Revista Florencio

Diario de marzo

“Richard dudó y miró a Rieux:

-Dígame, ¿cree sinceramente que se trata de la peste?

-Usted plantea mal el problema. No es una cuestión de vocabulario, es una cuestión de tiempo…Es necesario que asumamos la responsabilidad de actuar como si la enfermedad fuese una peste” [i](Albert Camus)

A horas del 20  de marzo del 2020

Recibo la noticia  que debido a un virus mortal proveniente de Wuhan, declarado pandemia, entraremos en cuarentena. Se habla de un murciélago y de un pangolín como origen de esta mutación.

Muy sorprendida, quizá como el Dr. Bernard Rieux (en la novela La Peste) aquella mañana del 16 de abril de 194… cuando tropezó con una rata muerta en el rellano de la escalera de su edificio. Poco tiempo después, la tranquilidad argelina del pueblo de Oran, se vería atravesada por la incógnita de sucesivas muertes de ratas. Morían de a cientos. El comienzo de la peste. Imprevisible. Incomprensible. Lleno de incertidumbres.

Intuyo que no comprender, será un camino. Entender que no entiendo. Pero es indudable que hay que actuar como si se supiera de qué se trata.

Hay que aprovisionarse, para no salir de casa. Comprar para dos o tres semanas. Sin acaparar, aconsejan. Acopiar sin acaparar. Vaya término medio. Eso dice la tele, la radio. Tampoco hay que tocarse. Las personas mayores son los elegidos del virus. La gente mayor debe estar guardada sin ver a nadie. La tele insiste que ni besarse ni abrazarse ni cuerpo contra cuerpo, ni cuerpo sobre cuerpo, menos que menos cuerpo dentro de cuerpo. Todo permanecerá cerrado, ni cines, ni restaurantes, ni calles, ni ferias. Habrá una hora cero y de ahí en adelante, todos guardados. Como los habitantes de Oran. Me pregunto si será tan así.

Se me cae un arreglo dental. Ya los dentistas han dejado de atender. Atravieso la ciudad que se pliega casa por casa. Todo desierto. Busco una guardia. ¿Será de buen augurio comenzar un confinamiento con un problema odontológico? Aún faltan algunas horas para la hora cero, pero en la sala de guardia me doy cuenta que soy sospechosa de estar contagiada y contagiar o de contraer un virus. Las secretarias están con barbijos. Casi se comunican por señas. Me bañan en alcohol. Me pongo un poco tartamuda. Pregunto varias veces lo mismo.

El odontólogo me atiende a tanta distancia que no sé si alcanzó a ver adentro de mi boca. Es el premolar le digo con la boca abierta. Asiente. Mueve la cabeza. Alza los hombros. Vaya a saber cuánto podrá durarme una pasta provisoria, puesta de mala gana.

Todavía no compré nada. No me aprovisioné. ¿Tendré tiempo? Salgo de la guardia. Estoy en un barrio muy lejos de mi casa. Son casi las 18. Falta muy poco para las cero horas. El taxista me dice que nos van a encerrar para siempre. Que compre para tres meses como mínimo. Él se va a aprovisionar para un año. Yo no tengo espacio,  le digo, como si tuviera que darle explicaciones. Compre. Tenga. Acapare. Guarde en los cajones. En cualquier parte. ¿Por qué dice que nos van a encerrar para siempre?, pregunto. Porque cuando se dan noticias así de un minuto para el otro es porque va a durar para siempre, responde. Y yo sé lo que le digo. Compre y atrinchérese en su casa.  

Compro todo lo que puedo. Almacén. Carnicería. Farmacia. Mucho jabón líquido. Alcohol gel. Me sugieren mascarillas. Compro. Lo que otros compran. Me repaso el premolar con la lengua. ¿Será de buen presagio empezar con una muela en problemas?

Cuando termino de acomodar, son las cero horas del 20 de marzo del 2020.

Siento que si  la realidad desaparece, el tiempo debe detenerse. Sensación de atemporalidad inmediata.

La radio, la tele, los portales vomitan tutoriales. Caminar miles de pasos para no volverse un pollo enjaulado, vestirse como para salir pero quedarse en la casa, saludarse por zoom, vivir en zoom, pensar que crisis es una oportunidad para estudiar lo que quisiste y nunca pudiste, y sobre todo leer y hacer gimnasia y acomodar y limpiar y descansar.

Mi celular colapsa. Mensajes de no salgas con íconos mortíferos. También videítos de féretros amenazantes. Mis miedos y yo estamos dialogando, respondo.

Mirarse no en las certezas, sino en la incertidumbre. ¿Qué será del taxista vaticinador?

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Estoy encerrada en una biblioteca. Mi departamento. Literalmente una biblioteca. Leo cuatro libros por semana. He leído toda mi vida, antes de saber leer creo, porque abría los libros y contaba historias. Pero ahora, no quiero ni leer, ni ordenar, ni vestirme combinando nada. Lo más positivo que se me ocurre es imaginarme que me voy a deshacer en cuanto pueda de tanto libro.

El hit del momento es una suerte de nuevo conductismo. Que el virus es la gran oportunidad para ser mejores,  ecologistas y solidarios.  Lo converso con mi hermana bióloga  dedicada a la ecología desde hace décadas. Vive en Ensenada, baja California. Le ponemos cuota de humor. Híjole, me dice Mona,  con su acento mexicano, pues imagínate a los depredadores organizando el tema.

Recordamos la epidemia de polio. Al  segundo marido de mi abuela paterna, médico sanitarista. Llevó adelante la campaña contra la polio desde el Pirovano. Higienista. Casa por casa haciendo docencia sanitaria e instando a instalar cisternas con agua en los barrios. Medidas desde hervir el agua, planchar el dinero, las pastillas de alcanfor colgadas del cuello. Mi madre hasta tenía un autoclave.  Recordamos a las legiones de mujeres y hombres pintando con cal los árboles, manguereando las veredas con un desinfectante poderoso. ¿Y ahora le pregunto? Paciencia. La ciencia lleva tiempo, dice.  

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Como soy medio lanzada, le escribo al gobernador de la Provincia  de Buenos Aires, las  medidas de higiene de mi medio abuelo. Alucino con  camiones cisternas con agua potable en los barrios carenciados y lavabos y duchas públicas en las esquinas. Hay un lado pragmático que siempre me gana. 

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Con mi otra hermana, Patricia, que vive en la costa, intercambiamos lista de pelis, libros, artículos. Maneja mejor que yo el face, lo cultiva con dedicación de editorialista, así que esperaré sus posteos para intervenir. El face parece un cultivo de odios, polémicas, ofensas, portazos cibernéticos. Imposible este territorio para mí. Yo sólo lo  he usado para mi actividad como dramaturga, de modo que este medio carece de alimento válido por el momento. Estamos sumergidos en la era de los emoticones de los pseudo estados anímicos de los emojis. Me siento limitada.  

Mi enojo con los libros dura poco. Me convenzo enseguida de que estoy enjaulada en el mejor lugar.

La biografía de María Antonieta sobre la que estoy trabajando, me inquieta. ¿Qué hago encerrada, tratando de decodificar los últimos días de una ex reina antes de ser decapitada?  ¿No debería comenzar por mi propio encierro? María Antonieta sabe muy bien  adónde conducirá su prisión, ¿sé cómo terminará la mía?

Ambas estamos encerradas. Ella en mi obra. ¿Yo en la obra de quién?

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Trato de imaginarme que como por arte de magia  mi departamento de dos ambientes se convierte en un semipiso. Pero no. Mi living es escritorio, biblioteca, cineteca, la cocina lavadero es cocina, despensa, verdulería. El cuarto es dormidero, gimnasio. Contrafrente que mira otros contrafrentes. Vecinos dando vuelta en sus balcones. Muchos han sembrado en sus macetas. Yo también ilusiono una huerta, una plantita de albahaca y otra de orégano. Las riego cada mañana. Conviven con los potus y mi santo cachaciento y borrachín. San Onofre. Le gusta el wisky y el tequila.

Vecinos. Casi siempre nos encontramos a la hora de aplaudir a los médicos y personal de salud. Comienzo a esbozar gestos de simpatía a otros tan encerrados como yo. Desde  España me llegan videos, brindan de piso a piso, con largas cañas sosteniendo copas. Noto que los niños no hacen ruido, ni gritan. Figuras silenciosas. He visto algunos con barbijos. También vi a una niña de dos años extendiendo sus manos pidiendo alcohol. Tristeza.

Varios días después. Sigue siendo 20 de marzo del 2020, aún es verano.

Armo un altar en mi cuarto. La Virgen de Luján. La ilumino con una lámpara de sal. La  rodeo de piedras, citrinos, cuarzos rosados, una hermosa rosa del desierto. En el living la tengo a la Virgen de Guadalupe, a la de Lourdes, a la Desatanudos, todas también entre las piedras los libros y las cartas de tarot.  Me llevo bien con los altares. Me acompañan en los viajes a mis propios laberintos.

 Joseph Campbell.

“El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas, ya sea en sueños, a la luz del día o de la locura, porque el reino de los humanos oculta, bajo el suelo del pequeño compartimiento relativamente claro que llamamos conciencia, insospechadas cuevas de Aladino”.[ii]

Cuevas de Aladino, en las fronteras de lo imperceptible. Nuestras brumas, nuestros monstruos, nuestros miedos, nuestras proyecciones.

Hago girar una esfera de calcita. De la familia de los cuarzos. Dentro de la calcita caen gotas. Vida intacta aprisionada en la piedra durante miles millones de años. Las piedras son poderosas. Resguardaron vida. Si es verdad que vamos a sucumbir, las piedras no lo han hecho.

20 de marzo del 2020. Otro día.

Puedo ir a los negocios de cercanía, caminar 500 metros, visitar cajeros. Todo queda lejos. Comprender lo que no se entiende y entender lo que no se puede explicar. El que no comprende debe entenderlo. Asumo que no sé en qué consisten las cosas que no se sabe en qué consisten. Si el face me aburre, los noticieros me desconciertan hablando con certeza de lo que afirman no saber.

Igual estoy enojada. Porque yo soy citadina, de leer y escribir en bares y de ir al teatro casi todas las semanas. Estoy acostumbrada a pensarme con una realidad que me desea. Y el deseo tiene olor a café, amigos, exageraciones y efusividades. Estoy habituada a perderme en los ruidos y olores de una ciudad que no es la mía pero a la que amo.

Soy una insiliada de la dictadura, y aprendí a perderme en este Buenos Aires que me recibió y que si algo me enseñó es el pulso de las grandes ciudades que no te preguntan quién sos y te invitan a descubrir la magia de sus rincones. Y en Buenos Aires, siempre hallé a mis pueblos de origen.

Conozco el olor a la adrenalina. Sé muy bien qué riesgos corrimos durante los años de plomo y cómo debíamos movernos. Quemé libros, perdí amigos, familiares. Me refugié aquí. Llena de daños colaterales de una revolución que no hice, que nadie hizo.

El Me-Ti de Bertolt Brecht. Repetía como un mantra: Hay que quitarse la mala costumbre de querer llegar a pie a los lugares adónde no se llega caminando. Hay que quitarse la mala costumbre de querer solucionar hablando, las cosas que no se solucionan hablando. Hay que quitarse la mala costumbre de querer solucionar pensando las cosas que no se solucionan pensando. Era  mi permiso para cambiar un modo de vida urgente que se había deglutido casi todas mis formas de creatividad, alegría y espontaneidad.

Mis diarios tienen tachaduras, gotas de café, borrones de tinta, páginas arrancadas que puedo decir de memoria. Porque lo que se escribe en un diario, es memoria.

Mi propio diario de los 70’ me ayudó a atravesar la aventura de comprenderme hacia atrás mientras escribía una de mis últimas obras.

Las Lucías.

“Hay que  quemar libros. Las llamas, el humo. El papel biblia se volatiliza, pero las tapas duras no se queman. Los ojos me arden. Estoy sola. Hace tiempo que me separé. Tengo sabañones por el fuego. Me cansa arrancar, quemar, enterrar libros, libros, libros. Arden Lenin, Mao, Pléjanov, Bakunin, Fanon. Marx, Perón y Evita, La razón de mi vida. Tapas celestes. Letras blancas. Todo al fuego. Si te agarran con libros perdiste. ¿Y si te agarran con papeles quemados? ¿Con tapas carcomidas a medio arder, qué? Arrastro una caja llena de fotos, de negativos, de papeles. Quemar para salvarme.  La otra de mí y yo  en la hoguera, saltamos, nos reímos del miedo. Al final, nos perdemos en un hoyo de humo.”[iii]

 No es lo mismo ahora. Para nada. En la última dictadura, peligraba morir acribillada en las calles. O terminar “desaparecida”. Pero revolucionaria o no, la utopía cantaba. Me hablaba. Esto es distinto. Tenemos que cuidarnos de un virus poderoso que amenaza destruir a la humanidad. ¿Utopía incluida?

El diario es mi botella al mar. La escritura es mi modo de vida. Me gusta escribir. Por el placer de la palabra. No sé si quise ser escritora. Más bien soy una escribiente. Pienso en Severiana, mi bisabuela, en sus poemas guardados en sus delantales de cocina.

Este habitáculo, mitad biblioteca mitad santería, que nació como refugio. La Plata era una conejera. Mis viejos. No morí de soledad por ellos. Aquí instalé mis coordenadas. Los libros que se salvaron de la hoguera, mi lettera 22, mi pequeña hija. Pero este refugio, tenía establecida su dialéctica con una realidad que en algún lugar, me deseaba. Sabíamos a qué le temíamos, y también sabíamos que la salida sería la democracia republicana. Me es difícil articularme en una realidad que no sólo no me desea sino que tampoco sé en qué puede consistir su salida.

Escucho televisión en francés. Lo doloroso me duele menos en otro idioma.

La utopía se hace un acordeón y toca una sola nota. Perdió toda musicalidad.

Mi cotidiano como escribiente, contiene altas cuotas de aislamiento pero no por obligación.  Obligación mundial. Mundialmente se dice lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. Mundialmente se establecen protocolos. Mundialmente se discute si barbijos no o si o tal vez o si quizá.  Mundialmente se reta a la población diciendo que no comprenden lo que se les dice. ¿Caminamos hacia un vacío?

Slavoj Zizek

“Los que están a cargo del Estado se hallan en estado de pánico porque saben que no sólo no controlan la situación, sino que nosotros, sus súbditos, lo sabemos. La impotencia del poder ahora se pone en evidencia. Todos conocemos esa escena clásica de dibujos animados: el gato llega al precipicio, pero sigue caminando, sin hacer caso del hecho de que no hay tierra bajo sus pies; y comienza a caer cuando mira hacia abajo y ve el abismo.” [iv] :

 20 de marzo del 2020. Otro día.

Tengo que resignificar el deseo. Me cuesta decir que estoy de duelo. Todavía me imagino las calles, los teatros, los aplausos, la prisa de ir de un lado al otro. La radio escupe una tonadita de moda: “ma ma ma  ma mala, yo soy una chica mala…”

El virus informan que es gordo y proteico y se cae al suelo.  Imposible el bombardeo de noticias. Y entre las siempre malas nuevas de estadísticas abrumadoras cargadas de cifras, la inevitable sensación de sospechar que hay algo de manipulación tras la verdad. Escucho  decir que el virus es completamente invisible. ¿Acaso existe alguno visible? La pregunta es obvia. Lo que no es obvio, es que hable en voz alta y se lo pregunte al televisor.

Medito y hago gimnasia. Estuve casi treinta días sin salir a la calle. Cuando salí me temblaban las piernas. La calle me mareó.

Otro día tropecé con un hombre. A la entrada de mi edificio. Era mediodía. El señor, comía fideos.

-¿Usted está viviendo en la calle?, pregunté.

-Sí, señora, pero no aquí, yo vivo en la esquina de la vuelta, acá vengo a veces cuando me dan de comer en los negocios y como en alguna puerta al solcito.

-¿Necesita algo? ¿Agua, alguna frazada?

-No, nada señora. Gracias. Tengo todo.

La escena podría haber terminado ahí, pero no. Poseída por el espíritu docente de mi madre, salí al rescate.

-¿No le convendría ir a un parador? ¿No estaría más protegido? ¿No correría menos peligro?

-No, señora, usted no sabe lo que es un parador. Yo necesito la calle. Ya estuve mucho encerrado en un manicomio. En la calle se vive. Soy libre. Nadie me roba nada. Yo ahora vuelvo a mi esquina y encuentro todo.

Comprendí. Había interrumpido el almuerzo de un hombre que amaba comer al sol. Ya parando un taxi, le dije: Igual cuídese. Me respondió: Cuídese usted señora, no esté encerrada todo el día.

Los instantes que duró el diálogo no pasó nadie por la vereda. Había algo crístico en la cara de ese hombre.

Días después, salí a caminar con barbijo y se me empañaron los lentes, me caí y me rompí las rodillas y la cara y los lentes. Cuando me levantaron un tajo en el superciliar sangraba a chorros. La gente que me asistió, tenía alcohol, gasas.  Flor, mi hija me curó. Estuve inmóvil un mes casi.  

Caída en la vereda, murmuraba ¿cómo puede pasarme esto a mí?  Mi pregunta, en el concierto del desconcierto. No es posible la interrupción abrupta de nada. No es posible cuando nos hemos acostumbrado a que lo posible sean posibilidades. No es posible aceptar la pesadilla.

 Camus.

“El flagelo no está a la altura del hombre, uno se dice que el flagelo es irreal, que es un mal sueño que va a pasar. Pero no se pasa, y de mal sueño en mal sueño, en realidad son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, por no tomar precauciones. Nuestros conciudadanos no fueron más culpables que otros, olvidaron ser modestos, eso es todo y pensaban que todo sería posible para ellos. Continuaban con sus tareas, sus viajes, sus opiniones. ¿Cómo podrían haber pensado en la peste que suprime el futuro, los movimientos, las discusiones? Se creían libres y nadie será libre jamás, en tanto haya flagelo”[v]

20 de marzo del 2020. Varios días después.

La imagen del Cristo comiendo fideos me impactó. Pregunté a algunos vecinos si lo habían visto. Nadie. Cuando pasé varias veces por la esquina que me había señalado, tampoco estaba. Necesitaba verificar que no necesitaba nada de verdad.

John Weir Perry.

“La individualidad, es algo seguro y saludable para la sociedad, sólo si se mantiene en equilibrio con los intereses sociales y si el motivo del poder personal está compensado por un motivo igualmente fuerte de preocupación por los demás”.[vi]

Compañerismo  y compasión para que pueda hablarse de una nueva individualidad.

“Una gran cantidad de personas crece sin ningún sentimiento de pertenencia a la comunidad…Una de las principales dificultades es que la mención de amor en cualquier marco que no sea fundamentalmente personal, se ha convertido en algo sentimentalizado, relegado a la imagen de la escuela dominical de una efímera idealización”[vii]

Amor, como motor social. No se habla de amor. En ningún lado.  Está ausente de todo discurso público. El virus circula, el amor, no.

Reinventar la ecuación de lo divino. Del amor.

Aquel cuento sufí. El hijo le dice a la madre: Vengo a despedirme, me voy a suicidar. La madre lo mira y le contesta: ¿no te tomarías antes una rica sopita?

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Me quedé con el gato de los dibujitos caminando hacia el vacío de Zizek. Vas caminando, y de pronto, resulta que estás en el aire, y seguís hasta que mirás para abajo.

Lo azaroso e inevitable pareciera dominar conciencias individuales y colectivas.

La impronta del ahora  pareciera  ser la de  lo azaroso como destino. El sujeto amoroso, ha dado paso al sujeto azaroso. Chernobyll.

El azar, lo imprevisible como norma tiene realidad ontológica per se (Paul Virilo). Si lo azaroso,  lo accidental fuese la norma, estaríamos internalizando y naturalizando el holocausto. Y la vida  sería el camino hacia la eliminación de lo humano y su cultura. El cambio del concepto de finitud por el de exterminio dice el filósofo.[viii]

Iluminar la oscuridad (Jung) Iluminar lo máximo posible esta oscuridad para no quedar atrapados en una nueva nube de Chernobyll.

La certeza actúa por tramos. Menudo desafío poner en valor un suceso “azaroso” que pone patas para arriba la organización mundial y amenaza bajo el pretexto de que lo que conocíamos como comportamiento humano está no sólo en crisis, sino que está a un paso de convertirnos en el otro deshumanizado, desafectivizado.

Otro día. 20 de marzo del 2020 .

 ¿En qué punto de mi desarrollo espiritual estoy?  ¿Lejos o cerca  de las manipulaciones y los altruismos declamados?

A veces mis personajes son muy éticos. Muy coherentes. ¿Soy algo mejor que ellos?

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Stella Matute, Susy Di Gerónimo y yo.  Decidimos reponer mi obra La Roca. Es un acto de amor entre amigas. A las tres nos anima esta cita post pandémica. Estamos emocionadas con el proyecto. Tiene mucha vigencia esa obra, dice Stella. Estamos felices. Amorosamente entusiasmadas. La Roca, también escrita en forma de diario. Susana y Stella, dos náufragas a la deriva en medio del mar, buscando la roca donde salvarse.

La Roca.

Stella: Quiero volver. Quiero recordar. Reencontrarme con amantes. Aunque desentierre los huesos. No me importa la guerra. No sé vivir sin guerra. Sin miedos. No sé latir si el corazón no me estalla. Quiero volver…Treparme a una cornisa y arrojarme al vacío. Es mi vida. Empiezo a llorar sobre mi cuaderno. Las letras se borran. Las locas reman.

Susana: ¿Alguien solloza? ¿Estoy viva? Por Dios, estoy viva… A babor, girando a babor…Nada…La niebla lo cubre todo. ¿Encallaremos?…[ix]

Varios días después. 20 de marzo del 2020.

Me hice  amiga de Daniel, el verdulero. Me trae todo a casa, me hace los mandados. Me trae el gesto de lo que ha desaparecido, el contacto humano del hola en la puerta de mi casa. Es mi platito de sopa del cuento sufí.

El Hermano David Steindl Rast  habla del tiempo sin tiempo. El misticismo, dice, es la frontera específica de la evolución de la conciencia. Es ese punto en el cual nos conectamos con la vivencia de que todos somos uno. Y esta es una experiencia que se puede experimentar de modo diverso, contemplando una puesta de sol, escuchando un concierto, leyendo un poema, ayudando a otros. [x]

Más tarde.

¿Qué hay más allá de lo que se presenta  como un “unísono mundial” por el cual todos seríamos un “cuerpo único actuado” por un torbellino llamado pandemia que nos mimetiza? ¿Cómo me coloco yo, individuo ante este “unísono mundial”?

¿Qué fuerza escojo? ¿La del miedo colectivo? ¿O me animo a traspasar el velo y escucho mis propios latidos?

Detener el tiempo en un atardecer meditativo tal como plantea David Steindl Rast quizá nos eleve a un despertar de la conciencia individual.

¿Por cuál energía escogemos ser actuados?

Piedras.

Cuarzo rutilado. ¿Yo me sumerjo en el cuarzo, o el cuarzo invade  mis células? Estoy perdida en el universo de la piedra. Soy parte de esa totalidad.

Tarot.

Una carta: La voz interior[xi]. Una bella y singular figura femenina. Un rostro alerta, sostiene en su mano un cristal. El cristal representa la claridad que trasciende todas las dualidades. Es una carta lunar.  La figura está conectada con el cosmos a través de la corona de la luna creciente y con la Tierra por medio de las hojas verdes del kimono.  Enmarcada por delfines, la mujer, danza en el agua de la vida.

Sentido de la carta: Hay momentos en nuestras vidas, donde  muchas voces  parecieran empujarnos de un lado a otro. Nuestra propia confusión en tales situaciones nos recuerda buscar el silencio y nuestro centro interior. Sólo entonces somos capaces de escuchar nuestra verdad.

Un proverbio africano dice: si la palabra te enferma, el silencio te curará.  

20 de marzo del 2020. Otro día.

Mis ancestras. Están conmigo. Mi madre, mis abuelas Teresa y Paca, mi bisabuela Severiana. Todas mujeres fuertes, todas mujeres atemporales. Mi madre la guerrera que se escapó de un rancho y obtuvo una beca e hizo una brillante secundaria desafiando el ciclo de abuelos inmigrantes y analfabetos, mi abuela Teresa, sastre de profesión. Me cosió la muñeca de trapo que más quise,  la Clotilde. Teresa era paciente y silenciosa. Ella, la que vino a parir a esta tierra en el subsuelo de los barcos de inmigrantes, Era dulce como el olor de las madreselvas, su flor preferida. La madreselva de mi casa en el río se llama Teresa. Paca, mi abuela vasca, idónea en laboratorio en épocas en que las mujeres a lo sumo eran idóneas en partos y matrimonios a contrapelo. Ella me explicó cómo abortaban las mujeres pobres. Era astuta inteligente, brava y decidida y como era muy bella, se sacaba la edad. Era mitad masculina, mitad femenina. Decía venir del siglo XXI. Se casó por segunda vez con el médico.  Mi bisabuela Severiana. Poeta. Bruja vasca. Experta en destierros y amores contrariados.

Las mujeres de mi vida. Oscuras y luminosas. De barro y loto. Capaces de nadar contracorriente. Cuando mi madre estuvo secuestrada durante la última dictadura militar, detenida desaparecida se negó a mantener sus ojos vendados durante el cautiverio. Decidió ver. Fue su opción. A ponerse la venda la obligaron. A quitársela fue su elección. Mi madre, la que provocó el salto cuántico rompiendo la cadena de mujeres analfabetas.  

20 de marzo del 2020.

Imagino mi río. En mi casita del Tigre. Dicen que hay delfines. En cuarentena, todo queda lejos. La realidad y el deseo están capturados. Mi hija, me dice: Mamá, estás de duelo.

Deméter me acompaña. El Hades se ha devorado las criaturas de mi mundo.

Dice Jung: “La naturaleza del inframundo de Hécate, muy vinculado a Deméter y el destino de Perséfone apuntan a los lados oscuros del alma humanapodría decirse que cada madre contiene dentro de sí a su hija, y cada hija a su madre y que cada mujer se prolonga hacia atrás en la madre y hacia adelante en la hija”[xii].

Madre /hija como una localización atemporal, donde el ser una o la otra se interrelacionan en una dialéctica inestable donde hijas y madres ascienden y descienden en la cadena genética, en un sinfín  de inmortalidad. Todas somos una y la otra y la otra de la otra en un circuito de tiempo detenido e infinito.

 “La vida individual se eleva al rango de arquetipo del destino femenino. Así tiene lugar una apocástasis de la vida de los ancestros, que con el individuo actual como puente, se prolongan en las generaciones futuras”[xiii]

Apocástasis, poner algo en su lugar de origen. Apocástasis, el camino de ascensos y descensos hacia la totalidad. La ruta del origen.

A través del arquetipo  “… el individuo es rescatado de su aislamiento y devuelto a la totalidad. Toda actividad cultural en torno a los arquetipos tiene, en último término, esa finalidad y ese resultado.”[xiv]

Mis ancestras como poderosos arquetipos, actúan como imanes  generando una fuerza centrífuga que me saca de la órbita de lo eternamente muriente.

Deméter y Perséfone. La búsqueda de la madre tras las huellas del rapto de su  hija. El mito de Deméter. Los ciclos de fertilidad e infertilidad, los ciclos de la tierra yerma, la semilla del trigo y las espigas. Los mundos raptados. El tiempo de la espera. De la resurrección.

Los mitos y el reto al ejercicio de la anamnesis (reminiscencia) donde nos convertimos en nuestro propio terapeuta en ese rescate de datos del pasado que traen información al presente.

Hay imágenes que aparecen en la meditaciones, otras veces en sueños. “Estas visiones, no son en absoluto alucinaciones o estados de éxtasis, sino imágenes visuales o la llamada imaginación activa.”[xv]

Ensueño…

Deméter y yo rumbo al río. El momento es ahora y el tiempo es éste, me dice.

Arrojamos piedras al agua que está detenida en su flujo.

De pronto una gota de barro emerge como un volcán y nos traga. Montamos inmensos  bagres de boca gigantesca. Bocas chupabarro. Son corceles en forma de peces entrenados en lodos. Descendemos hasta el fondo del lecho  del río. Un cardumen de peces gigantes con dientes como sierras afiladas nos desgarran. Deméter y yo, somos devoradas hasta llegar al estado de esqueletos de un blanco fosforescente. De nuestras calaveras comienzan a palpitar capullos de loto. Allá en el fondo del río. Los cardúmenes se alejan. Deméter y yo en estado de esqueletos florecidos descansamos en el lecho del río.

Hemos sido devoradas. Y sin embargo, como en el tiempo sin tiempo de los sueños, estamos sentadas a la orilla del río que acaba de deglutirnos.

-¿Qué sucedió?, pregunto.

-Lo que viviste. Lo que sentís, me responde.

-¿Y nuestros esqueletos?

-Volvieron al lugar de origen, me dice.

Días después. 20 de marzo del 2020.

Limpiando verdura, sentí que somos seres que nos autocreamos permanentemente, pero alejados de la idea de unidad nos autodestruimos. Se teme a la muerte. Lo que está en peligro de extinción es la conciencia.

Sobrevivir no es atrincherarse contra el virus, la supervivencia implica cambio de conciencia.

John White dice que el cambio de conciencia implica un salto hacia adelante. Entender que la especie dominante es una especie muriente. Somos la especie que no se relaciona con su hábitat. No integramos ecosistemas, somos ecocidas. Y ése es el desafío cultural. No serlo. Estamos ante una crisis de conciencia.

Biológicamente hablando, dice White, una especie que está muriendo puede ser una especie peligrosa. Y como alternativa nos plantea el homo noeticus como forma de una humanidad emergente. Una humanidad que se relaciona con su hábitat más allá de cualquier interés racial, nacional, étnico, religioso, sexual o de casta. Despojarnos de viejos hábitos para nacer de nuevo. Dejar morir el concepto de adultez depredadora para renacer como niños redescubridores. Pasar de la ortonoia (imperio del ego, estado de la mente centrado en el ego) a la metanoia (Cristo en nuestro interior, el universo en uno, la naturaleza en uno) atravesando la paranoia (caos, peste, guerra).[xvi]

Ser cósmicamente conscientes. Estamos destruyendo el planeta. La vida.

Más tarde.

Cociné espinacas a la crema con nuez moscada y queso olvidando que soy alérgica a los lácteos. Pero estoy tan compenetrada con el espíritu de los dioses tutelares que seguro no me hará nada.

Otro día. 20 de marzo del 2020.

Decido seguir la Semana Santa desde la tele del cuarto, que cuando no es gym, es santuario. Roma invade mi cuarto, de manera lúgubre con la soledad de sus calles desiertas. El Papa le reza a un Cristo de madera. Pide por la pandemia que azota al planeta. Impresiona la soledad de su liturgia. Es casi una representación teatral minimalista y fúnebre. El Papa, que no camina con los zapatos rojos de  la sangre de Cristo, sino con sus viejos calzados negros. El Papa se asoma a la soledad de la Plaza de San Pedro. Es una imagen infinita. Ningún rostro que refleje el rictus austero. Es una imagen interminable que busca un espejo. Tiene algo de último aliento, sin aliento. Su plaza es un jardín helado, seco, sin vida.

Pasan los días.  Es 20 de marzo del 2020.

Leyendo a Jack Kornfield.

Para él, existen dos grandes fuerzas en el mundo, una es la fuerza de matar. Dice que las personas que no tienen miedo de matar gobiernan el mundo. La otra fuerza, sostiene, es la de los que no tienen miedo de morir. Estas personas, son las que han conectado dentro de sí mismas con tal profundidad que pueden reconocer y aceptar la muerte, porque ya la han experimentado de algún modo. Gandhi sostiene que en esto radica el poder de la verdad y que sólo desde ahí se puede hacer frente a la fuerza de matar. [xvii]

No tener miedo de matar. No tener miedo de morir.

Los artistas morimos muchísimas veces. Siempre estamos muriendo y creando. Como hija de una tierra hipercolonizada, he muerto y renacido muchas veces. Igual no he visto  la muerte de las guerras cara a cara. Como dice Camus, cien millones de cadáveres esparcidos a lo largo de la historia, no son más que una humareda en la imaginación.

Más tarde.

La desolación de la plaza de San Pedro. Mis propias plazas vacías. Las palabras de Kornfield sobre  la espiritualidad: “… la práctica espiritual comienza permitiéndonos enfrentar nuestra propia tristeza, miedo, ansiedad, desesperación: morir a las ideas del ego que nos dice cómo deberían ser las cosas y mirar y aceptar la verdad de las cosas tal como son.”[xviii] Y esto vale, dice, tanto estemos meditando, como si nos organizamos para ir a una manifestación. Comprendo que habla de compromiso con lo que manifiesta como verdad. Nadie se retira del mundo. Nos retiramos de un modo de articularlo.

20 de marzo del 2020. Varios días después.

Me han entrevistado por radio. Me sentí inmensamente libre. Me gustó salir al aire desde el tiempo sin tiempo de los pensadores transpersonales. Regalarles una carta de tarot a los oyentes. De invitarlos a comprarse un cuarzo.

20 de marzo del 2020 .Tiempo después.

 Se promete una nueva normalidad. Fases de aislamiento y des aislamiento hasta llegar a una nueva normalidad.

Nueva normalidad. ¿Será la reinvención del comunismo de la que habla Slavoj Zizek? ¿Será la implementación del estado de excepción, el nuevo modo de gobierno, como denuncia Agamben? Medidas de emergencia como modo de garantizar el funcionamiento social casi en forma permanente que si bien no anulan la constitución, la podrían suspender por tiempo indeterminado.[xix] ¿Estamos asistiendo al armado de una nueva dramaturgia de la sociedad de control de la que nos habla Byung Chul Han?

“Todo flujo asimétrico de la información, que produce una relación de poder y dominio, ha de ser eliminada. Se exige por lo tanto una iluminación recíproca. Es vigilado no sólo el abajo por el arriba, sino también el arriba por el abajo. Cada uno entrega a cada uno la visibilidad y el control, y esto hasta dentro de la esfera privada. Esta vigilancia degrada la “sociedad transparente” hasta convertirla en una inhumana sociedad de control. Cada uno controla a casa uno.”[xx]

La sociedad de la transparencia, dice Han, es el infierno de lo igual.

“La transparencia es una coacción sistémica que se apodera de todos los sucesos sociales y los somete a un profundo cambio. La transparencia estabiliza y acelera el sistema por el hecho de que elimina lo otro o lo extraño…la transparencia es una sociedad uniformada.”[xxi]

Pero la espontaneidad, lo que tiene el carácter de un acontecer y de libertad, prosigue Han, no admiten ninguna transparencia.

Ojalá, dice Tesanovic en su diario, la espontaneidad, la creación, la originalidad, lo disruptivo, no sean el otro peligroso a acallar.

La filosofía tiene algo de tábano molesto, pero lejos de intranquilizarme, me permite ponerme a salvo. Es bueno darle marco y nombre a los acontecimientos. 

Página 141 de Pandemia de Zizek, hablando de la distinción lacaniana entre la realidad y lo real: “…la realidad, es la realidad externa, nuestro espacio social y material al que estamos acostumbrados y dentro del cual somos capaces de orientarnos e interactuar con los demás, mientras que lo real es una entidad espectral, invisible y por esa misma razón de apariencia todopoderosa.”

Y entre una realidad ocluida y un real invisible y amenazador (el virus), el propio Zizek , termina colocando a  la meditación en el centro de la escena, cuando sugiere asumir los pequeños rituales, los pequeños gestos, para encarar la vida diaria, salirse de delante de la pantalla del televisor, estructurar la vida de manera estable y significativa, una vida no alienada y decente.

Una vida éticamente vinculada a los otros, como dice Judith Butler conscientes de que más allá de la tajada de mundo en la que nos ha tocado vivir, todos hoy nos respiramos en la misma vulnerabilidad.[xxii]

 Siento latir al  homo noeticus.

20 de marzo del 2020 .Otro día.

Tomando café con mi hermano Horacio, hablamos, como siempre, de historia. Nuestros héroes federales. Igual la metafísica nos convoca en tiempos de peste. Le hablo del Popol Vuh. Me recomienda leer: Vida y misterio de Jesús de Nazaret.

20 de marzo del 2020. Han pasado muchos días.

Asisto desde mi living al streaming de mi obra Los Fantasmas del héroe, vía México. Muy buena la puesta pensada para video. Los fantasmas del Che Guevara antes de morir. Y el Che en mi casa. Fidel en mi casa. Los padres de Guevara. Mi alter ego en la obra, Laura, la periodista que relata. Me conmovió la charla por zoom con el director Ramón Alcalá y los actores y actrices. Hasta lloré de la emoción. Cuando el zoom se terminó, me sentí muy sola. La magia del zoom tiene algo de perverso.

Días más tarde. El streaming vía México me preparó mejor para el streaming de mi obra Yo, Encarnación  Ezcurra. Ya me di permiso para disfrutarlo de otro modo. Luego en el intercambio estuve menos foránea en esta modalidad. Y hasta entendí el código. Igual es raro. Encarnación Ezcurra, me sigue interpelando. Me sigue aguijoneando sobre soberanías políticas y personales.

La virtualidad me reencuentra con mis personajes.

 El Che me resultó entrañable, pero literariamente épico. Un cruzado. Un alucinado. Un héroe emboscado en su propia emboscada que pide que lo descifremos antes de eternizarlo en un bronce.  

Encarnación es diferente. Ella no es heroína de nada. Ella es una mujer tan inacabada como mis ancestras, como yo, como América Latina. Irrumpe para increparme ¿Perdimos el hilo de buscarnos en nuestras raíces? ¿Tan fácil es deshacerse de una patria que todavía no nació? Encarnación Ezcurra. La huelo. La siento. Como si fuera el arquetipo de mi conciencia histórica. Más allá de cualquier nueva homogeneización geopolítica, siempre el destino fue geopolítico. Este continente fue descubierto por una necesidad de expansión territorial. Mi propia sangre europea es una sangre expulsada de madres patrias que vomitaban pobres. Tener sangre inmigrante es ser hija de una cloaca llamada guerra, que o mató o arrojó fuera de su seno al pobrerío.   

Encarnación está aquí, para  recordarme en qué tajada del mundo he nacido. Cuán al borde  de la domesticación perpetua podemos estar, y que para los que venimos del mundo “pactado” como bocado de los tigres, la nueva normalidad seguirá siendo desigual.

Está claro que somos rehenes de los personajes que creamos.

Otro día, 20 de marzo del 2020.

Mi edificio se quedó sin agua. El hecho se originó en un vandalismo de pandillas callejeras que patrullan el barrio. Robaron las cañerías de bronce de la entrada. A plena luz del día. Huyeron con el botín. Más tarde volvieron para intentar una entradera. Se defendieron a tiros. Nos protegieron los sin techo que duermen en la puerta del hotel de enfrente. Nos ofrecieron protección a cambio de comida. Cuando llegó la policía, ya nos habíamos organizado de otro modo. Yo, en medio del despropósito por momentos surrealista de una realidad que está dislocada. Cuando  me meto en el refugio en el que vivo, trato de ordenar la realidad con parámetros de un orden que no me animo a asumir ya que no tiene mucho correlato con lo que se vive.

 Jasmina Tesanovic. Testimonio íntimo de una mujer sobre la guerra de Kosovo: “…mi universo de palabras está hecho de urgencias cotidianas, tragedias, noticias, falta de dinero, de comida y de amor entre las personas.”[xxiii]

Mantengo viva mi voz interior. Ilumino mis células, regando la albahaca, poniendo bella la terraza de mi edificio, ahora que descubrí que es un lugar de inmensa libertad, donde tomar mate al sol. Me hace bien. Para no encontrar culpable a nadie de nada.

El mundo que me gustaba, ya no está. Igual no quiero perder el amor por este mundo y esta vida. Viví casi todo el tiempo en el siglo XX y aprendí a querer su cultura, aprendí a armarme como sujeto en ese siglo atravesado de guerras y de preámbulos para lo que hoy vivimos, pero fue un siglo pleno de creatividad y de pensamiento y coraje para resignificar la historia. Repensarnos como sujetos, es el desafío.  Y si los Imperios caen o colisionan, seguro me aferraré a un pedacito de independencia. Me costó mucho como mujer ser independiente. Pero en esta guerra donde somos el otro infinitamente fragmentado, ¿en qué consistiría la independencia individual?

Confío en que como parte de una Latinoamérica indisciplinada, inacabada,  sepamos entender cuando el cambio es un salto cualitativo, y cuando un retroceso sin perspectivas. Ojalá marchemos hacia una comunidad organizada, amorosa, de restitución del tejido social, y que lo que se promete como nueva normalidad, no sea sino el tránsito hacia la convivencia armoniosa con nuestro hábitat y no un desfiladero hacia la indeterminación normativizada donde seamos más descartables que los robots con los que amenazan destruir la fuerza de trabajo humana.

20 de marzo del 2020.

Pasó tiempo. Y el cordón mágico de la cita teatral post pandémica con La Roca se cortó. Láquesis, la Moira que corta los hilos del destino, se llevó a Susy Di Gerónimo. Quiero suponer que la invocó en sueños. Que decidió llevársela para cuidarnos a  Stella y a mí desde su orilla definitiva. No me atrevo a desafiar a las Moiras, con reproches. Girando a babor, en medio de su océano, la querida amiga no volvió a nuestra playa. ¿Habrá llegado a la roca? Igual haremos una función de teatro  semimontado para celebrarla. Susy. Querida amiga. Necesitamos convocarla y despedirla desde el escenario. Y exorcizar un poco el face que se ha convertido en obituario de estos tiempos. A los teatristas nos gusta que nos despidan desde el aplauso.

Nuevamente 20 de marzo del 2020.

Sé que Lore Vega se preparara para los aplausos en vivo, desde el retorno presencial con aforos reducidos de Yo, Encarnación Ezcurra. Cuando la vea, le diré, que su espíritu no aparenta querer irse de estos confines. ¡Joder con las bravas de esta tierra!

No sé si hace frío o calor, porque en mi habitáculo siempre hace la misma temperatura.

Este encierro es un viaje de ascensos y descensos. La mitología, como dice Campbell, es una travesía interior. Un viaje de reconocimiento de las propias profundidades, de las propias resistencias, donde habitan fuerzas olvidadas y perdidas. El héroe siempre derrota a sus monstruos. No es una batalla física. Es una victoria de comprensión. De conocimiento.

Desde que comenzó la pandemia tengo una fijación con el Minotauro. ¿Cómo llegar al corazón del monstruo encerrado en el laberinto?

Siento que la humanidad está esperando la muerte del Minotauro, el monstruo pecaminoso hijo de un toro sagrado y una reina ambiciosa. Minotauro, el hijo del pecado de soberbia. Minos, el poder que se cree Dios. La reina Pasifae, la otra cara de la disputa del poder. Dédalo el arquitecto artífice tanto del laberinto, cuanto del arnés en forma de vaca para que la reina pudiera copular con el toro. Minos quiso engañar a los dioses quedándose con el toro sagrado. Pasifae celosa del amor de su esposo por el toro quiso ser poseída por ese dios. De la unión, un monstruo mitad hombre mitad bestia. Mutante de una nueva progenie. Minotauro, el hijo de la soberbia de desafiar dioses y naturalezas. Dos reyes angurrientos de poder y un armador, Dédalo. Propiciador del nacimiento y del relato de encubrimiento. El constructor del laberinto de lo que no debe saberse. Para no minar los cimientos del poder que no sólo engendró al monstruo sino que lo alimentó periódicamente, con sangre de jóvenes inocentes. El ocultamiento de lo monstruoso y el culto a lo monstruoso. La vergüenza de lo monstruoso y la glorificación de lo monstruoso.

Siento que el cuento del minotauro encierra el desafío en el que estamos encerrados.

 ¿Hemos sido Minos y Pasifae desafiando poder? ¿Hemos sido Dédalo, construyendo las cárceles sagradas donde encerrar verdades eternas, ideologías fanáticas como religiones con dioses absolutos y opresores?

¿Nos animaremos a encarnar la dupla de Ariadna y Teseo?

Será bueno no dejarse dominar por el relato de monstruos que de tan ocultos, los creemos inofensivos. No siempre nos atrevemos con el laberinto de nuestras propias sombras, ¿qué monstruo interno devora nuestros propios recursos como sujetos? ¿En virtud de qué espejismo copulamos con la bestia sagrada intentando reproducir divinidad eterna? ¿Qué sucede si se deja de alimentar esa ilusión? ¿Qué sucede cuando dejamos de alimentar nuestras propias fábulas? Sí, hay un laberinto. Hay un monstruo. Hay una arquitectura perfecta que lo oculta. Hay necesidad de alimentar a la bestia. Hay miedo de tomar el hilo de Ariadna y llegar hasta el centro.

Hay miedo a que quizá como dijo Borges el Minotauro ni siquiera se resista.[xxiv] Hay miedo a lo mejor a enfrentarse no a la fortaleza de la bestia que alimentamos, sino a su debilidad,  la debilidad de lo que creímos tan fuerte. Y eso duele. Ver que quizá se derribe fácil. Que lo que creímos firme, estable, verdadero, ideológicamente correcto, sea un monstruo efímero concebido entre la pasión y el deseo de ser más todopoderosos que  dioses a los que no temíamos, simplemente porque ni siquiera los conocíamos.

¿Y si el monstruo son recuerdos que piden ser liberados? Las Lucías. Siempre me releo en mis diarios.

“Camino por una calle real, o por una calle que imagino que la camino mientras la escribo, mientras tiro a un blanco fijo, no importa si es una lata o un sujeto, un blanco es un blanco y punto, camino, camino, camino, mientras la calamidad llora porque quiere ser una mujer y no sabe cómo. Atravieso  las páginas que escribo, de un renglón brotan  fusiles, vientres abultados de parturientas tiemblan. Camino, corro, me caigo, me detengo.  Nada es real, nada, ni lo que escribo, ni lo que recuerdo… Los recuerdos eructan: Para las revolucionarias, está prohibido comer postre, pintarse los ojos, tener amantes, tenés que ser íntegra, perfecta y eterna como el sueño de una revolución para todos  y dar la vida…Los recuerdos  se ponen en fila y me apuntan con dedos esqueléticos y comienzan a acorralarme. Vos sos un recuerdo me gritan, lo escupen. ¿Yo un recuerdo’? Un recuerdo que recuerda…”[xxv]

Pasan muchos días.

Nuevamente es 20 de marzo del 2020.  

Pasó tiempo desde el 20 de marzo del 2020  en el que el dios griego, de Villa Fiorito, Diego Maradona partió dejándonos la certeza de que los dioses paganos mueren sin creer que ello pueda ser cierto. Los dioses no están exentos de morir, sobre todo cuando ya se sienten débiles para seguir construyéndose alas de inmortalidad. Maradona y otra vez Dédalo. ¿Habrá sido Dédalo el artífice de las alas de cera del diez? Lo veo al Diego como un Ícaro furioso rugir, “yo no moriré nunca”, mientras vuela hacia el sol que inevitablemente derretirá sus alas.

Hace poco, otro 20 de marzo del 2020 como hoy, mi amigo Julio Carpinetti, dejó de latir en su celular. Hoy la gente es una pantalla que se apaga.  

Todo saldrá bien, le escribí. Gracias por estar ahí, me escribió. Ahí es lo digital. Uno existe digitalmente. Ahí, yo. Ahí, él. Todo es distancia. Siento como en el cuento de Andersen, la Reina de las nieves, que una astilla de hielo se me ha clavado en el ojo y en el corazón. Gracias por estar ahí. Última señal. La esperanza se ha congelado, porque no emite latidos aunque una escriba como si fuera un gesto cierto un mensaje de todo saldrá bien. Todo saldrá bien, todo saldrá bien.  Mensajes como botellas al mar.

Todo saldrá bien. Te esperaré haciendo taichí bajo los árboles amigo. Él ya no responde, pero yo sé que lo digital es la antesala de la telepatía y que mi mente es poderosa y entonces mi mente todopoderosa emite señales de todo saldrá bien y todo se pierde amigo del alma porque la mente también se evade y se va del cuerpo mientras cumplo religiosamente con el ritual de inventarme una vida digna como me aconsejó Zizek, y haciendo taichí bajo los árboles intento descifrar la incógnita que cantan los pájaros. La flor sabe cuándo caerá el árbol, cantan.

Me sumerjo en la bienvenida de la nada, del no ser verdadero. Julio, como mis muertos amados se volatiliza como semillas en la nada infinita. No siento tristeza. Siento paz. Es mi modo de matar la muerte y sentirme viva, es decir, mortal.

Sigo haciendo taichí bajo los árboles. ¿La naturaleza es mi anfitriona? ¿Yo soy su huésped?

Todo es amable en la nada como dice Han en su libro sobre el budismo zen. Todo fluye.

La nada no es. La nada es. No siento ni el movimiento del cuerpo, ni el viento, de modo que ni el cuerpo ni el viento me sienten. La nada si algo es, es que es recíproca. La cara de las cosas, los nombres, y hasta los rascacielos… Ni yo soy espejo para ellos, ni ellos para mí.

Es  difícil pretender un sentido desde la nada amable que soy.

Todas las palabras hacen taichí conmigo. Respiran, extienden sus  trazos, cargan la energía del chi. El lenguaje de todos los idiomas nada en el aire.

En el fondo del lecho de un río esqueletos florecen nenúfares. Y allá van, rumbo a su apocástasis, rumbo a su origen.

¿Habrá delfines en el Delta?

Ninguna nieve humana es eterna creo escuchar que dicen los pájaros.

Dentro de poco, comenzará un nuevo año.

Cristina Escofet
                                              Dramaturga. Profesora de filosofía.
Investigadora en temas de género.


[i] Camus, Albert: La Peste.Gallimard. France, 1972, pags .51, 52. Mi trad.

[ii] Campbell, Joseph: El héroe de las mil caras, psicoanálisis del mito. F.C.E,Bs.As., 1997, pag.15

[iii] Escofet, Cristina: Las Lucías. Pieza teatral, inédita.

[iv] Zizek Slavoj: Pandemia. La covid-19 estremece al mundo. Anagrama, España, julio 2020, Pags: 130,131.

[v] Camus, Albert. Op.Cit. Pag 42. Mi trad.

[vi] Perry, John Weir: La individualidad: una tarea espiritual y un azar social, en: Stanislav Grof y otros: La evolución de la conciencia. Kairós, Barcelons, 2003, pag.135.

[vii] Op.Cit. Pag,136

[viii] Cfr.Virilo, Paul: El accidente original. Amorrortu ediciones. Argentina, 2005.

[ix] Escofet, Cristina: La Roca en: Teatro memoria y subjetividad. Ed. Nueva Generación. Bs.As, 2015, pag.162.

[x] Cfr.Hermano Steindl Rast, David: Consideraciones sobre el misticismo como frontera de la evolución de la conciencia, en Stanislav Grof y otros: La evoluciónde la conciencia.

[xi] Tarot de Osho.

[xii] C.G.Jung: Acerca del aspecto psicológico en la figura de la Core, en C.G. Jung y Karl Kerényl:Introducción a la esencia de la mitología, Siruela Ed. España, 2012, pag.192.

[xiii] Op.Cit. Pag 192.

[xiv] Ibidem, 193.

[xv] Ibidem, 194.

[xvi] Cfr.  White, John: Jesus, la evolución y el futuro de la humanidad, en: Stanislav Grof y otros: La evolución de la Conciencia.

[xvii] Cfr. Kornfield, Jack: La vida budista y la responsabilidad social, en: Stanislav Grof y otros: La evolución de la Conciencia.

[xviii] Kornfield, Jack, Op. Cit. Pag. 200.

[xix] Cfr.Agamben Giorgio: Estado de excepción, Adriana Hidalgo editorial, Argentina, 2019.

[xx] Han, Byun-Chul: La sociedad de la transparencia. Herder, Barcelona, 2013, pag. 90.

[xxi] Op. Cit. Pag. 13

[xxii] Cfr.Butler, Judith: Cómo vivir ahora, en: Pensar en tiempos turbulentos, 2da parte. Maestría en Vínculos, Familia y diversidad socio cultural del Instituto Universitario del Hospital Italiano, Buenos Aires, 16 de setiembre del 2020. Fuente: Internet.

[xxiii] Tesanovic, Jasmina: El diario de Jasmina. Jasmina Tesanovic. Testimonio de una mujer sobre la guerra de Kosovo. Sudamericana, Bs.As, 1999, pag.17

[xxiv] Cfr. Borges,Jorge Luis: La casa de Asterión.

[xxv] Escofet, Cristina. Las Lucías, pieza teatral, inédita.