Revista Florencio

INTEGRANTE DEL CONSEJO PROFESIONAL DE RADIO, MARÍA MERCEDES DI BENEDETTO

Radioteatro, del aire al corazón

«Alguna vez se escribirá la historia de la radiotelefonía argentina y los
autores del radioteatro tendrán seguramente en ella el lugar que les corresponde»
Luis María Grau, autor de Los Pérez García

Desde que los Locos de la Azotea parieron la radiofonía entre cableados nocturnos y acordes wagnerianos, la ficción tuvo su espacio y un público agradecido y seguidor. Es que el radioteatro, como los cuentos de hadas, viaja del corazón a la palabra y de la palabra al corazón y despierta imágenes que se graban para siempre en la memoria de los radioescuchas. “La radio -nos dice el Diccionario de Teatro de Patrice Pavis- redescubre una fuente intimista, casi religiosa, de la palabra. El oyente se encuentra en una situación de escucha próxima al semisueño fantasmagórico.”

Para 1927, hay ya varios elencos emitiendo teatro radiofónico: la Agrupación Radiodramática, la Compañía Nuevo Teatro (con Pedro Quartucci), y Orfilia Rico se da el gusto de poner al aire obras como Criolla Vieja o Con las alas rotas. Federico Mansilla obtiene un gran éxito con su personaje El Abuelito, y le llueven regalos de los oyentes. En 1929, Radio Prieto organiza un concurso de obras para ser transmitidas, con premio en efectivo. Y es también el año en que se reglamenta el cobro de los derechos de autor en la radio y la obligación de mencionar a los escritores, hasta entonces desprotegidos.

Surgen los pioneros de cada género: además del histórico y el campero, aparecen Ronda Policial, basada en casos reales y escrita por Ramón Cortés Conde (un subcomisario en actividad), La familia de Pancha Rolón de Ricardo Bustamante, primera trama familiar y Yakar, la primera de aventuras. Los episodios concebidos por José Andrés González Pulido para Chispazos de Tradición (“un churrasco criollo chorreando sangre gaucha”, al decir de su autor) catapultan el rating de los años 30 a alturas insospechadas.

En la programación radial de 1933 (cuando todavía la paga para autores y elencos era un café con leche y un muchas gracias) se ofrecen cuatro compañías radioteatrales; dos años más tarde se produce una explosión de la ficción que se manifiesta en la creación de nuevas compañías, en la diversificación temática del género (acorde con las exigencias de un público cada vez más amplio y heterogéneo) y en la incorporación de autores para cubrir la demanda de adaptaciones y novelas originales. Por las emisoras Nacional y Porteña, se emite Bajo la Santa Federación, radioteatro escrito por Carlos M. Viale Paz y Héctor P. Blomberg para la Compañía de Francisco Mastandrea. El enorme suceso de Bajo la Santa Federación generó inmediatas imitaciones: La sangre de los jazmines, de Arsenio Mármol; La mazorquera de San Telmo, de Héctor Bates; La estrella de sangre, de Luis Pozzo Ardizzi; El último candombe, de Manuel Domínguez, entre otras.

En agosto de 1937, Eva Duarte es contratada por Radio Belgrano para participar en el radioteatro Oro Blanco, de Manuel Ferradás Campos.

Las obras sobre el gauchaje y sobre federales/unitarios van dejando paso con el tiempo a las de los arrabales porteños, con sus conventillos y pensiones. Para los años cuarenta se produce un cambio, y aparecen las adaptaciones, las versiones de películas y de grandes novelas universales, las vidas de personalidades torturadas y sufridas, con heroínas de todo tipo (María Antonieta, la Catherine Earnshaw de Cumbres Borrascosas, etc.) El melodrama se instala como favorito al mismo tiempo que se sitúan las historias en locaciones exóticas (del tipo El hijo del Sheik) en las que los camellos o fieras peligrosas reemplazan al fiel caballo campero de otrora.

La comedia de las décadas del 40 y 50 tuvo rasgos definidamente porteños. Los conventillos, con su cocoliche y sus diversas colectividades, dieron paso a las pensiones, más discretas, pero siempre ricas en personajes y estereotipos.

De todo el espectro abarcado por la ficción radial, dos temas hay que sobresalen por su fuerza arquetípica: las grandes historias de la reivindicación social. Por un lado, las que responden al esquema de La Cenicienta (joven humilde gana el amor de muchacho adinerado) y por otro, los héroes perseguidos injustamente (Martín Fierro, Juan Moreira, Hormiga Negra, Mate Cosido y otros bandidos rurales). El maltrato al que son reiteradamente sometidos por villanos detentadores de algún tipo de poder (económico, político, etc.) y el infaltable final feliz que vendrá a revertir su martirio se conjugan para convertirlos en preferidos de la audiencia.

En los ‘40-’50, el dial se dividía entre la línea criollista y del suburbio, que desarrollaba, entre otros, Juan Carlos Chiappe (Radio del Pueblo, Antártida, Porteña y Provincia) y el sentido estético, que Armando Discépolo trataba de imponer al frente del elenco estable de Radio El Mundo, con versiones de teatro y de películas. Había además otra tercera línea que ya estaba asentándose en el gusto popular femenino: la sentimental, la “novela rosa”. Pero pocos años después las producciones comienzan a tener en cuenta no sólo la sed de historias de amor de las mujeres, sino también sus intereses generales, que pugnan por arrimarse al status masculino después de varias generaciones postergadas. No olvidemos que en esta etapa la mujer logra su derecho al voto y se concientiza como trabajadora, defendiendo sus derechos laborales. Desde el título se adivinan los contenidos: De mujer a mujer, de Celia Alcántara, y Hogar de mujeres, Estas cosas de mamá, La chica de al lado y Nosotras las mujeres, de Nené Cascallar.

Excede nuestras posibilidades el hacer una semblanza acabada de todos los escritores de radioteatro nacionales como deseaba con justicia Luis M. Grau.

Sin embargo, vaya en este listado nuestro humilde aporte, sabiéndose limitado y lleno de ausencias: Omar Aladio, Celia Alcántara, Héctor Bates, Héctor P. Blomberg, Alma Bressan (Alma De Cecco), Adalberto Campos, Nené Cascallar, Eifel Celesia, Juan Carlos Chiappe, Orlando Cochia, Miguel Coronatto Paz, Jorge Edelman, Laura Favio, Rafael García Ibáñez, Luis Gayo Paz, José Andrés González Pulido, Silvia Guerrico, Alfredo Lima, Mabel Loisi, Audón Lopez, Aldo Lucci (o Luzzi), Claudio Martínez Payva, María del Carmen Martínez Payva, Oscar Luis Massa, Alberto Migré, Francisco Muñoz Azpiri, Atilano Ortega Sanz, Luis Pozzo Ardizzi, Jorge Rey, Ana Rivas, Amadeo Salazar (Sergio De Cecco), Abel Santa Cruz, Francisco “Pancho” Staffa, Zeneida “Yaya” Suárez Corvo, Roberto Valenti. Y el ya nombrado Luis María Grau, claro.

Se ha acusado a la televisión por la desaparición del género, sin embargo, otros factores se sumaron para dar la estocada final. A fines de los años ’60, bajo Onganía y de la mano de Federico Frischknecht, en Maipú 555 se hacinaron y desmantelaron despóticamente cinco emisoras para facilitar su control ideológico, con muchos despidos y un sensible abaratamiento de los costos. El gobierno de facto, además, pone fin abruptamente al radioteatro por anticultural y antieducativo, luego de cuatro décadas de gloria ininterrumpida.

Volvamos a Luis María Grau, quien en una nota publicada en la revista Argentores del otoño de 1969 se queja amargamente: “se ha convertido a Radio El Mundo en un cambalache desde donde transmiten cuatro o cinco emisoras. Se han anulado programaciones enteras, restando al artista fuentes de trabajo. Se ha echado a la calle a empleados especializados y capaces (…) se ha dado el tiro de gracia al radioteatro, restando así posibilidades a un mundo artístico que había hecho de él su medio de vida. Un incendio hubiera resultado más barato”. Y agrega, desalentado: “¿Qué queda del autor después del esfuerzo de construir un radioteatro? Nada. Páginas y páginas escritas a máquina precipitadamente, quemadas después en el micrófono (…) un recuerdo que dura cierto tiempo, pero siempre, siempre, el olvido definitivo. El oyente, por más que apruebe una historia y ésta le satisfaga, no puede guardarla como una revista o un libro, y sin embargo al público le encantaría volver a escuchar lo que tanto le gustó.” Por suerte para las nuevas generaciones, los impedimentos que mencionaba Grau han sido sorteados gracias a la tecnología, y hoy podemos escuchar los contenidos que nos interesan, en el momento y el lugar que elijamos.

Muchas personalidades de los medios de comunicación en todo el mundo afirman que en este nuevo ecosistema las ficciones para escuchar están atrayendo a los jóvenes y revitalizando la creatividad radial estancada durante décadas. Y que el radioteatro como género -reconocible hoy como audiodramas, radiodramas o simplemente ficción radial y envasado en los florecientes podcasts- está empezando a vivir una segunda Edad de Oro.

Que así sea.