Revista Florencio

TEATRO. UNA DE LAS PREMIADAS POR LA ENTIDAD: GINNA ALVAREZ PEDRAJO

“Cuando escribo sigo pensando en ritmos”

Ginna Álvarez Pedrajo

Artista de refinada sensibilidad y que ha practicado diversas actividades estéticas (profesora de piano e inglés, fotografía, diseño multimedia, etc.), la dramaturga mexicana Ginna Alvarez Pedrajo, 35 años y egresada de la EMAD en 2018, fue premiada hace unos meses por Argentores por su obra teatral Conjura para cazar venados, en el Segundo Concurso Nacional para Egresados de Carreras de Dramaturgia de Escuelas Públicas, compartiendo ese galardón con otros dos autores: Carlos Maria Scappatura y Pedro Gundesen. El jurado estuvo formado por Lucía Laragione, Roberto Perinelli y Jorge Graciosi. Ginna, nacida en el Distrito Federal de México, vive desde 2014 en Buenos Aires y entre otros textos ha escrito el libreto de Duerme, Darwin, una nanópera, compuesta por el músico Matías Padellaro; La escala animal, en colaboración con otro autor; y la obra premiada por Argentores. En la actualidad, escribe el guion de un thriller televisivo para Pampa Films con la autora María Maira. En una lúcida entrevista concedida a la revista Florencio hace un recorrido por sus años de vida dedicados al arte, tanto en su país natal, como en la Argentina, empezando por cuando sus padres la llevaban a ver teatro musical en el Distrito Federal, que es lo que la enamoró desde el principio del teatro y le hizo participar en su país de obras de Bertolt Brecht y Kurt Weill y también un pequeño papel de la ópera Rigoletto. También incluyó anécdotas de su estadía en Guanajuato y su participación en los famosos Festivales Cervantinos de ese lugar.

Sé que nació en México, en el Distrito Federal y que vivió allí varios años de su niñez. Y que en algún momento se trasladó a Guanajuato donde pasó gran parte de su adolescencia. Cuénteme todo lo que le parezca significativo de esa etapa de su vida, que según la oí recuerda con mucho cariño.

Yo crecí en la ciudad de León, en Guanajuato. Mis memorias más queridas del Distrito Federal y Estado de México son de la casa de mis abuelos, que fue también como mi propia casa de la infancia, con mi madre. Pero en León tuve la suerte de encontrar muchos de los afectos más queridos en mi vida y también los que más me influenciaron intelectualmente en la adolescencia. León es una ciudad relativamente pequeña, y la comunidad artística es casi como una familia con sus códigos internos, sus antagonismos y sus colaboraciones. Encontrar pares que sufren y gozan de los mismos síntomas que uno es algo importante. Se esté donde se esté. Pero más aún cuando la práctica misma del teatro en una ciudad está sostenida por unos pocos. Yo en León entendí lo que era cancelar una función por falta de espectadores, pero también la gratificación de ver cualquier espacio como un potencial escenario. Trabajé con compañeros que me enseñaron mucho sobre el oficio. Lo que era dar una función en un mercado, en un hospital, en una fábrica, en un baño. Hoy mantengo una relación fraterna con todos ellos y siento vivo el deseo del reencuentro.

«La vida no vale nada», Festival Internacional Cervantino 2013

¿Iba entonces al teatro seguido en su juventud? ¿Asistió en Guanajuato en algún momento a los ya famosos Festivales Cervantinos? ¿Hubo alguna obra u obras que en esos encuentros la impactaran especialmente o que dejaran alguna huella?

Creo que a mí el teatro me entró primero por el oído. Cuando era muy chica, mis padres me llevaban a ver los grandes musicales en el Distrito Federal. Me llevaban tal vez suena como a un ritual familiar de cada domingo. La verdad es que no sé si me llevaron tantas veces, pero sí que las que se concretaron fueron muy significativas. A partir de ahí me resultó natural pensar que iba a ser parte de ese mundo. Hace unos meses, una prima muy querida que me lleva varios años me envió la foto de una carta que le hice cuando aprendí a escribir. La carta cerraba con una de expresión de deseo:  “Espero jugar al teatro” y un dibujito de arcoíris sonriente y toda la cosa. Me sorprendió verlo porque no tengo presente el momento justo en el que entendí que existía una cosa bonita que se llamaba teatro. Pero me gustó pensar que para mí era un juego y en gran medida me sirvió de recordatorio: Ah mira, de veras que es un juego, no te angusties.  Al Festival Cervantino tuve la suerte de asistir como espectadora y participante en varias ocasiones. Para nosotros era la oportunidad de acceder a propuestas que de otra forma nos resultaban inaccesibles, como ver al Deutsches Theater, los espectáculos japoneses de Bunraku, las puestas de Peter Brook. Pero también la de encontrarnos con una multiplicidad de creativos periféricos al canon y compartir con ellos nuestro propio trabajo. Tanto de unos como de otros aprendí y gocé mucho.

¿En qué año decidió venir a la Argentina y por qué? Creo haberle escuchado decir en un reportaje difundido por Internet que vino a cursar una carrera universitaria. ¿Es así? ¿Fue la carrera de comunicación? ¿Y cuándo estudio dramaturgia en la EMAD? ¿Fue simultáneo con la primera carrea o después?

Estuve en Argentina en el 2009. Iba a hacer un semestre de la carrera de comunicación que yo estaba cursando en México, pero enfermé y, en vez de universidad, terminé de paseo por varios hospitales de Capital Federal. Como tuve que volver de emergencia a México, me quedé con la sensación de que Buenos Aires y yo teníamos una cuenta pendiente. Y en el 2014, ya bastante tiempo después de terminar la carrera en México, me decidí a volver. Y acá estoy, contenta de haberme permitido la vuelta y habiendo confirmado que era lo que correspondía. En la EMAD cursé dramaturgia da partir de 2016 y egresé en el 2018.

Usted ejerce la docencia y también la fotografía (y no sé si otra actividad). ¿Podría relatarnos algo de esas experiencias en la enseñanza y artísticas? ¿La docencia está ligada a alguna materia de la carrera de Comunicaciones?

Voy a hablar de mis actividades actuales, porque lo cierto es que la entrevista a la que usted se refiere fue contestada en un contexto de pandemia, en un momento en el que mis actividades fueron muy diversas y atípicas. Actualmente trabajo como guionista en un proyecto de serie televisiva, un thriller para Pampa Films, colaborando con María Meira, quien me convocó, y ha sido para mí una compañera inspiradora, muy generosa en todo lo que me ha enseñado. Ella tiene mucha experiencia en la escritura para cine, y soy muy afortunada de estar cerca de sus procesos. Arrancar esta escritura durante la pandemia, cuando los teatros cerraron, fue algo sumamente importante para mantener la cabeza despierta y distraída de la fatalidad y la pérdida del mundo que conocíamos. Antes de la pandemia, he tenido el privilegio de trabajar desempeñando una gran diversidad de actividades, y todas ellas por elección. La fotografía, el guion, la musicalización, la enseñanza de piano e inglés, el diseño de multimedia para espectáculos escénicos, la dirección escénica y la actuación. Hace tiempo me daba pudor hablar de mi vida profesional, pensaba que era poco serio ejercer en áreas tan diferentes, sin especializarme. No fue una decisión consciente, es algo que la vida me ha permitido, que todas esas actividades me puedan servir de oficio y que se me convoque indistintamente para una u otra. Fue cuando empecé a dirigir que me di cuenta que esa diversidad que veía como una falla, podía ser una virtud que me permitía tener una mirada propia de las diversas partes de la puesta en escena y sentirme cómoda trabajando con distintos lenguajes. Cuando yo hago foto, sigo pensando en términos teatrales. Y cuando escribo, sigo pensando en ritmo. No hago distinción en la manera en que abordo un proceso u otro.

Dentro de su obra escrita, registro dos trabajos: uno para teatro musical, la nanópera Duerme, Darwin, junto al compositor Matías Padellaro, y Conjuro para cazar venados, premiada hace poco tiempo por Argentores. ¿Hay algún otro texto que haya escrito por esos años, se haya estrenado o no, al que se quiera referir? ¿O está escribiendo alguno nuevo?

En el 2019 estuvo en cartel La Escala Animal, un texto que escribimos en colaboración Gabriel Graves y yo para La Polenta Teatro, una agrupación que dirigí por cinco años, y que ha sido un espacio de gran crecimiento y contención para mí. Eran seis monólogos escritos pensando específicamente en los actores de La Polenta. Con aroma de fábula, se tocaban temas como la amoralidad de la naturaleza, la libertad, y el fracaso. Fue un espectáculo con una recepción muy linda por parte de los espectadores. Antes de la pandemia estábamos por llevarla a un festival muy bello que se organiza en Entre Ríos. Teníamos las valijas hechas y el vestuario planchado, pero ya sabemos lo que pasó. También en el 2019, estuvo en cartel La Gayo, una obra de clown para la que hice una pequeña colaboración. Fue un proceso diferente, pues ahí en realidad la dramaturgia la decide el cuerpo sabio del clown, y uno disfruta del vértigo de entregarse a eso. Le agradezco mucho a ese equipo su confianza. Actualmente estoy trabajando en un texto que, como Duerme, Darwin, tiene el sabor de un cuento distópico intimista.

Escenas de «La escala animal»

¿Cómo nació la idea de escribir Duerme, Darwin? ¿No le resultó difícil adaptarse al teatro musical? ¿Y cree que es un campo en el que le gustaría seguir escribiendo? Descríbanos un poco de que se trata la historia del personaje de la obra, que usted definió como un Pinocho al revés, o sea alguien distinto a la marioneta de madera creada por Carlo Collodi.

Los cuentos infantiles tienen la potencia de los grandes mitos, que nos siguen hablando a través de los tiempos de las zonas más características de la condición humana. Pinocho en resumidas cuentas es la historia de todos nosotros, que necesitamos que las experiencias de la vida nos conviertan en una persona de verdad. Y de verdad quiere decir para mí: conscientes de nuestras contradicciones y zonas negadas de profunda oscuridad, reconocedores de los hilos que nos mueven. Para poder ser un niño de verdad, Pinocho tiene que escuchar a su conciencia. Más aún, tiene que internarse en el estómago de una ballena monstruosa. Su estancia en esa negrura nos recuerda por ejemplo, la imagen de Jesucristo en el desierto, la caverna platónica, o por qué no, a Luke Skywalker viendo su propio reflejo cuando entrena para ser un jedi. Son imágenes muy potentes que nos hablan de un necesario periodo en la vida de una persona en el que se duda de todo. Es un momento de retiro, soledad, y reflexión. Hoy en día, a muchos artistas la pandemia nos ha obligado a transitar una especie de retiro desértico semejante en el que nos replanteamos nuestra vida y elecciones. Eso es lo que tienen estas historias, nunca dejan de hablarnos. Por eso, para cualquier dramaturgo, son una fuente inagotable de imagen. Es gracioso, porque los mitos aparecen incluso en las estéticas que reniegan de ellos. Incluso en las estructuras más rotas salen a asomar la cabeza.  

Para Duerme Darwin, se me antojaba pensar en un Pinocho invertido: la deshumanización que viene de la mano del post-humanismo. Es un cuento agridulce sobre dos científicos, interpretados por un tenor y una mezzosoprano, que quieren optimizar a un niño, Alex. Es decir, corregir todo aquello determinado como una falla en su cuerpo, en su cerebro o en su personalidad. Creo que la óptica de la obra es bastante fatalista, pese a que personalmente creo en las bondades de la tecnología. Hoy la tecnología médica es nuestra esperanza para triunfar sobre un virus mortal. De todas formas hay otra voz de la tecnología que vuelve inevitable preguntarse ¿quién va a decir hasta donde? Para expresar esas inquietudes, trabajé con la idea del enigma de Teseo: si reemplazamos de una por una las partes de un barco ¿Sigue siendo el mismo barco? …Si reemplazamos lo que constituye a un ser humano, ¿sigue siéndolo? Claro que en la ópera ha habido cruces maravillosos con la ciencia ficción, como Los Cuentos de Hoffman, pero me gustaba mucho la idea de tratar un tema contemporáneo, como la manipulación genética, usando un lenguaje como la ópera, que uno podría imaginar como un ancestro solemne de las artes escénicas. No me resultó difícil adaptarme a la idea de escribir pensando en la musicalidad, porque siento que la música siempre ha sido un germen para mi trabajo, y por suerte sé leer partitura. Matías Padellaro me enviaba su trabajo de composición y yo podía juguetearlo en mi piano para darme una idea de cómo se iba a escuchar. Claro que fue muy diferente escucharlo de verdad, con los cantantes y los músicos. Ahí fue como encontrarme con el texto por primera vez. Fue una experiencia muy grata y me encantaría repetirla.

Frente a los avances deshumanizadores de la tecnología, ¿qué plantearía?    

Como dije, creo en las bondades de la tecnología, pero no hay que permitirle demasiadas confianzas, porque si uno se descuida se vuelve una amiga posesiva, y en poco la tiene durmiendo en su cama, eligiéndole la ropa, la comida y los amigos. Hoy en día el celular es una prótesis de nuestro cuerpo, casi como un bypass que se ha vuelto necesario. Pero hay que tenerlo en la mira. La pólvora la inventaron los taoístas que buscaban la inmortalidad y hoy se usa para matar. La velocidad de las redes, por ejemplo, es algo que siempre me ha inquietado. Hoy se puede destruir la reputación de alguien difundiendo un video íntimo, eso se sabe. Pero también se puede hacer un mal uso de ella pensando que uno tiene las mejores intenciones, la razón, que uno está del lado de la justicia. Los juicios mediáticos siempre me han angustiado. No es que no los entienda como síntoma de la injusticia, pero creo que hay procesos de pensamiento que demandan un cocido lento. Las redes nos habilitan una velocidad a la que no podemos pensar con claridad. Y cincelan todo en una superficie en la que no hay retractación posible. Por supuesto también está el tema de la democratización de la tecnología. En la revolución industrial ya pasamos por el amargo proceso en que las personas dejaron de verse reflejadas en su trabajo para, en cambio, dedicarse a ajustar un tornillo ad infinitum. Sabemos que viene otro gran cambio acelerado por la pandemia, en la forma de concebir el trabajo. Ese cambio traerá consigo bondades y perjuicios. La pregunta es ¿quiénes son los que van a recibir esas bondades?

Me gustaría ahora que se refiriera un poco a Conjura para cazar venados. Primero quería confesarle que me pareció un trabajo formidable. ¿Cómo surgió esta historia en su cabeza? ¿Cuándo la escribió? ¿Qué problemas de los muchos que plantea la obra le aguijoneaban más en la cabeza a la obra de escribirla? ¿Hay ciertas formas de la conducta del hombre hacia la mujer -de la apropiación sexual sin consentimiento, por ejemplo- que remeda la violencia de la caza del venado, cierto modo de la brutalidad con que se victimiza a la presa?

«Creo en las bondades de la tecnología, pero no hay que permitirle demasiadas confianzas, porque si uno se descuida se vuelve una amiga posesiva»

Ginna Álvarez Pedrajo

Muchas gracias por lo que me dice de la obra. La imagen disparadora vino de la mano del relato de una actriz de Ecuador con la que trabajé, Isadora Fonseca. Ella me contó brevemente que cuando era adolescente, su padre le regaló un arma, una pequeña Deringer. Me resultó muy estimulante la anécdota, y me detonó imágenes propias sobre los vínculos familiares, la masculinidad y la vejez. La obra la escribí en el último año que cursé en la EMAD, en el taller de Mauricio Kartun. Fue un contexto muy positivo para la escritura, y con el aliento de mis compañeras y compañeros, que fueron mis primeros lectores. En México, la cacería del venado tiene una carga simbólica compleja y fascinante heredada desde tiempos prehispánicos. Creo que en esa imaginería hay mucho de lo que dice usted. Hay violencia ritualizada y una metáfora que nos habla de cómo era concebida la conquista sexual, que hoy nos resulta tan anacrónica. Los hombres y las mujeres tienen su dosis de brutalidad en el campo de la intimidad, aunque se manifieste de formas muy distintas. En eso, quiero creer que Rafael, es una víctima más dentro de ese sistema de gestos arquetípicos de lo masculino.

Confieso que me angustia cuando se condena a una generación entera por gestos que le han sido heredados y enseñados. Hay una cultura que reniega de lo viejo y eventualmente va a estrellarse con su propia vejez.  En algún momento escuché a muchas personas inteligentes y articuladas en materia de violencia de género hablar con muchísimo desprecio hacia las generaciones de sus abuelos. Las discusiones comienzan a exceder el ámbito de los comportamientos para centrarse en  señalar a los sujetos que cometen ese comportamiento. Pero yo no puedo formatearle la cabeza a un hombre o una mujer de ochenta años que tienen otra concepción diferente de la forma de vincularse. No puedo ni siquiera formateármela yo misma. En eso, quiero creer que la obra tiene una mirada empática hacia Rafael, que en su tránsito por la enfermedad y la vejez, está obligado a volver a reconocerse. Ésta última reflexión la puedo hacer ahora que la obra ya está escrita, no fue algo en lo que me detuve antes de escribir ni durante el proceso. Me cuesta mucho pensar la escritura partiendo de una especie de mensaje ético o político que quisiera dar o del que quisiera convencer. No me planteé como una tarea ni como una misión hablar sobre la violencia ni sobre la masculinidad. Eso para mi es imposible. Si lo intentara, creo que no podría. Eso fue algo que pasó, que ya estaba contenido en la imagen que a mi me sedujo de ese hombre, en medio del bosque, sosteniendo un arma. Me interesa escribir de lo que no tengo ninguna certeza, de lo que me mueve la alfombra moral sobre la que pienso que estoy parada.

«Hitler en el corazón», obra de Noé Moralez Muñoz», en la versión dirigida por Ginna Álvarez Pedrajo

Me interesó también algo que le oí acerca de la violencia: que había como una tendencia a naturalizar ese hecho y vivir con él como si no hubiera otro remedio. Y que a menudo se les pide a los artistas que no olvide esos problemas en su obra. Pero que también el trabajo por no traicionar ese mandato exige con frecuencia un esfuerzo sobrehumano. ¿Cómo ha manejado esa tensión hasta ahora?

Creo que hoy en día hay una idea sobre el compromiso social que para mí en ocasiones adquiere un exceso de literalidad en los procesos creativos. Si yo arranco una dramaturgia calculando exactamente a que conclusión sentenciosa voy a llegar, entonces no me permito que los caminos me sorprendan y me hagan volver a preguntarme todo aquello de lo que estaba convencida. No sé si es interesante recorrer un camino en el que uno busca confirmarse lo que ya cree. Tal vez es tranquilizador. También es cierto que a veces ir al teatro a sentirse parte del grupo de los que están del lado correcto del precipicio, se vuelve una fiesta, una celebración y nos hace sentir menos solos.  Es como algo que le escuché decir a un director una vez: tengo mis convicciones, pero no puedo dirigir con una copia de El Capital en la mano. No digo que parte de esas creencias no puedan estar en la obra de uno, definitivamente están y a veces a pesar de uno, así como están los prejuicios, casi siempre a pesar de uno y aunque se forcejee intelectualmente contra eso. Digo que hoy pienso que es mejor trabajar con las grietas de las convicciones que uno tiene. Aunque claro, no digo que lo logre, pero sí que me lo planteo como expresión de deseo. Por otro lado, creo que entretener al espectador es una tarea noble. A veces en el medio se habla de forma despectiva del teatro comercial, por ejemplo, como si se tratara de algo absolutamente banal. Más allá de que uno concuerde o no con la búsqueda estética de uno de esos espectáculos, o la ideología de fondo, creo que no hay nada banal en entretener a una persona sin aleccionarla. Algunas obras distraen a los espectadores de su muerte y otras, se la recuerdan. Unas nos ayudan a transitar las pérdidas de la vida sin volvernos locos y otras a tomar acción y no quedarnos esperando, sin vivir, por miedo a transitar la pérdida.

A.C.