Revista Florencio

DESDE LA MÍTICA PANDORA, COMO REGALO MALDITO, A LAS NIEBLAS DE AVALON COMO RESIGNIFICACIÓN DE LA UTOPÍA [1]

La escritura como soporte de una travesía

“Una imagen cosmológica…parece representar reivindicaciones y metas sociales, aportando el ideal de una armonía de sentido frente a abrumadoras dimensiones de oscuridad. Ante la más simple organización tradicional de los símbolos mitológicos, no podemos más que maravillarnos por la fuerza integrativa y estructuradora de la vida que provocan.”  (Joseph Campbell) [1]

Primera huella: la mujer de arena

“Recuerdo haberme asomado al pozo profundo que se nombra como memoria, y haberme recordado, como médano movido por el viento, como horizonte inasible. Ningún paisaje me tranquiliza tanto como el paisaje del desierto pampeano en el que nací. Y ese médano de bordes imprecisos e imprevisibles, de geografías monótonas y caprichosas, ese médano quisquilloso, molesto y bello se me ocurre que es mi origen.  Mis primeras nociones se mezclan con esos   ínfimos trozos de vaya a saber polvo de qué  rocas o conchillas milenarias. El desierto me llama como si fuera mi madre. El desierto. Siempre inabarcable, sin frontera ni arquitectura, más que la de huellas efímeras. Mi origen  es haber sido no de barro, sino de arena.” [2]

Haber nacido en una geografía de médanos movibles, haber tenido nociones muy tempranas de que los caminos podían bifurcarse y que los atajos eran siempre bienvenidos en cualquier viaje, me ayudó definitivamente a comprenderme  como viajera. Ser mujer es una travesía. Lo ha sido para  “mis muchas mi”, para “mis muchos yo, no yo”, para “mis infinitos muchos y múltiples había una vez ” en la clara certeza de que todo está comenzando en una sincronicidad sorprendente donde presente, pasado y futuro, son  pactos, entre cronos (el tiempo mensurable) y kairos (el tiempo metafísico) del que hablaban los griegos.

Ser mujer es ser un sujeto en permanente dilución. Dilución de fronteras, de memorias personales y colectivas que se suceden como escenarios inter combinables. Y desde esta maleabilidad nos conectamos con otras subjetividades y con el entorno. Somos el otro infinito y continuo. También el universo es un infinito continuo. Ser mujer es ser un sujeto inacabado. Y toda alteridad nos identifica. Somos ese otro abismado. Siempre al borde de un acantilado como el loco del tarot, dispuestas a saltar al vacío en esta travesía de identidades y des identidades.

Vivir es una travesía. Escribir también. Afirmarse como sujeto en construcción permanente es un ensamblaje de representaciones heterogéneas. Escribir también.

Nos autoconstruimos, nos auto escribimos, en un acto de autonomía y soberanía en una manera peculiar de territorialización. Nos autoconstruimos desde nuestro cuerpo como caja de resonancia. Nos auto escribimos a medida que ponemos nombre a lo no nombrado o nos animamos a representar lo irrepresentable. Sabiendo que a veces lo que no se puede nombrar y lo irrepresentable pueden no tener articulación posible.

Como sujetos en permanente travesía, jamás habitaremos del todo ninguna de las patrias que reclamamos. El patriarcado como sistema de sujeción rediseña desiguales modos de encastre, permanentemente, de modo que en estado de travesía, debemos estar siempre atentas. He hablado en otra oportunidad del estado de alerta. Cada vez que el sistema patriarcal se pone demasiado “bondadoso“ con la desigualdad que provoca en nombre de “ponerse a tono con los tiempos que cambian”, no puedo más que reforzar el estado de alerta. Mientras el patriarcado provoque segregación y esclavitud, toda promesa de integración merece ser revisada. Como los médanos, somos de arena y hemos aprendido a tomar los atajos necesarios para salvarnos de rutas que nos desvíen de la búsqueda permanente, siempre al borde de nuestros propios límites.

Rossi Braidotti, afirma que la identidad y la subjetividad son momentos en el proceso de definir una posición de sujeto.

“La idea del sujeto como proceso significa… pensarse como una identidad compleja y múltiple, como el sitio de interacción dinámica del deseo con la voluntad, de la subjetividad con el inconsciente: no sólo el deseo libidinal sino además, el deseo ontológico, el deseo de ser…”[3]

Las mujeres, como los médanos de mi infancia, siempre estamos siendo. No como un sujeto monolítico, sino como sujetos capaces de interpelar la hegemonía “racional” desde la cual se nos ha pretendido configurar, reconfigurar y normativizar. Ser siendo, como define Braidotti, es colocar al pensamiento en el lugar de la creación y siempre en la tentativa de repensarse, re definirse y posicionarse entendiendo en ese posicionamiento,  al saber situado, que nos permite reconocernos en la diferencia. Ser es estar siendo. Saber es estar sabiéndose. La certeza de lo inacabado, es un gran indicador de un salto de conciencia. Y creo que es la mayor riqueza que poseemos. No ser el sujeto hegemónico de la sociedad patriarcal, nos ha otorgado el privilegio de prescindir de toda atadura y de certeza alguna.

Escribir  es  armarse, desarmarse, y como he dicho en otras ocasiones, leerse en las palabras, en los paréntesis, en los silencios  y en los puntos suspensivos… Y así como nos experimentamos, escribimos, se trate de un diario personal, o cualquier formato de escritura que elijamos. Vivir es una marca. Escribir también.

Una de mis experiencias de sentir mi marca en una piel  otra se llamó Frida Kahlo. Y así, se manifestó en mi monólogo Fridas.  “Alfileres en el cuerpo. Clavos han brotado de mi sangre…No tengo más ciudad que una antigua columna resquebrajada. Yo, la que se sostiene desde la mirada…Yo, más griega seca que las propias grietas de la tierra. El desierto, mi madre. La sed, mi padre. Y el viento. Mi hijo. El cielo promete aclarar. Lo sé por el pelo, que se recorta diciendo mañana. Y yo, luciendo la falta que nadie cosió para mí. Yo soy la del cuerpo que genera su propia desnudez, que se exhibe mostrando lo que no puede vestirse…Yo, la de los ojos fijos en la que nadie puede adivinar. Yo. La sin casa, la de la gaviota en las cejas, la que apenas termine de llorar, se convertirá en cáscara seca.”

Como mujer, no deseo consistir en nada más que en ser una buscadora. Como escritora, o escribiente, sólo deseo configurar ficciones de existencias que no conozco, y a las que me aproximo hasta sentirles el aliento. Existencias en las que termino reconociéndome. O existencias que terminan fundiéndose en la mía propia. Inventar actos de representación en un eterno hic et nunc. Existencias que redefinen escenarios propios, espejos multiplicadores. El lenguaje como acto fundacional de sentido, de alguien que sabe que no consiste más que en aquellos órdenes que logre subvertir.

En un mundo que ha apostado a las guerras y a la destrucción, ser sujeto en construcción nos convierte en sujetos responsables de los mundos que construimos, desde nuestra conciencia situada. Ser mujer es ser parte de ese otro diferente que no ha hegemonizado ninguno de los flagelos que hoy asolan a la humanidad pluralizada de acuerdo a los ejes de dominación, de sujeción, de opresión y que sin dudas rediseñan nuevas formas de esclavitud, bajo nuevas normativas. Y nosotras  y nuestro lenguaje siempre en tránsito. No maquillando de comprensible lo irrepresentable.  

Sí, ser mujer es una travesía hacia algunas voces. Personales. Colectivas. Sociales. Históricas.  No hay mapa de ruta. Tampoco un tiempo preciso. Apenas puntos de llegada. Como si acampáramos en algunas regiones de la vasta memoria que nos atraviesa. Zonas de llegada para volver  a partir.

Y así me siento, una aventurera en busca de sentidos. Desde luego, la escritura es un instrumento. El instrumento de una migración permanente. Escribir, es ese viaje inevitable de lanzarnos a nuestra propia pisada en la escritura del que nos habla Margueritte Duras [4], dado que siendo mujeres, no tenemos nada que perder, sabiendo que lo que escribimos muchas veces es más fuerte que nosotras mismas.  Marguerite Duras dice que a menudo ni sabemos lo que estamos escribiendo.

Vaya aventura, no saber en qué consistimos, en un mundo que se rompe la cabeza tratando de acomodarnos para ver si nos quedamos quietas, o si nos disciplinan hasta que seamos finalmente un apéndice más en el mundo que decide quién se salva, quién queda al margen.  Vaya tarea construir escenas que casi siempre nos ponen a riesgo de interpelarnos en nuestra propia vulnerabilidad.

Seríamos como el otro inexplicable para la mirada que conforma subjetividades encasilladas. Como si fuéramos un desvío de la existencia explicable, que camina por los carriles de los caminos señalizados. Somos “medanosas”, como la mujer de arena. Construimos territorios en movimiento. Refundamos nuestros cuerpos y nuestro lenguaje, en una construcción individual que se multiplica en otras subjetividades.

He dicho que “la escritura es un llamado. El llamado de una lógica alterada, desde donde se convoca el tiempo del no tiempo, el orden del caos”[5]. Nosotras también existimos a partir de una ontología negada, o sustraída. El auto conocernos es un movimiento que nos lleva a la restitución de nuestro ser en el mundo. Desde la voz propia, a las voces que nos complementan. Las voces están, decía Jung en su Libro Rojo, sólo hay que saber ir hacia ellas. Hacia esas voces estamos yendo siempre.

Posicionadas en esta consciencia de autoconstruirnos en lo personal, en lo social, en lo político, hemos ido dejando huellas de cada universo que ayudamos a reconfigurar. Y siempre haciendo honor al lema feminista de que lo personal es político. Conciencia de género, es consciencia situada. Es consciencia de lugar en el mundo. Somos abarcadoras, y en nuestra conciencia cabe toda existencia posible, como en una articulación del juego de las muñecas rusas.

Segunda huella: Pandora o el regalo maldito.

“Una mujer, no nace, se hace” (Simone de Beauvoir, El Segundo sexo). Nada más develador que esta afirmación. Una no nace. Se ha comprado hecha. Hemos nacido fabricadas con pedazos,  como Pandoras, de acuerdo a necesidades del “fabricante”. El desafío sería que no nos sigan fabricando derivadas a la manera  de los mitos de soberanía misóginos, como sostiene  Celia Amorós. [6]

Pero para eso estamos. Para transitar. Para escribir/escribirnos en las huellas de arena, tendiendo como en este caso un puente interpretativo hacia un mito de origen. El mito de Pandora.

¿Cómo aparece Pandora? Aparece bajo la forma de regalo maldito. Los hombres hasta la aparición de esta primera mujer, crecían de la tierra como los cereales. Una suerte de plantas. No conocían ni el cansancio ni la vejez, ni el sufrimiento y morían jóvenes durante el sueño. Un mundo perfecto. Sin mujeres.

Pandora

Hijo de un titán y una ninfa, Prometeo, con ayuda de su hermano Epimeteo, se anima a dotar de capacidades al hombre. Y así otorgan a los humanos la capacidad del conocimiento y la de hacer fuego para cocer sus alimentos.

La acogida y la popularidad de Prometeo entre los hombres desagradan a Zeus. Para poner fin al conflicto, Prometeo propone un desafío. Sacrifica un buey dividiéndolo en dos partes. Una parte destinada a los dioses. Otra a los hombres. Arma dos bolsas. Una tiene una pinta muy apetitosa con grasa, rodeando  los huesos. En la otra, el vientre del animal encubre los intestinos y la carne. Prometeo hace elegir a Zeus con qué parte se quedarían los dioses y con cuál los humanos. El dios supremo elige la de mejor aspecto, pero que en realidad sólo contenía huesos. Furioso por el engaño, Zeus ordena que los hombres coman carne cruda, quitándoles la capacidad de hacer fuego, pero Prometeo con ayuda de Atenea roba el fuego a los dioses y se los da a los hombres. Zeus lo hace encadenar condenándolo a que lo coman los buitres sin cesar, ya que su hígado se  regeneraba permanentemente.

Como venganza final, Zeus le envía a Epimeteo un regalo perfecto. La bella Pandora, una mujer hecha de arcilla por el gran herrero Hefesto. Una mujer con apariencia de diosa, de enorme belleza pero armada con los sentimientos más terribles como la codicia, la pereza, la mentira, la intriga y la curiosidad.

Zeus ya había intentado regalar esta joyita a Prometeo, pero el astuto titán la rechazó porque sabía que era una trampa. En vano había advertido a su hermano no aceptar regalo de los dioses.    Epimeteo (aunque desconfiado) se casa con Pandora.

Y aquí empieza el nudo de la historia. Prometeo le había confiado a su hermano una jarra con todas las calamidades que debían quedar celosamente guardadas. La jarra contenía  desde las enfermedades hasta la crueldad, desde la vejez, la ira, la locura, los vicios, hasta la muerte y los miedos.

Si bien Epimeteo ordena no levantar la tapa de la jarra, la mujer armada de a retazos con los peores atributos, poco caso le hace y echa a volar por el mundo las demoledoras y funestas sombras de lo terrible.

Sólo la Esperanza queda en la jarra. No sabemos en calidad de qué la Esperanza habría estado encerrada con las calamidades. ¿Puesta por Zeus, en calidad de qué, junto a las maldiciones? ¿Como un bien entre los males? ¿Como la maldición, de la pasividad ingenua?

Elijo leer la Esperanza, desde otro sistema simbólico.  El tarot. Seis siglos tiene este juego, que en imágenes cuenta el viaje del héroe (el loco, el arcano cero) a través de las diferentes instancias de la psique individual y colectiva. Un viaje a través de las profundidades de la conciencia.

Aprendí a leer el tarot, como quien aprende un idioma. Estudiando a Jung y la utilización de este sistema de símbolos en  relación a los arquetipos, dediqué un tiempo considerable a estudiar tarot. Tan unido a los sueños, a la intuición, a la asociación libre, a la ensoñación. El tarot me reveló otra ruta de acceso al conocimiento. Y desde ese conocimiento me atrevo a intervenir el sentido de la Esperanza atrapada en la jarra de las maldiciones.

De acuerdo a mi interpretación, la Esperanza es la carta de la Estrella, el arcano mayor XVII, y que simboliza la intuición del camino a seguir. Este arcano (portal) es una instancia de gran sabiduría. Tiene  conocimiento de la mayoría de las fases que constituyen el viaje del loco (el héroe); desde el éxito, el poder de lo masculino como dominador, el poder de lo femenino como  restitución de un orden holístico hasta el sentido kármico de la justicia. La Estrella  ha comprendido ya, que todo se dará en el momento que se tenga que dar, sabe del sentido cíclico de la vida guiado por las Moiras, sabe que, en el mundo,  impera Lucifer, el ángel caído. Ha comprendido que la muerte es renacimiento y que los derrumbes de los órdenes opresivos conducen a la libertad. La Estrella, en sin duda la Esperanza. Una carta de astuta y clara conciencia. Saber de dónde provenimos. Equivale a lo que la gran feminista alemana Sigrid Weigel dice sobre  tener una mirada bizca: un ojo puesto en los desatinos patriarcales, el otro en nuestras metas. O quizá otra interpretación pudiera ser que la Esperanza tiene una mirada caleidoscópica  y se toma el tiempo de actuar. La Esperanza toma distancia de la escena maldita y elabora estrategias de cómo atravesar ese escenario.

Pandora es la primera mujer. Nacida como ardid. Como castigo. Mujer trampa mortal. No solamente sin génesis, sino culpable de los males y calamidades que asolan a la humanidad. Pero de acuerdo a mi lectura, sería la que enciende una  luz de intuitiva visión (la Esperanza) sobre males no inventados por ella.

Pandora, nacida para vampirizar. Pandora, al decir de Celia Amorós, es una chapucería ontológica. Esta mujer hecha, no nacida, simboliza la “ontología sucia” de la cual provenimos. Hecha con retazos de dones prestados por cada dios que bendijo su hechura, es una mujer simulacro. Pandora significa, todos los regalos, en griego. Un maniquí del mal. Tan irresistible como carente de lógica. En realidad nacida de la lógica de una narración misógina.

La primera mujer es tan ficticia como bella y a la vez culpable de cuanto mal exista en el mundo. ¿Qué castigo no le cabrá a semejante argamasa de mentiras?

Una mujer hecha de trozos, merecerá ser troceada, sostiene Amorós. Como las mujeres de todos los femicidios. Malditas Pandoras culpables de sus propios cuerpos críminalizados.

Pandora el regalo maldito, sin embargo pareciera decirnos: léanse en cada fragmento de mi cuerpo, en cada peste que dominará el planeta y desde la intuición del camino a seguir intenten el camino de atravesarlo lo más ilesas posibles. A lo mejor Pandora vino a resignificar la Esperanza, como una  ajustadora de cuentas. A lo mejor vino a decirnos: aquí estoy, dejen que cada una de mis partes se exprese. Aunque no se alcance a comprender lo que cada parte dice. A lo mejor  vino a ayudarnos en esta travesía para señalarnos que nos liberemos de la jarra en la que también nosotras estamos atrapadas.

Simone de Beauvoir nos puso en la senda. Una mujer no nace, se hace. No al estilo de Zeus en comandita con Hefesto. Hacerse es la tarea de despertar sobre cada una de las zonas de indiferenciación. Simbólicamente hijas de un indescifrable ontológico como esta muñeca de regalo, nuestra misión en principio es hacernos en el sentido de crearnos desde cualquier A.D.N que nos permita establecer genealogías de pertenencia.

Una mujer no nace, se hace haciéndose, en devenir, en tránsito. Y en este atravesar la vida, los relatos, la historia, los mitos, la escritura como acto fundacional de autocreación.

En otra oportunidad he escrito acerca de escribir sobre o escribir desde. Escribir sobre, me resulta una escritura de maquillaje. Escribir desde, me sitúa en el corazón de los conflictos. Lejos de cualquier salvoconducto identitario conveniente al pensamiento hegemónico disciplinador, siempre dispuesto  a reinventarnos como nuevas versiones máquínicas de nuevas Pandoras.

Una mujer no nace, se hace. En tránsito. Sin corsets ontológicos. Escribir desde me amiga con la vulnerabilidad de origen y me ayuda a respirar junto a los personajes que arman su universo dramático.

Me atrapan las propias guerras internas de esas existencias con carnadura que aparentan brotar de la escritura. Y así he construido personajes masculinos y femeninos, si bien lo preponderante en mis piezas han sido las mujeres, pero en todos los casos he seguido la senda de la vulnerabilidad.

La escritura es una travesía. Nuestro lenguaje dice Celia Amorós también es un lenguaje en tránsito, venimos de una mujer de a pedazos, sin lengua materna. La escritura nos llevará a lo sumo a sitios lingüísticos diferentes. ¿Puntos de llegada? ¿Puntos de partida?

Y nuevamente la voz de Frida Kahlo, que pintando supo pintarse en  sus fragmentos de mujer. Así escuché a Frida. Era su voz, era mi pluma. Éramos las dos. «Atlantis. Queda en mi bañera. Así la llamo. Me sorprende mi propia ciudad bajo el agua. Me sorprende ver cómo emergen del vaho, amantes, caracoles, volcanes, rascacielos, esqueletos, piedras, yo misma flotando como una sirena,  haciéndome comprender que soy una mujer que no quiere ahogarse, pero que sólo es capaz de hallarse en la profundidad de su propio rito. Naufragios desde las orillas, raza de otros en continente indio, dice mi padre… ¿Y mi madre?, mi madre calla, ese silencio quebradizo de los cristales débiles…¿Quién emerge? ¿Quién queda sumergido?…Yo escucho la lava de mis volcanes…Rugen como las sirenas de los barcos que enceguecieron de niebla… Y yo me deshago en criaturas de ausente transparencia… Caracoles y fuentes y anémonas y equilibristas y hasta la muerte….Me respiro en el agua. Soy los fragmentos que difícilmente puedo juntar. Soy el lago que ha brotado desde mis pies…» [7]

No, no somos indescifrables, aceptamos el misterio. También nosotras, como la Esperanza, somos hijas de la noche y la búsqueda del origen es parte de nuestra aventura.

Tercera huella: las nieblas de Avalon

Aceptarse, como  un caleidocospio de configuraciones es aceptar la multiplicidad. Tránsito es búsqueda. Es posible que todos los que emprendemos un viaje de búsqueda, dice Anne Shinoda Bolen [8], sea algo que no sólo esté ausente de nuestras vidas, sino también de nuestra cultura.

Los viajes de búsqueda son viajes de conocimiento. Viajes que se inician en los momentos en que nos disponemos a abandonar nuestras zonas de comodidad. Experiencias que sin proponérnoslas se instalan como grandes portadoras de aprendizajes. Viajes de revelación donde nuestro cuerpo se modifica, al sentir la expansión de los umbrales de conciencia.

La primera vez que realicé un viaje de cinco días a caballo en la zona de la Quebrada de Humahuaca, durmiendo  a la intemperie o en habitaciones prestadas por los puesteros de lo alto de la montaña, me sucedió algo jamás experimentado. El límite que conocía entre lo cotidiano y lo extra cotidiano desapareció. Mi cotidiano, se había transformado en levantarme al alba, descansar de acuerdo a las necesidades del caballo, comer la ración que me tocaba en la caravana, y dormir en el suelo, a la intemperie o en chozas. Mi cotidiano, era un extra cotidiano.

Por una semana, esa “ficción” de ser guiada por baqueanos, montada en un caballo que  era mi única brújula, -ya que en las cornisas de la montaña, se avanza según la pisada del animal-, fue todo mi mundo. Aceptar que el caballo era mi cerebro y mi cuerpo, fue un acto de aprendizaje y de amor. Lo único que podía darle al caballo, era amor. Yo debía ganarme su confianza y él debía saber que yo era parte de él. Le contaba mi vida, le decía cosas cariñosas. Y el Colo parecía entenderme. Y pasada la primera jornada, todo atisbo de vida de mi antiguo cotidiano, se desvaneció.

Recuerdo una suerte de planicie en plena montaña, y la irrupción de una hacienda bagual. Caballos que jamás habían estado en contacto con humano alguno. Una cuadrilla de hermosas bestias con crines hasta el suelo. Caballos rojizos, claros, oscuros, albos, atigrados, azulejos, bayos… Cuando los vi, creí estar en medio de un sueño.

Debíamos retomar el  camino de cornisa y comenzamos a descender. En la planicie, el jefe de la hacienda bagual se posicionó en el vértice del territorio, como custodiando nuestra caravana. Era un potro negro azulado imponente con una estrella blanca en la frente. Y creo que no nos perdió la vista hasta que fuimos un punto perdido entre un paisaje de piedra y selva.

¿Dónde estaba? En ninguna parte. ¿Era yo la que montada en mi Colo alucinaba caballos salvajes? ¿O eran caballos salvajes los que alucinaban extrañísimos venados?

Era un estado de éxtasis. Era una realidad irreal. Era un llamado a traspasar fronteras. Esa travesía fue una llamada  a experimentar el lugar de los no lugares. 

Las travesías son llamadas a ninguna parte. Y el umbral que se traspasa suele ser un lugar muy especial. Sucede algo imprevisto, que  cambia nuestro modo de percibir. Y ese viaje, vivido a una temprana edad, me modificó internamente. De alguna manera me preparó para comprender que hay sitios sagrados donde asistimos a una experiencia transformadora. Y esos sitios están en lugares reales como mi querida Quebrada, o una ciudad, un encuentro, una iglesia, nuestros sueños. La travesía es un umbral que se ensancha. Y ese sutil matiz que no podemos describir en tiempos reales no es más que la experiencia de kairos, el tiempo del no tiempo. El descenso a un lugar donde lo desconocido emerge con la fuerza de un llamado a ampliar nuestro campo perceptivo. Allí, donde el origen se nos revela como una epifanía.

Lo inesperado se manifiesta como nuestra Avalon, la isla sagrada de la que nos habla la leyenda artúrica. Avalon es un lugar de origen del reino de los druidas. En la leyenda, el lugar de infancia del rey Arturo. La leyenda narra el conflicto entre el mundo del orden de la espada y el mundo del origen, de la Diosa, con el culto a la naturaleza y  la convivencia con el caos y el instinto. La leyenda hace referencia a la relación entre dos culturas religiosas que debían convivir. El cristianismo que peleaba por su imposición en el orden del mundo, y el  culto de La Diosa  de los ciclos cósmicos. Es un inmenso relato de onírica arquitectura donde el invisible mundo de Avalon separado del reino de Camelot, por las brumas, articula el mundo de lo consciente con el inconsciente. Arquetípicamente traspasar las nieblas de Avalon es acceder al mundo del origen, el reino de la madre.

Un film basado en la novela de Marion Zimmer Bradley, Las Nieblas de Avalon, nos muestra la imagen de Morgana (hermana e iniciadora sexual de Arturo) regresando de Camelot a Avalon. Morgana dándose cuenta de lo difícil que es intervenir la lógica de las guerras, ansía regresar a su isla sagrada en un  viaje de descenso a los orígenes. En el film, la vemos en la barca. La niebla es espesa. Ella rema.

Las nieblas de Avalon

“A medida que atravesaba la niebla, mi corazón se estremecía, si llegaba a la otra orilla, ¿podría regresar a mi mundo…?” [9]

La leyenda nos muestra la interdependencia entre el mundo de la superficie (guerras/poder) y el mundo de las profundidades (sabiduría/misterio). Las oscilaciones entre lo consciente y el inconsciente. Siempre en doble juego. Habitante de dos mundos, Morgana es parte del mundo de la guerra, pero sabe que la sabiduría no emana de la espada. Y en Avalon está su fuerza. El Rey Arturo también es hijo de dos mundos. Recordemos que al final de la historia, Arturo es herido y es llevado por Morgana en la barca  rumbo a Avalon, en busca de sanación.

El mito siempre permite recuperar la metáfora. Recordando que metáfora significa traslación, desplazamiento. Un viaje de sentido. Una realidad o concepto de un orden  se expresa a través de una realidad o concepto de otro orden. Ambos órdenes guardan entre sí una relación de semejanza. El mito, siempre echará lazos de referencia cada vez que estemos atravesando figuras arquetípicas, de las que nuestra historia personal está poblada y también nuestra historia cultural.

Situada precisamente en una coyuntura histórica de orillas de nuestra historia argentina (Río de la Plata/ Banda Oriental) y a propósito del exilio elegido por una mujer clave de nuestra historia, Mariquita Sánchez, me encontré sumergida en  una oscilación entre realidad política de tensiones extremas, la vigilia del destierro y el ensueño de la protagonista de regresar a su tierra. Sonata erótica del Río de La Plata es una travesía por nuestra historia política signada por expulsiones y exilios.  Mariquita Sánchez (María), una de las mujeres de esta pieza (la otra es Trinidad Guevara),  desea volver a su patria. Y así se lo hace saber en una misiva a su querido amante (J.M. en la obra) que se ha quedado en la “otra orilla”, en Santa María de los Buenos Aires.

“…Siempre camino hacia el río. Me llamo a mí misma La loca del río. Imagino cruzar el río, caminando. Y al cerrar los ojos entreveo sobre las aguas anchas, salones de gente culta. Y yo en medio de ellos con mi cara laminada de satén, sentada al piano flotando en el agua y tocando una sonata.  La loca del rio, descifrándose en las notas. Mi sonata. Mi río. Las riberas del desamparo. Mi tierra. Y mi corazón entre la realidad y el ensueño.  Por instantes juntos. Y siempre exiliados. ¿Vendrás?…” [10]

Y nuevamente la escritura como soporte, como péndulo, como puente entre lo consciente y lo inconsciente. Entre la patria asolada por guerras (la derrota de Rosas por Urquiza) y el mundo  de su otro lado, Montevideo, desde donde mirarse desde el sentirse “libre”, pero siempre pensando en volver. María, en su ostracismo,  anhelando recuperar parte de su territorialidad, ¿su cuerpo? María enfrentada a  sus incertidumbres, sus límites y posibilidades, como mujer de libre sexualidad, como aguda mujer de mayo, amante y organizadora de la centralidad política, recortada a las mujeres del siglo XIX. María como una suerte de Morgana, atravesando la orilla. A “salvo” en Montevideo, pero deseosa de mezclarse con el acontecimiento, con el conflicto de ser parte de la historia de su tiempo. Como si la aventura de descender a esa otra orilla, fuese nada más que un oasis momentáneo para retornar a su raíz. Ser una mujer comprometida con su época. El llamado al exilio. El llamado al regreso.

Como investigadora, no me quedo atrapada en el dato, es más, el dato me lleva al corazón de la intuición. Trabajar con los dos hemisferios cerebrales es un ejercicio que los artistas conocemos muy bien. Y la escritura es el puente. La dramaturgia tiene el plus de la representación. Tiene el plus de la escena. Como algo que sucede, que acontece, que se manifiesta.

Escribí en mi libro sobre arquetipos [11] que el teatro era la restitución simbólica de la acción, y lo reafirmo.  La dramaturgia una vez puesta en escena, convoca a la multiplicación de pasajes, de portales. Y restituye a través de los personajes, nuestro propio lugar en la realidad.

La escritura como intersección entre lo arquetípico y lo ordinario. La escritura como un “abre puertas” hacia la articulación de universos que impregnan con la fuerza de un sueño.

Una historia es un vehículo para la mente del que la cuenta y la mente del que la recibe y esto opera como el mito, en tanto horizonte de referencialidad polisémica. Y en el caso de la representación teatral, la escena acontece como un acto del pensamiento y sucede lo que tan bien dijo Alain Badiou: “El teatro reúne a la gente una noche. Les dirige una verdad frágil. Algo en la mirada puede cambiar. A veces uno sale del teatro conmovido o pensativo, ese es el efecto importante del teatro, cuando uno sale con cierta incertidumbre”[12]

Cuando se rompe la cuarta pared, el público se integra y se produce un acto de reflexión colectiva. Y todo forma parte de la travesía. Como dramaturga me siento una incitadora a la aventura. Y cuando en alguna función-debate el público reclama la parte que le pertenece y se instala el diálogo, siento que se produce lo que Badiou ha llamado: acontecimiento del pensamiento. El teatro es un gran incitador a la multiplicidad de sentidos.

Joseph Campbell sostiene que el auténtico camino creativo, contrarresta cualquier autoritarismo dogmático. El artista, sostiene, primero se experimenta a sí mismo, luego intenta descifrar y comunicar a través de la forma artística que considere más eficaz. Lo que se comunica siempre es una experiencia, que conmueve, que impacta en otras experiencias. Poderosa compuerta, la de ser escuchados desde la rebeldía disruptiva en un mundo en sintonía sólo con clichés autorizados. La forma de aportar luz a la oscuridad reinante no es siguiendo caminos ya transitados. Y refiriéndose a la aventura de la búsqueda del Santo Grial, acota  Campbell: “…cada vez que un caballero, en ‘el bosque de la aventura’… llega al sendero de otro y trata de seguirlo, se pierde” [13]

Perdernos en los senderos autorizados. O emprender rutas nuevas, a menudo sin brújula, ni mapa, ni siquiera con garantía de éxito. Ese es el desafío.

La escritura como soporte de voces, conflictos, encrucijadas, sueños, preguntas. Escribir forma parte de la aventura de descifrarnos. .Soy una buscadora de historias, y mi pasión por el estudio de la historia ha hecho de mis viajes de descenso a otras épocas, otros siglos, otras existencias, una aventura más que emocionante. Saber que la ruta del dato del personaje, se agota, y la intuición  tiene que apoderarse sí o sí del dato hasta que desaparezca todo vestigio que suene anecdótico. Para que un personaje esté vivo, tiene que respirar. Y para que el personaje respire, el ego autoral debe emanciparse de cualquier pretensión de sobornar la historia.

“La mujer de arena aprovechó un alto en el viento, y se acercó a un oasis. Ella sabía que era una alucinación, pero se sintió feliz. Descansar en una travesía es una bendición. La arena mojada tiene una temperatura diferente. Una corporeidad distinta. La mujer de arena se sentó en la orilla, cerca del mar. Y vio cómo  la arena firme iba formando escenarios concéntricos  Con pequeñas escenografías corporizadas. Con personajes que se movían, cada uno en su círculo. La mujer de arena los saludó a todos. Y todos la saludaron. Felices de verla antes de que el paisaje volviera al desierto, y la arena al viento”[14]   

Mandala es una palabra de origen sánscrito y significa ‘círculo’. A menudo siento que mis obras, han sido visiones contundentes encerradas en efímeros mandalas dibujados en la  arena.

En mi vida hubo varios no lugares. Varias experiencias donde he experimentado el otro lado. Varios Avalon. De los que la escritura me ha permitido de alguna manera configurar parte de lo que experimenté.     Escribir es atravesar permanentemente las nieblas que nos separan de Avalon, en un sinfín inacabable. Avalon como la Utopía, siempre es punto de llegada, de salida, de partida, como el caballero Perceval en busca del Santo Grial…

Cristina Escofet
Dramaturga, profesora de filosofía e investigadora en temas de género


[1] Campbell, Joseph: Los temas mitológicos de la literatura y el arte. En: Ala Watts y otros: Mitos, sueños y religión. Kairos, Barcelona, 1997. Pag.130
[2] Escofet, Cristina: Cosminundos, inédito.
[3] Braidotti, Rosi: Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Gedisa editorial, Barcelona, 2004, pag.40.
[4] Cfr. Margerite Duras. Ëcrire. Éditions Gallimard, París, 1993.
[5] Escofet, Cristina: Teatro, memoria y subjetividad. Introducción. Editorial Nueva Generación, Bs.As, 2015, pag. 36.
[6] Cfr. Amorós, Celia: Mujeres e imaginarios de la globalización. Homo Sapiens ediciones. Santa Fe. Argentina, 2008.
[7] Escofet, Cristina. Fragmento de Fridas, monólogo teatral. Estrenado en 2002 en el Actor’s Studio. Con Ana María Casó. Dirección Escofet/ Casó.
[8] Cfr. Shinoda Bolen Anne: Las Nieblas de Avalon. Ediciones Obelisco. Barcelona.1998.
[9] Las nieblas de Avalon, film de Uli Edel basado en la novela  de Marion Zimmer Bradely, 2003.
[10] Escofet, Cristina. Sonata Erótica del Río de La Plata. Pieza teatral.
[11] Escofet, Crisrina: Arquetipos, modelo para desarmar. Nueva Generación, Bs As. 2.000
[12] Badiou, Alain. Imágenes y palabras. Escritos sobre cine y teatro. Manantial. Bs.As. 2005, pag.132.
[13] Campbell, Joseph. Op. Cit.Pag. 134
[14] Escofet, Cristina. Cosmimundos. Inédito.