Revista Florencio

TEATRO. CARLOS MARÍA SCAPPATURA Y REVOLUCIÓN CYBORG

“La palabra teatrero es la que mejor define lo que yo hago”

Carlos María Scappatura

Con 50 años de edad, que cumplirá este año, y más de 35 de actividad en escenarios, espectáculos de calle, títeres y muchas otras variedades de teatro popular, Carlos María Scappatura, hace poco premiado en un concurso por Argentores su obra Revolución cyborg, prefiere que lo designen más que como dramaturgo, actor o director -todas funciones que viene cumpliendo hace años- como un “teatrero”. Esa es la palabra que cree define con precisión lo que él viene haciendo hace más de tres décadas. En una charla por teléfono de unos cuarenta minutos, Scappatura contestó a un cuestionario que le envió Florencio, en el que, además de hablar de sus espectáculos, nos ofrece su visión del mundo actual, la difícil situación en que está el planeta en esta etapa de neoliberalismo salvaje. Lo que sigue son las respuestas ofrecidas a esas preguntas.

¿Desde cuándo venís trabajando en la actividad teatral en los distintos roles que has desempeñado: director, actor, dramaturgo, diseñador y realizador de espectáculos de títeres y objetos, etc.?

Empecé a estudiar teatro cuando tenía 13 años y después nunca paré. Luego, en formas más profesionales diría que comencé desde 1991. Yo me había iniciado en diseño industrial en la UBA, pensando que con eso me podría ganar la vida, y en forma paralela comencé a estudiar teatro, que se convirtió a la postre la actividad a la que me dediqué laboralmente. Y hubo un momento en que me era imposible convivir con ambos quehaceres y me terminé decidiendo por el teatro.

¿Y dónde estudiaste formalmente teatro?

Lo primero que hice fue la carrera de dirección en la EMAD. Y después, hace unos dos años, hice la diplomatura en dramaturgia, que la cursé en el Centro Cultural Paco Urondo. Ahí tuve profesores como Javier Daulte, Ignacio Apolo y otros maestros muy buenos.

¿Sos nacido en la Capital?

Sí, nací en Palermo, la Capital, pero desde los 7 años comencé a residir en la provincia. Me ubiqué en San Fernando y allí entre la zona Norte y Tigre viví hasta que me mudé hace unos 12 años a Open Door, cerca de Luján. En la zona Norte empecé a hacer teatro. Yo vivía en uno de esos monoblocs muy populares y en ese lugar había un salón de usos múltiples donde te daban un taller de teatro, en el que me anoté y estudié. Lo daba un compañero y amigo hasta ahora, Alejandro Sáenz. Y ahí había un grupo de teatro muy lindo, heterogéneo y amplio, que lo formaban desde personas con 70 años hasta yo que recién había cumplido 13. Hacíamos sainete criollo, teatro costumbrista, sobre todo en una línea de teatro nacional. Tengo recuerdos muy agradables de esa época.

Tu currícula te presenta como autor, además de director y actor, de distintos espectáculos. Sus nombres, por no citar todos han sido, Los Ramírez mueren de pie, historia de una Argentina Ltda. (1993), Peripecias del Caballero Rolo en sus rondas por la plaza Madreabuela (1997), Misiones, lecturas de contrabando por la selva de mi barrio (2003), Estrella y su mágico mundo de representaciones (2005). También encontré otros títulos, entre ellos El salto mortal y La muerte de Panchito y el avión envenenador.¿Me podrías hablarnos de algunos de estos trabajos, por lo menos de los que consideres más importantes, y de tu labor allí como autor?

En general esas obras son textos de espectáculos que yo iba pensando para montar.  Me formé en gran medida en el Movimiento Nacional de Teatro Popular y participé de distintos encuentros que se hacían en el país. Y entonces, eso me fue dando una impronta de trabajo vinculada al teatro popular: teatro callejero, títeres, teatro infantil, manipulación de objetos, payasos, murga, y teniendo esa actividad de trasfondo, siempre íbamos con el grupo de teatro con distintos espectáculos. No era una escritura como se dice de gabinete, un autor que se sienta a escribir una obra para que luego alguien la ponga en escena, sino que se empezaban con los ensayos y a través de éstos se iba haciendo la dramaturgia. Una dramaturgia muy ligada a la acción, a la escena. Y, bueno, Los Ramírez mueren de pie fue un espectáculo de tipo callejero, con convocatoria de murga y técnica de payaso. Era una obra muy política, que hicimos en resistencia al menemismo, a la era de las privatizaciones, del neoliberalismo. Un teatro diríamos brechtiano, no por la calidad del texto sino por la intención. Un teatro con esa impronta, de crítica social, pero a la vez con alto sentido del humor. Me acuerdo que en esa puesta usábamos un títere con el rostro de Menem. Solíamos actuar en Plaza Francia, en el Centro Cultural Recoleta. Fue un espectáculo que hice con el grupo independiente, Sieteatristas, del que formé parte unos 10 años.

¿Con ellos hiciste también Peripecias del Caballero Rolo?

Si, también hicimos Peripecias del Caballero Rolo, que era un espectáculo dirigido al público infantil. Ahí ya tenía cierta intención más metafórica, no tan ajustada a la ideología, al mensaje didáctico. Tenía su vuelo poético. Y después Estrella y su mágico mundo de representaciones es también un texto que escribí para un espectáculo que había concebido. Era un unipersonal, que lo hice en todo el país, también en Venezuela, México y España. Era un teatro callejero, que tenía ya poco que ver con lo político, sino más bien con situaciones, con personajes, con participación de público y técnica de payaso, zancos, máscaras, canciones, participación del público también.  

¿Y el texto Misiones, lecturas de contrabando por la selva de mi barrio?

Ese es una obra que escribí con intertextos de Horacio Quiroga, con fragmentos de varios de sus cuentos, y con eso hice un espectáculo dirigido al público infantil. Fue un trabajo muy lindo, que tuvo varios premios, hecho con pantomimas, manipulación de objetos, etc.

¿Y El salto mortal?

Ese es una rutina de payasos clásicos. Lo escribí especialmente en base a una rutina clásica y tenía dos personajes: un maestro de circo y un payaso tonto. La muerte de Panchito y el avión envenenador es un espectáculo de títeres. Ese ya lo escribí estando aquí en Luján y lo escribí como parte de un movimiento de resistencia contra las fumigaciones aéreas, que finalmente resultó triunfante pues logró que se prohibiera en toda la zona que esas fumigaciones aéreas con agrotóxicos se siguieran haciendo. Es un teatro de títeres clásico, de retablillo y títere de guante. En el marco de esa resistencia, aportamos nuestro granito de arena. Yo me había venido a vivir a Luján -como te dije nací en Palermo- y creía en la fantasía de que estaba viviendo en el medio del campo, en una zona de aire respirable y limpio y, de pronto, me encontré con esa realidad, que todos los días pasaba un avión arrojándome agrotóxicos. Y la gente no percibía el problema hasta que comenzaron a aparecer los efectos nocivos en la salud de algunos pobladores, algunos casos de cáncer, y se tomó conciencia.   

¿Qué te llevó a escribir de un modo más tradicional, una obra destinada a un concurso? ¿Te costó hacerlo de ese modo debido a que tu experiencia de escribir estaba más ligada a la construcción del espectáculo? ¿Qué aspectos de esa nueva modalidad te gustaron?

Te voy a hacer una confesión. Yo me vine a vivir a Open Door y constituí con mi compañera Laura una familia y tuvimos dos hijos. Y una serie de situaciones cambiaron en mi vida. Yo venía haciendo hasta entonces el espectáculo de Estrella y su mágico mundo de representaciones, donde trabajaba sobre zancos. Lo hice por última vez y me di cuenta que ya no podía hacerlo, por la edad, por mi peso, etc. Me sentí limitado en ese sentido. Por otra parte, la crianza de los chicos y su cuidado me exigía no viajar tanto como lo venía haciendo hasta entonces. Y me dije: tengo que poder hacer algo que realice aquí en mí casa, sentado. Y tengo que pensar en poder escribir aquí sentado, como dije, y sin pensar tanto en hacerlo a partir de la realización de un espectáculo. Y luego me enganché con la diplomatura. Y la verdad es que me costó bastante adaptarme, porque venía desde una experiencia que tenía poco que ver con la modalidad perseguida por la mayor parte de los asistentes a la diplomatura, que en general venían muchos de grupos de teatros que trabajan en salas pequeñas y de otra forma. Y, como dije, me costó. Pero poco a poco le fui encontrando el gusto a esa posibilidad de escribir sin pensar en quién lo va a hacer, dónde se va a hacer, cómo se va a resolver.

Has dicho en una entrevista radial que te definís como teatrero popular. Parecería que eso tiene que ver con algo más que el hecho de desempeñarte en distintas disciplinas. ¿Es así?

Por un lado, la palabra teatrero que nos define a las personas que amamos al teatro acá en el Tercer Mundo, donde hay que hacer un poco de cada cosa y no podes decir: yo soy solo actor, director, dramaturgo o lo que sea. En ese sentido, la palabra teatrero se ajusta más a mi gusto, a la forma en que me veo dentro del teatro, más que a la de decir que soy actor, soy dramaturgo o director. Por otro lado, la palabra popular, que como te contaba pertenece más a mi actividad dentro del Movimiento Nacional de Teatro Popular y que responde un poco a la definición que da Augusto Boal sobre el teatro popular, teatro del oprimido, ¿no?, que hablaba de hacer un teatro que lo podía hacer el pueblo, es decir, no solo actores profesionales. Un teatro que puede hacer una vecina, alguien que va a un taller, alguien que se dedica a otra cosa pero en sus ratos libres le gusta actuar, un teatro para el pueblo en el sentido también de los lugares donde se hace, en una calle, en una plaza, en un corte de ruta, en una estación, en una escuela. En los lugares donde está el pueblo y no solamente en las salas teatrales. Y por último en esta definición que da Boal, que me parece acertada, un teatro que haga una contribución al pueblo, en el sentido de que vivimos en una sociedad bajo un sistema capitalista, que es un sistema opresor. O sea, que el teatro sea una herramienta que ayude también a cierta liberación de esa injusticia.

En una entrevista dijiste que tenés cierta resistencia a la tecnología. ¿Esa resistencia es porque te cuesta adaptarte los hábitos que impone este nuevo mundo tecnológico o porque consideras que la tecnología puede imponer ciertos cambios riesgosos para algunos hábitos de la vida humana?

En realidad no tiene mucho que ver con una dificultad para adaptarme a los nuevos hábitos tecnológicos. Te digo que de joven no me gustaba ni sacar fotos con la cámara Reflex. Siempre fui reacio a aceptar que la mediación tecnológica perjudicara la relación directa entre las personas. Fijate que ni siquiera veo mucho cine, lo he visto siempre un poco a regañadientes y tampoco veo televisión. Tal vez por eso me fascinó tanto el teatro, que establece otro tipo de vínculo entre las personas, un hecho vivo, presente, donde el otro está ahí, sin más remedio. Por eso, siempre el teatro me pareció algo muy primitivo, muy fantástico, casi mágico. Poner el cuerpo me parecía que era una manera muy liberadora de trabajar con nuestro físico. Por eso te digo que ya desde muy joven fui refractario a la cuestión tecnológica. Después lo que ocurrió es que el fenómeno nos pasó por encima. Ahora, si es riesgoso, no sé. Sé sí que es ineludible. Que es irracional, es totalmente irracional. El uso que hace el capitalismo de la tecnología es totalmente irracional, no soporta el menor análisis. Y es sobre todo porque la tecnología está tironeada por el afán de lucro. No es que se aplica para solucionar los problemas de la humanidad, sino para conseguir más ganancias. Y no veo que nada lo vaya a detener, me parece que es una marcha que va a continuar. Es difícil decir si es riesgoso o no porque no veo que haya otra posibilidad. Lamentablemente vivimos una época que vive bajo esos cánones y de eso, de algún modo, va mi obra Revolución cyborg. Vivimos en una época en la que es difícil pensar al individuo como una unidad de sentido, una unidad identitaria. Hoy hasta el cuerpo del ser humano está fragmentado. Ahora muchas chicas de 15 años solo sueñan con ponerse las tetas nuevas y los muchachos tratar desarrollar el cuerpo sin hacer demasiado esfuerzo. Me parece que no vamos a parar hasta lograr que ese chip que usamos en el celular nos lo terminen de incrustar en el cerebro. Es cuestión de tiempo, de algunos años nada más, porque cuando a vos te ofrezcan sin ningún dispositivo extracorpóreo estar conectado con Internet, mucha gente lo va a aceptar. Y estamos en ese momento y no creo que haya modo de parar esas nuevas propuestas. Todavía la tecnología cyborg es incipiente pero ya empezó. Y será así. Y al escribir Revolución cyborg en rigor yo no escribí exactamente lo que pienso sobre el tema, porque a mí la idea del cyborg me parece aberrante, sin embargo en mi obra no tiene una connotación negativa. Habrá que ver.

En la obra, una distopía ubicada en un tiempo próximo cercano, 2030, parecería que un movimiento de ciborg toma las riendas del mundo e intenta de poner como un cierto orden distinto al que existía, el del individualismo egoísta, pero a su vez el modo en que implantan ese orden, que puede incluir el asesinato, tampoco es aceptable. La obra plantea en ese sentido un dilema difícil de resolver.

Claro, es así. Para mí, el futuro ideal no existe. El ser humano es un ser irracional, violento y no me puedo imaginar cómo pueda cambiar eso. Millones de años de evolución para llegar a ser este animal violento que somos. Y eso no creo que cambie, cambiará la tecnología y tal vez tengamos que elegir entre distintos métodos de violencia, pero no avizoro un futuro idílico, en paz. La paz se irá imponiendo por momentos por la fuerza.

Que es algo así como la paz de los cementerios.

Y hoy en día se nos presenta ese dilema que planteas. Por un lado, se presenta un paradigma político neoliberal, más afincado en Europa y Estados Unidos, un sistema basado en una supuesta defensa de las libertades individuales, pero que es de clase y en el que no entran los negros, los africanos, los asiáticos, los pobres. Fijémonos por ejemplo en la pandemia. Ese modelo no parece poder dar respuesta a los problemas surgido con ella. Viste cuando la gente dice: no, yo soy libre de hacer lo que quiero, de decidir si me vacuno o no me vacuno. Y ese modelo no da solución a la pandemia. Y, por el otro lado, se presenta un modelo como el chino, que es un Estado fuerte, autoritario, pero que logró dominar la pandemia. No tenés ninguna libertad individual, pero como sociedad no tienen casos. Deciden como se van a mover y no esperan a ver lo que la gente quiere.

Sí, es así. Yo no soy tan pesimista, pero bueno el mundo hoy por hoy no resuelve los grandes problemas de la humanidad. Habrá que ver si no cambiamos nada y seguimos camino hacia un suicidio colectivo del planeta o en algún momento reaccionamos y hacemos algo por modificar las cosas.

En mi caso, no pienso que el capitalismo pueda adquirir un viso más racional, por esencia es inhumano. Las variantes hoy del capitalismo son o el neoliberalismo que vemos en tantos países, o el fascismo. Por ese lado veo dificultoso los cambios. Ese es el dilema que vivimos hoy día. El futuro ideal no existe, eso es así. Es un sistema violento y habrá que ver qué tipo de violencia finalmente predomina. En todo caso, tal vez la opción que tome la gente sea el de una violencia menos dañina. Pero eso tampoco está garantizado. Habrá que ver.

Bueno, Alberto, no sé si sabes que parece que ya no vamos a morir sino que vamos a pasar a una computadora. Hay un sistema de escribir en que la máquina ya te va a hacer completa la oración, lo que vos pensas. Es decir, que a las computadoras ya no les va a costar nada saber qué pensás vos, qué querés vos, etc.

Para mí ese es un mundo atroz. Si fuera joven no sé si no lo resistiría. Ahora, estoy viejo y no creo que nadie me pregunte nada sobre lo que hará. Es como una pesadilla negra.

Sí, de verdad, es un poco siniestro.

No nos podemos dar mucho ánimo.

Y en mí caso, soy el menos indicado, porque soy esencialmente trágico.

¿Y estás escribiendo otra obra de estilo gabinete, como decís?

No, así no. Estoy escribiendo otra obra pero otra vez para un espectáculo que pienso montar. Por la situación, estoy escribiéndolo en la manera más tradicional, pero sin dejar de pensar en el espectáculo que quiero montar con ese texto.

¿Hay otros planes para la postpandemia, si es que es posible imaginar algo de esa naturaleza?

Me cuesta creer que haya una postpandemia. Ceo que hay intereses muy grandes a los que esta situación les viene perfecto para optimizar la dominación sobre la humanidad y por eso creo que vamos a vivir una sucesión de pandemias que va a durar mucho tiempo. Por eso no hago planes para una postpandemia.