Revista Florencio

Oscar Viale: Admiración y nostalgia

Cuando en 1967 aquella enamorada de los desafíos que fue Julieta Ballvé presentó en el Teatro del Bajo El grito pelado, estaba abriendo las puertas a uno de los más importantes autores de la Argentina: Oscar Viale (Gerónimo Oscar Schissi), que nació el 1º. de enero de 1932. Sólo comparable, en su manejo de la dramaturgia popular, al gran Roberto Cossa y emparentado -en ese registro tan nuestro y tan difícil del humor nacido de un dolor profundo- al inmenso Armando Discépolo. Oscar Viale era un intuitivo extraordinario del hecho escénico. Lleno de vitalidad, jugado hasta el fondo en la transcripción de personajes y situaciones arquetípicas de las clases sociales menos favorecidas, dialogaba maravillosamente como un taquígrafo fiel y a la vez, fugaba del naturalismo llevando al límite situaciones aparentemente normales. Su versión de la angustia ciudadana rioplatense (masa primigenia del tango, el mejor sainete y el grotesco) corporizaba en criaturas capaces de hacer reír con acciones cotidianas, pero fijadas en extrañas e inquietantes conductas repetitivas. El de Viale es un teatro de locos empecinados. Gente que imagina con terror lo que hay detrás de la pared, pero que se destroza las manos intentando derribar esa pared.

Cuando su producción fue haciéndose más honda y trascendente, esta mecánica adquirió el rango de toda una estética. Un proceso que nació -todavía tímidamente- en Chúmbale, que se afirmó en Encantada de conocerlo (admitiendo en esta pieza una cierta digresión en su estilo, pero siempre en beneficio de su obsesión, la búsqueda), brilló con la eficacia tan certera de Convivencia, que tiene un anzuelo irresistible para el público y alcanzó un punto muy alto en Periferia, a mi juicio la más profunda de sus obras que permitió a la vez un sorprendente trabajo de Ulises Dumont.

El espanto latente en Camino negro lo mostró, un año después, rastreando con su infalible olfato el sendero del impacto popular. Poco antes de su adiós -que dejó un sitio sin cubrir- me dio para leer los libros de Tratala con cariño y Catacumbias, esta última una valiente, emotiva y poética aproximación a su tragedia personal, el suicidio de su mujer. No se estrenó. La otra sí, dirigida por Laura Yusem en 2004. La excelencia de Oscar Viale oxigenó también buena parte del cine argentino más exitoso que se benefició con sus guiones (varias veces junto a otro grande, Jorge Goldenberg) y en ocasiones también con su actuación. Basta mencionar Juan que reía, donde actuó al lado de Brandoni, o Plata dulce, ese verdadero misil de eficacia, que escribió junto a Goldenberg, y que puede verse una y otra vez, nunca cansa.

Indiscutible también fue su adaptación a las exigencias de la pantalla chica, ideal por su impacto masivo para lo que Viale dominaba con una magia única: la seducción del espectador común. Nos dejó el 2 de agosto de 1994.

Quisimos recordarlo para Florencio en el inicio de un nuevo año. Vaya si lo merece.

Rómulo Berruti