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El mensaje argentino del Día Internacional del Teatro

Teatro

Con motivo de celebrarse el Día Mundial del Teatro, días atrás se realizó un acto en el Teatro Nacional Cervantes en el que se leyeron dos mensajes para conmemorar esta fecha. El primero, escrito por el autor cubano Carlos Celdrán, a pedido del Instituto Internacional del Teatro; y el segundo, firmado por el dramaturgo neuquino Alejandro Finzi, socio de Argentores, convocado para la ocasión por el Centro Argentino del ITI. 

A continuación, reproducimos el texto del mensaje que fuera leído por la actriz Constanza Maral en el escenario del Teatro Nacional Cervantes: 

¿En qué consiste la fuerza, la persistencia, la tenacidad, el entusiasmo, la motivación, el reanimarse y continuar que nos reúne en la escena? ¿En qué consiste este milagro?   Nuestro quehacer en el escenario, la plaza pública, el patio de las escuelas, la parada malabarista del semáforo, las trincheras, es, con cada ensayo, como los primeros pasos que da un niño por la vida. 

En  nuestros parajes, pueblos y ciudades del sur estamos siempre, con nuestro oficio, comenzando a caminar, tomados de la mano del público, descubriendo un sendero que no sabemos, a ciencia cierta, adónde nos lleva. En eso consiste, por los cuatro puntos cardinales,  el oficio del teatrista: repartir un cachito de belleza, ese instante  que cruza el escenario y que nos ilumina fugazmente. 

Este gesto que el oficio nos permite  dar a los demás, revela la materia de la que estamos hechos. ¿Por eso es que los teatristas no encuentran  apoyo necesario en el Estado? ¿Porque el teatro es un bien cultural que nos pertenece a todos por igual, sin distinción ni diferencias? ¿Por eso es?

 Nuestra labor es precaria, se nutre de resistencia y de convicciones. Somos profesionales porque estudiamos siempre, exploramos soluciones y buscamos, en  los bolsillos flacos, la alegría imprescindible para el día siguiente. 

El teatro es peligroso. Nos hace reir. Nos hace reir, de puro llanto, también, y nos dice que cada cual es un hondo misterio. Por eso será que nos arrastra en el torbellino de nuestra memoria, personal y colectiva. 

Por eso  será, pues, que el teatro es la manera que tiene la historia humana de tomar conciencia de sí misma.

Para concluir, me atrevo a contarles una anécdota:

Era por 1994. Estábamos con «Rio Vivo», en Neuquén, haciendo la primera temporada de «Chaneton», la historia del primer mártir del periodismo argentino del siglo XX. Un día, voy caminando yendo para la función, y un chico, cuidador y lavacoches en la cuadra de la sala, me hace una pregunta. 

El diálogo fue el siguiente:

«-Don, ¿usted es el hombre del teatro?

-Sí , muchacho, ¿qué necesitás?

-¿No me dejaría ver la obra?

-¡Claro que sí, vení cuando quieras!»

Y el muchacho fue a  una función de sábado, se sentó en la última fila y presenció el espectáculo.

Días después lo encuentro sentado en el cordón de la vereda, frente  a la entrada de la sala. Tenía un libro entre las manos:

«-Hola. ¿Qué estás haciendo?

-Leo. Ahora que vi la obra quiero aprender.”

Muchas gracias.¡ Que viva el teatro!