Revista Florencio

LOS 70 AÑOS DE LA TELEVISIÓN ARGENTINA

“Mi método: conocer a fondo a cada uno de los personajes”

María Teresa Forero

Licenciada en Letras de la UBA, conferencista, docente, notable autora televisiva (Compromiso, La extraña dama, Pelito, Los reporteros, Mi amigo Martín, Alta Comedia, Clave de Sol, Así son los míos, Mesa de noticias o Chiquititas, por ejemplo), creadora del libros imprescindibles para orientarse en el universo creativo Escribir televisión: manual para guionistas, Saber usar el lenguaje o Los secretos de un buen guion), María Teresa Forero es una palabra autorizada para evaluar el devenir del medio desde hace varias décadas. Con una foja de servicios que incluye obras de teatro, libros de ficción, presencia como jurado en los premios Emmy, gran actividad profesional en México y una larga y fructífera vinculación con Argentores, Forero traza aquí un diagnóstico certero acerca las múltiples modificaciones sufridas en la pantalla chica, de ambos lados del receptor.

Más allá de los cambios sucedidos en estos años, convengamos que hay algo que se mantiene: el interés del público por que le cuenten una buena historia. Háblenos de ello.

Durante años los intelectuales apenas se ocuparon de la televisión, en especial de la telenovela. Recién en 1975 apareció el primer artículo serio sobre la ficción televisiva. Sin embargo, mi experiencia personal es muy distinta. Cuando daba clases de Literatura en distintas universidades ya sea en el país o en México, los alumnos no abrían la boca, no miraban sus celulares, no jugueteaban con sus laptops absolutamente fascinados, simplemente porque yo comenzaba mis clases contándoles una buena historia que luego analizábamos. Literatura era una materia optativa, podían cambiarse a otra optativa a las dos semanas, pero yo tenía cada vez más alumnos. Eso es una señal inequívoca de que una buena historia atrapa. Claro, yo arrancaba con el Decamerón de Bocaccio y seguía con un cuento “que Shakespeare plagió” (los de abogacía paraban las orejas) y les contaba La historia del mancebo que casó con mujer brava, del Infante don Juan Manuel, plagiada en La fierecilla domada. La televisión me sirvió mucho para dar esas clases pues usaba “ganchos”: les decía que les iba a contar un cuento del Decamerón, obra prohibida por la Iglesia por inmoral durante siglos, por ejemplo.

¿Cómo fue su experiencia autoral en la TV, qué dificultades y fortalezas advirtió del oficio, cómo interactuaba con actores, directores, productores y otros autores del equipo?

La dificultad mayor, para mí, era el escaso tiempo para elaborar un guion, pero esa misma dificultad me fue dando una “cintura” para las cosas como correcciones de estilo, hacer pericias, responder correos, etc., en tiempos “asombrosamente breves”, según dicen los que me los piden. En cuanto a la interacción, era notable como algunos autores establecían lo que ahora llamaríamos “grieta” y afirmaban, furiosos, que si algo no salía como ellos querían, la culpa era del productor, o del director, o del actor. ¡No entendían que la televisión es una tarea en equipo! Yo siempre sostuve que nadie piensa tanto en un personaje como el actor que lo representa, por lo que hay que escucharlo. Muchas veces lo que querían era que pidiera más primeros planos para ellos, les diese más letra o algo por el estilo. Hubo un actor de reparto que me llamaba para saludarme en Navidad, Año Nuevo, Reyes, Pascuas, el día del autor, el de mi santo, ¡hasta el día del animal porque sabía que yo tenía una perra! (Esto es también aprendido del oficio, cada tanto relajar un texto con algo menos denso). Con directores y productores ningún problema, ídem con los colegas autores. Omar Romay quiso conocerme solamente porque los demás autores llamados por él le pedían que me incorporara. Todavía hoy sigo en contacto con varios directores y actores. Los colegas, ¡ay!, fueron partiendo casi todos. Llegué a tener amistades entrañables con la mayoría de ellos.

¿Cómo era su día a día, su método de creación y trabajo, horarios, cantidad de contenidos generados por día?

Mi “método” era conocer a fondo a cada uno de los personajes. Cuando hacía eso, ocurría que era como si el personaje me hablase al oído, me dictase lo que tenía que hacer. Puede sonar muy loco, pero Bioy Casares, que escribió mucho con Borges, en su libro Borges cuenta que un día llegó a la casa de “Georgie” y éste lo recibió exaltado y le preguntó: “¿A que no sabés lo que me dijo hoy?” Bioy le preguntó quién y Borges respondió “Honorio”. Se trataba de Honorio Bustos Domecq, un personaje creado por el gran dúo. Es más, Borges se quejó de que Honorio (nombre que le disgustaba, pero el personaje “se lo impuso”) se metía en el medio cuando trabajaban. Otro tanto decía Juan Rulfo, y muchos colegas me confidenciaron que los personajes parecían cobrar vida propia. ¡Y mejor no contradecirlos! Los horarios eran terribles: una escaleta me llevaba unas cuatro horas, y luego había que escribir las 40 y pico de páginas del guion. Los programas diarios insumían todo el día todos los días, con un descanso cada dos semanas porque formábamos equipos disciplinados. Un unitario era una bendición divina. Las PC nos aliviaron un poco, porque al menos podíamos corregir sin usar corrector blanco para el papel y esmalte de uñas para el esténcil (en este preciso momento me siento como Vilma Picapiedras).

Yo quiero a Lucy

En cuanto a los contenidos ficcionales, ¿han cambiado de la mano de las costumbres o en el fondo…son siempre los mismos?

Todas las obras reflejan su tiempo y por lo tanto las costumbres de ese tiempo. Cuando EE.UU. se involucró en la 2ª Guerra Mundial, las mujeres salieron a trabajar para que el país, y ellas mismas, no se derrumbaran. Pero al finalizar la guerra, las mujeres habían aprendido el valor de ser independientes, y hacía falta que volvieran a sus casas y los hombres regresaran a sus trabajos. Inútil presentar publicidades con mujeres lindas señalando un lavarropas o una cocina. Había que reforzar la “invitación” a irse con otra cosa. ¿Qué tal probar con la tele? Así surgió Yo quiero a Lucy, en la que Lucy era absolutamente incapaz de trabajar en nada. Lo de ella era el hogar. Lo de todas era el hogar, como las rubias tontas del cine, ya fuera de Hitchcock o la dulce y canora Doris Day. En tiempos del presidente Reagan las series favoritas eran Dallas y Dinastía, ambas reflejos de la clase acomodada de derecha. No en vano la Motion Pictures, que regula y monitorea las obras de cine y TV, tiene su sede principal en la Casa Blanca. En la dictadura militar argentina desaparecieron los triángulos amorosos, los divorcios, las mujeres más o menos emancipadas. Las heroínas debían ser como monjas laicas: católicas, recatadas, fieles, castas, y casi siempre resignadas a su pobreza. El subtexto era “¡aguante!”. Por supuesto que la ficción siempre apela a los sentimientos, eso no cambia, pero las costumbres le ponen su sello de época a los sentimientos. Es lo que en literatura se llama cronotopo, una conexión natural de relaciones temporales y espaciales.

¿Cómo advierte que ha sido la evolución de las mujeres en el universo de la TV, tanto dentro como fuera de la pantalla?

Me remito a la pregunta anterior. En los últimos años hubo un giro copernicano en la evolución de las mujeres: ya no son la alegre y tontuela Lucy, ni la sufrida, recatada y casta mujer sometida de la dictadura. Hemos logrado leyes que no son sino para nosotras, como el aborto no punible y otras. Hubo, antes de eso, un momento de quiebre, que fue Yo soy Betty la fea. Era una heroína que poco antes podría ser calificada como anti-heroína. Era fea, no se vestía bien y, sobre todas las cosas, era muy inteligente. La espectadora que durante años siguió la telenovela porque era lo único que existía que había sido pensado para ella, la que si llamaba a un service la trataban como a una infradotada, la que “no entendía” la Internet ni los teléfonos inteligentes (¡Teléfonos inteligentes para mujeres tontas!), todo eso Betty lo derrumbó siendo como a la gran mayoría del público femenino le habían hecho creer que era, o sea sin atractivo ni físico ni intelectual. Recuerdo que antes de Betty yo escribía una novela que iba a la tarde, el considerado horario de la mujer, y un día el productor me devolvió un guion pidiendo que rehiciera una escena “porque es demasiado inteligente para este horario”. Protesté, no por reescribir sino por el concepto, y él siguió: “De dos a siete el público no piensa”. A pesar de Betty, en Méxíco, país en el que trabajé para el grupo Televisa¸ durante cuatro años como asesora de contenidos, la mujer en la telenovela parece sacada de años atrás. Es cierto que hay mucho machismo, que muchas mujeres toleran la “casa chica” (eufemismo por no decir que el marido puede tener su amante en una casa, hacerle hijos, etc., y la esposa no abre la boca), pero no es todo así, y si desde la televisión lo validan, tardarán más en producirse los cambios como en la Argentina. Creo que como asesora fracasé, porque si proponía otra cosa me decían “eso estará bien en tu país, pero acá somos diferentes”.

Yo soy Betty, la fea

Mirando hacia atrás, ¿cómo podría definir a la televisión de los 60 hasta los 90? ¿Y la actual?

Creo que hasta los sesenta fueron años de aprendizaje, de escenas largas porque no había cintas que permitiesen grabar, por lo tanto las pesadas cámaras debían trasladarse a otro decorado. No había exteriores, todo salía en vivo, excepto programas grabados tipo cine, como Cisco Kid, El llanero solitario y otros. Las ficciones argentinas eran creadas por autores de radionovelas, por lo que eran muy conversadas. A mediados de los setenta aparecieron los tapes, la TV color. Fue quizá la época de oro de nuestra televisión, época que los militares cortaron abruptamente. Los ochenta presentan la TV por cable, lo que implica canales temáticos. La ficción sigue apostando a la emoción, y en las series extranjeras –por no decir norteamericanas– aparecen otros géneros como Viaje a las estrellas, Magnum, Alf, o Los Simpson. La Argentina de los ochenta es la de las superestrellas, como Alberto Olmedo o Susana Giménez. En el programa de ésta el público participaba llamando por teléfono, lo que me lleva al final de la pregunta. Mijail Bajtín (ruso de fin del siglo XIX) dijo que llegaríamos a la carnavalización de la TV. No porque sea ahora un carnaval (¿o sí), sino porque en carnaval todos somos protagonistas, todos queremos participar, todos queremos salir del baile cuando nos dé la gana. En eso estamos ahora. (¡Grande Bajtín!). Ya la mayoría no tolera estar una hora mirando lo mismo, sino que la gente prefiere la interacción, el pasar de una cosa a otra, decidir qué sigue o cuándo sigue. Y eso es la telefonía, donde un teléfono no es solo para hablar; en una aplicación de cable puedo opinar, poner mi propio video, hacer amigos o pelearme con el que me dé la gana. Las ficciones que decayeron tanto por la pandemia, se programan para cuando yo quiera verlas. En el país, los jóvenes que viven solos no tienen aparato de televisión. Desde 1995 pueden verla por Internet, y cada vez son más los que optan por esto. Hay que entender, también, que un abono de TV de cable cuesta mucho dinero.

Entonces, son las nuevas plataformas la ineludible salida laboral para autores y autoras.

Me temo que sí. Las mega empresas -Netflix, Amazon, etc.-, al no tener su sede en el país intentan eludir el derecho de autor y los impuestos. Harán con nuestro trabajo lo que hacen con el copy: “Yo te lo compro, es como comprar un banquito: lo uso para sentarme, para poner mi taza de café, para usarlo como escalerita. Es mío y hago lo que quiero”. Además, esas series se verán en todo el mundo, por lo que el “color local”, el cronotopo, se hace trizas. No más medias lunas sino donas.

¿En lo personal, en qué renglón se siente más cercana, en la ficción o en la no ficción?

Soy un centauro con buzo deportivo, me gustan ambas por igual. Pero estoy mintiendo: lo mío, mi primer amor fue la literatura, y a ella he vuelto, aunque nunca la dejé del todo, y mientras escribía ficción me las ingeniaba para hacer un libro de estudio. A veces temía que en un programa infantil se metiera un análisis de obras del Marqués de Sade, o que en el Marqués de Sade apareciera una niñita saltando a la cuerda.

Usted es una experta en Jorge Luis Borges. ¿Tiene alguna información acerca de qué opinaba acerca de los medios audiovisuales?

Dicho por Bioy en el libro mencionado: en su casa, Fanny (la empleada que trabajó 38 años con él), podía escuchar la radio muy bajita en la cocina y con la puerta cerrada. Yo lo visité varias veces como ex alumna y con mis alumnos: no había aparato de televisión y el teléfono era de línea. Con Bioy, Borges hizo algunos guiones de cine. Y Bioy decía que era imposible que se filmaran, porque la filosofía inundaba todo. Sin embargo, concluye Bioy, era un placer verlo imaginar. Termino esta entrevista con una anécdota que une a Borges y a la televisión. En México editaron en el sello Paidós un libro mío sobre cómo escribir televisión. Fui para el lanzamiento. Me vinieron a ver muchos periodistas y uno de ellos, después de muchas preguntas y cafés, me dijo: “Y como argentina, ¿qué opina de Borges?” Y yo contesté con entusiasmo: “¡Lo amo!” Al día siguiente, en primera página del diario (literario) el título decía: “Amante de Borges presenta un libro de Televisión en D.F.”

Leonardo Coire