Revista Florencio

EVOCACIONES. EL INOLVIDABLE AUTOR DE MAFALDA

Ese universo llamado Quino

La nota que sigue fue publicada en la revista El Arca en el año 2000. En ella el gran artista fallecido en septiembre último habla de su historia, de sus preferencias, de su visión del mundo. La publicamos sumándonos al unánime y legítimo homenaje que le rindió el país.

Quino

Le pusieron Quino para no llamarlo igual que a su tío Joaquín, un ser entrañable y fundamental en su vida. Y le quedó para siempre, como una marca que lo vincula a los días de su infancia, pero también a todos aquellos admiradores que en el planeta que lo identifican con ese apodo breve y amigable, idéntico al del árbol flores púrpuras originario de América andina que hoy se puede encontrar hasta en Java. Y aunque son muchos los que saben que se apellida Lavado, como sus ancestros andaluces nacidos en Málaga, Fuengiola y Torremolinos, nadie se atrevería –salvo algún descolgado- a mencionarlo por otro nombre que no fuera el de esas cinco letras que han propagado por el universo –acaso casi tanto como la inolvidable figura de Mafalda- su extraordinario y demoledor humor, su lúcida manera de reírse de los costados más ridículos y desconcertantes de la existencia.

Así lo llamamos también los argentinos, que desde hace más de cuarenta años convivimos con su humor a veces escalofriante o un poco amargo, como el zumo del árbol que copia su nombre, pero tan medicinal y purificador como él. Un humor que, por lo revelador de su mirada sobre la tragicomedia humana, por su profundidad, está entre los mejores del mundo. Porque el arte de Quino nos asocia a las más altas tradiciones históricas del género, la de aquellos grandes creadores (Aristófanes, Rabelais, Quevedo o Cervantes en la literatura, César Bruto, Oski o Fontanarrosa en la comicidad gráfica de nuestro país) que aprendieron a reírse de los dislates o absurdos de esta tierra, como un modo inteligente de practicar la autoconservación, de evitar morirse en un Gólgota de lágrimas. Y que, al hacerlo, nos enseñaron también a nosotros a reír y a construir sobre el resplandor de esa risa un sueño: el de ser un poco más humanos.

Quino es un hombre sencillo, que se sentiría incómodo frente a un elogio así, alguien enemigo de los gestos grandilocuentes. Tiene un estilo lacónico al hablar, no se sabe si por un rasgo de timidez o por el hábito profesional de expresarse con la mayor síntesis posible. Tal vez sea por ambas cosas. Y no lo seducen las entrevistas frecuentes, en principio porque su obligación de estar al día con sus editores le deja escaso tiempo libre y esto parecería crisparlo; luego porque lo aterroriza que le hagan siempre las mismas preguntas. “Días pasados Daniel Barenboim repetía, por centésima vez, que cuando era chiquito creía que todo el mundo tocaba el piano como él              –rezonga-. ¿Por qué nadie le pregunta, por ejemplo, si les gusta más la mortadela que el jamón? No sé, a mí me resulta cansador volver siempre al mismo punto.”

Sin embargo, tomando algunas mínimas precauciones –leer su página de internet en la que figuran sus datos principales y muchas de las contestaciones que ha brindado en otros reportajes o evitar las insistentes referencias a Mafalda-, esas dificultades se pueden sortear y se consigue el clima indispensable para una buena entrevista. Una entrevista que permita descubrir detrás del sujeto parco al hombre que se entusiasma cuando habla de arte, que confiesa sin pudor que lloró todo el tiempo al ver la película Tierra y libertad, de Ken Loach, que se emociona sin remedio ante la perfección de la música de Carmen, de Georges Bizet. Un individuo, en suma, sensible y culto al que se le adivina la nobleza hasta en los más mínimos gestos del rostro.  

Sangre andaluza

¿Usted cree que su origen andaluz influyó en su humor?

Creo que sí. Mi abuela, sobre todo, era graciosísima. Mi relación con ella fue fascinante. Mis padres eran republicanos, pero no comunistas. Ella en cambio, sí. Y tenían diferencias –las mismas que mantenían anarquistas, socialistas y comunistas- que recién de grande entendí. Por eso, la película Tierra y libertad me conmovió tanto. Lloré todo el todo el tiempo al verla.

¿Cómo se vivían esas diferencias?

Recuerdo que provocaban discusiones, a veces muy graciosas. Y luego vino la época de la Segunda Guerra Mundial. Yo me veía todas las películas norteamericanas sobre temas bélicos. Y escuchaba La Voz de América, porque entonces no existían las interferencias actuales. Y me gustaba Frank Sinatra. Mi abuela, ante la visión de ese nieto “hereje”, me traía fotos de los bombardeos norteamericanos y me decía: “Mira lo que han hecho los tuyos”. Después, un poco más grande, tuve mucha afinidad política con ella pues, si bien nunca fui comunista, tenía una concepción del mundo parecida a la suya. 

¿Cuándo lo llamaron por última vez Lavado?  

Fue Antonio Cafiero en la feria del libro de hace unos años. Ediciones de la Flor había convocado una mesa de políticos, entre los que estaba el senador peronista, para hablar de la reedición de Mundo Quino. A cada rato de dirigía a mí diciéndome con ese tono que tiene de viejo cajetilla: “Usted sabe, Lavado”. En realidad, fue recién en la escuela primaria de Mendoza que me enteré que ése era mi apellido. Ahí comencé a conocer chicos que hablaban como los argentinos, porque yo vivía en una especie de comunidad de delirantes donde todos se trataban de “tu” y eso a mí me parecía lo más normal. Cuando llegué a Buenos Aires y empecé a recorrer las redacciones me decían: “Pero esto, pibe, ¿qué tiene que ver con lo que ocurre acá en la Argentina?”. Me costó mucho adaptarme. Y, luego, claro, yo hablaba mucho con el “tu”, que además estaba incentivado por las maestras de esa época, la vecindad con Chile y los radioteatros, que también lo empleaban. ¿Quién no recuerda a Oscar Casco?

 ¿Qué más heredó de los españoles?

El sentido trágico de la vida.

¿Lo acosa mucho la idea de la muerte?

Es una idea que nos fascina a todos bastante. Nos atrae y nos asusta a la vez. El mismo hecho de haber visto muchas películas y documentales, donde la muerte estaba tan presente, debe haber influido en mí. A los 12 o 13 años me devoraba todos los noticieros de cine sobre Europa. Era terrible. La otra noche vi un documental sobre los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y me impresionó mucho porque era todo lo que veía entonces. Pasaron la entrada de los norteamericanos, los campos de concentración, el juicio de Nüremberg. Recordando esas imágenes me desvelé hasta la madrugada.

¿Y la Guerra Civil Española?

En mi casa, cada ciudad que caía en manos de los franquistas era una tragedia. Entonces, el sentido de la muerte estaba muy próximo, aunque no vi a un muerto hasta tener 30 años.

Sus padres, sin embargo, murieron cuando usted era joven.

Sí, pero no los quise ver muertos. Lo que fue un grave error, porque después nunca se acepta que están muertos. Este es el drama con los desaparecidos. La única posibilidad de hacer el duelo real es ver al muerto.

¿Usted tiene muy presente a sus muertos en la vida cotidiana?

Hay una frase de Ingmar Bergman que comparto firmemente. Dice: “Llega una época de la vida en la que los muertos no están muertos y los vivos son fantasmas”. Hace un tiempo, como esa frase está escrita debajo de un retrato de Oski que tengo colgado en la pared, una periodista de casi 40 años confundió el rostro de nuestro dibujante con el del cineasta sueco. Entiendo que una persona de esa edad no tenga idea de cómo era el rostro de Oski, pero desconocer el de Bergman me parece grave. Es cierto eso de que los muertos no están muertos. Tuve una muy buena relación con Oski cuando vivía. Y la sigo teniendo postmortem. A menudo veo algo y digo: “Cómo le gustaría esto al viejo”.

Por suerte, los sueños también nos dan la oportunidad de revisitar a nuestros seres queridos.

Es otra cosa que me alegra mucho: soñar con mis padres, por ejemplo. Es una gran alegría verlos de nuevo. Aunque en el sueño uno sabe que están muertos, igual los disfruta. Y que los vivos son fantasmas ocurre a menudo. Cuántos conocidos encontramos en la calle y les decimos: “Che, a ver cuándo nos vemos”. Y después no nos juntamos nunca más. A mí ya me pasó con dos o tres personas, de quedar en un encuentro y no poder concretarlo porque se murieron. Una de esas personas fue Divito. Le había comprado un libro de Sempé, que es un dibujante que me gusta mucho, y quedamos en tomarnos un vinito, al regreso de un viaje que debía hacer a Brasil, para entregárselo. Y se murió.

¿Sigue soñando con chistes que le parecen mejores que los que hacen en la realidad?

Sí, eso me parecen, pero a veces los recuerdo y no son tan buenos como los había soñado. O no tienen ni pie no cabeza.

¿No sueña escenas que luego no sabe si fueron reales o sueños?

Mucho. Tengo un amigo que cuando las cosas se le ponen mal en el sueño decide despertarse y se despierta. No tengo ese control. Con frecuencia me despierto y tardo un rato en despegarme del sueño. Como viajo mucho, suelo soñar que pierdo las maletas y me despierto preocupadísimo. Y luego me persigue la idea de si las perdí de verdad o no.

¿Usted sueña en colores?

En mis sueños nunca hay sol. No es que sean en blanco y negro, sino más bien un colorcito apagado, como si estuviera nublado. Salvo una vez que soñé con una playa de Venezuela y los colores eran casi repugnantes. Es raro esa falta de sol siendo yo mendocino. En cambio percibo muy bien en los sueños el gusto a las comidas.

¿Sigue teniendo mejor relación con las mujeres que con los hombres?

Con los hombres me cuesta más entablar una relación. Ahora mismo soy integrante de una comisión de Asesoramiento Cultural y lo primero que hice notar allí fue que no había mujeres. Y me avisaron que iba a sumarse Norma Morandini.

¿Cómo funcionará esa comisión?

Se habló de que los miembros van a ser rotativos. Me gustaría porque no estoy acostumbrado a ir a muchas reuniones. Tenemos nuestras propias ideas sobre cómo tiene que ser la cultura, lo que está bien o mal hecho, pero una cosa es trabajar solo en casa y otra funcionar en equipo. Uno es un poco como esos taxistas que tienen ideas muy personales, algo disparatadas. La edad de oro es otro tema. Casi todos los miembros de esa comisión, salvo Julio Bocca, son bastante grandes. Claro que tenemos esa edad porque nadie nos llamó antes, cuando éramos más jóvenes. De todos modos, me gustó conocer a muchas personas de este organismo.

¿La comisión tiene ejecutividad?

Es un tema que planteé desde el principio porque sin ejecutividad se puede transformar a algo parecido al Club de Roma. Donde se reúnen los científicos y dicen que si la industria mundial sigue funcionando como hasta ahora el planeta se va al demonio, y luego nadie les da bolilla. Justamente, se propuso que a las reuniones de esta comisión debía asistir alguien del Ministerio de Economía, que es la dependencia oficial donde se frena y se corta todo. Lo que decidimos es que si después de un año no se hizo nada, redactamos una nota de protesta y nos vamos.

Usted va mucho a conciertos. ¿Le gusta la ópera?

Sí, pero empecé tarde a conocerla. Muchas personas le reprochan a este género la inverosimilitud de algunas situaciones. ¿Cómo alguien que ha sido apuñalado va a seguir cantando?, dicen. Sarmiento, quien parece que impulsó mucho el gusto por la ópera, les hacía a esas personas una observación interesante: “¿Cómo, y entonces ustedes, cuando admiran una estatua de bronce o mármol y la toman por una figura de verdad?” Ahora he llegado a la conclusión de que es lo más parecido al cine que hay, es un espectáculo que conjuga un argumento, un guion, con música e imágenes.

El cine es otra de sus pasiones reconocidas. ¿Qué le gustó últimamente?

Esa película de Bertolucci que acá la denominaron con el espantoso título de Cautivos del amor y que en realidad se llamaba El asedio, aludiendo a la persecución política en los países africanos. Con ella Bertolucci vuelve al cine político. Es muy agradable ver un trabajo tan bello. La escena final es espléndida y exacta: bastaría que el taxi apareciera a otra velocidad y la idea cambiaría totalmente.

Además, ese final tiene varias salidas posibles.

Como la realidad. Nunca hay una sola versión de cómo es una cosa.

Es como si los personajes siguieran viviendo con nosotros.

Pirandello afirmaba eso.

El problema es cuando el espectador tiene una idea del personaje distinta a la del autor.

Pasa también. Hace unos años fui a ver El beso de la mujer araña. La película me había parecido de lo más fiel al texto. Y luego me enteré de que Puig estaba enojadísimo porque no se había respetado su libro.

¿Y a usted qué le ocurre con sus personajes? ¿Cómo los ve la gente?

A veces me piden que arme una muestra y elijo páginas que a mí me parecen las mejores. Y luego vienen mi mujer o mis amigos y me dicen: “Pero no, ¿cómo vas a elegir eso?”. Y me proponen armar otra cosa.

¿Y usted arma otra cosa?

Bueno, nos ponemos de acuerdo. Negociamos, como dice Mendieta. Es que el autor no suele ser su mejor crítico. Hay personas que me sorprenden con la interpretación que hacen de mis dibujos o personajes. A veces es completamente distinta a la que hago yo. Ni que hablar cuando la toma algún grupo político, sin pedir permiso, y le da una lectura que no es la que yo pensaba.

Sí, después están las lecturas que cada artista y época dan a una obra.

Y fíjese en la ópera Don Juan. La relación de Leporello con su patrón será más o menos socializada, más o menos frívola, según quien la ponga en escena. Siempre recuerdo la reacción que la gente y los críticos tuvieron con la Carmen de Bizet. Fue un fracaso absoluto. Se esperaba una comedia y la obra termina con una puñalada en la panza de esa pobre mujer. Dicen que ese fiasco aceleró la muerte del compositor, que se bañó en el Sena en pleno invierno. Fue una especie de suicidio. 

¿Qué injusticia, no? Tenía un talento enorme y 37 años.

Además, Carmen es una obra inesperadísima. No hay una sola cosa que esté mal. Es una maravilla de cabo a rabo. Se la escuchaba y por cinco días uno lleva pegadas en el oído todas sus melodías.

¿Qué directores de cine prefiere?

Son tantos. Los clásicos: Bergman, Fellini, los norteamericanos, comenzando por John Huston. A los diez años, me veía todas las películas “de tiros”, como les decíamos. John Ford, Huston. El otro día me acordé de esos tiempos viendo un filme de John Wayne sobre la Guerra de Secesión. El interpreta a un oficial nordista al que lo hieren en una pierna en una batalla. Entonces lo llevan a una cabaña y el médico le dice: “Para sacarle la bala hay que cortarle las botas”. Y él contesta: “No, esas botas me costaron 20 dólares”. Pensar que cuando éramos chiquitos nos tomábamos esos diálogos en serio. Y ahora nos damos cuenta de que los tipos que escribían esos guiones debían divertirse mucho, como locos.

¿Tarkovsky le gusta?

Tendría que volver a verlo. Me gusta muchísimo Nikita Mijalkov. Tarkovsky me resulta un poco arduo. En cambio, hay gente que le parece pesada El sabor de la cereza, y yo la considero una obra maravillosa.

¿Y Kurosawa?

Lo admiro profundamente. Su película Rashomon es una obra de arte. O Los siete samurai. A mí me gusta el cine en blanco y negro. El color me parece interesante cuando se justifica ponerlo para destacar algo. Es lo que hace justamente Kurosawa en Ran.

¿Se acuerda de su película Sueños?

Me impresionó mucho la imagen de los soldados muertos en el túnel, porque ésa es la luz de mis sueños.

Alguna vez dijo que se sentía un ser extraño en el mundo. ¿Le sigue pasando lo mismo?

Se me ha pasado un poco. Tal vez a fuerza de sentir tanto la realidad. Lo que no se puede negar es que el mundo se está poniendo mal. A lo mejor es porque ahora nos informamos más de todo y antes la gente no se enteraba. Pero basta ver el horror que ha sido Kosovo, o enterarse de un episodio como el de ese grupo de chinos que quería emigrar a Europa y murió asfixiado en un camión, para darse cuenta de las barbaridades que se siguen cometiendo. 

El caballo azul

De su Mendoza natal, Quino recuerda muchas cosas. Las reuniones de sus familias, el rostro de su madre que cada tanto lo visita en un sueño, la actitud del padre que hacía chistes graciosísimos sin que se le moviera el pelo, la integridad ética que rodeaba la existencia de esos inmigrantes y de la que él ha hecho un culto en la vida. También los paisajes y esas escenas de la mañana en que llegaban los verduleros o lecheros con un carro tirado por caballos para vender sus mercaderías a domicilio. La figura de uno de esos animales la vio un día en otro lugar: un papel donde se la había dibujado su tío Joaquín. Estaban juntos en la casa porque sus padres se habían ausentado y el tío se quedó a cuidarlo y entretenerlo. Era un caballo hermoso y azul. Ese día Quino decidió, que desde ese momento y para siempre, sería dibujante. Y no se echó jamás para atrás. Juan L. Ortiz, ese poeta inmenso que nos dio Entre Ríos, decía que el azul es el color de la libertad. Seguramente porque lo asociaba con el cielo y el vuelo sin ataduras de los pájaros. No sabemos si el humor de Quino es azul, pero no dudamos que –satirizando las peores conductas de la sociedad y el poder y haciéndonos reflexionar sobre ellas- ese humor nos estimula, si así lo deseamos y ningún compromiso con la justicia nos ata, a ser un poco más libres y lúcidos cada día. 

A.C.