Revista Florencio

LOS 70 AÑOS DE LA TELEVISIÓN ARGENTINA

Como siempre

Jorge Falcón, guionista de «Yo y un millón»

Era el comienzo del otoño de 1960, Argentina contaba con un solo canal, el 7, pero la presencia de los televisores en las casas había comenzado a masificarse. De los escasos seiscientos aparatos Standard Electric y Capehart que había en los albores de nuestra televisión, allá por 1951, ahora se contaban, según el censo nacional que se hiciera ese mismo año, más de seiscientos mil. La explosión de una televisión popular, con el mueble de pequeña pantalla con bordes redondeados como integrante natural de la familia y cuya venta terminaría de popularizarse en los años subsiguientes, comenzaba a expresarse en los comentarios del público al día siguiente de la emisión de algunos programas. La audiencia empezaba, en el boca a boca de la feria, la oficina o la escuela, a jugar un rol que, en poco tiempo, sería definitorio en la TV competitiva que se avecinaba. En efecto, ese mismo año comenzarían a emitir, inscriptos en la órbita privada, Canal 9 y Canal 13 de Buenos Aires, Canal 12 de Córdoba y, al año siguiente, Canal 11 de Buenos Aires y Canal 8 de Mar del Plata.

Pero volvamos a ese otoño del 60. Canal 7 emitía semanalmente Yo y un millón, un programa de ficción, escrito por Jorge Falcón, con dirección de cámaras de Francisco Guerrero y protagonizado por Alberto de Mendoza. Se trataba de un teleteatro de impacto directo, con tratamiento de temas polémicos de la actualidad del Buenos Aires de esos años, de democracia flaca e inestable. Falcón, trabajando con Guerrero como director, ya había recibido el reconocimiento del público y de la crítica por haber incursionado en este tipo de programas, que salían de los parámetros comunes, en Operación Cero y Distrito Norte, también teleteatros de marcado realismo con muchas escenas transmitidas desde exteriores, es decir fuera del estudio tradicional de televisión.

Alberto de Mendoza, Graciela Borges y Pancho Guerrero, en «Yo y un millón»

El autor, dispuesto a sacudir a la audiencia en cada emisión –el programa iba al aire los domingos a la noche– eligió tocar la cuestión de la organización delictiva que manejaba el “Albergue Warnes”, una construcción abandonada del proyectado y frustrado Hospital de Niños que fuera ocupada por personas sin techo en los años de la llamada Revolución Libertadora y se había convertido, en poco tiempo, en un problema serio para toda la barriada de Agronomía donde se encontraba emplazada. En efecto, cientos de personas que allí habitaban, en las condiciones sanitarias más precarias, sufrían la agresión constante de malvivientes que les cobraban precios imposibles por los espacios infectos donde duraban más que vivían y los desalojaban sin piedad si no cumplían con los pagos, además de obligarlos a convivir forzadamente con todo tipo de delincuentes que se refugiaban en ese “aguantadero” fuera de la ley, donde la policía raramente se aventuraba y la muerte rondaba cada noche.

El protagonista, encarnado por Alberto de Mendoza, se infiltraba allí para intentar derrocar a la banda que regenteaba el Albergue. El periodista, disfrazado de hombre perseguido por la ley, llegaba a vivir al complejo abandonado y comenzaba a organizar subterráneamente a las víctimas para liberar el lugar. Lo acompañaba en la aventura encubierta otro personaje, representado por el actor Américo Sanjurjo. En la trama expuesta por Falcón, ficcionando la realidad que le habían relatado los maltratados moradores del Albergue, el hueco del ascensor era el precipicio donde ejecutaban a los que se rebelaban contra esa mafia. El que se atrevía a levantar su voz acusando a los gangsters, era arrojado impunemente contra el barro del fondo desde lo alto, como siniestro ejemplo del fin que tenían allí quienes protestaban.

El teleteatro con tintes realistas se emitía, como todos los programas del canal, en vivo. Esto significa que todo lo que ocurría era en tiempo real, programación lineal como se dice ahora: de los hechos a los ojos del televidente sin pasar por una grabación previa. No existía aún el video tape en Argentina, llegaría recién dos años después. El caso es que la serie iba “al aire” saliera como saliera, con errores -técnicos o humanos-, con dificultades de cualquier orden, con la eventualidad como espada de Damocles sobre la cabeza de todos los integrantes del equipo.

Albergue Warnes

La producción de Yo y un millón llevaba el camión de exteriores del Canal 7 cada domingo hasta el Albergue Warnes y las escenas escritas por Jorge Falcón transcurrían en directo, “ponchadas” (término que introdujeron más tarde los directores cubanos importados por Goar Mestre para su Canal 13 y que significaba cámaras puestas alternativamente en el aire a través de la botonera o “switcher”) en ese mismo instante por Francisco “Pancho” Guerrero desde el control del móvil, donde indefectiblemente se ubicaba en la silla contigua, el autor, dispuesto a resolver cualquier cuestión que se suscitara en la locación. La transmisión implicaba un complejo despliegue de recursos, ya que se requería muchísimo material de iluminación –y muy pesado, por cierto, con grupo electrógeno enorme incluido- para la emisión nocturna y mucho personal de cámaras y sonido para poder registrar video y audio en los diferentes ámbitos donde ocurrían los hechos. Eran, pues, infinitas variables a equilibrar y, a menudo, era necesario hacer cambios de último momento en el guion para que resultara factible. Toda esa gente y equipos vivía el domingo en máxima tensión, sujetos a error durante el tiempo que duraba el programa.

En el penúltimo capítulo de la serie, el protagonista era descubierto por el capo mafia del Albergue y condenado a sufrir el castigo del “pozo”, es decir que sería arrojado sin piedad por el hueco del ascensor y terminaría sus días en el limo del sótano. Era la última escena del programa. El “gancho” final para que los espectadores aguardaran ansiosos el desenlace al domingo siguiente. Tal como estaba escrito en el guion y ensayado previamente, el protagonista fue subido a los golpes hasta la azotea del edificio abandonado, vestido con un pantalón oscuro y una camisa blanca, algo que sin duda distinguiría la cámara al registrar la caída. En el momento culminante, y ante la angustia del compañero encarnado por Sanjurjo, testigo inerme del destino aparentemente inexorable de su amigo, un cuerpo vestido con camisa blanca fue arrojado desde lo más alto. Y se oyó gritar claramente a Sanjurjo: ¡Cuidado, Alberto! Con más gritos confusos alrededor y gente corriendo desordenada hacia el cuerpo caído, la transmisión terminó abruptamente con la placa gráfica del canal.

Equipo de exteriores de Canal 7

Como Alberto no era el nombre del personaje, sino del actor que lo encarnaba; los gritos que se escucharon eran de pedidos desesperados de auxilio y no hubo créditos de cierre como era costumbre; inmediatamente se produjo una enorme conmoción en todo el público. Una sensación muy clara de que se había producido un accidente del cual Alberto de Mendoza había sido víctima fatal. Para la simple elaboración de todos los espectadores, y me incluyo entre ellos, quien había caído era sin duda el actor. Hoy, mirado a la distancia y con muchos kilómetros de audiovisual recorridos, la reacción podría entenderse como exceso de ingenuidad, candidez, cierta inocencia cómplice frente al espectáculo, pero no es aconsejable juzgar con severidad el pasado a la luz de un presente distinto. Suele inducir a error.

En una época en que no existían redes sociales, el teléfono era la forma de comunicación más directa. Así fue que esa noche todas las líneas telefónicas de Canal 7 quedaron bloqueadas por los llamados angustiados de hombres y mujeres que se interesaban por la salud de Alberto, se solidarizaban con la familia, protestaban furiosos contra la falta de previsión del canal para con sus actores o querían, directamente, ir a incendiar el Albergue. En fin, un pandemónium desatado por la picardía de Jorge Falcón que, cenando muy contento en ese momento con Alberto de Mendoza, Sanjurjo y Pancho Guerrero, festejaba la ocurrencia de haber escrito en el guion las cosas tal cual ocurrieron: “en el momento en que la cámara toma la caída del maniquí articulado vestido con la misma ropa del protagonista y previamente subido a la azotea, Américo Sanjurjo grita fuerte: Cuidado Alberto! Y abajo corren todos, incluidos los técnicos, piden desesperadamente auxilio a gritos y por corte directo aparece en pantalla la placa del canal”.

Ante la catarata de llamados telefónicos e incluso la cantidad de gente que se acercó hasta el edificio Alas, de Leandro Alem y Viamonte, sede del canal en ese momento, para pedir explicaciones o manifestar su solidaridad con los deudos de Alberto de Mendoza, las autoridades de Canal 7 se vieron obligadas a cortar la transmisión regular y emitir un flash informativo, con un locutor en vivo, anunciando que dicho actor se encontraba en perfecto estado de salud. Algo que muchos espectadores terminaron de creer recién al domingo siguiente cuando, reafirmando el éxito alcanzado por el resorte promocional, prácticamente todos los televisores del país lo vieron nuevamente en el aire.

Recordaba perfectamente este hecho cuando conocí a Jorge Falcón, en ese momento Secretario de Argentores, y se lo comenté. Ahí, sonriente, terminó de aclararme la verdad sobre lo ocurrido, su intervención directa y preponderante en cosas que habían tenido lugar treinta años antes. Lo curioso era que tanto el derecho como el revés de la trama de esa ficción, lo que se vio y lo que se supuso, lo obvio y lo imaginado, lo evidente y lo fantaseado estaban previamente en la cabeza del autor, como un ajedrez humano que se cumplió a cabalidad. Esa suerte de metalenguaje, de falso realismo perfectamente orquestado dentro de una emisión de ficción, ese impacto publicitario tremendo para el programa, habían nacido de la creatividad autoral. En un mismo y rapidísimo pase de magia, mezclados como ingredientes premeditados, había metido en la coctelera historia, actores, personajes, director, extras y hasta técnicos para embrujar al público, apuntando a un objetivo promocional concreto para el capítulo final, sensacionalista y amarillo según algunos o genial para otros, pero absolutamente teñido con la impronta personal de Jorge Falcón, que no era otra cosa que lo que hoy se llama Showrunner. Era el creador absoluto de Yo y un millón, elegía al director, a los actores, al escenógrafo; decidía sobre la producción y se encargaba de la promoción, apelando como en este caso, a lo que su ingenio le marcara.

Fue en esta Televisión Pública que hoy celebramos, en el otoño del 60. Pasaron más de sesenta años. El público ha perdido definitivamente la inocencia de esos tiempos y deambula escéptico por señales y plataformas, con dificultades para engancharse con historias que los interpelen y les hablen de igual a igual. Ya no hay ficción de televisión en vivo. Es más, ya casi no hay ficción en la televisión abierta argentina. Pero hay algo que permanece más allá del tiempo, de los aniversarios, de los cambios tecnológicos y de la tozudez de algunos compatriotas en pretender negarlo y negarnos: en una verdadera industria el showrunner de una ficción, el que maneje las variables, dicte las pautas y lleve el timón para que un audiovisual, además de bueno sea coherente, exitoso y no se exceda del presupuesto, no puede ser otro que el creador. El que lo inventó. El que pasó de la pantalla en blanco al guion. El que conoce los secretos de la trama y los personajes y responde todas las preguntas, porque cuando no tiene respuestas preparadas, las inventa de la nada, como ha hecho con todo el resto.

Para eso estamos los autores. Hace sesenta años y ahora.

SERGIO VAINMAN
Vicepresidente de Argentores