Revista Florencio

EVOCACIONES

La temible sombra de Pablo Podestá

Es muy sabido y está en todas las historias de nuestra escena que el teatro argentino nació de la notable creatividad de la familia Podestá, ellos fueron transformando el circo criollo en situaciones melodramáticas de muy fuerte llegada al público.  El ejemplo mayor y decisivo fueron los gauchos alzaos, de actitudes nobles, solidarios con los pobres, enfrentados casi siempre con los milicos de la policía y verdaderos centauros que formaban un cuerpo único con su caballito criollo. Y así, con esos cuadros tan primitivos fueron dejando el circo para convertirse de acróbatas en actores. Enseguida surgieron los autores que con sabiduría pulsaron la bordona de la sensibilidad popular.

Algunos de los Podestá fueron figuras claves del teatro nacional como Blanca, gran actriz dramática que hasta tuvo el honor post mortem de que la sala donde casi siempre actuó, el Smart, fuera bautizada con su nombre. También María Esther se destacó aunque con otro perfil más romántico que el de su parienta. Pero el auténtico león de la familia, la fiera indomable que hacía temblar a la platea fue Pablo. De vida efímera –vivió poco y mal- quedó confinado a las zonas más escondidas de la memoria porque partió en el 23 a los 47 y se perdió la época de oro de nuestros escenarios. Se llamó Cecilio Pablo Fernando Podestá y era nacido en Uruguay donde la troupe familiar actuó mucho. Dueño de un temperamento de intensidad poco frecuente sus personajes estaban cargados no ya de electricidad sino de explosivos, fue el gran intérprete de Florencio Sánchez en Barranca abajo y Los muertos.

Y llegamos a un episodio pintoresco y a la vez impresionante. En una de sus actuaciones, Pablo derribaba a otro actor con un golpe muy bien simulado y luego arrojaba sobre él un filoso facón. Como era cirquero y había tirado cuchillos sobre una plataforma redonda de madera que giraba con una chica sujetada en el centro (creo que el número se llamaba la rueda de la muerte) jugaba con mucha exactitud esa escena: el arma se clavaba lejos de la cabeza de su colega pero a la altura de las butacas parecía que estaba a pocos centímetros. Todo bien y la gente  premiaba con aplausos estruendosos.  Lo bravo fue que, sin que los demás se dieran cuenta, Pablo estaba completamente loco. Un poco por sus desbordes, un poco por la sífilis se precipitó en la demencia total. Y cuando al actor que tantas noches veía venir el facón se lo dijeron, se desmayó. Cuando volvió en sí, balbuceó: “¿Pero ustedes se dan cuenta? Ese señor me arrojaba un cuchillo de verdad y  lo clavaba junto a mi cabeza, yo tan tranquilo…¡¡¡Y él estaba absolutamente loco!!” 

La anécdota quedó en los pergaminos más viejos de nuestro teatro y Pablo murió hablando disparates (“acabo de comprar todos los teatros de Buenos Aires”) en la clínica del mejor psiquiatra de Buenos Aires, el doctor Bosch. Vueltas de la vida la  residencia  particular de este médico, un elegante petit hotel de tres pisos en Pacheco de Melo 1820,  hoy es la sede de Argentores.

Rómulo Berruti