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PREMIOS MUNICIPALES TRINIDAD GUEVARA

Fastos y oropeles disfrazan la puñalada trapera

El martes pasado, 30 de noviembre, se realizó el acto de entrega de los premios Trinidad Guevara, que consagró a las figuras de la actividad teatral destacadas durante la temporada 2019 (la pandemia justifica la demora y la inexistencia de un TG 2020). Como consecuencia de los resultados, a Argentores le cabe el placer de hacer pública la felicitación a los ganadores con los primeros premios en el rubro autoría, obtenido por Susana Torres Molina, por Un domingo en familia; en el de coreografía, David Señoran por Play; y en el de partitura y banda de sonido, Guillermina Etkin por Un domingo en familia.

El acto en cuestión, instalado en el amplio hall del Teatro San Martín, sorprendió por su fastuosidad y despliegue. Un amplio panel atravesaba el recinto ocultando el lugar donde se iba a realizar la ceremonia, su blanco impoluto le daban todavía más relieve a las letras grandes y negras con que se había escrito el nombre del premio, Trinidad Guevara. Un quizás excesivo número de sonrientes anfitriones (en los festivales teatrales se los llama “ángeles”), chicas y chicos todos vestidos con flamantes remeras blancas y leyendas en negro alusivas a los bienes proporcionados por el teatro, justificaba el atraso del comienzo y tranquilizaba al público no muy numeroso, ya que por protocolo sanitario se invitó a los posibles ganadores con un solo acompañante.

Cuando se pudo ingresar al sitio de la ceremonia, traspasando el ya mencionado y blanquísimo panel, se descubrió una prolija platea protocolizada, un escenario con foro blanco (no quisimos repetir blanquísimo), y una presentadora bonita y elegante, a la espera, con su atril y su micrófono delante.

El acto, apoyado por una segura y perfecta cobertura digital, fue rápido. No hubo discursos, ¿no se permitieron?, con excepción de los ganadores por su trayectoria que, como siempre, fueron entrañables, empujando a la emoción a todos los presentes. Se terminó con un ágape, brindado en otro lugar del teatro, del mismo nivel y brillo, justo final de todo el suceso.

Lo relatado nos llevó a un recuerdo y a una inquietud nacida en ese momento, todavía de forma imprecisa.

Comencemos por lo primero, el recuerdo de los pesares de Daniel Couto, el durante tantos años idóneo director de Concursos y Premios del gobierno de la ciudad, para conseguir un lugar acorde donde realizar el acto de premiación. El Teatro San Martín le era siempre negado (con alguna rara excepción) y el salón dorado del Ministerio de Cultura cedido tras bastante insistencia. Los “ángeles” fueron, con mucha dedicación, compromiso y simpatía, los cuatro empleados del organismo comunal, y el ágape final siempre brilló por su ausencia, por nadie sentida porque nadie lo esperaba. Todos los presentes se volvían a juntar en la London, para tomar un café con alguna masita.

Respecto a la inquietud, esta comenzó a tomar calidad de vaticinio, empezamos a entender que detrás de tanto fasto e interés se escondía un mensaje. Faltó poco para enterarnos del contenido, apenas horas para saber que el Ministerio de Cultura tramitaba de modo inconsulto, ante la Legislatura, importantes y dañinos cambios en los premios culturales (los llamados por comodidad “municipales” y el Trinidad Guevara motivo de esta nota) otorgados desde hace décadas.

Las crónicas y los comentarios en las redes reflejan el inmediato repudio del mundo artístico a las modificaciones propuestas, revelan con distinto pormenor la entidad de los perjuicios que van a ocasionar a la actividad de plásticos, escritores, teatristas y músicos que, se sabe, enaltecen la vida cultural de Buenos Aires. Cierto que algunas de estas notas periodísticas, por razones que no cabe explicar aquí, tuercen la información y muestran el problema de modo confuso, por lo que acaso cabe dejar de lado por el momento los daños menores y comentar aquí sólo el más grave: la dependencia del subsidio vitalicio obtenido como premio (condición perdida de este modo) a la situación jubilatoria de los recompensados, descontando del monto la suma obtenida con carácter de jubilación, pensión o ingreso de cualquier naturaleza. Asimismo, a los artistas se les reduce el tiempo de goce de la gratificación; con la antigua reglamentación se obtenía el derecho a partir de los 50 años de edad (límite aceptado, nunca se discutió), ahora, en función de esta asimilación anómala los regímenes de retiro, se otorgarían los subsidios vitalicios a partir de 60 años, las mujeres, y 65 años, los hombres.

Cabe, para seguir aclarando el punto, que esta forzada vinculación de estas recompensas con los derechos jubilatorios fue evitada cuidadosamente por otros y mejores funcionarios culturales, quienes en tren de redactar reglamentaciones buscaron desligar (insistimos, con cuidado) una cosa de la otra.

Los artistas se llamaron a la lucha y se han puesto en marcha distintos procedimientos para frenar este desatino. Más allá del éxito o fracaso de estas gestiones, total o parcial, se entiende que el actual equipo ocupante del Ministerio de Cultura, con Enrique Avogadro al frente, ha perdido un crédito que, creemos, tenía y el universo cultural porteño le va a negar para siempre.


4 de diciembre de 2021