Revista Florencio

CINE. CHARLA CON LA GUIONISTA Y DIRECTORA CLARISA NAVAS

“Corrientes nunca deja de ser del todo dramática”

Es conocido que el nordeste argentino, tal vez con la sola excepción de Misiones, es una región del país que produce muy poco cine. Acaso por ello, y porque una cantidad apreciable de espectadores carecía y carece de información sobre determinadas realizaciones del medio, sorprendió mucho que una película de Corrientes, Las mil y una, inaugurara (a finales del mes de febrero de 2020 y cuando la pandemia de Covid-19 no se había declarado aún aquí) la prestigiosa sección Panorama, una de las más vistas de la Berlinale, que es como se lo nombra popularmente al Festival Internacional de Cine de Berlín. Más tarde, en junio de ese mismo año, el film ganó el premio a la mejor película del 21° del Festival de Cine de Jeonju, en Corea del Sur. Y también en premio al mejor guion discernido por Argentores en el último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Y hubo además otras distinciones.

A partir de allí, distintos programas de televisión o radio, sobre todo en las provincias del norte, comenzaron verse entrevistas y la imagen de Clarisa Navas, una realizadora que apenas ha superado los 30 años, atractiva y de carácter muy agradable, siempre dispuesta a una sonrisa. Y ahí se pudo tener a mano datos para conocer su obra con mayor profundidad. Es  verdad que en ocasión de su primer largometraje, Hoy partido a las tres, de 2017, ya los medios del noroeste se habían ocupado de ese film. Pero ha sido ahora, como consecuencia de la repercusión que obtuvo su nueva película, que su nombre pudo verse con más frecuencia en las pantallas de televisión y las redes. La película, como ha dicho la propia Clarisa, está inspirada en su adolescencia y encara temas como la estigmatización y la discriminación de la diversidad sexual, problema que no ha cambiado en su provincia y sigue cosechando una parecida hostilidad a la que generaba cuando Clarisa tenía quince años, si bien ahora se nota entre los segregados algunas formas de resistencia que antes no se veían.

Enfocada en gran parte en el tema de la disidencia, Clarisa, sin embargo, objetó que, en uno de los festivales en que fue proyectada la película, se la ubicara dentro de la categoría LGTB. La directora cree, con razón, que esa ubicación etiqueta de su planteo, además de impedir que los interrogantes que suscita el film puedan pensarse también como parte de una realidad que esconde muchos y similares hechos similares de injusticia y exclusión que provoca una sociedad que castiga siempre a los más vulnerables. En la entrevista que le hicimos on line para la revista Florencio, la directora y guionista señaló que el espectador podría también preguntarse al ver la película: “¿Cómo la vida de tantas personas haya sido planificada para vivir/morir en estas condiciones?, ¿cuánta segregación hay en estas diferencias de centros/periferias?, ¿qué ocurre con todas esas sensibilidades viviendo al margen de tantas cosas?, ¿qué se inventa finalmente para darle sentido a la vida en un mundo tan hostil?, ¿cómo se resiste?” Sin duda, la amplia adhesión que Las mil y una provocó en públicos de países con culturas tan distintas, confirman que la historia que cuenta la película funcionó no solo como reflejo del hostigamiento y rechazo que recaen sobre los habitantes del barrio que abrazan la diversidad sexual, sino también como metáfora de muchas otras heridas e inequidades sociales.

Más allá de eso, el epicentro de la película es el personaje de Iris (Sofía Cabrera), una adolescente retraída, pero aficionada al básquet, que un día se siente fascinada por Renata (Ana Carolina García), una muchacha mayor a ella y entreverada, al parecer, en actividades turbias. Una vez que se conocen empatizan y se encuentran con frecuencia para caminar por las calles del barrio, siempre hundido en una casi semipenumbra determinada por el hecho de que la iluminación del lugar carece de la necesaria energía, un problema ya histórico en la provincia. En ese contexto, ellas buscan un espacio, aunque sea mínimo, de intimidad. Esa falta de ámbitos reservados para la intimidad de las experiencias sexuales de los jóvenes, se retrata también de manera certera en el comienzo de la película, donde apelando al juego de las escondidas, varios de los adolescentes utilizan en la noche distintos sitios para ocultarse y de paso desplegar sus encuentros sexuales. La irrupción intensa del deseo se expresa con toda claridad y no exenta de cierta brutalidad en algunos casos. La aparición de ese deseo y de las incertidumbres que provocan, son también el motivo de conversaciones llenas de afectividad y revelaciones de Iris con dos de sus primos, Darío (Mauricio Vila) y Ale (Luis Molina), quienes, como Iris, se sienten acosados por el despertar sexual. Entre ellos se constituye una suerte de comunidad afectiva que, en los lazos de solidaridad que se prodigan los personajes, suponen una forma de protección a la discriminación del medio y una forma de resistencia a sus mandatos.

En el desarrollo de esas afectividades, el trabajo de Clarisa transmite un mensaje de plena humanidad por sus criaturas, de intensa sensibilidad y ternura por sus duras vidas. Una pintura que nunca es sombría, sino esperanzadora e incluso cruzada más de una vez por una brisa reconfortante de humor, reflejo de un pensamiento que bucea en lo más profundo de esa vitalidad y de su derecho a expresarse. Es un mundo que, sin duda, la realizadora conoce muy bien, tanto en sus duros lastres de prejuicios, discriminación y violencia, como también en sus pequeñas explosiones de luz y resistencia, de deseo intenso por abrirse camino entre esas sombras, que es en definitiva han sido a través de los siglos, y lo son aún hoy, la historia de los explotados, los marginados y los diferentes, los despojados de toda felicidad, los millones de  olvidados hoy por las sociedades de este tiempo. Y todo eso elaborado dentro de un clima narrativo que aprovecha hasta los mínimos detalles del sonido, el ritmo, los detalles del barrio o los diálogos para que el espectador de cualquier lugar del globo, como ha sucedido, ingrese a un universo vívido que, aunque haya transitado poco o tal vez nunca, pueda reconocerlo como un espacio donde él podría haber sido protagonista de una aventura humana similar, de una odisea lesiva a su vida y necesitada de poner fin a tanta opresión y rechazo. Un microcosmos extraído del nordeste argentino, otro pedazo de país a menudo olvidado como muchos de sus habitantes.

En la entrevista que sigue, Clarisa Navas cuenta aspectos de su historia personal, su acceso a la vocación cinematográfica a través del estudio, sus trabajos en todo el tiempo posterior a su egreso de la UNA, que desde luego no se reduce a sus dos largometrajes, y distintos detalles de cómo escribió y dirigió una película que le ha concedido un justo reconocimiento a su talento de artista y a su clara sensibilidad por el destino de tantos seres humanos a los que la injusticia los ha tomado de blanco.

Clarisa, sé que naciste en Corrientes. ¿Cuándo te fuiste a vivir al barrio de Las mil viviendas? ¿Y cómo evolucionó éste a través del tiempo?

Si, nací en la ciudad de Corrientes hacia fines de 1989. El barrio, llamado de “Las mil viviendas”, está en su periferia, aunque actualmente la ciudad se ha expandido tanto que, dentro de todo, tiene una ubicación cercana respecto al centro. Los monoblocks son las partes más antiguas del barrio, porque también hay zonas de casas y sectores más nuevos. Tengo entendido que las entregas o sorteos de viviendas de monoblocks se hicieron hacia fines de los setenta. Mi familia, por ejemplo, llegó a mediados de los ochenta a la zona de casas frente a los monoblocks. Creo que también siempre ocurre con esta clase de proyectos que las casas permanecen deshabitadas hasta que se terminan los sorteos y adjudicaciones, en el caso de Las Mil fue muy particular, porque al comienzo había mucha gente que venía de las zonas rurales, entonces se instalaban con sus gallinas y pequeños animales, la gente intentaba seguir sosteniendo un modo de vida que tristemente no estaba contemplado en estas mezquinas arquitecturas. En Las mil hay viviendas de todo tipo en cuanto a espacios, lógicamente que con el correr de los años y la imposibilidad de la vivienda propia, lxs hijxs empezaron a formar familias y así fue que las casas se fueron ampliando como podían. En los monoblocks ocurrió que la gente empezó a apropiarse de los aleros, que eran como una suerte de “pulmones” para ellos, los cerraron con ladrillos y construyeron en las veredas, y de ese modo fue que toda la parte de monoblocks empezó a tener esa suerte de apariencia de favela. Lógicamente que en ese tipo de construcción precaria son tremendas las filtraciones, el calor, no son aptas para vivir, pero bueno el espacio habla de las imposibilidades de un gran sector que se amaña para sobrevivir como puede. Hay partes del año en las que vivo acá, y también mis amigxs y familia continúan. Creo que ahora, en este tiempo de pandemia, se notan mucho más ciertas cuestiones: hay una explosión de pobreza mucho más notoria, aunque ahora para navidad el gobierno de Corrientes, bien ajeno y sin tener idea de nada, decoró el Tanque de agua de Las Mil con lucecitas navideñas y estrellas. Esa fue la política de intervención para toda una comunidad. 

En el Festival de Berlín

¿Dónde empezaste a estudiar cine?

Estudié cine en la UNA, en CABA, donde egresé como licenciada en Artes Visuales. En ese momento no había ninguna posibilidad de estudio más cercano en la región, así que gracias al apoyo de mi familia pude viajar. Haber logrado estudiar cine ahí es algo que valoro muchísimo, si no hubiera existido esa posibilidad de la educación pública, de estudiar cine en una universidad nacional, yo no hubiera podido jamás ni pensar en hacerlo. Le tengo mucha gratitud a la educación pública y también a la UNA, más allá de la formación, ahí también conocí a la mayoría de mis mejores amigxs con quienes trabajo siempre.

Actualmente también haces docencia. ¿En qué lugar la desarrollas?

Sí, y por mi experiencia en la educación pública, la docencia es para mí una tarea de militancia y de abrir posibles mundos para otrxs. Yo al menos me lo tomo así, me encanta hacer películas, pero si no estoy en ese modo grupal con otrxs, en esa instancia de reflexión y pensamiento que suponen las clases, me falta algo. Trabajé 4 años en la Universidad del Nordeste en el Chaco, pero ahora me he quedado solo con la ENERC en Formosa, donde la carrera es específicamente cine y para mí es un espacio único muy singular y lleno de potencia.

¿Cuándo empezaste realmente a filmar, sin contabilizar los cortos que sobre gatos hacían vos y tú hermana con la cámara de tu papá, a la que se la tomaban no sé si con conocimiento o no de él, y que seguramente te sirvieron de práctica inicial?

Jaja, esos cortos. Sin contar toda esa producción, que fue un rescate para mí en la adolescencia, junto a mis mejores amigos y mi hermana hacíamos todos los fines de semana un corto y lo mostrábamos a nuestras familias los domingos a la tarde. Luego del primer año de empezar en la UNA, surgió la idea de hacer un largo documental con un amigo (Diego Sachella), Retratos de otro país. Era una película que de alguna manera se preguntaba qué había pasado en estos 200 años de independencia (se estaba en las proximidades del Bicentenario) y cómo se vivía esa idea en los márgenes del territorio, cómo la experimentaban personas de comunidades indígenas a las cuales se les impuso un nacionalismo violento y expropiador. Esa película fue hecha con un esfuerzo colectivo muy grande, ya que no contábamos con presupuesto y a mí me implicó viajar por casi toda la Argentina durante un año, a medida que se iba pudiendo. La empecé cuando tenía 19 años y la habremos terminado para fines del 2010. Ese proceso a mí me cambió mucho la visión que tenía del cine, cierta expectativa política idealizada, quizás no me daba cuenta todavía en qué esfera era potente una película. Esperaba demasiado… ver tanta vida olvidada, pero en circunstancias realmente desprovistas de todo, mientras en los centros del país se festejaba el bicentenario, era un contraste muy absurdo y violento. Después ver que un tipo de documental así, no lograba lógicamente cambiar las condiciones de vida de nadie, me llevó a pensar mucho en construir de otra manera, en construir procesos que generen potencia más allá de la obra o el resultado.

¿Y luego de ese documental?

Luego de ese largo, que para mí fue revelador, vinieron otras experiencias y un tiempo de mucha práctica con la Televisión Digital Argentina (TDA), que fue algo histórico porque era la primera vez que en las provincias una podía competir en concursos del INCAA para realizar unitarios o series. Me acuerdo que tenía 20 años y me presenté al concurso de unitarios por Corrientes y luego gané con Los Guarangos. No podía creer, era la primera vez que tenía algo de plata para filmar, eso fue como una revelación de “es posible quizás esto de filmar”. Esa fue una experiencia muy linda, luego vinieron series, donde no sólo guioné y dirigí sino que también trabajé en producción o cámara en las series de amigxs de la región, se filmaba mucho, todxs estaban con algún proyecto, fue medio un oasis para las provincias. Entre las series que dirigí se encuentran Mujeres entre fronteras, que fue un conjunto de documentales por diferentes fronteras del nordeste, Paraguay y Brasil. Un proceso muy lindo al igual que Rio atrevido, que fue una serie de ficción de 8 capítulos. En el medio de todo eso filmamos Hoy partido a las 3, en el 2014, y gran parte del presupuesto de ese largometraje fue constituido con lo que había ganado en esos trabajos para la TDA. Creo que invertí todo ahí para financiar el rodaje. Además estos trabajos sirvieron mucho para entendernos y poder practicar con el equipo con quienes trabajamos actualmente, pero sobre todo habilitó la posibilidad de pensar que hacer cine con algo de presupuesto era posible. En medio de todos estos trabajos que eran en diferentes provincias, yo seguía estudiando, pero se me dificultaba mucho el cursado, por suerte hubo varios docentes que fueron muy comprensivos y me permitieron faltar y hacer los trabajos a la distancia, porque yo casi no estaba en Buenos Aires.

Hoy partido a las 3

Hoy partido a las 3, que se estrenó en 2017, es considerado tu primer largometraje de ficción. Fue definida como una “película de vitalidad arrasadora, armada sobre un equipo de chicas que son invitadas a un campeonato de fútbol femenino en medio de un acto de campaña de un candidato a intendente de la ciudad de Corrientes”. ¿Qué puntos de afinidad y qué diferenciasy podrías encontrar entre esa película y Las mil y una?

Sí, el año de estreno de Hoy partido a las 3 fue en 2017 en la competencia internacional de BAFICI, pero, como dije antes, la filmamos en el 2014, solo que nos costó muchísimo poder conseguir los recursos para terminarla. Nos habíamos lanzado a filmar porque era algo que tenía que ser hecho en ese momento, había una energía grupal muy única y ese era el tiempo de hacerlo, hay veces que las cosas tienen que ver mucho con la intensidad de un momento también. Fue un acto de arrojo, un desquicio si lo pienso a la distancia, pero qué bueno que lo hicimos. Creo que hay muchos puntos de afinidad con Las Mil y una, por empezar que ambas parten de territorios muy conocidos para mí, algo así como superficies atravesadas que luego en el proceso se van hibridando con componentes de ficción pero que tienen una base muy anclada en la experiencia. Creo, en cuanto a diferencias, que Las Mil y una tiene un trabajo con el tiempo diferente, en Hoy partido a las 3 todo sucede entre una noche, un día y una noche, esas cuestiones a nivel guión me llevaron a pensar mucho, cómo construir la dimensión del tiempo, pero de un tiempo específico vivido en la adolescencia y, en Las Mil y una, algo así como “esto nunca va a pasar” mientras todo ocurre a la vez, una experiencia del tiempo paradojal. Luego también han sido procesos diferentes, en Las Mil y una tuve mucho más tiempo para pensar y abocarme a la dirección, porque había una estructura diferente, en Hoy partido a las 3 yo también hacia la producción junto a amigas, entonces todos los días era apagar un incendio diferente, un descontrol muy hermoso pero agotador.

¿Cómo trabajaste el rodaje de Las mil y una y qué aspectos rescatarías como más valiosos de la película?

Creo que pese a las escasas semanas de grabación, que fueron tres, hubo un equipo tan concentrado y preciso, que eso nos permitió grabar lo suficiente para que luego en el montaje tuviéramos opciones. En ese sentido fue un proceso muy hermoso y de compañerismo y reflexión junto a Florencia Gomez Garcia (montaje). A mí me gustan las películas que se abren al mundo, en donde las tramas narrativas justamente no enmudecen al espacio, a los sonidos, que es en definitiva una noción de ritmo y los ritmos son únicos y singulares, para mí eso es una defensa porque justamente tiene que ver con hacer cine desde Corrientes y no desde cualquier otro lugar. El guion en ese sentido tenía muchas aperturas hacia estas situaciones, que por ahí son pequeños detalles de modos de estar de otrxs en el barrio, pero bueno es difícil hacer algo así en un tiempo del “mercado” donde la mayoría del público reclama que pasen cosas, que la trama avance y todas esas formas hegemónicas de demanda que hay hacia la ficción. Pero, bueno, creo que lo esencial está en esa vinculación de un grupo de sensibilidades en un espacio complejo, en un barrio de la periferia de una provincia como podría ser de tantas otras. Resistiendo desde el amor y cómo pueden a un mundo que todo el tiempo parece decir “no se va a poder”. Creo que es un hacerle frente a eso desde un volver al cuerpo, a la potencia infinita de los gestos tan olvidados por este mundo de palabras.

Te mostraste en desacuerdo con que algún festival ubicara a la película dentro de la categoría LGBT. ¿Me gustaría que explicaras por qué?

Porque creo que la película es mucho más que una etiqueta de LGBT, si bien lxs protagonistas son sensibilidades que encarnan minorías. Creo que la problemática es mucho más compleja y encarna preguntas de temas muchos más amplios: ¿cómo es posible que la vida de tantas personas haya sido planificada para vivir/morir en estas condiciones?, ¿cuánta segregación hay en estas diferencias de centros/periferias?, ¿qué ocurre con todas esas sensibilidades viviendo al margen de tantas cosas?, ¿qué se inventa finalmente para darle sentido a la vida en un mundo tan hostil?, ¿cómo se resiste? Son muchísimas preguntas, frente a algunas afirmaciones que hacen a los instantes de las escenas, afirmaciones que tienen que ver con un estar también feliz, a pesar de todo. Creo que un gran problema de la representación, desde la distancia, es siempre construir imágenes de ciertos sectores como si no hubiera en ellos espacio para la alegría, para la luminosidad, y así solo se corrobora el sentido común de lo que se piensa. Y la vida por acá es mucho más ancha que esas ideas.

Y ya que hablamos de festivales, digamos que Las mil y una recibió el premio a la mejor película en Jeonju, Corea del Sur, también fue distinguida en Bielorrusia y en varios otros lugares. ¿Podrías detallarnos los que te parecen más relevantes?

Esos países son como los más lejanos o distantes en apariencia, ha sido de gran sorpresa cuando nos enteramos justamente por ser lugares tan distantes. Luego Las Mil y una recibió muchas distinciones en diferentes países, en el festival de San Sebastian, el Sebastiani latino, en el festival de Lima, en Valdivia, en Antofacine Chile, Toulouse, en Italia, Colombia, etc.

Escena de «Las mil y una»

La película refleja un mundo de los adolescentes donde los padres y la familia quedan afuera. ¿Crees que ese es un problema que atañe a esa comunidad en particular que filmás o se trata de un fenómeno extendido en toda la sociedad actual?

Creo que es un problema generacional más allá de la clase y del espacio. Cuando además están en juego cuestiones en relación a la identidad sexual, eso se complejiza aún más, acá en Corrientes se vuelve muy extrema la cosa, desde el echar de la casa y la incomprensión total a de pronto encontrarse con madres al estilo “Susi”, uno de los personajes de la película, que, sin tener una comprensión teórica de la cuestión, desde el amor acompañan y están siempre para sus hijxs. A mí eso me conmueve mucho, porque el contexto sigue siendo difícil con mucha homofobia y transfobia. Creo que la desconexión o imposibilidad de entendimiento es un tema muy complejo y no es solo entre generaciones, es algo muy generalizado, un virus, para hablar en términos actuales, para mi mucho tiene que ver con las hablas del capital en cada unx de nostrxs, eso genera mucho ruido y distancia.

En una entrevista dijiste que la decadencia del barrio impregnó no solo en la arquitectura, sino también los cuerpos de las personas. Y que, al mismo tiempo, dentro de ese cuadro sombrío, se podía comprobar una paradoja: que ciertas escenas de la vida de ese barrio no eran ajenas a la luminosidad. Y que eso era un diálogo entre los imposibles y los posibles en la periferia. ¿A qué te referís al decir esto último?

Ay, eso es difícil de explicar, porque a mí al menos se me traduce en sensaciones, como decirte que de pronto está toda la avenida en penumbras, con las lucecitas anaranjadas y ya es de noche y los caballos están comiendo la basura en las veredas y de pronto pienso: “Nada se va a poder”. Y las chicharras suenan fuerte, pero así, de golpe, pasan un par de caballos corriendo por la calle sin saber para donde van y luego mirando hacia un costado hay un vecino que todos saben que salió de la cárcel hace un tiempo, está plantando un arbolito y haciendo un cerco con mucho cuidado en la vereda, al lado de las construcciones venidas a menos y alguien puso una cumbia y en un patiecito que da a la calle un grupo de pibes bailan. Y no sé cómo explicar, pero es como decir la posibilidad de cuidar algo, de hacer existir otra cosa que nos vuelve más reales, que todavía no fue alienada. Hay mucho posible y escondido también bajo la aparente precariedad y el manto de imposibilidad.

¿Por qué es tan difícil hacer cine en el nordeste? Además, ¿no choca esta circunstancia con la emergencia de una generación de egresados que se quieren dedicar al cine?

Creo que es un problema generalizado la dificultad para hacer cine, luego eso se va complejizando a medida que una se aleja de Buenos Aires, sobre todo porque hace años que no hay políticas de fomento que favorezcan este hacer. Si bien la educación pública en las regiones, como la ENERC en Formosa, es un avance increíble, luego que existan presupuestos que fomenten el quehacer audiovisual en una provincia es muy difícil. En ese sentido, Misiones, por ejemplo funciona muy bien, le ha costado años de trabajo colectivo al sector lograr lo que hoy en día tienen. Pero en los demás lugares es muy complicado, porque por lo general no hay ningún apoyo ni interés, hablo del caso de Corrientes, es una provincia que no registra el cine, es impensado en todos los sentidos, nuestro grupo, por ejemplo, es completamente invisible para Corrientes. Pienso mucho en lxs estudiantes de la ENERC por ejemplo que egresan y quieren hacer una primera película, eso es muy difícil para alguien del nordeste que, por lo general, no tiene ningún contacto con un productor que quiera/pueda presentar un proyecto al INCAA. Todo ese entramado sigue siendo sumamente cerrado y dispuesto para que sean muy pocxs lxs que puedan acceder y producir. Y ni pensar en la lógica de fondos internacionales o laboratorios, que se rigen de un modo super sectario también, entonces es muy difícil ese empezar. Por eso, acá es necesario inventar otros modos, otros tipos de alianzas para que algo ocurra. Algo hermoso que ocurrió con Las Mil y Una, es que trabajaron varios egresadxs y estudiantes de la ENERC NEA, a los que había conocido en clases, como, por ejemplo, Luis Molina, quien interpreta a Ale; el Jefe de Locaciones (Ariel Aguiar) y el equipo de Arte: Clarisa Leiva que fue la vestuarista y Lucas Kosiarski el director de Arte, ganador del premio al mejor trabajo en esa disciplina en el Festival de Mar del Plata, siendo que era su primera película en esa condición. Eso demuestra que hay muchas condiciones en el NEA en personas que salen recién de los lugares de formación y que tienen capacidades increíbles, solo que las posibilidades son casi nulas.

El premio que recibiste en Mar del Plata por parte de Argentores fue al mejor guion. ¿Concebís la posibilidad de dirigir una película con un guion que no sea tuyo o, a la inversa, escribir solo el guion de una película que haga otro?

A mí me encanta escribir, así que el premio fue una alegría grande, disfruto muchísimo de esa instancia, escribo desde que soy chica. He escrito guiones para otrxs, pero, por encargo, en este momento tendría que ser algo que me interese realmente. Creo que el dirigir algo que no escribí me costaría mucho más, porque encuentro cierto ritmo en las imágenes, en el cómo de esas imágenes a partir de la escritura, el cómo suena, los modos singulares de los diálogos, ahí me va a apareciendo un mundo visual. El guion de Las mil y una me habrá llevado un par de meses, porque era una idea que me rondaba hace muchísimo tiempo e iba madurando, luego durante los ensayos el guion se fue modificando a medida que también íbamos entendiendo por donde realmente pasaban muchas de las situaciones. Yo sigo escribiendo siempre hasta el último día antes del rodaje, creo que me tranquiliza, es una suerte de diario/guion. Frente a tanto caos que es siempre el filmar, el guion parece un lugar seguro, en algún lugar hay algo que dice cómo, en ese sentido, casi como cábala, siempre estoy con el guion, aunque no lo lea tanto en rodaje, pero termina todo escrito, embarrado, con las hojas rotas, con muchas anotaciones de cámara y sonidos, porque no me gusta hacer guiones técnicos.

Clarisa Navas en el Festival de San Sebastián

Me gustaría que me hablaras del proyecto tenés de un documental que se llamará El príncipe de Nanawa, que según dijiste transcurrirá en la frontera entre Formosa y el Paraguay.

El Principe de Nanawa es una película que de alguna manera se arma entre los años, surgió a partir de un encuentro muy hermoso y único cuando filmábamos la serie Mujeres entre fronteras en el 2015. Conocí a Ángel un niño de 9 años en un mercado de la frontera de Nanawa con Clorinda, él estaba jugando ahí solo y dijo que quería hablar para el documental, cuando lo escuché no podía creer todas las cosas increíbles que pensaba y sentía, me emocioné con todo lo que decía y soñaba él en un lugar tan olvidado por ambos países, ese día se quedó muchas horas con nosotrxs y luego me dijo que no me olvidara nunca de él porque capaz éramos hermanxs y no sabíamos, me dijo que volviera por favor. Luego de un año en el que habían pasado muchas cosas tristes, sentí que si o si tenía que volver, así que regresé a buscarlo sin saber dónde vivía y cuando por fin encontré su casa le propuse hacer una película juntxs, una película de diarios, de cosas que pasaban en el día a día, pero que de alguna manera nos iba a mantener juntxs. Desde ese momento que venimos filmando. Siempre vamos con mis mejores amigxs, Lucas y Liz, y ya ahora Ángel va a cumplir 15 años. Así que es una película de los cambios, de las personas que se van, de los sacudones de ambos países, pero por sobre todo es una película que registra la construcción de unos vínculos de amor muy profundos en un contexto en el que todo se derrumba. Seguramente la seguiremos filmando durante toda la vida, es una promesa, aunque vamos a hacer un primer corte en un tiempo cuando Ángel sea un poquito más grande.

¿Y hay también el proyecto de un largometraje, no?

Sí, esta nueva película de ficción, que estoy escribiendo, tiene muchas situaciones de un estar muy de acá, está centrada en un momento muy particular basado en la vida uno de mis mejores amigos que perdió simultáneamente a su padre y a su madre. En ese tiempo del duelo un grupito de amigxs lo acompaña a diario en todas las tareas, mientras llevan sus vidas como pueden. Y a una de esas amigas del grupo durante este tiempo le sale el turno para la operación de cambio de sexo, pero durante esos lapsos y pozos del acompañar el duelo, se enamora mucho de otra de las amigas que también frecuenta mucho la casa y ahí se abren un montón de interrogantes. Así que es un poco una tensión constante entre las no respuestas del estar frente a la muerte, la imposibilidad de las palabras y ese tiempo suspendido del dolor, pero a la vez con el deseo que en todo momento empuja como forma de sobrevivencia y hasta contradice todo lo que se venía pensando y sosteniendo.    Es una película con muchas capas, los duelos, los cambios de cuerpo, algunas formas del deseo que no tienen aparente explicación. Transita por otro barrio de la periferia de Corrientes, donde siempre aparecen muchos yacarés en los patios porque es zona inundable y un pueblo cercano de donde es una de las protagonistas y en donde es muy difícil ser trans. Parece medio trágico como lo estoy escribiendo, pero tiene humor, Corrientes nunca te deja ser del todo dramática.