Revista Florencio

CON CARLOS ULANOVSKY

La profesión va por dentro

Periodista de larga trayectoria en el medio (hace más de 55 años que ejerce el oficio), pero sobre todo individuo de firmes convicciones éticas y un profesional apreciado en forma unánime por la calidad de su trabajo, Carlos Ulanovsky se ha movido con preferencia, en lo laboral, entre la gráfica y la radio, y menos en la televisión, medio sobre el cual ha escrito sí desde joven en distintas secciones de Cultura y Espectáculos de diarios y revistas. De los programas en la pantalla chica en que participó se recuerdan especialmente: Negro sobre blanco en Canal Encuentro, una evocación de distintas revistas ya desaparecidas; y su labor junto a Cristina Mucci en el programa Los siete locos, de Canal 7. En la gráfica integró desde mediados de los sesenta las redacciones o los equipos de colaboradores de varias de las publicaciones más importantes de la prensa nacional, entre otras, Confirmado, Panorama, La Opinión, Satiricón, Chau Pinela, Proceso, Interviú o Expansión (estas tres últimas durante su exilio en México en tiempos de la última dictadura), Clarín, Humor, Página 12, La Nación, Perfil, etc. En la actualidad colabora con el periódico Tiempo Argentino y con el portal Cohete a la Luna.

En radio intervino desde 1970 a la actualidad en infinidad de conocidos y exitosos programas, en muchos en condición -compartida o solo- de conductor y en otros como columnista. Algunos de ellos han sido, sin agotar la lista: Jarabe de pico, Mañanitas nocturnas, Generala Servida, En ayunas, Perdidos en la noticia, El ventilador, La vida me engañó (nombre con el que se inauguró lo que hoy es Reunión cumbre, todavía en el aire en AM 750), Día a día, La radio en blanco y negro, La vuelta, Mañana es hoy o El Lugar del otro. Desde diciembre de 2003 y julio de 2005 fue nombrado director general de las dos radios de la ciudad de Buenos Aires durante la gestión de Aníbal Ibarra. Según confesó en Redacciones, se trató de la primera, única y última vez que ocupó un cargo oficial. Y aunque la considera una experiencia valiosa, ha afirmado también que, entre los logros y dificultades que atravesaron su trabajo, esa gestión le permitió advertir “las limitadas posibilidades de hacer algo en una tarea estatal”, debido a los obstáculos de toda naturaleza (políticos, presupuestarios, burocráticos, gremiales, etc.) que se oponen a ese objetivo.

Su pasión por conocer la realidad de los medios de comunicación, expresada en parte por su consecuente y lúcida dedicación a analizar como comentarista y crítico sus actividades o programaciones, lo han llevado además a escribir varios libros de investigación sobre la historia de ellos, como Días de radio; Siempre los escucho, retratos de la radio argentina en el siglo XXI; Radio Nacional, Voces de la historia 1937-2010; Radio Belgrano, 1983-1989, el aire de la democracia que nos llegó, algunos de ellos en colaboración con otros autores. Eso sin contar sus dos novelas, varios ensayos, crónicas y textos de entrevistas que en total totalizan 27 títulos, el último de los cuales es En otras palabras, 35 periodistas jóvenes (entre la grieta y la precarización), un conjunto de reportajes que ofrecen una visión muy actualizada del actual periodismo en el país, de sus nuevas, vigorosas y alentadoras voces, pero también de su decadencia y de sus cambios, en general perjudiciales a los derechos de quienes trabajan.

En una columna escrita para la agencia Paco Urondo, denominada ¿De qué hablamos hoy, cuando hablamos de radio?, el mismo Ulanovsky hacía, poco tiempo atrás, una radiografía de lo que es la radio en la actualidad de la Argentina. “Hablamos de un sector trascendente de la industria cultural del país. Hablamos de un medio con un lenguaje reconocible y único. Hablamos de un medio en transición, con un pie todavía en el viejo sistema analógico y con alguna otra mano y ojos puestos en el nuevo mundo digital. Hablamos de un medio que, de la mañana a la noche, anda a puro magazine y tiene débil vínculo con lo artístico, lo ficcional, eso que volvió inmortal a Orson Welles cuando con el único recurso de la arquitectura de voces y sonidos fue capaz de aterrorizar a media ciudad. Hablamos de una actividad informativa y cultural precarizada como pocas. Hablamos de un medio al que muchas veces dieron por muerto pero, con todos los cuestionamientos que se le pueden hacer, sigue vivo, entretenido y variado. Y hablamos de la radio, sobreviviente de un tiempo que llegó a fastidiar con la idea de que una imagen vale más que mil palabras.”

En la entrevista que sigue, Ulanovsky retoma el tema de esa actualidad, y sobre todo hace un recorrido por las experiencias que vivió con la radio como oyente, sobre todo durante su niñez, y luego como fogonero de múltiples matices cuando le tocó intervenir en su condición de conductor, creativo o columnista de distintos programas a lo largo de los últimos 50 años. También recuerda a muchos de los que le enseñaron a afilar y profundizar el oficio.

En tu libro Redacciones. La profesión va por dentro decís en un momento que la radio es el medio en el que te sentís más vos mismo.

Sí, escribí eso, pero también en la gráfica me siento muy bien. Hay que pensar que me inicié en el periodismo escrito y he tenido experiencias muy gratificantes. La radio fue una adquisición más nueva. Y la verdad es que en la radio siempre me sentí muy bien, muy libre, tanto que diría que a veces podía rozar la impunidad. Allí hasta me atreví a hacer personajes, sin buscarlo, pero que, antes determinadas circunstancias, me salieron. Trabajaba en El ventilador, con Jorge Guinzburg, Adolfo Castelo y Gabriela Rádice y un día había que sortear algo. Y se dio una situación que es bastante típica en algunos programas y hubo que resolverla. Alguien dijo: “Que pase la nenita que está en la primera fila.” Y yo, cambiando obviamente la voz, salí al aire imitando a una nenita, una tal Silvita. Y cuando vi lo que le pasaba a mis compañeros, que empezaron a tirarse al suelo de la risa, dije: “Bueno, misión cumplida.” Después apareció otro personaje a instancia de un operador, Charlie Caccavielo, que es un genio. Y ahí yo me estiraba la cara hacia abajo y me transformaba en un payaso llamado Carloncho, que era un personaje muy triste. Y entonces era como una reflexión sobre la condición del payaso, que en este caso era un ser muy amargo y al que, los otros, lo instigaban a que contara sus desgracias.

¿Hubieras hecho lo mismo en un escenario?

Seguramente no. Me hubiera dado pudor y no me hubiese animado. Y en la radio no. En la radio he cantado, trabajé en un programa a la noche con Osvaldo Principi y Mariel Di Lenarda, y allí había una sección de tangos. Y como tengo una módica cultura tanguera, a veces le cambiaba las letras al tango porque no me las acordaba por completo, pero me animaba a cantar sobre la voz del intérprete. Y eso también me gustó mucho. La radio te da mucha libertad, por lo menos me la dio a mí. Y donde pude desarrollar más esta libertad es en el programa que todavía hago, La reunión cumbre, que ahora va en AM 750 los sábados de 13 a 15 horas. Ya no hago personajes, porque hay cuatro invitados y los personajes tienen que ser ellos.

¿Desde cuándo está ese programa?

El programa está desde 1999, hace 21 años. Estuvo muchos años en La Metro, muchos años en Del Plata, y diez años en Radio Nacional. Comenzó llamándose La vida me engañó y después El disfrute de la semana. Cuando estaba en Nacional se denominaba Reunión cumbre-Disfrute Nacional.

¿Qué personajes o profesionales de radio recordás como oyente o que te han ayudado a desarrollar el oficio?

Cuando era chico no había televisión y la radio era el centro del entretenimiento familiar. Nací en 1943 y la televisión llegó a casa cuando tenía doce años, antes íbamos a verla a la casa de mis abuelos. Y entonces, con antelación a la etapa en que compráramos un televisor, lo que nos entretenía era la radio. Mi viejo volvía de laburar al mediodía para almorzar en casa con nosotros y sus padres. Y mientras almorzábamos, prendíamos la radio para escuchar El relámpago, un programa divino, que se desarrollaba en una redacción. Después a la noche disfrutábamos ese ciclo extraordinario de una hora que se emitía por Radio el Mundo y que desarrollaba cuatro programas de quince minutos cada uno: Qué Pareja Rinsoberbia, Héctor y su jazz, El Glostora Tango Club y Los Pérez García. Y siempre dije que no habría podido escribir el libro Días de radio de carecer de esas vivencias extraordinarias, de no haber atravesado esa etapa de mi vida, que se constituyó en una fuente maravillosa de datos. Mi mamá escuchaba, mientras hacía sus tareas domésticas, un programa en Radio del Pueblo que se llamaba Entre tangos y boleros, y que era simplísimo. Un tango y un bolero y el locutor, eso era todo. Y esa también era mi banda musical. Y después, al ingresar a laburar en Confirmado, Jacobo Timerman me pidió: “Quiero que te sientes a escribir sobre radio y televisión como si fueras al cine o al teatro”. Y eso hice, y lo repetí después en La Opinión, en Humor y en muchos otros lugares en que estuve. Y así pude empezar a reflexionar sobre la radio. Por suerte, además de oír y reflexionar sobre ese medio, pude también trabajar en él. Y hubo muchos tipos que me dieron una mano. Me ayudó muchísimo, el Cholo Oscar Gómez Castañón, quien un día me dijo: “Abrís demasiados motores.” Y me di cuenta que era cierto. En el afán de informar más hablaba mucho, me excedía. Y la radio es síntesis. Y entonces, dije: hay que decir una cosa, para que quede fija, y esa cosa durará lo que duran los párrafos en la radio, un minuto, dos minutos, tres minutos. Y ahora tengo la oreja acostumbrada a ese tiempo, y cuando escucho a alguien que se pasa de los tres minutos me pregunto: “Huy, ¿cuándo termina?” Después Fernando Bravo también me ayudó. Él me aconsejó: “Si querés que te crean, decí la verdad”. Y eso me quedó muy grabado. Y después, aprendí de varias de las personas a las que escuché, desde el Negro Hugo Guerrero Marthineitz, que era un genio, a Augusto Bonardo, que era mi amigo. Augusto decía: “Vayas a adonde vayas, andá a hacer quilombo”. Y eso es también lindo. Y después trabajé con Guinzburg y Castelo, que me gustaron mucho. Esos dos años con ellos en El ventilador fueron divinos, nos divertimos, nos tirábamos al suelo de la risa, ganamos guita, premios y fue una pena no seguir en ese programa.

¿Y con Alejandro Dolina, cómo fue tu relación?

Con el Negro fue una relación muy curiosa. Nos habían llamado a Mario Mactas y a mí de Radio Argentina, más que nada porque nos conocían de la revista Satiricón, para un programa largo que iba desde la primera mañana hasta el mediodía y que se llamaba Pin caja, producido, entre otros, por Adolfo Castelo y Fernando Salas. Y entonces nos encargaron, dentro de ese programa, un espacio que iba de las siete y cuarenta y cinco a las ocho y media de la mañana y después teníamos que dejar grabadas unas costuritas para la tarde. Y entonces, en ese espacio dentro del programa inventamos algo que se llamaba Mañanitas nocturnas, y allí lo incorporamos al Negro. Y él hizo un personaje extraordinario que se llamaba Gómez. Era un momento en que Cacho Fontana humillaba con sus móviles. Alberto J. Armando le había dado varios vehículos Ford Fairlane y él había instalado allí equipos VHF y bueno estaba en todos lados. Y nosotros le propusimos un personaje a Dolina que era un cronista chanta bautizado El Inmóvil Gómez, al que lo enviábamos todas las mañanas a cubrir algún acontecimiento. Y cuando le preguntábamos dónde estaba, él inventaba todo, que estaba cerca de la casa del tenista Guillermo Vilas a punto de entrevistarlo o en un viaje en avión hacia Nueva York, o cosas por el estilo, hasta que terminaba confesando que solo estaba en la esquina de la radio hablando por teléfono público, que es lo que había en ese momento para comunicarse. Fue estupendo. Dolina es uno de los grandes representantes de lo que llamo la radio de autor, de la que queda cada vez menos. Radio de autor hacía Niní Marshall, que agarraba y desarrollaba en un cuaderno las características de cada uno de sus personajes. Eso era hacer radio de autor. Radio de autor es lo que hacía Antonio Carrizo, que un día se le dio la loca idea de hacerle un reportaje a Borges y lo entrevistó en diez mañanas y a raíz de eso sacaron un libro. Dolina hace radio de autor.

¿Por qué crees que hay menos radio de autor?

Por la precarización, porque todo tiene que ser inmediato. La radio ahora está totalmente rendida a la inmediatez, a la información. El tipo que no lee ningún diario, que no mira televisión, pero escucha radio, está módicamente informado, sabe que hay coronavirus y que perdió Macri. O que Boca salió campeón. La radio es hoy, de la mañana a la noche, información, y encima con las facilidades tecnológicas de la actualidad mucho más. Facilidades que no empezaron ahora sino en los setenta con el vía satélite y esas cosas. La radio de hoy es eso. ¿Por qué no hay radio de autor? También por pereza, porque es más complicado. Porque, y no quiero ser antipático con lo que digo, voy a una radio invitado por haber sacado un libro y te dicen: “Bueno, hablanos un poco de tu libro.” Con lo cual queda patente que no leyeron el libro, ni siquiera la contratapa. Eso es pereza. Y es también el momento en que se vive, porque ese tipo que está ahí conduciendo dicho programa, al rato termina y se va rajando a la televisión o pasa a una web. Es la vida de hoy. Decía Bonardo de los partenaires, que eran extraordinarios: “Son tipos a los que les tiras un hueso y te devuelven un puchero”. Dolina es eso: le tiras una palabra y te arma un mundo con eso. Nos habrá pasado a casi todos estar en el auto escuchando una entrevista y no poder bajarnos por el deseo de saber cómo termina ese diálogo. Lalo Mir es otro que hace radio de autor, ahora no tiene programa, pero hace poco hacía un programa llamado Circo Pop y te imaginabas eso, que era un circo. No por nada el radioteatro le permitía a la gente imaginarse mundos. Decía Alberto Migre: “Mis palabras se terminan de completar en la mente de la gente. Yo escribo rojo y cuando la palabra rojo le llega al que oye ese rojo es especial, es el que elige el que escucha.” Y lamentablemente por esa sumisión informativa que tiene la radio, esa dependencia de la agenda a la que está sometida, desde hace ya tiempo han desaparecido géneros como el radioteatro. Ha desaparecido la investigación propia. Los días que no aparecen los diarios hay una abstinencia de noticias que se nota de inmediato. Es tremendo.

Reunión cumbre, ¿qué audiencia tiene?

No sé, no tengo la menor idea. Pero cuando me cruzo con gente en algún teatro que me dice te escucho o me pregunta dónde estoy o si estoy en algún medio, contesto que sí, que estoy en una radio y sigo en actividad. Y entonces enseguida anoto el nombre de esa persona y luego en el programa la menciono, porque tengo la idea de que en programas como ese a los oyentes hay que conseguirlos de a uno. El programa es una tertulia, una conversación, cuando más fluya el diálogo mejor. Hay veces que los invitados no intercambian y hay que remar más y hay otras veces que fluye mucho.

Aquello que decía Bravo: “Si querés que te crean, decí la verdad”, hoy está muy relativizado. La mentira también ha logrado un lugar en los medios.

Por supuesto, en el lugar de la verdad. Eso es una de las cosas más lamentables de las que pasa en los medios. Saber que uno tiene que convivir con la mentira y tener que descifrar cuáles son las verdades. Y en qué lugar te pones entre la verdad y la mentira.

Alberto Catena


LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

“Las nuevas tecnologías deben ser bienvenidas. Los teléfonos celulares, verdaderos equipos móviles de transmisión, aunque se sigan cortando en lo mejor de cada entrevista, salvaron la tarea de los movileros. Los monitores de televisión y las computadoras encendidas en los estudios, invitan a la pereza creativa, pero también sirven de momentánea inspiración y reaseguro para conductores y productores. Y a todos juntos, incluidos los oyentes, Internet y los buscadores de información les facilitó la tarea y la vida. Gracias a Internet desde cualquier lugar del país podemos escuchar hasta la radio más distante. Y lo mismo les pasa a los argentinos habitantes de Berlín, Ciudad de México o Tokio que, a través de la radio, pueden saber que la temperatura y humedad hace en Buenos Aires o Tucumán o a cuánto cerró el dólar. Entre las ofrendas tecnológicas más recientes es que es posible escuchar radio en dispositivos no convencionales como celulares, tablets, computadores. Y que, las emisoras, hasta las más humildes, establecieron su página web, como para no quedarse afuera del dogma informático actual. En la jerga radial ya no se habla de emisores sino de aplicaciones. Ya casi nadie se preocupa por aumentar la sintonía: sí, en cambio, se procura consolidar la cantidad de descargas. Y así como hay una exitosa televisión por demanda, hay una radio a la carta, con menúes capaces de saciar el apetito radical con cualquier gusto y en el horario que el consumidor disponga. ¿Te lo perdiste en el horario que fue al aire?: vas a la página y casi seguramente lo recuperás. Si no, desde hace poco contamos con esa plataforma notable que es Radio Cut, una herramienta que permite volver a creer en la magia de la radio. En 1959, el escritor Truman Capote quedó sensibilizado por el asesinato, sin móvil aparente, de una familia completa en Holmcomb, Kansas. Ese crimen estremeció a los Estados Unidos y el libro de no ficción que Capote escribió, inspirado en ese cruento suceso, estremeció al mundo y aún está vigente. Creo firmemente que el podcast podría ser el heredero de trabajos como A sangre fría, el libro de Capote publicado en 1966. Ese formato, que junta cultura e historia, información con recreación, puede marcar el nuevo, futuro camino de la radio. El paraíso mediático digital está en plena gestación, a la búsqueda de una radio más personal, menos efímera y pasatista, más cercana a cuestiones temáticas e intereses específicos, menos masiva y más de comunidades interesadas en un tema afín”.

(Extraído de la columna escrita por Carlos Ulanovsky para la agencia Paco Urondo).