Revista Florencio

LOS 70 AÑOS DE LA TELEVISIÓN ARGENTINA

La novela sobrevive

Celia Alcántara, Nené Cascallar, Abel Santa Cruz y Alberto Migré, pioneros de la telenovela

La telenovela aprobó y pasó de grado. Lejos quedaron los tiempos en que se la consideraba un género menor, programado a la hora de la siesta para un público femenino y no muy exigente, ocultado como un pecado inconfesable en los círculos sociales y denostado sin piedad por los analistas «serios».

La novela, como el Universo, es indiferente a la crítica. Sigue incólume su derrotero con un público adicto y poco a poco, para sorpresa de algunos y escándalo de otros, ascendió un escalón en la consideración general de la cultura. Por lo pronto se convirtió en material académico, con libros de referencia y publicaciones varias, avaladas según parece por Umberto Eco, quien según parece en algún momento afirmó mirar las novelas de Andrea del Boca. Tanto como la declaración de Umberto Eco, o más, fue impactante el aporte del periodista Osvaldo «Bebo» Granados, quien todas las tardes a las siete veía la novela Celeste -un éxito del momento- desde la Bolsa de Valores y contaba día a día el avance de la historia en el programa de radio donde tenía una columna de economía. Más allá de la fascinación que ejercía Andrea del Boca desde muy niña, hay un detalle en esta anécdota que no es menor. Hasta la aparición de las videograbadoras seguir una novela requería una rígida rutina. La novela se daba de lunes a viernes a la misma hora; para poder verla había que estar en casa (o en la Bolsa de Valores) todos los días a la misma hora. Me gustaría decir que la telenovela es un invento latinoamericano, dada la importancia que la industria tuvo en la zona, pero el género apareció antes en Estados Unidos, con características algo diferentes: eran episodios de media hora, en blanco y negro por supuesto -estamos a fines de la década del 30- y siguen una misma historia que nunca termina; cada tanto se van renovando los elencos, cambian las generaciones y la historia se recicla a sí misma.

Pero la gloria de la telenovela fue durante mucho tiempo patrimonio indiscutido de América Latina: la Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y, sobre todo, sobre todo, Brasil. Pocas semanas atrás, el 29 de junio, murió Delia Fiallo, la última de las grandes firmas de lo que se llamaba «novela de autor». Ella fue la creadora de Topacio, Cristal, María del Mar, Estrellita mía y medio centenar de obras más. Nosotros teníamos a Alberto Migré, Celia Alcántara, Abel Santa Cruz y Nené Cascallar, con sus historias inolvidables. Todo eso terminó, al menos en la Argentina.

En Brasil es otra cosa. Ellos construyeron O Globo, una empresa que tiene la potencia de Hollywood. Ese lugar de privilegio que tenía nuestro país en otros tiempos se fue diluyendo en una serie de cambios en los criterios de producción y la novela de autor desapareció. Colombia inventó un subgénero a partir del narcotráfico, y tras el éxito de El Patrón del Mal (2012) de Alonso Salazar sobre la vida de Pablo Escobar Gaviria, la industria encontró un nicho exitoso que suma acción criminal, matanzas y política. Quienes verdaderamente lideran el mercado en la actualidad son las novelas turcas. Todo comenzó con Las Mil y Una Noches, que se estrenó en la Argentina en enero de 2015, con la ciudad vacía y malhumorada por el calor. Antes de terminar la semana, sin embargo, quedó claro que estábamos ante un acontecimiento. Con una protagonista llamada nada menos que Sheherzade, música de Rimsky-Korsakov y textos poéticos tomados del clásico persa que sobrevivió una docena de siglos, esta novela demuestra las posibilidades infinitas que tiene el género: solo hay que saber mirar. No todas las grandes obras sirven para construir una telenovela. La Señora Ordóñez, por ejemplo, sobre la novela de Martha Lynch, no funcionó porque el género no tiene lugar para la política. Con diferentes situaciones y anécdotas, la novela toma del gótico el énfasis en los sentimientos y las pasiones, vive rodeada de un halo de misterio, guarda enormes secretos, genera magníficas casualidades y elude con cuidado el sentido común. Podríamos considerarla una especie de heredera de las obras de Jane Austen y las hermanas Brontë: todo este clima contenido y ardiente a la vez adquiere un poder particular, subversivo, porque las historias tienen a la mujer como protagonista. No se trata básicamente del amor, como se suele pensar. Si bien hay una historia de amor que deberá superar muchas dificultades, el eje profundo de la historia tiene que ver con el camino que recorre la mujer desde que comienza la novela hasta que encuentra su identidad, su lugar en el mundo, su filiación verdadera, sus poderes personales y sí, también el amor. Ése es, para decirlo con un lugar común, el secreto de su éxito. Si en la temática la telenovela es heredera del gótico, en la parte operativa es hija del antiguo folletín, cuya entrega semanal entrenaba a los seguidores en el arte de la espera. Todo en la novela es procrastinación, un avance lento, de ritmo cotidiano, diseñado para acompañar al espectador todos los días a la misma hora en amable rutina. Algunas plataformas de televisión y nuevos sistemas de grabación dan opciones, pero lo básico de la novela permanece: es una relación personal, es gente amiga a la que se visita todos los días.

Hay que tener un tiempo interior adecuado para seguir una novela. Puede impacientar a la gente ocupada. Voy a permitirme una autoreferencia: ya no veo novelas como antes, tengo otra tarea, otros tiempos. Pero cuando me invitaron a escribir este artículo revisité brevemente el género. Y esto es lo que vi. Una novela turca llamada Icerde tiene por protagonistas a dos varones. Dos hermanos que ignoran su vínculo y la vida los lleva a una profunda y muy complicada enemistad. La novela es muy buena y me hizo pensar en el avance del varón en el género, lo veo como una conquista, una forma de admiración, a la manera de la libertad que se tomó la mujer, de pura admiración (y comodidad) cuando comenzó a usar pantalones. No es el primer caso, desde luego. Nosotros tuvimos a Rolando Rivas, a El Rafa; pienso en El Rey del Ganado y muchas otras en Brasil.

Pero Colombia apareció con lo que hoy se llamaría «un cambio de paradigma»: Pasión de Gavilanes. Tres hermanos que tienen una misión de venganza, pero se enamoran de las tres hijas de su enemigo. No solo son ellos los protagonistas, también son especialmente musculosos y atractivos, como el reflejo masculino del objeto sexual. En Icerde, casi veinte años después, la presencia del varón es natural y no necesita pretextos. En segundo lugar, vi una especie de experimento que propone Amazon Prime Video, dos novelas clásicas, legendarias, inolvidables, traducidas a series de televisión. Una es Cuna de Lobos, del mexicano Carlos Olmos, donde la malvada Catalina Creel, sí, la del parche en el ojo, ya no se ve como la señora Diana Bracho: ahora es Paz Vega, joven y sexy. En principio parece una buena idea, una forma de rescate de glorias pasadas, pero la magia no es la misma. La telenovela es eterna como los cuentos de hadas. Son primos hermanos. Siempre hay un hada buena, una bruja, un acto de magia y casi siempre, casi siempre, un final feliz.

Cecilia Absatz