Revista Florencio

EVOCACIONES

Por qué Arthur Miller escribió “Las Brujas de Salem”

Escribe Ricardo Halac

Tribunal de Nueva York

Interrogador: ¿Estuvo usted en sesiones del Partido Comunista?

Arthur Miller: En 1947, estuve unas 5 o 6 veces en encuentros de escritores comunistas.

Interrogador: ¿Dónde se llevaban a cabo esos encuentros?

Arthur Miller: En un departamento. Desconozco de quien era.

Interrogador: ¿Eran encuentros cerrados?

Arthur Miller: No podría decírselo.

Interrogador: ¿Había alguien que no fuera comunista?

Arthur Miller: No sabría decirle.

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¿Hay algo más angustioso que un interrogatorio policial? Acá, aunque el interrogador no sea un policía, el tono es el mismo. Y si el acusado es considerado culpable, se lo envía a la cárcel. Pongámonos un momento en la sensibilidad febril de un autor. Estas escenas, vividas por él o por otros, en público o en privado, con la ayuda o no de tormentos, quedan grabadas para siempre en su imaginación. Que después asocia, e inevitablemente encuentra similitudes con otras situaciones de la historia.

Pongámonos en situación. En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial. Atrás quedaba una ola de matanzas y destrucciones como nunca se había visto en el mundo. Estados Unidos se encontró de pronto con lo que preveía y más temía. Su aliado, en la lucha contra los nazis, la Unión Soviética, era de pronto su enemigo. Tenía una fuerza militar quizá semejante a la suya. Cuatro años después, las fuerzas de Mao Tse tung ocupaban toda China. ¡Y la Rusia comunista detonaba su primera bomba atómica! La guerra fría había comenzado.

En Estados Unidos existía desde 1938 un Comité en estado latente, destinado a vigilar las así llamadas actividades antinorteamericas. ¡Este, de pronto vivió una resurrección! De la mano de Joseph McCarthy, un ambicioso senador republicano, empezó a interrogar y detener -en caso de que fueran declarados culpables-, a todo aquel que fuera considerado una amenaza para la Seguridad Nacional. Actuaban contra lo que se denominó la Amenaza Roja.

Empezaron interrogando a funcionarios públicos. Pero el Comité se hizo conocido cuando se metió con la “industria del entretenimiento”, que es como se denomina en Estados Unidos a todo lo que sea arte verdadero o comercial, sin distinción de contenidos. La acusación contra los Diez de Hollywood, como se los denominó, ocupó las páginas centrales de los diarios. Aparte de ellos, entre otros, citaron al tribunal a personalidades como el director Elia Kazan y autores como Bertolt Brecht y Arthur Miller. En ese entonces el Comité de Actividades Antinorteamericanas ya era el centro de atención de Estados Unidos y de buena parte del mundo. Además, en el Comité hicieron sus primeras armas dos personas que después fueron presidentes republicanos: Nixon y Reagan. Este último, un actor, un demócrata que se pasó al partido republicano, fue antes presidente de la asociación de actores de Estados Unidos. Simultáneamente trabajaba para el FBI como agente encubierto.

Vayamos ahora a Arthur Miller, el autor que hoy nos ocupa. Creció en la época de la gran Depresión, que entre otras calamidades llevó a la quiebra el negocio de su padre, un pequeño empresario manufacturero. Si estrenar, para un autor novel, es difícil en la calle Corrientes de Buenos Aires, no quiero ni pensar lo que debe ser en el Broadway de Nueva York. Miller pasó de un empleo a otro -quizá Recuerdo de dos lunes refleja uno de ellos- y terminó escribiendo una novela, Foco, que presenta un enfoque diferente del antisemitismo. Se vendió bien y  poco después se llevó a la televisión, lo que le abrió más puertas y lo hizo conocido. Finalmente, en 1947, estrenó en Broadway su primera obra: Todos eran mis hijos.

Enseguida se vio que era un autor de envergadura. La estructura de la obra, el tema centrado sobre una familia -el protagonista es un fabricante que vende piezas dañadas a la Fuerza Aérea durante la guerra- lo colocaron enseguida en la línea del teatro de Ibsen, o sea, en la de un teatro comprometido con la realidad. Su siguiente obra, La muerte de un viajante, de 1949, que rápidamente se convirtió en un éxito mundial, mostró cuál era el tema que más lo preocupaba: las angustias y esperanzas del hombre medio común, “que tiene miedo de ser desplazado, de ser alejado de la imagen que elegimos para ser en este mundo”, escribió alguna vez. 

En esa época el Comité ya hacía furor, y Miller se sintió aludido. Su hija mayor -Rebecca Miller, extraordinaria cuentista y cineasta- poco después de la muerte del dramaturgo, que sucedió en 2015, realizó un documental sobre su vida y sus últimos años, que tuve la suerte de ver. Cuando habla de cómo afectó a su padre la Caza de Brujas -nombre que intelectuales y artistas pusieron a lo que el Comité llamaba la Amenaza Roja– dice que Miller tuvo una idea y decidió averiguar qué sucedió en Salem, Massachussets, en el siglo XVII, donde efectivamente hubo una sanguinaria caza de brujas. Una imagen del hermoso documental muestra a Arthur Miller en su autito enfilando hacia el norte del país.

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Tribunal de Nueva York

Acusador: No aceptamos las razones que usted da para rehusarse a responder esta pregunta y es opinión de este comité  que si no responde esta pregunta está en posición de rebeldía.

Otro acusador: Le pedimos que responda pero nos dio una respuesta que no aceptamos.

Acusador: ¿Dirigía el señor Arnaud D’Usseau este encuentro de escritores comunistas que se realizó en 1947, al que usted asistió?

Arthur Miller: Todo lo que puedo decir, señor, es que mi conciencia no me permite usar el nombre de otra persona.

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Cuando viajó a Salem, Miller ignoraba lo que iba a escribir ¡y menos sabía que un día lo iban a citar a testimoniar! Seguía su intuición y los dictados de su conciencia.

La Constitución de Estados Unidos establece la separación de la iglesia y el estado, pero en el siglo XVII el país era un terreno fértil para una teocracia, donde la iglesia dictaba los códigos de conducta, tanto civiles como morales. La religión, por ejemplo en este pueblo, era una forma de protestantismo llamada puritanismo. Constituía una poderosa fuerza ética que los habitantes de Salem, que trabajaban de sol a sol en tareas rurales, invocaban permanente en su favor.

Eso descubría Miller mientras viajaba entre Nueva York y Salem,  donde se metía en el edificio que guarda los archivos del siglo XVII. En Nueva York, mientras tanto, el Comité no paraba de juzgar a sospechosos. Mientras en un lado Miller tomaba notas, dibujaba escenas, en el otro Elia Kazan, el director que había dirigido su primera obra, era citado a declarar. Al principio Kazan se negó a dar nombres, pero luego denunció a muchos colegas.

Poco a poco, Miller encontró sorprendentes similitudes entre la Amenaza Roja y los juicios por brujería de Salem. En un caso, como en el otro, miembros del tribunal prometían clemencia a cambio de denuncias, lo que llevó a numerosas acusaciones falsas, ocasionando culpas terribles en los que testificaban. ¡Este procedimiento sería esencial en la obra que empezaba a escribir! 20 años después de haber denunciado a colegas, Kazan manifestó: “Todo aquel que delata a otras personas hace algo perturbador y desagradable”.

Muerte de un viajante

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Tribunal de Salem

Acusador (presidente del tribunal): Señor Proctor, ¿habéis visto alguna vez al Diablo? Vamos, hombre, hay claridad en el cielo; el pueblo espera al pie del patíbulo; quiero dar la noticia. ¿Habéis visto al Diablo?

Proctor: Lo vi.

Acusador: ¡Dios sea loado! Y cuando el Diablo os fue a ver, ¿visteis con él a Rebecca Nurse? Vamos hombre tened coraje, ¿la habéis visto con el Diablo? Mucha gente ha dado fe de haber visto esta mujer con el Diablo.

Proctor: Entonces, si ya está probado, ¿por qué debo decirlo yo?

Acusador: ¿Me diréis ahora qué personas conspiraron con vos en compañía del Diablo?

Proctor: ¡Digo mis propios pecados, no puedo juzgar a otro!

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En medio de este pavoroso clima Arthur Miller termina de escribir Las Brujas de Salem. La obra se estrenó en 1953 y no fue un éxito como las anteriores. Eso informan las crónicas; no averiguamos en qué sala se dio y posiblemente era una puesta que contaba con figuras. Lo que sí sabemos es que el 19 de junio, al término de una representación, Arthur Miller subió al escenario y pidió un minuto de silencio por Julius y Ethel Rosemberg, que ese día habían muerto en la silla eléctrica, después de un juicio plagado de irregularidades, acusados por el mismo tribunal de haber mandado documentos secretos a la Unión Soviética. El público presente se puso de pie y no guardó un minuto de silencio sino diez. Lo otro que sí averiguamos es que Las Brujas de Salem fue inmediatamente un éxito mundial; en Francia, por ejemplo, se hizo una película con un guion escrito nada menos que por Jean Paul Sartre. La tercera cosa que sabemos es que la primera puesta en el exterior fue en Bruselas; Miller estaba invitado al estreno pero no pudo asistir porque no le renovaron el pasaporte. No podía salir del país.

Este tema aparece de nuevo en el juicio que le hacen ante el Comité, en 1956, y del que transcribimos algunos diálogos seleccionados, donde Miller pregunta por qué no le renuevan el pasaporte. Al final del juicio Miller fue condenado por rebeldía, pero apeló y la Suprema Corte lo dejó en libertad. Se nos dice que en la época de su comparecencia el comité estaba perdiendo prestigio. Sabemos que su último y gran error fue tratar de meterse con las Fuerzas Armadas. Ahí firmó su sentencia de muerte.

Un detalle, que marca el clima de caza de brujas que se vivía, es que en ese año Miller contrajo enlace con una Marilyn Monroe de blanco, convertida al judaísmo, con todos los fotógrafos del mundo alrededor. ¿Por qué lo hizo así? Se comenta que en esa época vivía vigilado. Una persona seguía sus pasos cuando salía de su casa y mientras dormía. ¿El casamiento fue entonces una estrategia para visibilizarse al máximo e impedir así una detención?

Las brujas de Salem es lo que en teatro llamamos una obra histórica. Al comienzo nos enteramos que unas chicas bailaban de noche desnudas en un bosque de Salem. Se corrió la voz de que estaban poseídas por el Diablo y eso desató enseguida un clima de locura en la Salem del siglo XVII. Pronto descubrimos que detrás de esta escena portentosa, fantasmagórica, se esconde una chica que es la que conduce a las demás. ¡Se llama Abigail! Es una muchacha muy bonita, que estuvo al servicio de la señora Elizabeth, mujer de Proctor, uno de los granjeros más serios y respetados de la comunidad.

La trama avanza a gran velocidad. Pronto nos enteramos que el digno Proctor esconde un pecado: ha hecho el amor secretamente con Abigail. Un día Elizabeth, mujer de Proctor, la echa de su granja por oler algo raro en ella. Después Abigail denuncia a Elizabeth, afirmando que tiene tratos con el Diablo, con la secreta esperanza de reemplazarla en el hogar, cuando la arrastren a un calabozo para ultimarla después de juzgarla.

La noticia de que el Diablo está en Salem es una mecha encendida y el pueblo entero enseguida se altera y se pone en guardia. La devoción religiosa constante contribuye a que cada uno se meta en los asuntos de los demás y fomente la histeria colectiva. Además, como vemos en la obra, la iglesia recurre a menudo al recurso de amenazar con la condena eterna a los que considera pecadores; de esa manera instala al Diablo como una parte activa de la comunidad. El miedo hace el resto: contribuye a mantener a los feligreses unidos. Es un miedo colectivo.

El planteo de Miller salta a la vista: tanto la iglesia puritana como el poder teocrático, se comportan hipócritamente y abusan de su poder. En medio de esta histeria, solo unos pocos individuos se niegan a sumarse a estas instituciones religiosas y civiles que abiertamente consideran corruptas y peligrosas. Entre ellos está Proctor. Nuestro protagonista. Proctor enseguida comprende el juego de Abigail, pero no puede denunciarla por la relación íntima que sostuvieron. Ella lo ama y actúa llevada por sus sentimientos hacia él. Además, si Proctor admitiera su adulterio, arruinaría su buen nombre, y él es un hombre orgulloso de su reputación.

Arthuer Miller

Salem es ganada por la psicosis. Se constituyen tribunales para identificar a los socios del Diablo y así poder juzgarlos. Primero cae la gente más vulnerable, los desclasados. Después los pobres. Títuba, una negra que como es esclava no tiene ningún poder, es la primera en reconocer que tiene relaciones diabólicas. Después denuncia a dos pobres mujeres que son las alcohólicas del pueblo. A medida que la caza de brujas crece, se detiene a campesinos ingenuos, analfabetos. Sus granjas quedan desocupadas y sus animales vagan por los caminos. Pronto, los terratenientes más poderosos y sin escrúpulos, se harán cargo de sus campos. Al final hasta los más encumbrados personajes de Salem asumen su culpa. ¡A pesar de su condición social! La obra deja claro que cuando acusamos sin fundamento a los sectores más vulnerables de una comunidad, corremos peligro de que la injusticia se extienda a todos los miembros de la misma.

La histeria masiva es consecuencia del miedo, sugiere Miller, que indica cómo la religión cubre crímenes y excusa crímenes, cuando le interesa, y sobre todo cuando tiene el respaldo de los tribunales de justicia. En las palabras finales, después de que la obra ha finalizado, comprendemos  que se intentó “sentar a la teocracia en el banquillo  de acusados y se la encontró culpable”. Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia.

Volvamos a la trama. Al terminar la obra Proctor intenta demostrar que Abigail es falsa de la cabeza a la punta de los pies, pero fracasa en su intento. Entonces confiesa públicamente su pecado y la llama prostituta. ¡Pero entonces comprende que ya es tarde para confesiones! ¡La locura ha avanzado demasiado, la verdad ya no puede pararla! Al final intenta recuperar su integridad personal antes que su reputación.

La obra ataca la intolerancia y muestra qué peligroso es que un individuo no tenga un ámbito donde pueda realizar su vida privada, donde pueda afirmarse para decir si lo conforman o no las leyes morales establecidas, donde pueda defenderse cuando se lo señala y se le dice que es una amenaza, no solo al bien público, sino a la ley de Dios. En conclusión, en Salem todo pertenece a Dios o al Diablo. ¡Y lo mismo puede suceder en otra época, en cualquier lado! Para que eso suceda, solo hay que cambiar los nombres de Dios y Diablo por otros más adecuados.

Tribunal de Nueva York

Acusador: Por favor, háblenos de esos encuentros que dice que tuvo con escritores del partido comunista en Nueva York.

Arthur Miller: Por entonces yo ya era un escritor conocido. Había escrito Todos eran mis hijos y la novela Foco. Asistí a esas reuniones para aclarar mis ideas acerca del marxismo;  por años me habían asaltado todo tipo de interpretaciones sobre qué es el comunismo, qué es el marxismo y fui ahí para descubrir donde estaba parado. Fui a las reuniones, escuché y hable poco, creo que fui unas 4 o 5 veces.

Acusador: ¿Qué ocasionó su presencia? ¿Quién lo invitó a ir?

Arthur Miller: No puedo decírselo. No lo sé.

Acusador: ¿Puede decirnos quién estaba en el lugar cuando usted entró?

Arthur Miller: Señor, entiendo el pensamiento que hay detrás de su pregunta, me gustaría que entendiera el mío. Cuando digo esto quiero decir que no estoy protegiendo a los comunistas ni al partido comunista. Esto tratando, intento, proteger el sentido de lo que soy. No puedo usar el nombre de otra persona y ocasionarle problemas. Por lo que llegué a ver, estaba con  escritores y poetas, y la vida de un escritor,  más allá de lo que a veces parece, es bastante dura. No se la voy a hacer más dura a nadie. Le pedí que no me hiciera más esa pregunta. Puedo decirle cualquier cosa sobre mí  como ya lo hice.

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Para terminar, y ya que hablamos de Dios y del Diablo, es digno de remarcar la fe que embarga a un dramaturgo que cree que con una obra de teatro puede enfrentar a un poder establecido. ¡Hay algo de magia en la actitud de Arthur Miller, yendo en su autito a investigar donde están los archivos! ¡Parece que viviera de una ilusión! Solo, con un papel impreso, o con una obra montada en una sala, enfrenta a los tribunales y a la fuerza pública. Pero lo genial de todo esto es que el dramaturgo no se arredra ante nada: escribe y estrena.

Algo de valor tiene este acto de magia porque los demás lo creen, aplauden con entusiasmo o piden que se censure y se lo prohíba. Además, ¡los que prohíben creen en la magia de la palabra más que nadie! Por eso elaboran listas negras y queman teatros. Estoy pensando aquí en Teatro Abierto, un movimiento donde 21 autores argentinos convencieron a 21 directores y a una multitud de actores y trabajadores de la escena para hacer una muestra artística contra la dictadura. ¡Convencieron también al público que asistió masivamente a las representaciones! Y a las autoridades que quemaron el teatro donde se estrenaron las obras.

Tal vez haya que ir a buscar en Grecia, donde nació el teatro, el origen de esta idea de fuerza. Las autoridades atenienses obligaban a los ciudadanos a concurrir a las fiestas teatrales, para que vieran las dificultades que enfrentaban los personajes y comprendieran lo difícil que es tomar decisiones, tanto en el teatro como en el gobierno de la ciudad. ¡Hace más de 25 siglos! Ibsen, por ejemplo, durante el siglo XIX escribió Casa de Muñecas para ayudar a comprender a la mujer nueva que nacía; por primera vez en una obra una mujer ordenaba a su marido que se sentara y la escuchara, y finalmente, después de decirle que era un ser humano igual a él, abandonaba el hogar hasta que se sintiera capacitada para criar a sus hijos. El escándalo fue mayúsculo. Durante años no se podía hacer la obra en Europa sin que estallaran disputas, finalmente el autor autorizó a que se cambiara el final si fuera necesario. Nora, la protagonista, criticaba al marido, se afirmaba como ser independiente pero se quedaba en la casa por sus hijos. Otro ejemplo: después de la guerra, en Varsovia, durante una representación de Julio César, cuando lo matan se oyeron gritos en la sala. “¡Muera Stalin! ¡Muera Stalin!”, decían.

Cuando escribe una obra histórica un autor hace un triple movimiento. En este caso, Miller escribe Las Brujas de Salem para que ante todo el espectador la relacione con su realidad, con la Caza de Brujas del Comité de Actividades Antinorteamericanas. Después, para que se vea lo que había sucedido en ese pequeño pueblo de Massachussets, atrapado por la histeria colectiva, y por último el autor plantea la siguiente pregunta: ¿cómo es posible, partimos de ese hecho, llegamos al hoy, tantos siglos después, y las cosas siguen iguales? ¿Cómo no hemos podido prever estos casos de psicosis? Caza de brujas hubo en la época de Stalin, por ejemplo, en los famosos juicios donde los sospechosos se acusaban a sí mismos antes de empezar a hablar. Y ni que hablar en la Edad Media y en la época de la Inquisición, donde nace y se fija este concepto.

Hoy la caza de brujas norteamericana de posguerra es cosa del pasado. Nos dicen que no puede repetirse. Pero sabemos que una de las cualidades del Diablo es que siempre se disfraza de manera diferente. Lo que no se dice es que el teatro también. Por eso, si se da un futuro enfrentamiento, va a ser interesante ver quién escribe la nueva Las Brujas de Salem. Por lo menos, tenemos está a mano y nos sirve mucho.

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                                                Tribunal de Salem

Proctor: Tengo tres hijos… ¿Cómo enseñarles a caminar por el mundo como hombres si he vendido a mis amigos?

Acusador: Pondréis vuestra honesta acusación en mis manos  o no podré salvaros de la cuerda.  ¿Qué camino elegís, señor? Con el pecho hinchándose, con ojos fijos, Proctor rasga el papel que firmó y lo estruja. Después llora, furioso pero erguido.