Revista Florencio

EVOCACIONES

Dante, poeta entre dos mundos

Poeta notable, escritor y periodista cultural muy destacado, Jorge Aulicino es, además, el último de los traductores al castellano de una nueva versión de La Divina Comedia. En virtud de esta circunstancia, y de cumplirse en 2021, el aniversario número 700 de la muerte de Dante Alighieri, Florencio pidió autorización al poeta para poder transcribir el prólogo a su trabajo de traducción, que todavía no está publicado en libro, pero en lo estará en los próximos meses con seguridad. Contando con su aval, nuestra revista lo publica en primicia absoluta


La obra maestra de Dante Alighieri (Florencia, 1265-Ravena, 1321) fue escrita en un tiempo de cambios y violencia como pocos de la Edad Media, que fue pródiga en ambas cosas, aunque el clisé renacentista insista en describirla como 1000 años de oscuridad. La Divina Comedia, o Comedia, pues el calificativo le fue dado casi un siglo después, es precisamente síntoma, reflejo y crítica de esos cambios, pero dada la índole de su contenido y los distintos planos en que puede ser leída, trasciende el papel de documento histórico, de panfleto contra la corrupción de la Iglesia y contra los pecados de los políticos, conductores y ciudadanos de a pie, contemporáneos de Dante, para convertirse en una de las mayores metáforas del mundo terrenal y de las más grandes obras de imaginación.

La Comedia es tan vasta, tan llena de historias narradas brevemente, incluso a veces como epigramas -Pía Tolomei resume su paso por la vida en un solo verso del Purgatorio: Siena me hizo, me deshizo Maremma-, que como aventura fantástico-realista lineal ya es convincente. Para entender aunque más no sea este plano del poema, conviene tener en cuenta algunos datos sobre Dante, su ideología y su tiempo.

Dante Alighieri era hijo de un prestamista. Tal vez pensara que su padre había ejercido esta profesión con dignidad. En el infierno, en cambio, pudo ver a varios usureros, con sus bolsas de dinero colgadas del cuello. La usura define la época y el espacio que le tocaron a Dante. Florencia era una ciudad burguesa de las más ricas de Italia. A diferencia de Venecia o Nápoles, que se enriquecieron por el comercio marítimo, Florencia logró su prosperidad en el siglo XIII sobre la base del interés bancario. Una de las familias influyentes de la ciudad en tiempos de Dante fue la de los Cerchi, los banqueros más ricos de Italia y tal vez de toda Europa en aquel tiempo. Los Cerchi tuvieron que ver grandemente con los hechos que precipitaron el exilio de Dante en 1302.

En noviembre 1301, el ejército de una de las facciones políticas de la ciudad, encabezado por Corso Donati y respaldado por las tropas del francés Carlos de Valois, todos con la venia del papa Bonifacio VIII, tomaron la ciudad y las propiedades de sus enemigos, entre los que se contaban los Cerchi. Hasta ese momento, Florencia era una república, cuyos gobernantes los elegían los seis gremios más numerosos de la ciudad. En el gobierno formado por seis priores, cuyo mandato era de solo dos meses, convivían malamente los dos bandos en que se había divido el partido del Papa, el de los güelfos. Había güelfos moderados, llamados blancos, y güelfos intransigentes, conocidos como negros. Los Cerchi respaldaban a los blancos. Dante también se reunía con ellos, decepcionado y preocupado por el nivel de corrupción al que había llegado el papado. Esta preocupación se convertiría incluso en temor a que la Iglesia perdiera su influencia espiritual, como puede verse a lo largo de la Comedia, pero especialmente en “Paraíso”, en cuyos cantos se asume a menudo la idea de un regreso a la doctrina y a la fe, a la pobreza y a la catequesis, pues incluso desde el púlpito se mentía y los dignatarios casi ni leían los Evangelios. Dante terminaría simpatizando con la otra gran facción política italiana, la de los gibelinos. Estos defendían la adscripción de Italia al Imperio Romano-Germánico, a su vez conmovido a menudo por luchas feudales. En tanto, la nobleza francesa realizaba una política de expansión. De hecho, había instaurado una línea de sangre, la de los Anjou, en Nápoles, y Felipe IV, el Hermoso, se apoderó literalmente del trono de San Pedro a comienzos del siglo XIV: nombró su Papa y lo instaló en Aviñón, situación alegorizada en el final de “Purgatorio”.

Jorge Aulicino es el último de los traductores al castellano de una nueva versión de «La Divina Comedia» (Foto de Leticia Scattini)

Dante integró el priorato a fines del siglo XIII, como miembro del gremio de “especieros y poetas”. Se quiere creer que el agregado de “poetas” al nombre del gremio de los boticarios fue solo para que Dante se incorporara a alguna de las corporaciones e integrara el priorato. Había iniciado un período de actividad política intensa luego de la casi reclusión que se impuso para leer y reflexionar tras la muerte de Beatriz Portinari, la mujer de quien declaró -en la Vita nuova– haberse enamorado a los nueve años. Beatriz solo una vez habló con Dante, pero bastó siempre su imagen para que el poeta la convirtiera no solo en su gran amor sino en símbolo de sabiduría y la espiritualidad en “Purgatorio” y “Paraíso”.

Como integrante del priorato, Dante pasó por una enojosa situación: blancos y negros habían cruzado armas en las calles -esto solía suceder entre facciones de distintas familias- y los priores, bajo gran presión de la Iglesia, decidieron desterrar a un grupo de notables, integrado en partes iguales por blancos y negros. Entre estos últimos estaba Guido Cavalcanti, el poeta metafísico más complejo del llamado dolce stil novo. Además, era uno de los mejores amigos de Dante. Las diferencias políticas acaso los habían distanciado, pues Cavalcanti era güelfo negro, pero la decisión de desterrarlo no debe haber sido fácil para el Alighieri. Guido Cavalcanti estuvo muy poco tiempo en el destierro a unos 100 kilómetros de Florencia. Enfermó y se le permitió regresar a su ciudad, donde murió en el verano o el otoño de 1300. Dante quiso encontrarse con el padre de Guido en el infierno, y allí, luego de hacer una mención al desdén que supuestamente el hijo tenía por Virgilio, no respondió a la demanda sobre si Guido seguía vivo, pero le dejó dicho al padre que aún lo estaba, lo cual es coherente con el momento en que Dante ubica la acción de la Comedia: la primavera de 1300.

La obra mayor de Alighieri puede verse como producto y proyecto de superación de todos estos conflictos, pues apela a la justicia divina para sancionar o exaltar a los hombres y mujeres de su tierra y a muchos de Europa; procura la regeneración de la Iglesia y el credo y propone la unificación de Italia. Es probable que haya comenzado a escribirla alrededor de 1308 y seguramente la terminó poco antes de su muerte en 1321. Pero además la respuesta de Dante a su tiempo y a su propia penuria de exiliado errante -protegido de distintas familias en distintas ciudades- ha sido una grandiosa obra de representación de aquello que la doctrina cristiana apenas describía: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, en términos absolutamente realísticos y con una dinámica narrativa que decididamente escapaba al modelo clásico.

Mientras redactaba esta obra que viajaba entre sus papeles de una ciudad a otra, Dante buscó depositar su esperanza en un líder que venciera a los partidarios del Papa y unificase a Italia (idea que tardaría seis siglos en realizarse). A veces creyó encontrar a ese caudillo, pero nunca lo vio coronado. Entre tanto, avanzaba con la Comedia, y al mismo tiempo que exaltaba una organización espiritual más allá del mundo sublunar, sentaba sin pensarlo el esquema de las colecciones de relatos que sobrevinieron, comenzando por Decamerón, de Giovanni Boccaccio, que tiene raíces en el infierno grotesco desplegado por Dante en la segunda decena de cantos del “Infierno”.

Boccaccio admiró incondicionalmente a Alighieri, hizo su propia copia de la Comedia y fue su primer comentarista identificado y el primero en organizar lecturas públicas del libro. La Comedia era parte del compromiso político y mortal de Dante -y quizá la parte más importante-. Esto incluye el hecho de que el libro estuviera escrito en “lengua vulgar”: el toscano que hablaba la gente letrada y no letrada. Los letrados, excepto el grupo de poetas del dolce stil novo y el de los poetas burlescos, escribían en latín. Por eso Dante veía a los trovadores provenzales del siglo XII como sus padres literarios directos, no en el idioma, sino en la elección de la lengua hablada.

Pese a que esta elección indica cuál era el lector al que se dirigía y su afán de ser entendido, por alguna razón, en medio de la construcción de la obra, se vio en la necesidad de explicarla. Una carta a su protector en Verona, Cangrande dalla Scala -considerada auténtica luego de siglos de controversia- explica que la Comedia tiene tres significados (lo que hoy llamamos “niveles de lectura”): el literal, el alegórico y el anagógico (trascendente o místico).

“El asunto literal de toda la obra es simplemente el estado de las almas después de la muerte”, dice. Y es posible encontrar en ese estado situaciones alegóricas, situaciones morales y situaciones que remiten a un significado doctrinario o político. El modo de combinar, eventualmente, las distintas lecturas, lo explica con un ejemplo: “Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob, de un pueblo bárbaro se convirtió Judea en su santificación e Israel en su poder [Salmos, 114]. Si nos atenemos solamente a la letra, se alude aquí a la salida de Egipto de los hijos de Israel en tiempos de Moisés; si atendemos a la alegoría, se significa nuestra redención realizada por Cristo; si miramos el sentido moral, se alude a la conversión del alma desde el estado luctuoso del pecado hasta el estado de la gracia; si buscamos el sentido anagógico, se quiere significar la salida del alma santa de la esclavitud de esta, nuestra corrupción, hacia la libertad de la eterna gloria. Y, aunque estos sentidos místicos reciben denominaciones diversas, en general, todos pueden llamarse alegóricos por ser distintos del sentido literal o histórico. Pues el nombre de alegoría procede del adjetivo griego alleon, que en latín significa extraño o distinto.” *

Hoy nos resulta claro que el simple sentido literal o histórico es ya tan extraordinario y está tan bien tramado que se llega al planteo espiritual sin necesidad de atravesar las aguas con un diccionario. Esto es debido en gran medida a la forma: la herramienta primordial la constituye la reelaboración del clasicismo, del que Dante había tomado sus modelos. O sea la decisión de narrar una aventura espiritual en lenguaje -léxico, analogías, parábolas- casi siempre cotidiano, y mantener un hilo narrativo constante y dinámico. Al reseñar en qué se diferencia su obra de la tragedia, dice: “Igualmente se distingue en el estilo; elevado y sublime en la tragedia; tranquilo y humilde, por el contrario, en la comedia, como aconseja Horacio en su Poética.” Donde se comprueba que todo aquello que ha hecho contemporánea una obra, la hizo contemporánea para siempre.

Unas las últimas obras de Dante fueron dos églogas en las que respondió al erudito Giovanni del Virgilio, quien le había pedido que tradujese la Comedia al latín. Dante mantuvo su decisión de dejarla escrita solo en toscano, la lengua familiar de su tierra.

Jorge Aulicino