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Murió Juan Carlos Mesa: el humor, de luto

El guionista y humorista falleció a los 86 años; Socio Activo de Argentores

El gran humorista, actor, director, productor y guionista Juan Carlos Mesa, murió a los 86 años, según confirmó su hijo Gabriel. En el sitio web del diario La Nacion, el periodista Marcelo Stiletano escribió su biografía, que aquí compartimos: “Jamás se inhibió ante una cámara, un micrófono o un escenario. De hecho, en el primer paso que dio hacia la consagración como uno de los más enormes humoristas de la historia de los medios audiovisuales de la Argentina aún vestía el guardapolvo. Fue a instancias de su madre, cuando asombró a la audiencia de LV3, en su Córdoba natal, al recitar de memoria rimas de Germán Berdiales en el programa infantil Gorjeo y Doña Tremebunda.

Pero este hombre robusto, que detrás del corpachón siempre guardaba un gesto amable, la actitud campechano y esa frase siempre justa, sentenciosa y ocurrente del sencillo hombre de pueblo, se hubiese incomodado ante cualquiera que se animara a calificarlo como lo que fue: un grande en el más amplio y acabado sentido de la palabra. Fue grande desde su maciza corpulencia física, pero también (y sobre todo) a partir de una prodigiosa capacidad de trabajo que lo llevó en su momento de apogeo a escribir simultáneamente varios ciclos de éxito y dejar en todos ellos, al mismo tiempo, la marca de un estilo y la sensación de que sería incapaz de repetirse.

La fertilidad fue el rasgo más notable de la carrera de Mesa, pero aún más notable que la cantidad resultó el detalle de ese copioso aporte a la mejor antología del humor en la radio y en la televisión local, con menores contribuciones para el cine y el teatro. Mesa escribió para todos los grandes capocómicos y figuras centrales de la comedia local a lo largo de tres décadas, y en casi todos los casos hizo que cada una de ellas brillara, viviera probablemente sus mejores momentos y acentuara todavía más los rasgos de su propia identidad y la mejor conexión con el público.

Había llegado a Buenos Aires con la tarea expresa de escribir para Jorge Porcel (Los sueños del Gordo Porcel). Con el tiempo le tocó hacer lo mismo con Carlos Balá (El clan Balá), Joe Rígoli (Bonete),Tato Bores(De Tato para todos, Tato vs. Tato, Tato %), Pepe Biondi (Festibiondi), Juan Verdaguer (Verdaguer y sus inquilinos de alquiler) y Alberto Olmedo (El chupete). También se sumó a elencos autorales de ciclos de sketches que hicieron historia, como La Tuerca y Hupumorpo, y otros con menor repercusión: La matraca, Frac, Flash, Llámele Hache, Las hormigas, Asado con cuentos. Y como si todo esto fuera poco, se lució todavía más como libretista de exitosas telecomedias, deMi cuñado y Gorosito y señora (brillantes precursoras locales del modelo clásico de sitcom) a Stress y Brigada cola.

También conoció el fracaso, pero jamás se desanimaba ante un tropezón. Un espíritu optimista aparecía en Mesa como la manifestación natural de su talento para hacer reír. «Supongamos que de las 60 secuencias que tengo por capítulo me fracasan totalmente 30. Todavía tengo otras 30 para defenderme», dijo en 1984 a propósito de su máximo triunfo televisivo, Mesa de noticias.

No hubo programa más exitoso e influyente en todo 1983 que esta formidable tira diaria que emitió ATC, un gran elenco y Mesa como capitán del barco. Aún dueño absoluto de la marca registrada del ciclo, sabía hacer las cosas para mostrar a todos que se trataba de un trabajo de equipo. Cada episodio tenía esas 60 secuencias de las que hablaba más arriba, con la obligación de incluir siempre un gag.

«Teníamos un total de 48 minutos netos de contenido artístico con sketches que jamás se estiraban ni tenían un remate espectacular. A veces se trata sólo de provocar una sonrisa amable», reconoció por entonces. Pero lo más notable consistía en escribir al ritmo de la actualidad, ya que el programa (ambientado en un noticiero de TV) tomaba nota de las cosas cotidianas que ocurrían y eran noticia de verdad. Mesa y Jorge Palacio (Faruk) armaban los guiones el mismo día de emisión y las grabaciones siempre se hacían contrarreloj.

«Fue un programa que marcó un cambio, una renovación en la manera de expresar el humor», confesó años más tarde ante Jorge Nielsen en uno de los tomos de La magia de la televisión argentina. «Y teníamos -agregó- una producción de lujo con Carlos Montero y Gustavo Yankelevich, al que le pedía una lancha colgada de un árbol y a la mañana siguiente la tenía». El otro aporte notable fue el del malogrado Gianni Lunadei («un creador increíble de muletillas, con una gracia corporal inolvidable»). Su fantástico De la Nata hizo nacer una sociedad entre Lunadei y Mesa que luego continuó con El gordo y el flaco.

En esas instancias quedaba expuesto en plenitud el estilo humorístico cultivado por Mesa: «Puede ser definido -le contó a Nielsen- como costumbrista o paisajista. Trato de copiarle a la vida lo que tiene de grotesco por el tamiz del humor. Tengo un compromiso de copiarle cosas a la vida y permanentemente estoy tratando de capturar imágenes en aquello que a los ojos de los demás parece demasiado serio. El humor es eso: ponerse el saco al revés». Siempre afirmaba que su búsqueda humorística consistía en encontrarle el lado menos dramático a la realidad cotidiana. Lo hacía con una mezcla de inocencia y surrealismo, escapando a través de una sana picardía de ciertos lugares a los que prefería no visitar: el humor negro, el doble sentido explícito, la vulgaridad. «Cuando se invade la privacidad de las personas para hacerlas reír, es muy difícil sentarse ante una máquina de escribir y pretender ser sutil», decía hace unos años, anticipánddose a la fiebre exhibicionista de la actualidad.

También esquivó el humor político, aunque siempre se sintió cómodo junto a Tato Bores. Con él jugaba un humor más transparente y clásico, construido a puro gag. Y con él llegó probablemente a la cumbre de su función como actor, artífice ahora ante las cámaras de sus propias creaciones, como partenaire del «tío Josei», maravilloso personaje del «actor cómico de la Nación».

Esa faceta de Mesa también fue muy celebrada. Su imponencia física lo hacía todavía más gracioso, desde los memorables tiempos de Humor redondo (contando las andanzas del Cabezón Fanfaifa para regocijo de Cammarota, Garaycochea, Jorge Basurto y Héctor Larrea) hasta una destacada aparición diez años atrás en Primicias, tira de Pol-Ka y un último, fugaz y olvidable paso por RSM en 2005. Ese don impar para narrar cualquier hecho cotidiano en clave humorística seguía la línea de sus ancestros españoles. De su padre andaluz heredó la jovialidad de un humor que se valía de la fantasía, el absurdo y la exageración. De su madre cordobesa, la vocación artística: ella era bailarina de jotas e hija de otro español que había llevado las romerías de su tierra a la provincia mediterránea.

El resto fue aportado por la propia idiosincrasia cordobesa y la voracidad lectora de Mesa, que de chico memorizaba sin problemas extensas obras en verso de Rubén Darío, Lugones y Belisario Roldán y, de grande, también supo escribir poemas que permanecen inéditos. Nadie como él (quizás con la sola excepción de Roberto Fontanarrosa) supo sacar provecho en sus rutinas cómicas de las enseñanzas que deja la lectura de los clásicos.

Todo comenzó en Córdoba, cuando recurrió a la radio como punto de apoyo para la difusión de un conjunto folklórico, La gauchada, junto al cual recorría la provincia presentándose en fiestas y exhibiciones. Años después, ya en Buenos Aires, perfeccionaría su estilo con un programa matutino que también dejó huella, El tenis de Mesa. Llegó a ser director artístico de Splendid y, más tarde,integrante del comité de programación de Canal 13.

Juan Carlos Mesa deja como herederos a un hermano (Edgardo) que siguió parte de ese camino cambiando el periodismo serio por el humor y un hijo (Gabriel) que sigue sus pasos con nombre propio y reconocimiento creciente. El último programa que escribió fue Rompenueces, con parte del gran elenco uruguayo de Hupumorpo.

«La realidad nos llevó al talk show, a los realities, a las economías. Los capocómicos fueron desapareciendo. Los programas con elencos grandes y sketches perdieron interés», confesó amargamente luego del rápido levantamiento del ciclo. Allí cerró un ciclo de casi 60 comedias para TV, 10 programas de radio, 14 películas, 29 obras de teatro y café concert, innumerables premios, homenajes y reconocimientos. «Aunque las cosas han cambiado mucho -dijo allí, casi como una despedida anticipada- no me quejo de mi suerte. Yo solamente escribo». Le alcanzó para ser un grande de verdad, en todo sentido.” 

 

Compartimos un texto escrito por el autor, editado en el libro que celebró los cien años de Argentores

 

La palabra sin interrupción

Por Juan Carlos Mesa

“Mi ópera prima en radio fue allá por los años cincuenta, en mi Córdoba natal, cuando escribí un ciclo para don Luis Arata (Sulfamino, un boticario sin chapa). Entorno los ojos y lo veo llegar a cumplir con su turno al mismísimo Alfredo Zitarrosa, devenido en locutor de aquella LW1 donde me ocupaba de ese olvidado género que decoraba los temas musicales de un programa: la glosa. Solía contar el inolvidable Toto Maselli, a quien en una ocasión le tocó glosar el repertorio de la orquesta del tano Lauro, que un día se floreó con el prólogo para un vals supuestamente llamado La ternerita. Para eso, y aprovechando el título, describió un paisaje bucólico con un boyero arriando su ganado por las pampas. El tano Lauro, que lo escuchaba atónito, le espetó: “¿Cosa fai con la pampa? Il valse si chiama L’eterna… herita. ¿Capisce?” ¿Cómo podía descifrar el Toto que el vals se llamaba La eterna herida? En aquella fábrica de anécdotas que producía diariamente mi radio provinciana se fue moldeando mi trabajo de escriba que tuvo su prólogo con La trouppe de la Gran Vía, donde los actores que daban vida a mis personajes eran los propios locutores y operadores de la radio. Pero las verdaderas perlas eran los inesperados furcios de aquellos mismos locutores. Por contar alguno, se emitía el minuto social y el encargado del microprograma anunció: “La Joyita presenta”, y leyó equivocadamente lo que estaba escrito como acotación: “Comentarista”. Turbado ante el desliz no tuvo mejor idea que salvar el error diciendo a renglón seguido: “Comentarista es todo aquel que lee un comentario”. Pero acaso la frutilla de éste postre fue la formidable salida de un operador que se vió obligado a leer los avisos de apertura porque se quedó dormido el locutor y no llegó a tiempo. Este buen hombre tenía un problema de dislexia y le resultaba imposible pronunciar la doble ele. Y tuvo la mala suerte de tropezar con un texto que decía: “Si su cubierta está rota, llévela a Casa Parrota”. Cuando se encontró con el aviso enmudeció por unos cuantos segundos, pero ante el terror de producir un bache dijo enfáticamente: “Si su cubierta está rota, tírela, no sirve más.”

Es que en la radio, la de entonces, la de ahora, la de siempre, las palabras no se interrumpen jamás, se transportan sin solución de continuidad en las voces que le dieron esta vida plena a través de todas las distancias.”

 

“El rey del absurdo”

A su vez, y bajo el título “Juan Carlos Mesa: el Rey del absurdo”, la revista Selecciones edito un amplio reportaje, firmado por el periodista Leonardo Coire.  Lo repasamos aquí:

“En cinco décadas de actividad, Juan Carlos Mesa firjó una carrera extraordinaria, sostenida en su capacidad para escribir libretos exactos para los más importantes comediantes, y en su carisma personal, que lo llevó a protagonizar inolvidables ciclos. Una figura entrañable y emblemática del difícil arte de hacer reír al público, sin la necesidad de apelar al golpe bajo o a la grosería.

Afable, altísimo, corpulento, casado desde hace 50 años, padre de tres hijos, abuelo de tres nietos, ha hecho de la radio y de la televisión su mundo. Su propia definición del oficio de autor y de actor, el recuerdo de las estrellas con las que trabajó y un recorrido por su carrera se sumaron en este diálogo.

 

P. ¿Es posible definir su estilo de humor como absurdo e ingenuo?

R. Sí. Ambos valores por igual. Ese es el estilo y el secreto. Es que me ha formado el humor casi surrealista de los que me conquistaron de chico: Tatí, Buster Keaton, El Gordo y el Flaco, Carlitos Chaplin, los radioteatros que escribía Wimpi. Todo tan visual, tan corporal, tan inesperado. En realidad, prefiero que me adjudiquen el rótulo de naif. Alguien que por cincuenta años apostó a una línea ingenua que apuntó a lo cotidiano, al entorno, a las conductas de la gente común.

P. ¿Cómo podemos catalogar a esa unión de lo ingenuo con lo absurdo?

R. Hay una simbiosis porque entre una cosa y la otra no hay una gran distancia. Vuelvo a las películas que iba a ver cuando era chico. Hoy repaso todo aquello y me pongo a pensar cómo no se me ocurrió un gag así. Ese sentido de la imagen y de su pureza, se sostenía en algo fundamental en el humor: el poder de síntesis. Es la capacidad, como hacen los dibujantes, de contar toda una historia… en tres cuadritos. El gag es el módulo básico donde todo se asienta.

P. Al observar su carrera es posible advertir tres ciclos diferenciados: el primero en Córdoba; el segundo, en Buenos Aires; y el último, ya frente a la pantalla, como actor protagonista. 

R. El ciclo de Córdoba es la época de mis pecados de juventud, del poeta romántico casi con sabor de acuarela. En “Bocaditos de Mesa” hablaba desde la estética provinciana, de las cosas que me parecían divertidas. En el programa radial “La troupe de la gran vía”, donde escribía, participaban hasta los mismos empleados de la emisora donde se hacía el programa.

P. ¿Y el salto a Buenos Aires?

R. Fue en 1964. Ese año recibí el ofrecimiento del productor Héctor Maselli para integrar un equipo de autores, para escribirle al capocómico Jorge Porcel. Estaban también Carlos Garaycochea y Jorge Basurto. El ciclo fue efímero, pero me quedé. Luego hicimos “La matraca”. Y muchos otros, todos para grandes primeras figuras. Más tarde llegó el éxito total: “La tuerca”. Y más aún: “Los Campanelli”.

P. Usted fue el generador de contenidos de los programas de Carlos Balá, Juan Verdaguer, de los uruguayos de “Telecataplum”, Alberto Olmedo, Juan Carlos Calabró, Tato Bores. ¿Cómo podemos definirlos sintéticamente desde su condición especial de libretista a la carta?

R. Escribirle libretos a Verdaguer fue un desafío muy grande. Debía explotar esa manera tan especial que él tenía para expresarse, tan irónica y austera, con esa seriedad a lo Buster Keaton.

P. El trabajo con Porcel y Olmedo también fue muy intenso.

R. A los dos les hice una comedia, “Fresco y Batata”, y “El Chupete” a Olmedo, junto con  Basurto. Y muchas películas a ambos. Al principio le tenía temor a Olmedo. Pensé que sería indomable, indócil, por su espontaneidad. Pero, se sometía al texto. Poseía una gran autoridad. Y Jorge también, para ellos escribí una línea de películas dedicadas a los chicos y otra, de tinte picaresco.

P. ¿Y una tira diaria que rompió con todos los moldes…?

R. “Mesa de Noticias” fue un ciclo de cinco años, del 83 al 87. En verdad, una experiencia muy placentera. Me abracé con alma y vida. Teníamos un gran elenco. Había absurdo y buena onda. Al comienzo de la tira me pesó el hecho de ser “la” cara del programa… pero en seguida eso se desvaneció. Además, tuve el placer de trabajar con amigos; por ejemplo, Gianni Lunadei, que daba vida a un villano insólito. «La remezón» fue otro éxito que vino como secuela de “El Gordo y el Flaco”. Estaban desde Gianni hasta los muy jóvenes Diego Torres y Leonardo Sbaraglia. Otro  gran éxito popular. 

P. ¿Qué pasó con el humor después, en los años 90?

R. El pecado que descubro es que se improvisa mucho. Demasiado. No se respeta la idea del autor. Es un cambio muy profundo. No me imagino a ningún gran actor de la historia sin un buen libreto detrás. Es que sin autor no hay obra, tal como dice el dicho. Tato (Bores) defendía el texto a ultranza, es el ejemplo. No permitía que se corrigiera nada. Ahora se margina al autor, por eso hay pocos programas de humor en la televisión. Hay comedias, pero no de “humor” puro.

P. ¿Queda hoy algún capocómico?

R. Guillermo Francella acaso sea el último. Yo le escribí “Brigada cola”. A su comicidad le suma el respeto a la letra. Ahora se busca divertir al público mediante un grupo de gente, de panelistas, no sé, donde el humor está puesto por ellos, no por autores especializados. Diego Capusotto, por ejemplo, me encanta. Detrás de él hay una idea. Como tenía (Alfredo) Casero en su “Cha Cha Cha”. En ellos está el talento, la espontaneidad, pero detrás aparece el libro, una idea de qué es lo que se quiere decir, de antemano. Capusotto tiene ángel, me encantaría poder escribirle alguna vez. Y me gusta Antonio Gasalla por ser un creador, genera siempre mundos nuevos.

P. Toda su vida ha sido la consecuencia de un trabajo —casi— de orfebre.

R. Yo me he dedicado al humor de observación, algo muy especial. No soy repentista. Frente a una cámara, a un micrófono, a una hoja en blanco, es muy difícil ser sólido apelando a la improvisación. El recordado Jorge Guinzburg, por ejemplo, era un excelente repentista cuando conducía un programa, pero se ceñía muy bien al libro en éxitos como “Peor es Nada”. Soy de esa idea, seguramente porque empecé amando (y armando) poesía.”

 

Luego, en la nota, a modo de complemento, Mesa, hablaba de temas puntuales. 

 

Dos éxitos populares:

“Siempre me preguntaron si era más fácil escribir un programa de sketches como “La tuerca”, o uno semanal de humor familiar como “Los Campanelli”. En realidad, a mí me resultaba más sencillo esto último, porque hay un hilo conductor; los personajes lo van llevando al autor, que se entusiasma y se enamora.”

Tato Bores:

“Tato fue un amigo inolvidable. Trabajé con él tres años gloriosos. Recuerdo que una tarde me dijo: «Gordo: ¿te animás a trabajar en cámara?» Al principio le temía a su personalidad muy fuerte. Pero me convenció. Y esa tarde cambió mi vida para siempre. Despertó ese actor que había en mí.”

La truope Uruguaya:

“Los comediantes uruguayos eran, sencillamente, diferentes a todos. Ellos manejaban un humor muy loco, heredado del gran libretista oriental Wimpi. Cada uno de ellos hacía de todo y lo hacían bien.”

La influencia de Jacques Tatí:

“Tatí era un hacedor de gags inolvidables. Sus películas clave: “Las vacaciones del Sr. Hulot”, “Mi tío” y “Playtime”. “Cuando veía en el cine una película suya tenía que sentarme muy atrás por lo que me reía. ¡Qué maravilla! ¡Qué imaginación!, con qué economía de recursos se puede hacer un gag, manejar el humor negro y lograr ese impacto». Fue mi maestro y mi inspiración.”