Revista Florencio

El humor: ese ADN cordobés

Tierra de innumerables creadores en todas las manifestaciones del arte, Córdoba ha sabido generar desde el humor un elemento diferenciador, un perfil nítido, que la ha proyectado con personalidad sobre toda la Argentina. Modo de ver la vida zumbón, personalísimo e instantáneo, este sistema particular de observar el universo –desde los hechos más humildes y cotidianos hasta los trascendentes– se sostiene en una fuerte tradición. No es una moda, tampoco un producto impostado, sino un corpus sólido en el que han abrevado generaciones de actores, actrices, autores, músicos, directores, y, por supuesto, humoristas que, desde los escenarios teatrales, los festivales musicales, los medios audiovisuales, la radio y el periodismo gráfico (imposible obviar en este rubro a la revista Hortensia), formalizaron algo distinto y relevante. El humor, en síntesis, es parte del ADN del ser cordobés. Se sienten orgullosos de él y lo ejercen, tanto en las buenas épocas, como en las otras.

Cacho Buenaventura: “Es nuestra cédula de identidad”

De esto hablamos con un autor, actor y músico consagrado, hoy casi tan vinculado para todo el país con su tierra como el fernet, esa toonada particular y reconocible al instante, el cuarteto, los rallys en las sierras, la intensa vida universitaria, el estadio Kempes o los festivales de doma y folklore: Luis Eduardo Cacho Buenaventura. Nacido en 1956 en Cruz del Eje, pertenece a una generación de humoristas mediterráneos en la que aparecen, entre tantos otros, José Luis Serrano (“Doña Jovita”), el Negro Alvarez, el Flaco Pailos, el Sapo Cativa, Chichilo Viale, Mario Sánchez, El Chango Juárez, Modesto y Jorge Tisera, el Chuño Cáceres, el Flaco Peña, Marcos Ontivero, Adrián Gómez, Julio Vaca “Chicharrón”, Jorge Lewit, el Mudo Esperanza, Cherca Prieto, Pato Achaval y Mario Devalis.

Además, se siente tributario del enorme Luis Landrisicina, de tantos músicos del ámbito del folklore y de Alberto Cognini, el director de la revista ya mencionada, desde donde surgiera una notable camada de humoristas gráficos. Crist, entre tantos, cita obligada. Artista de larga y fructífera relación con nuestra entidad a raíz de su trabajo autoral, en uno de sus breves visitas a Buenos Aires, Buenaventura dialogó con Florencio. “El humor está en todos lados en esta provincia. Es casi la cédula de identidad provincial. El plus de la repentización, de la colocación de un apodo que difícilmente será cambiado a partir de ese momento, de una respuesta desopilante que surge de la nada, es esta tierra, en estado puro.”

Afirma que ha leído que un historiador dictaminó que el origen de todo está en la confluencia de los andaluces con los comechingones, pueblo originario de toda la región serrana. “Y no quiero dejar de lado, otra pata de esta movida, una usina de ideas y de creatividad: el mundo universitario cordobés -es decir peñas, guitarreadas, encuentros que no terminan nunca y siempre divertidos- también clave para entender mejor todo.”

Buenaventura explica que “el cien por ciento” de su material es de su autoría y que prefiere trabajar sobre textos propios por sobre lo escrito por otros, simplemente porque se siente más cómodo. “He trabajado también como actor ‘serio’, como ocurrió en la película Papeles al viento o en otras, y tengo que reconocer que me cuesta memorizar textos ajenos, por buenos que sean”, subraya. Luego, confiesa, regresando a su relación con el material propio, que una vez que su libreto “está”, que la base del show, a través de cierto temario básico, canciones o imitaciones a presentar ya fueron definidos, “puedo salir disparado para cualquier lado”.

En su consideración, “a veces ni los muchachos de la orquesta saben por dónde puedo agarrar. Es que me viene lo que llamo la inspiración directa; se me van ocurriendo cosas y se arma todo un mundo nuevo. Recuerdo cuando volví de tener pancreatitis. Me habían dado la extremaunción, tenía 30 kilos menos. Bueno, un día subí al escenario…y de golpe me quedé en blanco. Totalmente en blanco… y aterrado. Dios me ayudó y empecé a improvisar. Empecé a relatar todas las cosas del sanatorio, el entubamiento, etc., todo con mi estilo. De a poco volví a engranar y la gente estalló. Gustó tanto ese relato que en la TV Jorge Guinzburg me pidió que lo repitiera.”

Consultado sobre los contenidos de su humor, de los límites a alcanzar, es enfático: “No quiero herir a nadie. Soy respetuoso. No se puede ofender. Nos reímos, sí, pero de nosotros. Los que me formaron me enseñaron que la gente…se ¡baña! para venir a verte…Hay que dar lo mejor y no pasarse de vivo, porque arruinamos una fiesta.” Tras citar a algunos hombres que han gravitado en su carrera (Luis Fernando Correa, el “Pícaro cordobés”, Humberto Gambino, el Gordo Oviedo, Ismael Echevarría, Balá, Marrone, Biondi) vuelve a mencionar a Landriscina, un faro a seguir.

“En un tiempo que había un sonido que era más o menos, iluminación medio mala, el hombre salía solito y su alma frente a cincuenta mil personas en Cosquín y nos encandilaba a todos. ¿Qué me vienen ahora con el stand up como fuese la gran novedad? ¡Landriscina fue el primero y el mejor.” El gran humorista chaqueño, recordamos, suele diferenciar en sus reportajes al humor ciudadano, basado en el chiste efectivo y rápido del provinciano, sostenido en un relato, armado con tiempo, con fuerte y previa capacidad descriptiva.

“Es verdad. No importa tanto si el remate es bueno; el cuento, el estar “yendo” bien, el estar contando una historia graciosa con datos, color, apostillas, referencias, en un desarrollo argumental, nos sostiene. La historia que se cuenta no puede hacer agua, si no, se cae todo. Acá es donde lo autoral prevalece. Atención: el público muchas veces se divierte más con la preparación que con el final.”

Los temas se suceden con Cacho. Hará referencias a su medio de comunicación preferido (“la radio es mi rutina, es con lo que crecí, es el medio que transito, ya que hasta hace poco conduje un ciclo en la 95.5 de Córdoba que me encantó hacerlo), a su año laboral (“ahora salgo de gira por el interior de la provincia, luego en el país y termino en Buenos Aires, una ciudad que siempre me trató bien; los porteños me conocen por la televisión y muchos por verme en Carlos Paz cada verano”), y a la condición del humorista-actor-autor (“la gracia es una herramienta de defensa propia. El humor que tengo no es propio, es de la gente, solo que me tomo el tiempo de escucharla. Y con mi don, con la picardía yo te hago reír. Y, como digo siempre, el reírse de uno mismo es una forma sana de estar contentos.”

Marull: tierra de chispazos y desobediencia

Por su parte, Gonzalo Marull, Delegado Cultural en Córdoba de Argentores, aporta su visión desde la propia provincia: “La singularidad de Córdoba entre las provincias argentinas viene de lejos. De su pasado colonial, de su catolicismo y su cielo poblado de torres eclesiales, de su fama y orgullo de ´’docta’ por haber tenido la primera Universidad y el Observatorio Astronómico, de su filosofía reaccionaria, sus lujosos poetas, su conservadurismo democrático, su radicalismo principista. Fue cuna de la Reforma Universitaria que irradió a todo el continente y sacudió a sus juventudes. Medio europea y medio latinoamericana por conformación demográfica, Córdoba funcionó también en eso como una bisagra entre dos mundos. Un cruce de mundos.

Gonzalo Marull

Por eso un rasgo típico, aparte de la tonada (la vocal arrastrada y el uso de aumentativos), en la singularidad de los cordobeses y las cordobesas es su gusto por el chiste, que es justamente un chispazo entre dos mundos. ¿Cruzamiento de genes de andaluces y comechingones? ¿Siglos de censura eclesiástica y la consecuente rebeldía de la gente contra los curas? ¿Tradición universitaria de fiestas interminables? Lo cierto es que en Córdoba se festejan mucho las bromas.

La etimología de la palabra broma nos habla de moluscos marítimos que devoraban lentamente las maderas de los barcos hasta hacerles agujeros. Los inmensos navíos se volvían pesados por el accionar dañino de las bromas. La etimología entonces nos da la pista. El sentido del humor horada el status quo, la única forma de resistencia de los pequeños. Un movimiento agrietado. Un ejercicio de desterritorialización del lenguaje, en pos de la desobediencia. En definitiva, es una forma personalizada de ver el mundo, puesto que el humor es humor en tanto sorpresa. La risa estalla porque no supimos entender el recorrido. Porque no lo vimos venir. ¿Qué gracia puede causar el apodo ‘queso de rallar’ si no se detecta el giro? Denominamos ‘ñoqui’ al que recibe un sueldo sin trabajar; el que está arriba (‘queso de rallar’) es el jefe y, en esa situación, doblemente corrupto; para que el chiste se complete apelamos al conocimiento colectivo.

El humor cordobés entonces apela a la repentización, a la desobediencia, al chispazo entre dos mundos y a una memoria común. Por eso es único en su especie.”

Mesa: el autor que vivía en “estado de Córdoba”

En cinco décadas de actividad, el inolvidable y muy cordobés Juan Carlos Mesa (1930-2016), realizó -como todos sabemos- una carrera notable, sostenida en su capacidad para escribir libretos exactos para los más importantes comediantes, y en su carisma personal, que lo llevó a protagonizar grandes ciclos. Una figura entrañable, muy argentorista y emblemática del difícil arte de hacer reír al público. En algún reportaje, recordando sus inicios en su tierra, decía: “Mis primeros tiempos de trabajo en Córdoba tenían el sabor de mis pecados de juventud, del poeta romántico casi con sabor de acuarela.“

Juan Carlos Mesa, inolvidable autor cordobés

“Vivo en estado de Córdoba” era su latiguillo personal. Y precisamente aquí recordaremos un texto escrito por el autor -quien se consideraba tributario de las tradiciones orales humorísticas de su tierra y de creadores europeos como Jacques Tatí-, editado en el libro que celebró los cien años de Argentores, donde confluyen su afecto inalterable por el mundo radial y su cariño hacia aquella Córdoba ingenua, graciosa y querible de sus inicios.

“Mi ópera prima en radio fue allá por los años cincuenta, en mi Córdoba natal, cuando escribí un ciclo para don Luis Arata (Sulfamino, un boticario sin chapa). Entorno los ojos y lo veo llegar a cumplir con su turno al mismísimo Alfredo Zitarrosa, devenido en locutor de aquella LW1 donde me ocupaba de ese olvidado género que decoraba los temas musicales de un programa: la glosa. Solía contar el inolvidable Toto Maselli, a quien en una ocasión le tocó glosar el repertorio de la orquesta del tano Lauro, que un día se floreó con el prólogo para un vals supuestamente llamado La ternerita. Para eso, y aprovechando el título, describió un paisaje bucólico con un boyero arriando su ganado por las pampas. El tano Lauro, que lo escuchaba atónito, le espetó: “¿Cosa fai con la pampa? Il valse si chiama L’eterna… herita. ¿Capisce?” ¿Cómo podía descifrar el Toto que el vals se llamaba La eterna herida?

En aquella fábrica de anécdotas que producía diariamente mi radio provinciana se fue moldeando mi trabajo de escriba que tuvo su prólogo con La troupe de la Gran Vía, donde los actores que daban vida a mis personajes eran los propios locutores y operadores de la radio. Pero las verdaderas perlas eran los inesperados furcios de aquellos mismos locutores. Por contar alguno, se emitía el minuto social y el encargado del microprograma anunció: “La Joyita presenta”, y leyó equivocadamente lo que estaba escrito como acotación: “Comentarista”. Turbado ante el desliz no tuvo mejor idea que salvar el error diciendo a renglón seguido: “Comentarista es todo aquel que lee un comentario”. Pero acaso la frutilla de éste postre fue la formidable salida de un operador que se vio obligado a leer los avisos de apertura porque se quedó dormido el locutor y no llegó a tiempo. Este buen hombre tenía un problema de dislexia y le resultaba imposible pronunciar la doble ele. Y tuvo la mala suerte de tropezar con un texto que decía: “Si su cubierta está rota, llévela a Casa Parrota”. Cuando se encontró con el aviso enmudeció por unos cuantos segundos, pero ante el terror de producir un bache dijo enfáticamente: “Si su cubierta está rota, tírela, no sirve más.”

L.C.