Revista Florencio

LOS 70 AÑOS DE LA TELEVISIÓN ARGENTINA

Que los cumplas muy feliz

Cuando los editores de la revista, nos plantearon a los integrantes del Consejo Profesional de Televisión de Argentores, que teníamos que entregar una nota sobre el aniversario de la tv en la Argentina, empezamos a conversar a ver quién se hacía cargo, y sobre qué iba a escribir. Hicimos una especie de brainstorming, al que todos estamos acostumbrados por defecto profesional, y no llegábamos a un resultado que nos conformara, hasta que apareció una idea salvadora: ¿Y si cada uno de nosotros escribe un relato corto contando como fue su primera relación con la tele? Pero no desde lo profesional, sino como espectadores. Por ejemplo, ¿cómo fue aquel momento cuando llegó la tele a casa? O ¿cómo era verla en casa de parientes, amigos, o vecinos? ¿Cómo nos reíamos o llorábamos frente a aquel programa que se terminó convirtiendo en una especie de adicción, todos los días o todas las semanas a la misma hora y en el mismo canal?

¿Cómo fue encontrarse con ese aparato hasta ese momento desconocido? Que, cuando estaba apagado no nos transmitía nada, pero que al encenderlo nos transportaba a un universo tan misterioso y atractivo, del que no queríamos despegarnos, y del que, finalmente, no nos despegamos jamás, tanto que terminó convirtiéndose en una de nuestras grandes pasiones. El entusiasmo que generó aquella idea nos llevó rápidamente a la computadora, a buscar en nuestros recuerdos. Disfrutamos mucho escribiendo estos relatos para conformar aquella nota que solo uno de nosotros debía escribir. Disfrutamos tanto como lo hacemos cuando escribimos para la tele.

Consejo Profesional de TV de Argentores


Jorge Maestro

Tenía ocho años. La tele era un lujo que no se podía tener en casa. Los fines de semana, de visita a la casa de parientes más pudientes, podía ver Disneylandia y Maverick de corrido al atardecer. Además del cine del barrio en continuado, los sábados también tenía tele. Hasta que un día llegó a la casa de mi vecino, otro nene como yo. Corrimos como locos de contentos porque íbamos a ver todos los días al Cisco Kid, al Capitán Piluso y a Titanes en el Ring. Y jugaríamos a ser ellos. Y así de a poco, la tele se fue metiendo en mi vida hasta que la cosa se dio vuelta y yo me metí en la vida de la tele para contar historias. Y acá estoy, viéndola pelear para seguir con vida tomando el ejemplo de su hermana mayor, la radio, que también sobrevivió cuando ella llegó a la gente. La tele fue mi juguete y en la tele sigo jugando.

«Disneylandia»


Jessica Valls

El primer recuerdo que tengo de la tele no es mirando la tele; es yo llorando porque quería ver El show de Carlitos Balá y mi mamá explicándome que Carlitos Balá no vivía adentro del televisor, y que había que esperar hasta el próximo domingo para volver a verlo. Mi recuerdo número dos, es un final de capítulo de Señorita Maestra; el personaje de la directora por sentarse justo arriba de una torta de crema y la intriga de si la aplastaría o no… Tenía 7 años y recuerdo ese momento como una revelación. Había descubierto que había alguien ahí moviendo los hilos para que yo me quedara con la intriga hasta el día siguiente, porque si no cómo podía ser que se terminara el programa justo en ese momento. Pasé las siguientes veinticuatro horas pensando en si la torta iba a ser aplastada o no, pero más pensé en el artilugio que se ponía en marcha para que yo me quedara en vilo todo ese tiempo. Claro que no en esos términos, tenía 7 años, pero si con esos conceptos. Recuerdo que eso desencadenó una charla con mi madre, sobre cómo se hacía la televisión, que ella hablaba de cables y señales y actores, y yo quería hablar de cómo es que yo no podía pensar en otra cosa que no fuera en si la torta sería aplastada o no. Sin dudas, aquel final de capítulo, fue el primer engranaje en la larga cadena de acontecimientos que me hicieron elegir mi profesión.

Aprender el truco se convirtió en una obsesión, y ponerlo en práctica, en mi pasión.

Carlitos Balá


Ricardo Rodríguez

Tendría unos 6 o 7 años. Vivía en una especie de PH con mis padres y mi hermano menor. Para llegar a nuestra casa había que recorrer un largo pasillo, a cuyo costado había un departamento tras otro. Mi madre solía lavar el patio de casa luego del almuerzo y después ir a hacer una siesta, mientras yo jugaba con mis soldaditos. Día a día yo esperaba que ella se durmiera, y entonces me escapaba. Iba hasta un departamento vecino, en medio del pasillo, donde doña Clara, una mujer mayor, siempre dejaba la puerta semi abierta, como invitándome a espiarla. Era muy fuerte mi atracción. Yo observaba como la señora se sentaba de espaldas a la puerta, mientras frente suyo tenía la verdadera razón de mis escapadas: la tele, un enorme aparato con imagen y sonido, que me había atrapado y me mantenía de pie, casi hipnotizado. Doña Clara no escuchaba bien, y jamás pudo descubrirme, pero mi madre sí, y, a partir de ese día, tomó todos los recaudos para que no pudiera volver a escapar, prometiendo castigarme. Pensé que jamás volvería a ver la tele, hasta que, días después mis padres me sorprendieron trayendo un aparato al living de casa. Algunos de los recuerdos más lindos de mi infancia tienen que ver con ellos y mi hermano sentados frente a la tele, riendo a carcajadas con Pepe Curdeles, abogado, jurisconsulto y manyapapeles. En aquel tiempo, más de una vez soñé con estar dentro de aquel aparato. Años más tarde, el sueño se hizo realidad.

Pepe Biondi con su personaje «Pepe Curdeles»


Tato Tabernise

Tendría doce años cuando en mi casa apareció la televisión. Yo no le daba mucha bola, ocupado en jugar al fútbol y andar en bici; además se miraba por orden de aparición: primero elegía mi viejo, después mi mamá, después mi hermana y cuando me tocaba a mí era la hora de ir a dormir. Pero un día mi mamá puso una comedia: Usted puede ser un asesino de Alfonso Paso protagonizada por Pepita Martín y Manuel de Sabatini. Nunca me reí tanto. Fue tal la impresión que me causó que, años más tarde, empecé a escribir teatro y luego televisión. Una de mis primeras obras en la tele fue una comedia de enredos que encabezó Moria Casán.

Pepita Martín y Manuel de Sabatini


Guillermo Hardwick

La noticia llegó por el lado de mi prima que vivía en la casa de la esquina de la cuadra. A la vuelta estaba la casa del tío y desde allí venía Marita a la carrera anunciando, con un entusiasmo desenfrenado, la novedad.

Era cierto, de inmediato me encolumné en su carrera hacia la casa del tío para comprobar que, en el vestíbulo que hacía de salita de recepción de la casa, dos sillas y un sillón habían hecho lugar al enorme mueble lustroso de caoba donde relucía la pequeña y mágica pantalla vidriada. Junto al mueble nos esperaba un tío sonriente que con gesto radiante me decía: ¡Mirá, es un Admiral!

Lejos de entender lo que había dicho el tío, miré deslumbrado la pantalla como descubrien-do un mundo nuevo, fascinante y magnético, donde un señor morocho de tez morena (mucho después supe que se llamaba Brizuela Méndez) decía sonriendo: “Pica, pica Picanola… la de la ventanita!” Y miraba a la cámara a través del pequeño agujero que tenía la famosa pastilla mentolada cuadrada, tan blanca como la sonrisa del negro Brizuela.

Ese mundo cambió las tardes del barrio y sumó a nuestra niñez personajes que cobraron vida de las revistas mejicanas de historietas, como El llanero solitario, Rin tin tin o el Cisco Kid, imperdible todos los viernes a las 19 horas.

El llanero solitario


Diego D’Angelo

Mis primeros recuerdos con la tele en casa son de aquellas transmisiones blanco y negro de canal 7 que llegaba hasta Rosario. Desde el piso miraba esa pantalla con puntos blancos y negros mientras orientábamos la antena.

Algunos pocos años después (a los 10 o 12 años de edad) aprendí cómo era él desde adentro de la tele, cómo era que Tarzán volaba dentro de un celuloide. O que los avisos eran cartones fotografiados que puestos en el pasaplacas se parecían mucho a las fotos que sacábamos con la cámara fotográfica. Que la botella de leche de la marca rosarina estaba pintada de blanco por dentro y que el pan de manteca era un trozo de madera envuelto. Así aprendí a entender la magia de este medio que aún hoy me apasiona.

«Tarzán»


Raúl Martorel

Gualeguay, Entre Ríos, abril de 1964, todo era magia, juegos y divertimento. Yo bailaba desde los 5 años, el teatro Italia era mi gran escenario, de fondo sonaban tarantelas y óperas. Ese día toda la colectividad a plena celebrando su nueva adquisición, una mezcla de mueble gigante con una perilla de canales al pedo porque solo se veía canal 7, una ingeniería de destreza y azar con la antena, no sé cuánto medía, súper alta con un volante para girarla que los tanos emulaban como si fuese la mismísima torre Eiffel.

De repente me encuentro inmovilizado frente al monstruo mobiliario mirando una publicidad de un chocolate (Crico) y de pronto un programa musical donde aparece María Magdalena bailando con Pedro Sombra y me dije quiero bailar eso, quiero estar ahí dentro tal vez con la ilusión de que me vieran mis primos en Europa.

Y todo se cumplió.

No tardó el tiempo que ese majestuoso aparato llegó a mi casa. Éramos 9 hermanos, 3, 3 y 3, yo soy el número 8 de los 3 menores, lo que llevó a mi madre a una máxima organización de los tiempos de tarea, siesta y TV. Y como los sueños se hacen realidad a mis 17 y en Buenos Aires, luego de protagonizar varios catálogos publicitarios, debuto en la televisión en la calle Viamonte y Alem (edificio Alas) en el programa Medianoche Show con coreografías de Pedro Sombra y dirección Gerardo Sofovich y fue así que finalmente mis primos me conocieron…

María Magdalena


Laura Barneix

Calculo que eran aún los años 80, teníamos una tele chiquita en blanco y negro con perillas que había sido regalo de mis abuelos. No recuerdo de cuántas pulgadas, pero eran pocas, porque desde donde estaba la mesa no se llegaba a ver nada. Entonces, a veces, sin que nunca termináramos de entender por qué, mi mamá nos daba permiso para comer viendo la tele. Hoy entiendo que era cuando necesitaba descansar un poco de nosotros, éramos tres sabandijas, pegaditos en edades. Teníamos una mesa pequeña con ruedas que poníamos frente al sillón y ahí nos acurrucábamos a comer los hermanos delante del aparato. Nos turnábamos para levantarnos a pegarle un golpe para corregir las rayas horizontales que hacía. Tampoco recuerdo bien qué veíamos, pero sí el ritual y la fascinación de ese momento. Pensando en esto me di cuenta de que tengo en mi casa de adulta una mesa pequeña con ruedas y que, cada tanto, para escapar un rato de nuestro hijo, le propongo a mi pareja amucharnos solos en la mesita frente al sillón y comer viendo algo en la tele.



Belen Wedeltoft

Vengo de una familia de seis hermanos. Yo era la del medio tirando al final, después de mí venían otros dos. Los más chicos no teníamos acceso a la tele porque de noche era de los adultos y de día patrimonio absoluto de los hermanos grandes. La tele era inmensa, tenía mesa propia y estaba en una sala de estar. Cuando estaba encendida me paraba en la puerta a escucharla y ver el reflejo en el vidrio de la ventana, eso era todo. Hasta que apareció Titanes en el Ring. Les propuse a mis hermanos ver el programa todos juntos y después unir dos camas, hacer un ring y luchar como ellos. Los convencí con el argumento de que había varios personajes y necesitaban actores para interpretarlos. Debatieron entre ellos y les pareció pertinente. Ahí entramos en escena mis hermanos chicos y yo. Yo era Pepino y la primera que salía volando del ring armado con las dos camas. Pero no me importaba, lo había logrado. Fue mi primer intento de acceder a la tele y por cierto no el último.

Titanes en el ring


Juan Ciuffo

En el 81 yo tenía 6 años. Me había pescado alguna peste de esas que te mandan a hacer reposo total de una semana, cama y embole. Estuvo bien solo el primer día porque pegué faltazo al cole, pero al tercero ya había contado de arriba abajo y de manera transversal, todos los tablones de machimbre del techo de mi cuarto. Miraba por la ventana y veía a mis amigos pasar para el potrero y a las vecinas yendo a la feria. Y yo ahí, como una ostra, testigo de cómo los días se convertían en noches sin que pase nada en el medio. Y entonces llegó ella: Telefunken de 21 pulgadas, a colores, sin control remoto (todavía no podíamos darnos ese lujo, había que levantarse a cambiar el canal). Mis viejos destinaron el aguinaldo a alegrarme un poco los días. Y esa ventana se volvió mucho más entretenida que la otra. Fue amor a primera vista.



Pablo Iglesias

Tengo 6 años, estoy contemplando a mi mamá mirando Rosa de lejos y me termino enganchando yo también con la novela. Ahora tengo 7 y espero ansioso mirando la señal de ajuste el momento en que la televisión se convierte a color, mi tremenda decepción al ver que Carozo es un perro azul no tiene explicación, pero enseguida compro y me engancho. Tengo 16 años y me enamoro de todas las pibas de Clave de sol. Tengo 20 no puedo creer ver a mi papá, mientras nos pide silencio, concentradísimo lagrimeando con ¡Grande, Pa!. A los 22 años tengo el pelo largo como los pibes de La Banda del Golden Rocket. Tengo 30 y pico y pienso que los reality shows son una mierda que arruinaron la tele, pero aparecen Resistiré, Soy Gitano, Padre Coraje y un montón de programas más que me hacen fantasear tímidamente con escribir ficciones. Tengo 50 y miro las series de las plataformas en la compu porque en la tele sigo mirando novelas, y ahora también escribiéndolas.

Carozo y Narizota



Los recuerdos de Pocho Ottobre

Si en un siglo pueden pasar muchas cosas, en treinta años de trabajar en televisión pueden pasar muchas más… Y si el comienzo de esa aventura fue en los sesenta, cuando apenas debutaban los canales privados, más aún. Todo era posible y todo era nuevo. Mi destino fue el 13. Yo tenía 20 años. Si tuviera que agradecerle aquí a los que me enseñaron, no sólo ocuparía más de una revista sino que «me lloraría todo» y no podría contarles nada. Lo primero que se me ocurre es un agradecimiento a mis maestros, María Inés Andrés, Jorge Vaillant y una infinidad de «sabios» que pusieron su confianza en quien suscribe y lo tentaron para escribir guiones. Nunca me voy a olvidar de los consejos de Pepe Biondi. Cuando nos encontrábamos, hablábamos de cómo escribir. Pepe me decía: «Para el humor hay un mecanismo que siempre funciona: el dos por tres. Por ejemplo:

-¿Tiene una lapicera?

-Sí.

-¿Con tinta negra?

-Sí.

-Bueno. Busque un lápiz y escriba.

Ese era el humor de Biondi. Y su programa tenía un éxito enorme. Además él era una persona muy querible.

Otro de mis maestros fue Osvaldo Miranda, el papá de La Nena.

-Por favor -me decía- no me ponga en el guion apellidos solo con «o» porque la cara del actor se deforma… Mire Orozco… Y era verdad…

María Inés Andrés fue mi maestra en Guion. Ella ya había estudiado en México. Cuando trabajábamos en la estructura del programa nos divertíamos muchísimo. Nunca me voy a olvidar de un final de programa donde Jerónimo (el Papá de la Nena) se acercaba a ella y le decía:

-Siempre me acuerdo del día que naciste. Ahí estabas, toda coloradita en medio de la sábana blanca… Parecías la bandera japonesa…

Eran los primeros años de la televisión y agradecí toda mi vida la generosidad de los grandes. Siempre en el 13 me pidieron que hiciera un circo para Gaby, Fofó y Miliki… A mí se me ocurrió que un circo tenía que tener elefantes. Un amigo empresario se conectó con un circo y el día de la grabación allí estaban los dos elefantes. Entraron al estudio por Cochabamba… A mí no se me había ocurrido que no piden permiso para hacer sus necesidades…. Ni un lugar adecuado… El personal de limpieza me recuerda todavía con cariño…

No sé qué pasa hoy porque estoy un poco lejos de las grabaciones. Pero si estoy seguro que volvería a vivir las mismas aventuras. Y con la misma alegría de siempre. A punto de cumplir 81…

Pepe Biondi, Marilina Ross y Osvaldo Miranda