Efemérides

El recuerdo de Roberto Arlt a 120 años de su nacimiento

Si algún escritor rioplatense se ha acercado a eso que llamamos genio, escribió aproximadamente Juan Carlos Onetti, ese escritor fue Roberto Arlt. Sobre este punto suele haber cierto acuerdo, señaló Abelardo Castillo; y que a excepción hecha de Sarmiento, no hay otro escritor argentino –ni siquiera José Hernández, ni siquiera Borges–, a quien esa ambigua palabra (genio), signifique lo que signifique, le sienta mejor. “La incomprensión de sus contemporáneos, la agresiva amoralidad de su obra, el desprecio de Arlt por casi todo lo que no fuera él mismo, y su muerte prematura, fueron armando esta imagen algo enfática: el bárbaro desdichado y genial”.

Nació el 26 de abril de 1900 en la calle La Piedad, hoy denominada Bartolomé Mitre, como afirma Silvia Saitta, y que su nombre según consta en la partida de nacimiento fue Roberto Arlt, aunque firmó sus primeros textos como Roberto Godofredo Christophersen Arlt. “Su nombre fue Roberto Arlt aunque hoy sabemos, gracias al hallazgo de Roberto Colimodio Galloso, que su nombre de pila, el que figura en la partida de bautismo, fue Roberto Emilio Godofredo. El Godofredo, con errata en la partida, fue elegido por su madre ‘por leer La Jerusalén libertada de Torcuato Tasso’; del Emilio no tenemos ni noticias; el Christophersen, pura invención”, señala Saitta y que esta inestabilidad del nombre propio, que la errata no hace sino subrayar, “da cuenta de la inestabilidad de un punto de partida desde el cual el escritor, periodista, dramaturgo, cronista e inventor, Roberto Arlt pudo, y supo, construir una imagen pública, una trayectoria y una identidad”.

Un hombre que se inventó a sí mismo, una literatura respaldada por su vida. “Yo no soy un escritor que inventa”, solía decir Arlt, “yo soy un inventor que escribe”. Afirmación que va más allá de lo metafísico y que recuerda su patentada pero fallida creación de las medias irrompibles para mujeres con cuyo dinero pensaba comprarse un teatro propio. Para entonces ya era sumamente reconocido y querido por sus retratos de la vida porteña en sus Aguafuertes publicadas en el diario El Mundo; había dejado la narrativa con un legado de cuatro novelas esenciales –El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929), Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932)- y una buena cantidad de cuentos de intensidad existencialista, en el sentido Sartreano del término, entre las páginas de El jorobadito y El criador de gorilas y ocho piezas teatrales estrenadas.

“Arlt se tropieza con la escena teatral en marzo de 1932: la compañía del Teatro del Pueblo estrena El humillado”, escribe Stella Martini, “adaptación de un capítulo de Los siete locos. Según Leónidas Barletta, Arlt se deslumbra con la fuerza del texto en el escenario y la relación con el público. En junio de ese año estrena 300 millones, que inicia su carrera de dramaturgo”. No parece casual que sus últimas formas de creación fueran para estar cada vez más cerca de la gente. Tal vez tenga razón el poeta cuando afirmó que Roberto Arlt se situó para siempre más allá de la literatura.