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Las cajas de Aída ya son parte de la historia del cine

El sábado 24 de agosto se presentó el catálogo de los archivos de Aída Bortnik

Aída Bortnik en su casa, en 2010, junto a las cajas que guardan su archivo personal

Sin memoria no hay identidad. Cada autor fija la suya a través de su obra y de lo que deja también como testimonio y recuerdo de lo que fue su trabajo en la creación de su arte. Los buenos archivos -que hoy se guardan en los discos rígidos de la computadora y antes se lo hacía en papel- usualmente ofrecen un buen material para reconstruir ese camino que hacen los autores para construir su legado literario. El que dejó la escritora argentina Aída Bortnik como registro de su trabajo, armado en casi su totalidad con copias en papel y recortes gráficos, es una buena prueba de ello, además de ser un verdadero tesoro cultural. Quienes acudieron el sábado 24 de agosto al hall de la sala Casacuberta del Teatro General San Martín, lo pudieron comprobar. Ese día, se presentó un catálogo de las setenta cajas dejadas por esta reconocida escritora y guionista de su producción intelectual y artística. Ese catálogo fue elaborado por Gabriela Fantl, Silvana Di Francesco, María Teresa Téramo y Patricia Molina.

Tapa del libro que se presentará el sábado

“Aprender a escribir se aprende escribiendo”, decía Aída Bortnik en una entrevista periodística que le hicieron algunos años previos a su muerte, acontecida el 27 de abril de 2013, a los 75 años. Se quejaba de este modo del hecho de que todavía o poco antes -eso ya sucede poco- algunas universidades de cine daban clases de guion sin hacer práctica de escritura. Y vaya si ella hizo honor a esa frase: aprendió lo fundamental de su oficio ejerciéndolo, porque si bien tenía una excelente formación académica (estudió Derecho, Filosofía y Letras, egresó como actriz del Centro de Experimentación del Instituto de Teatro, sabía varios idiomas y era una voraz lectora), había transformado a la práctica de la escritura en la principal fuente de aprendizaje de sus conocimientos sobre la profesión. Y dejó, como prueba irrefutable de la aplicación de esa convicción, una importante obra cinematográfica, teatral, narrativa y periodística, en algunos casos publicada en distintos libros y medios, además del formidable archivo de sus trabajos de guion para cine, de teatro y de otros valiosos materiales recogido en ese catálogo mencionado antes, que ofrece un testimonio inusual de cómo puede encarar un profesional, consciente de su responsabilidad, su tarea creativa.

Ese archivo, contenido en 73 cajas de cartón corrugado, fue dejado en custodia por Marcelo Ferreira, heredero de Aída e hijo de su marido Ricardo (al que ella llamaba Man), en la casa de Núñez de Fernando Castets, uno de los mejores guionistas cinematográficos de este país y amigo entrañable de la escritora, a quien de algún modo ella lo consideraba también como uno de esos hijos que la vida regala sin haberlos concebido biológicamente. Ese tesoro, al que Fernando define como “uno de los últimos archivos analógicos importantes” que dio el patrimonio cultural del país, debía ser, además de guardado, clasificado en orden para que pudiera tenerse una idea acabada de todo lo que contenía. A eso de dedicaron durante dos años cuatro mujeres: Patricia Molina (periodista), Silvana Di Francesco (productora), Teresa Téramo (licenciada en Letras y coordinadora del Master Audiovisual de la UCA) y Gabriela Fantl (directora de casting). Como ésta última es esposa de Fernando Castets y vive con él en la casa donde las cajas reposan, aprovechamos la invitación que ella nos hizo para hablar, junto con Patricia Molina, de ese trabajo de clasificación que hizo el equipo mencionado.

Lo primero que nos comentaron las entrevistadas fue que las cajas estaban allí en custodia- y también algunos muebles- porque Marcelo Ferreira no tenía espacio para guardarlas. Y si había alguien de confianza de Aída y de él mismo para tenerlas, además de una muy buena disposición, era Fernando.

Quisimos saber si en las cajas había una suerte de preclasificación del material y Gaby nos aclara de inmediato: “Ojalá, ojalá lo hubiera habido”. “A primera vista -comenta Patricia, ya en plan de explicación del trabajo que hizo el equipo- las cajas tienen una especie de clasificación que está dada por los títulos escritos sobre las tapas o al costado de ellas y que intentan identificar lo que hay en cada una, indicación que, por otra parte, tampoco es siempre tan fiel y rigurosa con lo que adelanta sobre su contenido. Pueden tener, y de hecho lo tenían, material filtrado. Así que, en principio, lo que buscamos fue algún trabajo riguroso de catalogación que nos pudiera orientar en este proceso. Fuimos a buscar catálogos en distintas librerías, y después nos encontramos yendo a la Unesco, que tiene una forma de catalogar cualquier tipo de objeto para hacer investigaciones históricas. Y mi padre, que estaba al tanto de lo que pretendíamos hacer, nos dijo que había algo adecuado para este trabajo y al encontrarlo nos dimos cuenta que era lo que más nos convenía usar. Era una especie de fichaje donde podíamos desmenuzar cada elemento o material que encontrábamos.”

“Cuando vimos las cajas y los títulos nos dijimos: acá hay material sumamente importante -agrega Patricia-. No solo por las obras que fueron conocidas nacional e internacionalmente, sino porque hay obras también desconocidas o inéditas y otras cosas. Entonces nos preguntamos cómo encararíamos el trabajo, qué enfoque le daríamos. Y la decisión inicial fue censar el material. O sea que la premisa era abrir caja por caja y contabilizar papel por papel. Porque tampoco el trabajo consistía en analizar la obra, objetivo que excedía nuestra misión. Y dijimos: ella a lo largo de su vida acumuló todo este material, que es toda su obra, su verdadero legado. Y nos preguntamos si ella habrá esperado que algún día alguien abriera estas cajas para ver qué contenían. Y el hecho era que nosotros las estábamos abriendo, caja por caja y las censábamos. Doy un ejemplo: del guion de la película La isla, hay cinco versiones. Nosotros no analizamos los guiones. Lo que hicimos fue contabilizar la cantidad de páginas que tenía cada guion, si tenía correcciones a mano o no, anotaciones, etc. Todo eso lo fuimos describiendo. Solamente describimos, hay tantos guiones, tantas páginas cada una, etc., etc.”

“Ni siquiera cambiamos el orden”, añade Gaby. Y continúa Patricia: “Lo describimos tal cual lo encontramos. Esto es una copia, esto es un original escrito a máquina, el siguiente está armado a dos columnas. Tal cual íbamos encontrando el material lo consignábamos. Si hallábamos un papelito con una anotación de Aída: ‘Avisar a producción tal cosa’, lo consignábamos. Lo anotábamos todo y lo describíamos. Hicimos un trabajo muy exhaustivo de lo que ella dejó. Por eso nos tomó dos años.” Gaby puntualiza un dato: “Encontramos hasta un cuaderno de 1954, una época en que Aída era una adolescente. En ese cuaderno iba haciendo un resumen de todo lo que iba leyendo. Había como un propósito de guardar a futuro, de poder garantizar cierta memoria, porque en el medio de todas esas acumulaciones hubo mudanzas, exilios, distintas vicisitudes. La historia argentina, que no es ni ha sido nada menor en hechos ni menos tranquila, es difícil que no atravesara a una persona con su sensibilidad social y su nivel de compromiso, y que además fue una protagonista de importantes acontecimientos culturales del país. Es evidente que ella debía tener la conciencia de lo importante que era guardar ese material, de dejar memoria de él. Y si hay algo que a nosotras nos hubiera gustado entender es cómo llegó a apreciar ella ese valor.”

“Todo este material nos permite ver a nosotros el arco del proceso que ella hizo en su trabajo, porque guardó desde el primer papelito con la idea, frases sueltas o disparadores, hasta después los recortes periodísticos que comentaban la obra ya estrenada, en cine, teatro o televisión. Todo fue guardando. Es como si hubiera dejado un itinerario preciso e indeleble de señales, como si fueran las migas que arrojaban Hansel y Gretel para reconocer el camino que habían recorrido, pero que ningún pájaro en este caso borró. Y a nosotros ese trazo nos permitió reconstruir todo el trabajo y el proceso, ya que, a la par de archivar papeles, iba haciendo una investigación a fondo sobre el asunto que trataba. Un guionista trabaja ahora en una computadora con un programa de guion y si tiene que guardar material abre una carpeta y lo coloca allí. Ella, mientras se documentaba, iba guardando la información que extraía de las fuentes consultadas.”

“De todos modos, ella llegó a usar la computadora”, aclara Gaby. “Sí, los guiones con los que colaboró en la serie Vientos de agua y sus últimos trabajos fueron escritos en computadora”, precisa Patricia. “Igual lo que nos da la impresión -agrega Gaby, volviendo al tema de la existencia del archivo- es que ella imprimía absolutamente todo, desde los correos que intercambiaba con los productores hasta los mensajes que intercambiaba con otros autores, o la copia de un currículum suyo, como el que envió en España al diario El País ofreciéndose para trabajar allí, y tantas cosas más. Es como si hubiera necesitado tener registrado en papel cada paso de su vida o asunto que creía relevante, como una manera de garantizarse que tendría ese material, esa réplica de lo que había transitado, cuando lo necesitara.” “Por eso decimos que nosotras no estamos en condiciones de analizar ese material, pero sí de contar con detalle lo que había en las cajas, porque así clasificado el contenido puede servir de referencia o para el estudio de estudiantes y futuras generaciones”, añade Patricia redondeando el carácter de la tarea que realizó el equipo.

Fernando Castets, Patricia Molina y Gabriela Fantl

Sobre el catálogo en el que figurará todo el material encontrado en las 73 cajas, Gaby aclara que es un proyecto presentado por mecenazgo. “Como es sin fines de lucro -dice-, podremos repartirlos en distintas escuelas de cine y bibliotecas. Esa es la intención: dejar un testimonio de lo que dejó, porque entre los textos encontrados hay muchos proyectos inéditos. Pero no es un proyecto comercial, es simplemente de difusión de los materiales que dejó para quien quiera enterarse de ello y consultarlo. Y para que la información no sea tan rígida decidimos dividir el catálogo en tres partes que corresponden a similares etapas de la vida de la autora: a) el primer tramo es desde los comienzos de Aída, que arranca en 1964 con una obra infantil de la que encontramos material, hasta su exilio en España; b) el segundo es el periodo del exilio. Allí tuvimos la suerte de contar con el guion original de La isla, que ella trajo a la Argentina a su regreso de España. La actriz Graciela Dufau se lo había mandado a España tal como quedó una vez filmada la película y ella lo trajo luego a Argentina; c) y el último desde la vuelta al país en 1981 y poco tiempo después el comienzo de la democracia hasta los últimos trabajos. De modo que lo que hicimos fue un resumen con el título de cada caja, contando de qué se trata el proyecto allí encontrado y lo más destacado de lo que hallamos. Y después está el material de consulta, que es un descriptor que dice si es obra de teatro, libreto de televisión o guion de cine, si es nota periodística, todo con la cantidad de páginas y la descripción de lo que se ha clasificado.”

De modo que aquellos que reciban el catálogo encontrarán un ordenado registro de todo lo que archivó Aída Bortnik. Allí figurarán la referencia a todos los guiones que escribió para películas, las más famosas y las menos (La tregua, Crecer de golpe, La historia oficial, Tango: la leyenda de Tanguito, Caballos salvajes, Gringo viejo, Cenizas en el paraíso, etc., etc.), los textos de sus obras teatrales (Soldados y soldaditos, Tres por Chejov, Papá querido, escrita para Teatro Abierto, Domesticados, Primaveras), sus guiones para programas de televisión, y también materiales de proyectos que nunca se pudieron concretar: la versión de Noticias de un secuestro de Gabriel García Márquez, la que sería la historia de Azucena Villaflor, el texto de La víctima escrito junto a Osvaldo Soriano, La vida de Anna Letenská, una actriz checoeslovaca de la década del treinta que murió en un campo de concentración nazi. “Cada uno de estos proyectos tiene derechos en particular -aclara Gaby-. Aída les dejó sus derechos sobre esos materiales a Marcelo y a una prima suya, pero algunos son compartidos con otros artistas. Para acercarse a estos materiales hay que solicitar autorizaciones. El tema excede nuestro trabajo y nuestras atribuciones.”

Sobre el guion acerca de la vida de Anna Letenská, Gaby explica que fue un trabajo que le llevó mucho tiempo, como seis años de investigación. “Creo que hay como 10 versiones del guion -afirma-, algunas escritas en español, otras en inglés. Hay cuatro cajas sobre ese proyecto y no sabemos en qué punto de las negociaciones de producción se cayó. Y el que se interese podría ver la cantidad de material que guardó, producto de la investigación, sobre la vida de esta actriz. La idea en principio es que se dé a conocer la cantidad de material que ella dejó y por otro lado tenemos ganas de hacer una muestra sobre este trabajo. Es lo que está dentro de nuestras posibilidades. Después sería interesante que viniera alguna universidad a digitalizar lo que se pueda digitalizar, porque con el tiempo el material se va a ir dañando. Ella enseñó siempre que un guion es un proceso de trabajo que puede llevar años de investigación. Incluso su asistente, de nombre Patricia y con cuya colaboración también contamos llamándola por teléfono, nos contó que ante un proyecto lo primero que Aída pedía era que le compraran un mapa de tal ciudad. ¿Para qué? Porque su convicción era que la historia se tenía que localizar en una ciudad determinada. Cuando se puso a trabajar con Noticias de un secuestro, de García Márquez, trabajaba con el libro de éste, pero compraba además revistas de época y otros materiales para informarse de los peinados, de los vestuarios. En las cajas hay revistas del lugar donde ocurrió el secuestro, revistas de moda y hay un listado de productos de tocador que se utilizaban en ese tiempo, programas de televisión que se emitían, la música que se escuchaba. De todo ese material se nutría para después escribir el guion.”

También guardaba muchas de las entrevistas que le hacían. Y en una de ellas dice: “Mi intención era ser actriz, no escribir. Mis compañeros de teatro pensaban que yo era fea y me mandaban a escribir. Y yo leyendo a Shakespeare o a Chejov pensaba cómo me voy a poner a escribir. Ahora lo hago más tranquila.” La obra Soldados y soldaditos, que fue su primera obra teatral comercial de 1972, la escribió porque sus compañeros de redacción del diario La Opinión (también estuvo en las revistas Panorama, Primera Plana, Siete Días) le pedían que escribiera. Después siguió con La tregua en televisión y luego con la adaptación para cine y ya no paró nunca más de escribir. Y tiene además cuentos de humor, hay 34 cuentos guardados en cajas, que publicó en la revista Humor, en la década de los ochenta. Escribió también para Teatro Abierto. En sus trabajos se puede ver cómo atravesó la agitada historia de la Argentina y a la vez cómo la historia la cruzó a ella. En las cajas también estaban los informes que le había encargado el ex presidente Raúl Alfonsín sobre ATC y un informe para una ley de medios que ese gobierno pensaba sancionar.

“En síntesis -comenta Patricia Molina-, nuestro trabajo fue de verdad apasionante. Y estamos contentas con lo logrado, que queremos que sea un homenaje que reivindique la figura de Aída, su rol de escritora profundamente comprometida con los derechos humanos y con los problemas insoslayables de su tiempo. Por eso, habrá, además de la presentación del catálogo en el Teatro San Martín, una muestra de estos archivos, que se realizará en octubre en el Museo del Cine. Se constituirá con estos materiales y algunos objetos personales de ella que nos cede la familia, como son los premios nacionales e internacionales, que son muchos. Ojalá podamos seguir con otro proyecto más ambicioso que es digitalizar todo el material.”