Teatro

OBRA EN CONSTRUCCIÓN

“El teatro puede reflejar lo más profundo del ser humano”

Entrevista a Alicia Muñoz, galardonada con el Primer Premio en el Concurso “Las mujeres y Malvinas”

Alicia Muñoz, dramaturga y guionista

“Hay una frase que dice que el teatro es el espejo de la vida. Para mí es así. Cuando tengo que opinar sobre algo o analizar una situación, pienso cómo la escribiría. Tengo una mente teatral”, dice Alicia Muñoz durante la entrevista realizada por ARGENTORES en el marco del ciclo Obra en Construcción.

La reconocida dramaturga y guionista obtuvo recientemente el Primer Premio en el Concurso- proyecto teatral “Las mujeres y Malvinas”, organizado por el Teatro Nacional Cervantes y la Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF), con el apoyo y participación de Argentores, por su obra «Condolencias».

Alicia Muñoz, que se recibió de profesora de violín antes de dedicarse a la escritura, es una referente indiscutible dentro de nuestra dramaturgia. Autora de más de treinta obras de teatro, entre las que cabe destacar, Ciudad en fuga (1979), El año de la peste (1981), La taberna del cuervo blanco (1982), El pobre Franz (1983), La Coronela (1985), La chalequera (1987), Ay, poeta (1998) , Hay que seguir (1999), Supongamos (2001), Un león bajo el agua, Isabel de Guevara (2003), Justo en lo mejor de mi vida (2003), Negociemos (2004), Un tango en 78 (2006), Soñar en Boedo (2008), La pipa de la paz (2009), Mamá decía (2015) y Tenemos visita (2017). Para televisión escribió Todo empezó con Don Pedro (1981/82), Flavia corazón de tiza (1992) y Alta Comedia (1992/95.

A lo largo de su carrera ha recibido distintos premios y distinciones, entre ellos, Premio Trinidad Guevara 2003 y Premio ARGENTORES 2002-2003 por Un león bajo el agua; Premio ACE 2003-2004 por Justo en lo mejor de mi vida; Premio Estrella de Mar (2005), mejor espectáculo de comedia, por Justo en lo mejor de mi vida; y Premio Nacional, mención especial 1998, por Ay, poeta.

“Hay una frase que dice que el teatro es el espejo de la vida. Para mí es así», asegura Alicia Muñoz

¿Cómo se relaciona en su vida la música y el teatro?

A los treinta y dos años, me di cuenta de que lo yo quería realmente era escribir, así que dejé todo. Me refiero a la música. Durante diez años estudié violín con vistas a ser concertista. Mis maestros me decían que tenía que empezar a hacer pruebas con el público. En ese momento tenía una crisis con el violín y con mis propósitos, me di cuenta de que no era mi vocación, que no era eso lo que yo quería. Siempre me gustó escribir, desde chica, pero como tuve muchos problemas de salud, estaba totalmente negada a seguir estudiando nada. Escribía de a ratos, en los tiempos libres que me dejaba el estudio de la música. En ese momento me había anotado en un concurso para un puesto de violín en la Orquesta Sinfónica de San Martín, lo aprobé y a partir de ahí fue mi medio de vida, dejé por completo el estudio. En un momento, por medio de algunos conocidos, me comuniqué con un director de teatro independiente, Roberto López Pertierra

Y le presentó algunos de sus primeros escritos

Sí, lo leyó y me dijo que tenía muchas condiciones, que dialogaba bien y que me podía enseñar. Nos hicimos muy amigos, yo iba a la casa semanalmente y durante tres años estudié con él hasta que llegué a armar unas obras con las que se podía hacer algo. En ese momento se lanza un concurso de Argentores para tener obras para todo el año y mandé dos obras, una de drama y otra de comedia. Una ganó un premio y la otra, una mención. Al año siguiente hubo un concurso de una Fundación, González Cadavid, y gané otro premio y otra mención. Yo creí que ya había llegado a algún lado. Eso me permitió acercarme a un director para estudiar, porque mi amigo me dijo que ya no me podía enseñar más nada, que tenía que acercarme a un teatro. Me acerqué a Luís Agustoni, que fue mi maestro, me enseñó todo lo que hoy sé. Él me dijo que las obras tal como estaban no le interesaban pero que sí quería trabajar conmigo. En ese momento, Luís había armado grupos con algunos de sus ex-alumnos y me propuso escribir para ellos. Me dijo que quería obras determinadas porque no le gustaban las que estaban. A partir de ahí empecé a trabajar para él. Escribí para este grupo y esa fue mi formación durante tres años; prácticamente estrenaba todas las semanas porque presentaba las escenas que había hecho, veía trabajarlas y las correcciones que hacía el director. Hicimos una primera obra que me sacó de donde yo estaba. Las primeras “obritas” que yo había hecho, las llamo “obritas” porque eran muy al estilo de lo que se usaba en esa época, en los setenta, tenían poca acción y eran más bien introspectivas. Entonces digo que él me sacó de ese lugar porque me ubicó fuera de esa línea, me dio obras que no tenían nada que ver con lo que yo hacía y primero me asusté, después le tomé el gusto.

¿En qué consistían?

Me pidió pequeñas situaciones que no duraran más de cinco o siete minutos. Hice un montón de escenas que se trabajaron durante el año, yo las fui viendo cómo se hacía, lo que estaba bien, lo que estaba mal, lo que había que corregir. Los actores también me enseñaron mucho. Hacia fin de año hice una línea que unió todo, en el mismo estudio de Agustoni y con invitados, se hicieron trece funciones. Todos los sábados y domingos teníamos cuarenta espectadores, conocidos, amigos, gente del ambiente. La dirección y la obra tuvieron muchos elogios. Al año siguiente le ofrecieron hacer algo en La manzana de las luces y así nació Ciudad en fuga, dirigida por Luís. Esa fue la primera que sacamos afuera, la estrenó ahí y sorprendió mucho porque nadie tenía noción de que hubo una peste así en Buenos Aires. Nos fue muy bien, tuvo buenas críticas. Ciudad en fuga es una tragedia a las que le encontré un tono irónico, ese no tomar en serio las cosas, lo ridículo, pero sin perder el drama o la tragedia. Yo no escribo comedias cómicas, escribo un drama y, para que no se haga insoportable, hago un tratamiento de la ironía. Tampoco es humor negro. Por ejemplo, los sepultureros borrachos estaban hastiados de enterrar quinientos cadáveres por día. Tan hartos están que se quieren hacer meter presos para no hacer más ese trabajo, imaginate. La gente se ríe porque es serio, pero también ridículo lo que dicen aunque no pierden el dramatismo ni, por supuesto, la coherencia como personajes.

El humor en relación la coherencia de los personajes, ¿cómo es eso?

Te voy a dar un ejemplo personal, que viene de mi familia donde detestábamos la solemnidad, te cuento un momento muy trágico como un velorio, el de mi tío, hermano de mi mamá, que yo quería mucho. Él vivía en una pieza de una casa vieja de La Boca, muere una noche. Ya en el velorio, un primo mío lo ve fallecido en la cama, le da un ataque de nervios, epilepsia, se revuelca por el piso y varios hombres de la familia intentan ayudarlo para que no se lastime con los muebles. Una pierna se le engancha en una silla, se sigue revolcando con la silla, revoleándola por el aire. Mi tía, la viuda, le gritaba a mi primo si se había vuelto loco, que las sillas no eran de ella, que eran prestadas para el velorio. Fue graciosísimo, ridículo. De cualquier cosa podés sacar humor pero tiene que ser coherente con la persona. Ese comentario lo hubiera dicho mi tía, nada más. Nadie más.

¿Se podría decir que Ciudad en fuga define el tono y la poética que luego aparecerá en sus obras?

Me dio el tono pero después lo que más firmeza me dio fue La taberna del cuervo blanco. Un trabajo bastante complejo, tenía dieciocho personajes en escena y todos tenían protagonismo. Esa obra me ubicó, sobre todo, entre la gente del ambiente. La dirigió Ernesto Torchia, que era de Grupo Taller, quienes hicieron también la siguiente. Estaba basada en una obra de un autor austriaco, al que más le gusto fue al embajador de Austria, al año siguiente se cumplía el aniversario de Kafka y le pidieron al Grupo Taller que hicieran algo sobre él. Me pidieron a mí una adaptación de La carta al padre, ése fue otro trabajo arduo porque de una carta hacer una obra… El pobre Franz anduvo muy bien, al embajador le gustó muchísimo. Después de ahí yo tuve muchos problemas personales graves y por varios años no escribí, me aparté mucho. Dejé el mundo del teatro. Por ahí escribía alguna cosa pero simplemente para pasar el rato. Después hay una segunda etapa en mi vida donde entro por la televisión, primero en un programa diario y después en Alta comedia. Después hago otro parate durante varios años, no por mi gusto sino porque la televisión cambió y se vendieron los canales, pasaron a ser empresas.

«Cuando vi la convocatoria ‘Las mujeres y Malvinas’ sentí la necesidad de escribir sobre ese tema», afirma Alicia Muñoz

¿Dónde sintió más drásticamente le cambio al que se refiere?

A ver.. Yo escribía un libro, una idea o un proyecto, y luego iba a la recepción del canal, pedía hablar con un productor o gerente de programación, y conversábamos la propuesta. Los productores solían estar agradecidos porque el canal, hacia fin de año, programaba para el siguiente. Ellos necesitaban proyectos para presentar. El productor del programa leía el libro, si le gustaba, lo aceptaba. Si no le gustaba, no lo aceptaba. Listo. Pero lo leían y estaban agradecidos. Cuando se vendió Canal 9, despidieron a los productores y tomaron gente joven que no conocían a nadie. El productor pasó a ser un ejecutivo que respondía a órdenes de arriba. Entonces cambió para todos. Fue algo dramático porque yo he ido algunas veces a llevar libros y no te recibían. Decían que tenían la orden de no recibir libros. Y yo pensaba: ¿cómo encuentran autores nuevos? Así fue que cayó la calidad y luego desapareció por mucho tiempo la ficción.

Volviendo al teatro, hay por lo menos tres obras suyas, me refiero a Justo en lo mejor de mi vida, Negociemos y La pipa de la paz, que constantemente se representan, ¿a qué piensa que se debe?

En principio, por algo que hay en el estilo de escritura que hablábamos antes. Y las temáticas, también; pero más que nada la forma de encarar esos temas. Por ejemplo en Justo en lo mejor de mi vida tuve que plantearme seriamente que no fuera un tema original. Un tema original no llega a todo el mundo, toma distancia. En cambio yo lo planteo desde un lugar sencillo, donde el tema no es tanto la muerte sino el descuido, es decir cómo descuidamos nuestros afectos y nos damos cuenta cuando ya es tarde… Eso le pega a todo el mundo, todos piensan en sus seres queridos muertos, en tener la posibilidad de decirles que los quieren, pero ya no están. Quisieran arreglar algunas cosas, pero ya no se puede… He visto llantos porque la gente se conecta con cosas propias, muy íntimas. El teatro tiene la capacidad de reflejar lo más profundo del ser humano

«Justo en lo mejor de mi vida» fue estrenada por Luis Brandoni. A la derecha, un afiche de una versión en Uruguay

La irrupción de la muerte y todo lo que deja inconcluso

No te imaginás cuánta gente conocida me dijo que, luego de ver la obra, hablaron con sus seres queridos para decirles que debían saber dónde tenían sus papeles por si les pasaba algo. Se dieron cuenta de golpe… Y, quizás, como le pasa al protagonista, que la noche anterior tuvieron una discusión y se fueron a acostar sin saludarse… Eso le llega a la gente, se emociona, se ríe, llora. El reírse surge de la situación, que puede ser ridícula o absurda, pero no por la acción en sí. Yo no busco el hacer reír deliberadamente, como te dije antes. En La pipa… quise hablar de la imposibilidad de la paz. La madre con su lenguaje, explica el porqué. Llamo la atención sobre esto: ¿Por qué no podemos vivir en paz? La última que estrené fue Tenemos visitas, que aborda el tema de la familia. La familia es uno de los temas que recorre toda mi obra. Mi inspiración surge de lo que veo a mi alrededor.

Carlos Portaluppi y Mabel Manzotti en su versión de «La pipa de la paz»

Al principio de la entrevista le pregunté por su relación con la música y el teatro porque pensaba en la musicalidad interna de sus obras y en los registros de sus personajes.

Hay una musicalidad. Sí, tal cual. Te digo más, desde mi infancia, por mis problemas de salud, me prohibían ir a la escuela y a fuerza de voluntad lo fui sobrellevando. Me sacaban tres meses, me sacaban dos semanas, me sacaban un año entero y así hasta que pude hacer la primaria. Me tenían prohibido leer, ver cine. Con los años fui generando un oído para las tragedias, me encantan. Y las he escuchado en radio, y las vi por televisión. Desde las tragedias griegas a los sainetes, aprendí mucho. Tanto en radio como en televisión se han dado grandes producciones, sobre todo en los años sesenta. Mi instrucción fue exclusivamente visual y auditiva. Yo escuché decir eso también a Quino, cuyos diálogos son maravillosos. Cualquiera de sus frases son una maravilla. Él dijo que lo que conocía era por escuchar a la gente. A mí me pasó siempre igual. Ya desde muy chica prestaba atención a la gente mayor cuando hablaban, me gustaba mucho escucharlos.

¿Cómo recibió la noticia de que su obra Condolencias había ganado el primer premio en el concurso Las mujeres y Malvinas?

Es muy raro que a esta altura de mi carrera haya escrito esa obra. Porque hace años que me dedico a la comedia, aunque siempre están basadas en un drama. Sin embargo, cuando leí las bases del concurso sobre «Las mujeres y Malvinas», mi memoria se remontó a mis primeros pasos en el teatro. Porque mi segunda obra, La Taberna del cuervo blanco se estrenó el 2 de abril de 1982, y quedó ligada para siempre a mis recuerdos de la guerra. Por un lado viví la alegría de ver que el público y la crítica recibían muy bien mi obra, y por otro lado la angustia por la tragedia que vivía el país. Por eso cuando vi la convocatoria sentí la necesidad de escribir sobre ese tema, y aunque no era mi intención enviarla al concurso, cuando estuvo escrita sentí que era un sentido homenaje a aquellas mujeres y valía la pena mandarla. Te aseguro que todavía estoy muy sorprendida de que la hayan elegido y muy agradecida.


Entrega de los premios del concurso “Las mujeres y Malvinas”

Alicia Muñoz junto a Susana Torres Molina durante el acto de entrega del Primer Premio del Certamen «Las Mujeres y Malvinas»

El pasado martes 31 de mayo, en el foyer del Teatro Nacional Cervantes, se realizó la ceremonia de entrega de los premios del concurso de dramaturgia “Las mujeres y Malvinas”, organizado por la Universidad de la Defensa Nacional y el Teatro Nacional Cervantes, con el auspicio de Argentores y el Museo Malvinas. Participaron del acto el Ministro de Cultura de la Nación, Tristán Bauer; la Directora del TNC, Gladis Contreras; la Vicerrectora de la Universidad de la Defensa Nacional, Dra. Carla Morasso; la Secretaria de Extensión de la UNDEF, Lic. Claudia Decándido; el Director de UNDEF Libros, Mg. Martín Bertone; y el Vicesecretario de Argentores, Daniel Dalmaroni.

Durante la ceremonia, Alicia Muñoz recibió el primer premio por su obra Condolencias de manos de la dramaturga e integrante del jurado Susana Torres Molina. La distinción incluye la puesta en escena de la obra por parte del Teatro Nacional Cervantes, junto a un premio en efectivo de 150.000 pesos otorgado por la UNDEF.

Por su parte, Moira Mares recibió la distinción por el segundo premio por su obra Regimiento 25. La misma fue entregada por la Directora del Teatro Cervantes, Gladis Contreras, y consiste en un premio en efectivo de 70.000 pesos, también aportado por la UNDEF.

Finalmente, se leyó un mensaje de agradecimiento enviado por Fabián Díaz, quien obtuvo una mención especial por su obra La niña sobre el alambre.

Cabe señalar que los textos ganadores fueron seleccionados, en primera instancia, por un comité de preselección integrado por: Enrique Papatino (Argentores), Zoe Ledesma y Matías Caciabue (UNDEF); y en segunda instancia por un jurado de selección final integrado por María Soledad Mizerniuk y Lucas Rozenmacher (UNDEF), Susana Torres Molina (Argentores) y Jorge Dubatti en representación del Teatro Nacional Cervantes.


2 de junio de 2022