Revista Florencio

EVOCACIONES. SANTIAGO AYALA, “EL CHÚCARO”

El poeta de la danza

Nacido en el barrio San Vicente de la ciudad de Córdoba en octubre 1918 y fallecido en septiembre de 1994, Santiago Ayala, “El Chúcaro”, fue la figura más gravitante en la gran historia de las danzas tradicionales argentina de raíz folklórica. Coreógrafo notable, bailarín emblemático, tanto como solista como con su pareja artística -Norma Viola-, llegó a la consagración internacional y a ver concretado su viejo sueño: la formación del Ballet Folklórico Nacional, institución creada en 1986. Dato central del inimitable Chúcaro: en cuatro décadas, diseñó unas ciento sesenta obras coreográficas, muchas de las cuales quedaron como creaciones clásicas. Ayala intervino como actor en gran cantidad de obras de teatro, siempre dirigido por Elías Alippi y Enrique Muiño. También trabajó en el cine: ¡Gaucho!, Donde comienzan los pantanos, Las zapatillas coloradas, Cosquín, amor y folklore y en la serie Argentinísima y en innumerables programas de televisión como invitado.

Especialista en folklore, ex integrante del ballet de Ayala y calificado testigo directo de su carrera, Juan Cruz Guillén así opinaba ante una consulta de la revista El Federal, a la hora de repasar vida y obra del coreógrafo cordobés: “Como él decía, su vocación de bailarín y zapateador se despertó cuando tenía 12 o 13 años viendo la película Luces de Buenos Aires, en la cual, además de Carlos Gardel, actuaban dos zapateadores: Pedro Giménez y José Rodríguez. Cuando recién empezaba a andar la ruta de baile formó junto con la bailarina española Dolores Román su primera compañía, El Chúcaro y Dolores. El sitial de honor que ocupa en la danza folklórica es el que le corresponde a Juan Carlos Copes en el tango y a Joaquín Pérez Fernández en la danza latinoamericana, otros dos irrepetibles.”

 “El lugar -agregaba- se lo ganó con trabajo: los ensayos de su ballet eran exigentes y su llegada a los bailarines era a través de Norma Viola. Él sabía que para llevar adelante una compañía grande hacía falta otro talento además del escénico. Por eso mantenía cierta distancia con sus bailarines. El ballet de El Chúcaro fue lo que fue por su genialidad y por la disciplina de Norma Viola”. Una vez -continuó Guillén- aconsejó cómo era posible bailar un ritmo: “Para bailar una chacarera hay que ir a Santiago del Estero, pero no a llenarse la panza con mistol. Hay que ir, hacerse amigo de la gente, verlos hablar, sembrar, caminar, pelear, tomar vino”. Inmediatamente después, el citado especialista recordó una certera definición de Marcelo Simón: “Fue un creador inigualable; hacia bailar a una mesa de billar, a un alambrado, a una tormenta. Solamente a él se le podía ocurrir”.

Guillén recordaba una anécdota para acompañar las palabras de Simón. “Un día nos hizo bajar del micro para ver llover, para sentir en la piel la tormenta que partía el cielo en mil pedazos. Unos días después ensayábamos una coreografía nacida bajo esa lluvia. “Al bailarín la tierra le sube por las piernas, como la savia a las plantas”, decía, como una máxima. Y tenía razón. Con esa impronta de la que no podía despegarse de la tierra, fue el creador de los malambos de penca, rebenque, látigo, machete, hacha, cuchillo, lanzas, fustas y del internacionalmente reconocido “malambo de boleadoras”, del cual siempre decía que estaba muy arrepentido de haberlo creado porque se desvirtuó la esencia de su inspiración. Pero así era: tenía una desbordante creatividad, como un río interior que derramaba creaciones sobre el escenario. El patio cuadriculado de su casa colonial de Olivos fue el refugio para los ensayos del ballet.”

Continuaba rememorando Guillén, que Ayala, de modo simultáneo, fue en el escenario “espantapájaros, personificó al Viejo Vizcacha, se vistió de cura, pintó el casamiento correntino, la salamanca montaraz, los malones, el velorio, la pulpería. En cada mudanza parecía despejar el cielo de nubes y en cada zapateo golpeaba la tierra con todo el pie, para despertarla de su viejo sueño” “Por eso, el día que partió al silencio, El Chúcaro no se fue solo: la tierra se había ido con él”, culminaba.

Algunas de sus frases hablan por sí mismas: “Tenga más respeto, mocito, que la zamba no es para reírse. A nuestros bailes criollos hay que honrarlos. No son pa’l churrete”; “El coreógrafo, para poder crear, tiene que andar, viajar, conocer, observar, hacer amistad con la gente”; “En América, esta joven América, todavía no está hecha la auténtica escuela de danzas” y “Para ser buen bailarín… hay que leer mucho.”

Consultada, Mecha Fernández, coreógrafa e integrante de la Comisión de Coreógrafos del Consejo Profesional de Teatro de Argentores, definió a Ayala como un “poeta de la danza”. Y así recordó su propia experiencia con el gran bailarín: “Formar parte de la compañía de Mariano Mores ya era un gran honor y mucho más ser dirigidos en la coreografía por Santiago Ayala. Pronto saldríamos hacia Europa con el espectáculo A todo tango. Los intensos ensayos abarcaban largas jornadas de trabajo que comenzaban a primera hora de la mañana y culminaban bien entrada la noche. Sólo faltaba montar el cuadro final con saludo incluido. Nada más ni nada menos que el tango campero Adiós Pampa mía de Mariano Mores y Francisco Canaro con letra de Ivo Pelay. La singularidad de la coreografía radicaba en la utilización de pañuelos. Repetimos las secuencias que conformaban el cuadro coreográfico varias veces ante la atenta mirada de nuestro admirado coreógrafo. De pronto se puso de pie en la platea. Con su impecable estampa subió al escenario y desplegando un gesto muy galante invitó a Norma Viola a que lo acompañara. Sacaron sus pañuelos y comenzaron a bailar una zamba en silencio. Eran dos seres alados, flotaban en el aire y sin embargo estaban enraizados en la tierra. Sólo se escuchaban sus pasos y el aletear de sus pañuelos. Al finalizar la danza se produjo un silencio conmovedor. El Chúcaro mantuvo su pañuelo en el aire, y sin mediar palabra, comprendimos la corrección. Comenzamos nuevamente intentando retener en nuestros cuerpos esa imagen. Al finalizar y luego de inclinar la cabeza, aplaudimos. El maestro, aún en el escenario, nos invitó a mirar a platea y nos dijo: “no aplaudan al público, manténganse erguidos, reciban humildemente el aplauso, hay que ser muy valiente para estar aquí arriba.”

L.C.