723, de propiedad intelectual, le dedica en su artículo 20 en relación a los derechos sobre la obra, lo siguiente: “Salvo convenios especiales, los colaboradores en una obra cinematográfica tienen iguales derechos, considerándose tales al autor del argumento, al productor y al director de la película. Cuando se trate de una obra cinematográfica musical, en que haya colaborado un compositor, éste tiene iguales derechos que el autor del argumento, el productor y el director de la película”. Como la ley es de setiembre de 1933, por extensión esto se aplica a las obras audiovisuales en general. Es decir, que el autor del argumento (y por extensión el del/de los guion/es), el director y el productor gozan de derechos. Pero los derechos de cada uno son protegidos por una sociedad de gestión. La tienen los directores (DAC), la tenemos los autores (ARGENTORES) y si los productores no la tienen es porque nunca se han puesto de acuerdo en conformar dicha sociedad. ¿Por qué entonces los autores deberían proteger los derechos de los productores?

Pero volvamos al comienzo.

“Tengo una idea para una serie: La vida de Carlos Gardel desde que nace en Toulouse hasta que muere en el accidente en Medellín”. “Se me ocurrió una idea: Dos ex novios se reencuentran después de muchos años y recuerdan sus tiempos felices hasta que ella muere y le deja al otro como herencia el cuidado de sus hijos”. Muy bien. Se te ocurrió, pensaste e incluso investigaste sobre el tema, tenés un principio y un final. ¿Y en el medio? En el medio puede haber una o varias temporadas de ocho episodios de una serie, ochenta episodios de una telenovela. Y esa es la tarea del autor, que es quien se ocupará con su arte, de la técnica de construir la trama y todo lo que eso conlleva; es decir la dramaturgia.

Idea AR: Hasta 1995 el derecho de autor (de una creación original) estaba exento del impuesto a las ganancias. No así el trabajo posterior. (Los libretos, por ejemplo)

De esta manera un reconocido empresario de la industria televisiva era contratado por su propia empresa que le adquiría los derechos de su creación figurando en los créditos como IDEA. Por esa Idea, dicho empresario no pagaba impuestos a las ganancias. Luego, en 1995, modificaciones en la ley hicieron que todo el mundo del audiovisual pagara el Impuesto a las Ganancias. (El teatro quedó exento del impuesto a las ganancias por la Ley 25037 en 1998, conocida como “Ley Brandoni”).

Claro, la frase “IDEA de” había quedado como uso y costumbre, y lo que ocurrió después fue un acto de vanidad de los pocos productores independientes, del 95 en adelante. Esta práctica se hizo regla por muchos luego, por los beneficios económicos frondosos que vinieron después, en el cobro de los derechos de comunicación pública.

Todo se desmadró. La idea en esos tiempos era hacer la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible. Y así como se descuidó a la industria en general, porque no era primordial exportar, también se descuidó el rol del autor. La mejor manera fue dividir para reinar.

Entonces por exigencias de producción, por la improvisación propia con la que se producía introduciendo cambios en los guiones a último momento en la lucha por el rating, apareció la división de tareas, que no es lo mismo que la obra escrita en colaboración.

Por ende, hoy escuchamos en boca de muchos colegas: “Yo empecé como dialoguista, yo pasé a ser estructuralista y ahora soy autor”. Como si todas esas tareas no fueran un aporte desde cada autor a la obra literaria final en colaboración. Lo que siguió fue otorgarles esas funciones a jóvenes escritores que recién comenzaban su camino profesional porque, entre otras cosas, eso significaba una mano de obra barata. Lo lógico es que esos jóvenes, aún egresados de ámbitos académicos, no habían adquirido las herramientas que solo dan la practicas profesionales. Es decir, uno va aprendiendo con el tiempo. Disponibles 24 x 24 horas, fueron obteniendo un bajísimo porcentaje en la distribución de los derechos de autor. La Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES) consideró que había que poner un límite y se dispuso que nadie podía percibir menos del 5% de los derechos de la obra en colaboración. Y hoy nos sumamos a ese cambio estableciendo el cumplimiento de la Ley Argentorista que enuncia en su artículo 17 del Reglamento Interno que solo los autores pueden participar en la distribución de los derechos. Esta y otras medidas relacionadas al porcentaje de su participación en la obra que estamos estudiando, van a posibilitar enaltecer la figura del autor, como lo establecen entre sus objetivos nuestros Estatutos. Con el indispensable apoyo incondicional de los autores de trayectoria, los jóvenes autores participarán entonces de la creación de la obra haciendo su aporte acorde con su experiencia que poco a poco irá creciendo. Pero no pagando el “derecho de piso” que no es otra cosa que la creencia de que al iniciar el ejercicio de una carrera profesional una la persona nueva debe hacer todo aquello que le dicen sin discutir, sin tratar de hacer aportes personales, tener mucha paciencia, no perder los estribos y pensar en la pertenencia. Una cosa es “pagar” el derecho de piso y otra es la práctica que nos permite crecer y tomar confianza en nosotros mismos como personas y profesionales; y que nos permite demostrar en un corto tiempo lo valioso que somos para la producción y para la industria. Es darles la posibilidad a los jóvenes de crecer y desarrollarse también para que en el futuro otros jóvenes que recién comienzan no repitan su historia.

Consejo Profesional de Televisión