Revista Florencio

CARRIZO, DOLINA, MIR, LARREA, FONTANA

Cinco grandes, sinónimos de la actividad

En agosto de 2003, la revista de la entidad que agrupa a las radios privadas publicó una edición especial. En ella, coincidente con los 83 años de la radio, una serie de conductores de primera línea hablaba acerca del medio, de su historia y de su notable y permanente presencia en la vida cotidiana de los argentinos.

Fue así que, el recordado y entrañable Antonio Carrizo, decía en aquel momento: “Los años veinte fueron el tiempo de la infancia. Nadie sabía muy bien de qué trataba la cosa. La adolescencia fue, creo, desde 1930 hasta mediados de esa década. En el ‘35 ocurrieron dos hechos extraordinarios: la muerte de Carlos Gardel y la entrada en escena de Radio El Mundo. Es decir, el comienzo de un estilo signado por la grandeza y la calidad; cada radio con su orquesta típica, su orquesta de cámara, sus elencos estables de radioteatros protagonizados por las más grandes estrellas del cine y del teatro y con sus diversos ciclos presentados por locutores de enorme cultura. Ese es el momento de la adultez. La aparición de las grandes cadenas y de aquellos espectáculos con público, configuraron un momento especial. Más tarde, con la Segunda Guerra Mundial, llegaron los grandes boletines con las noticias de ultimo momento.”

Luego, seguía explicando “Tony”: “En los cuarenta, Perón trajo la novedad de la utilización de la radiotelefonía como medio de difusión política. Y a fines de los cincuenta, la tecnología irrumpió con el transistor. La radio comenzó a estar presente en el auto, en el tractor, en el estadio. Este medio, que podría haber llegado a perder en esa época y de modo definitivo la batalla del ocio con la televisión, ganó, por fin, la batalla del trabajo. Es que el peluquero, el tallerista, el peón de campo, vivieron, viven y vivirán con el aparato de radio en su puesto laboral. En los sesenta se produjo otro cambio fundamental: la TV se ‘quedó’ con la ficción y la radio encontró refugio en dos elementos centrales: la palabra –a través del servicio, el comentario, la información, el análisis- y la música, pero grabada.”

Alejandro Dolina, por su parte, enfatizaba: “¿La radio? Es algo que me ha sucedido. Maravillado, una vez, me encontré de golpe con una realidad sensacional: ¡la noche radial! Descubrí que después de las diez, de las once de la noche se escucha radio de otra manera. Y favorece al delirio, a la confesión, a la felicidad de la palabra justa. La noche tiene un costado terapéutico muy interesante. A la hora que yo salgo al aire, la atención del ‘otro’, del que escucha se fija de otra manera. Ese ritual que para los colegas que hacen radio a las -por ejemplo- diez y media de la mañana, es casi un territorio desconocido. Y es para mí, mi mundo. Muy tarde se puede contar cuentos. Es posible hacer ficción. Y humor. O proponer algo así como un ejercicio de narrativa. Y está, claro, la música, esas canciones preciosas de Gardel, de Suma Paz o de Zitarrosa con las que uno vive mejor.”

Y Lalo Mir, consultado, también hablaba de la personalidad del medio radiofónico. “Todos lo que trabajamos en este medio tenemos acceso a la misma música, a las mismas informaciones, a los mismos personajes. Es más: decimos casi lo mismo, nuestro gran tema es cómo mezclar todo. Y el que le encuentra la vuelta, gana. El que le devuelve al oyente esa masa de información del modo más atractivo y natural…ganó el partido. Y se queda con la audiencia”, explicaba. “Para que el milagro de la radio se produzca se necesitan dos elementos, mínimos, indispensables y económicos: un micrófono de veinte pesos y un tipo que tenga algo interesante que decir. Repito mi lema: mientras haya alguien frente a un micrófono con algo interesante para contar, una ciudad entera podrá estar despierta. Acá o en cualquier lugar, nosotros los que trabajamos en radio, no buscamos oyentes. Buscamos cómplices”, concluía.

Al mismo tiempo, Héctor Larrea agregaba que “con el paso del tiempo aprendí a valorar lo que los profesionales de otros géneros le han aportado al medio. Es el caso de los periodistas de la gráfica. Creo que gran parte del crecimiento de la radio a nivel informativo y formativo de los últimos años tiene que ver con la llegada de los profesionales de diarios y revistas. Todos ellos pasaron por un periodo inicial complicado, de andar casi a tientas, pero después, al acostumbrarse a los códigos radiales, avanzaron”. En cuanto a las carencias del medio, el conductor expresaba: “Falta un poco más de investigación, valor agregado, todavía dependemos de los temas que producen los diarios.” Luego, añadía, con preocupación: “La ficción ha desaparecido del medio, pero pervive en un renglón: el humor. Todo lo que ‘no es real’ no llega más en el radioteatro, como cuando yo era chico, sino a través delirio de los humoristas, que crean sus propios mundos y nos lo devuelven de una manera maravillosa.”

Esa revista de A.R.P.A. tenía en su tapa a Jorge Fontana. Se explicaba allí la causa de la elección editorial. “Múltiples, las razones se agolpan. Acaso porque con el ‘Fontana Show’ introdujo conceptos que en su momento fueron revolucionarios y hoy son habituales: los móviles en la calle, las conexiones internacionales, el humor punzante, la aceleración al servicio de la comunicación. Y todo de la mano de una personalidad brillante, ganadora, demoledora. Su voz -sello indiscutible, timbre ideal, dicción perfecta- se convirtió en sinónimo de radio. Ha sido un locutor comercial emblemático, solido conductor, magnífico contador de chistes, astuto productor de mañanas radiales inolvidables.”