Revista Florencio

JEAN GIRAUDOUX BAJO LA OCUPACIÓN NAZI

Cae el telón sobre un autor

Jean Giraudoux, autor francés del siglo XX

Al inicio de la 2ª Guerra Mundial los nazis emplearon la táctica llamada blitzkrieg, o sea “guerra relámpago”, que les dio muy buenos resultados. Curiosamente, Francia no fue de los países más afectados. Sus tropas fueron vencidas en julio de 1940 en unas tres semanas; fue lo que acá llamaríamos un “paseo”. Hitler visitó París, y pidió el mismo vagón en el que Alemania había firmado su capitulación a fines de la 1ª Guerra Mundial, para que en ese mismo sitio se firmara la rendición del país galo. Esa fue solo una de las primeras humillaciones que habrían de soportar los franceses durante la guerra.

¡Todo está minuciosamente filmado por los equipos de Lily Riefenstahl, que se ocupó de grabar, para la historia grande, todos los acontecimientos en que participó el más grande de los jerarcas nazis! Rápidamente se dividió a Francia es dos partes; en una rigió lo que podríamos llamar un gobierno títere, a cargo del anciano mariscal Pétain, y la otra fue directamente ocupada por los nazis. Tenía en su centro a la bella capital.

Se dice que los nazis, de los más salvajes criminales que recuerda la historia, no quisieron destruir la ciudad que ostenta la torre Eiffel, porque les “gustaba”. ¡Me hace acordar a Nerón, también tan sensible, que tocaba la lira mientras se incendiaba Roma, gracias a sus esfuerzos! Se dice -el “se dice” será empleado muchas veces en esta nota- que los nazis mandaron a sus equipos más cultos y preparados para confraternizar con los intelectuales franceses, que eran la crema de la crema de Europa. Se dice que asistían a los estrenos de teatro y a las exposiciones de pintura. ¡Se conservan críticas favorables de las primeras obras de importantes autores como Jean Giraudoux, Albert Camus y Jean Paul Sartre, publicadas en periódicos nazis! Se dice que altos jerarcas de uniforme visitaban el atelier de Picasso, y tomaban champagne con el célebre pintor, y que en una de esas veladas sucedió el recordado diálogo: “¿Usted hizo esto?” preguntó un oficial examinando el boceto de Guernica. “No, ustedes lo hicieron”, habría respondido valientemente el pintor.

También se dice que se estrenaron no menos de 200 obras de autores locales durante el período de la ocupación nazi. Esto lo leí en varios materiales, por lo que posiblemente sea cierto. Tal vez surgía una nueva generación de creadores, y fueron interceptados por los alemanes. ¡No tuvieron más remedio que seguir produciendo, si fue así! Muchos de ellos, demócratas de verdad, trataron de seguir una vida “normal” procurando que no les explotara la cabeza. Los nazis sonreían a su paso, pero todos sabían que de noche se producían redadas y se llevaban a cientos de personas a los golpes. ¡Volveremos sobre esto!

Hoy hablamos de un dramaturgo que de pronto se volvió polémico. Se trata de Jean Giraudoux, que estrenó muchas obras en este período y que sin duda es uno de los grandes autores de la Francia del siglo XX. Activo, prolífico, diplomático, gestor político a la vez que escritor, dio a conocer obras que se recuerdan y se montaron en todas partes, incluso aquí -Ondina, Intermezzo, Electra, La Guerra de Troya no tendrá lugar-. Lamentablemente, no pudo estrenar la última y más célebre -la que vamos a analizar porque es la que crea más controversias-, La loca de Chaillot, porque debido a una uremia murió en 1944, poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Esta guerra, la más sangrienta de todos los tiempos, terminó en Europa en marzo de 1945, y hubo un período de revanchas, que pudimos constatar viendo documentales de la época. Se colgaron colaboracionistas, a otros se los peló, escupió, insultó, metió preso, etc. Se vio claro entonces que volvía a tomar las riendas del país la Francia racional, la Francia de Montaigne y de Moliere, la Francia que en 1789 destruyó el Antiguo Régimen y realizó una revolución que consagró los principios de libertad, igualdad y fraternidad para todo el mundo. Los judíos, por ejemplo -y no es casual que lo mencionemos aquí- pudieron por fin ser tratados como ciudadanos normales y no como parias.

A la vez, al finalizar la guerra, pudo observarse que ciertos sectores de Francia volvían a instalarse silenciosamente en la penumbra. Eran los mismos que a fines del siglo XIX habían aplaudido y vociferado cuando el capitán judío Alfred Dreyfus fue degradado, expulsado del ejército francés y encarcelado, acusado de espiar para otro país, y que después habían expresado por todos los medios su odio al diferente, en el famoso juicio en que el capitán fue perdonado y admitido de nuevo en las fuerzas armadas. Estos grupos habían mostrado un entusiasmo delirante con la llegada del nazismo, pensando que venía la hora de la revancha de lo que se llamó El affaire Dreyfus, y que los alemanes que se habían instalado en Francia se iban a quedar para siempre.

Al mismo tiempo, en ese 1945, se empezó a señalar con el dedo a algunas personas. ¿Usted fue colaboracionista? ¿Tibio? ¿Entusiasta? ¿Solo fingido, para salir del paso, como decían muchos? ¿Pero que en el fondo era un demócrata? El medio cultural “peleó” por algunos autores, como en el caso de Jean Giraudoux. Este había dado pasos en falso, pero estaba del lado que había que estar, con los bien pensantes, decían algunos. Por eso, cuando La loca de Chaillot subió en París a un escenario después de la Liberación, fue con gran pompa y circunstancia. A la noche del estreno acudieron al teatro nada menos que Charles De Gaulle y André Malraux, símbolos de una Francia que renacía después de la guerra, para refrendar que Giraudoux era unos de los suyos. ¿Era así?

Al estreno de esta obra asistieron Charles De Gaulle y André Malraux

Nos metemos en uno de los temas más complicados que existen desde la posguerra. Los franceses no se ponen todavía de acuerdo en muchos de estos temas. Pero empecemos analizando la obra. Cuando decimos La loca de Chaillot, ¿de qué estamos hablando?

Una condesa, vieja y justiciera

El gran actor francés Louis Jouvet juega aquí un papel muy importante. Había sido quien dirigió, e interpretó también, las obras más importantes de Giraudoux. Y Jouvet había sido quien guardó celosamente el manuscrito de La loca de Chaillot, cuando su autor murió, y fue quien la montó en su estreno. Hoy llama la atención que Jouvet dijera muchas veces que La loca… tenía muchas versiones. ¡Ni falta hacía que lo repitiera! Hoy se ve inmediatamente que es una obra que ha sido “tocada”. Tiene enormes incongruencias, a pesar de lo cual pasó los filtros -estreno, crítica, edición- como si nada. Pero si en su momento los franceses no se asombraron de eso, ¿cómo nos vamos a sorprender nosotros que estamos en la otra punta del mundo?

La obra es una farsa. Aclaremos un poco el género. La farsa es el embrión de la comedia dice Eric Bentley, un estudioso de los géneros teatrales. Es infantil y por momentos tiene la libertad de los dibujitos animados, donde un auto pisa un conejo, lo deja achatado, y de pronto ¡boing!, el conejo renace y es un pillo otra vez. Sus personajes son acartonados, permite fantasías enormes y disfruta de símbolos cándidos. Todo eso, nosotros también lo atribuimos a la farsa. Veamos ahora si la obra responde a este esquema. La historia cuenta cómo una vieja condesa, que concurre a un café de París, vestida como en el 900 y delirando todo el tiempo, al enterarse que hay siniestros malvados que quieren “sacar el petróleo que está escondido en el subsuelo de la ciudad”, decide reunirlos en un sótano y matarlos. ¡Y en la obra lo consigue!

La Loca es como el “alma” de Chaillot. Al poco tiempo nos enteramos que cada barrio de París tiene su loca, y para dar prueba de esto más tarde aparecerán las de Passy y San Sulpicio. A principio de la obra aparecen en el café un presidente de varias compañías y un barón, que rivalizan para ver quien ha inventado más artimañas para hacerse rico, inmensamente rico. El trapero, que añora la época en que “los trapos eran más codiciados que los vestidos nuevos”, un personaje simpático de barrio -que Jouvet se había reservado para hacer sobre el escenario-, camina por toda la obra bordando las escenas. De un lado están los ricos, del otro los pedigüeños, los mendigos, los acróbatas callejeros, etc. Y por supuesto no falta la muchacha angelical y el muchacho bueno, Irma y Pedro, que luego de muchas vicisitudes terminarán casándose. A esta farsa no le falta nada.

El barón, que es curioso, quiere saber qué trama este presidente, y le pregunta si tiene un producto, o un “yacimiento” entre manos. El presidente le responde: “Nosotros, los aristócratas de los negocios, nunca infligimos a nuestros accionistas la afrenta de pensar que hacen como nosotros una operación mercantil… les ofrecemos un campo libre para su imaginación…” Cuando alguien viene a avisarles que hay “tesoros subterráneos”, sin perder tiempo el presidente le pide “el sitio exacto donde excavar”. Nos enteramos que hay bandidos que tienen todo preparado para hacerlo, que quieren “sondear todo, excavar todo y que sus perforaciones están listas”. “¿Qué buscan?”, pregunta la Loca. “¿Perdieron algo?” “Buscan petróleo”, dice Pedro, y aclara: “Para crear miseria, guerra, fealdad. Un mundo miserable”.

Pero si no son como el presidente y el barón, ¿quiénes son estos hombres? El trapero, poco a poco, nos lo aclara. “Hay una invasión, condesa -dice-. El mundo ya no es hermoso, el mundo ya no es feliz, a causa de esta invasión”.

“Desde hace 10 años los vemos salir de sus cuevas, deambular cada vez más feos, cada vez más malos…” “Antes, cuando usted transitaba por París, la gente que encontraba era como usted misma. Pero un día, entre los transeúntes, vi un hombre que no tenía nada en común con los habituales: era rechoncho, barrigón, tenía el ojo izquierdo desafiante… eran de otra raza. Tienen en los ojos arrugas y bolsas que nosotros no tenemos. Tienen a nuestras mujeres, pero en una forma más rápida y rica. Se los encuentra cerca de la Bolsa, pero no trabajan…”

El trapero también los llama “cafiolos”. “Manejan todo, echan a perder todo. Somos los últimos hombres libres…” La Loca dice que hay que actuar. ¡Suprimirlos!

“Son demasiados” dice Pedro, el chico bueno. E Irma, la chica buena, los enumera: son los presidentes de las empresas, los agentes de bolsa… etc. Y para definirlos agrega: “Detesto lo feo, adoro lo hermoso; detesto a los malos, adoro la bondad; detesto al Diablo, adoro a Dios”. “Tienen el poder, el oro” agrega él. “Están ávidos”. La Loca esboza su plan. Como ya dijimos, llama a las almas buenas de otros barrios, locas como ella, para que la ayuden. “Díganles que es para una reunión de la que depende la felicidad del universo”, subraya.

El segundo acto sucede en un sótano donde la Loca se ha instalado. Tiene una pared trampa, que permite ir bien al fondo, al abismo. Aquí la loca de Chaillot recibe a las locas de Passy y de San Sulpicio, condesas como ella, que serán sus compinches. Pero imprevistamente nos cambian a los malos: los destructores ahora son “bandidos” y se los llama la “humanidad macho”. Son “animales ávidos”, aunque una de las condesas locas atestigua: “Todavía hay hombres verdaderamente hombres”. Pero las tres están de acuerdo en que son “ladrones y asesinos, porque el dinero es el rey del mundo”. Y que ellas tienen una tarea: “volver el mundo a la razón”.

¿Cómo van a realizar esa ímproba tarea, las condesas locas de Chaillot, Passy y San Sulpicio? La condesa de Chaillot ha citado a todos los “presidentes de las empresas, los agentes de bolsa…, etc” “para suprimirlos del mundo para siempre”. El alma buena de Passy opina: “Si dispusieras de un horno de yeso o de una piscina de ácido clorhídrico… Se debatirían ahí adentro como diablos”. La otra refirma: “Cuando se destruye, hay que destruir en masa”. “Déjenme hacer”, pide la condesa de Chaillot. “Yo sé que cuando estos hayan desaparecido la gente será buena, decente, honrada; el cielo será puro y así será para siempre”. Discuten entre las tres. ¿Los matarán o no los matarán? Esos hombres están al llegar…

“¡Ya están aquí, condesa!”, exclama de pronto Irma la buena. “¡Parece una manifestación! ¡La avenida está llena de ellos!” La condesa de Chaillot pide que la dejen sola. Acciona un mecanismo y se abre la puerta que lleva a la parte honda, al abismo. Por ahí pasan todos los citados, guiñándole el ojo, creyendo que van a hacer un gran negocio. “Y ya está -exclama la Loca-. El mundo está salvado. Ahora ocupémonos un poco de los seres que valen la pena”.

En el segundo acto cambian los malos

Más allá de la fábula, que algunos podrán encontrar imaginativa y otros quizá sonsa, quién no estará de acuerdo con Irma cuando dice: “Detesto lo feo, adoro lo bello; detesto a los malos, adoro la bondad, detesto al Diablo, adoro a Dios”. Pero nos llama la atención cómo en el paso de un acto a otro, los así llamados malos cambian bastante. En el primer acto constituyen una invasión de seres “de otra raza” y de pronto en el segundo son otros. Ya no son inmigrantes, sino franceses de clase alta. Los financistas, los hombres machos, los reyes de la bolsa son los que deben desaparecer, ¿pero no las condesas, los barones? Entonces, ¿Giraudoux detesta la Revolución de 1789, añora al Antiguo Régimen?

Louis Jouvet, actor y autor francés, responsable del primer estreno de «La loca de Chaillot»

¿Qué pasó? Jouvet pide disculpas, ha habido muchas versiones. O sea, alguien ha corregido el texto y mal, a partir de que el autor de La Loca… es un difunto autor. Pero nosotros, para analizarlo, no tenemos más remedio que circunscribirnos al texto que tenemos bajo nuestros ojos, que ya nos dice muchas cosas. Ante todo, suena como si al tratar de abuenar las intenciones del autor, en el segundo acto se hubieran olvidado de palabras como invasión, raza, poner personas en un horno, matar en masa. (En 1944, Giraudoux se movía en círculos del gobierno de Pétain donde se sabía lo que preparaban los nazis). ¿O tal vez estas palabras subsistieron como mojones inconscientes de lo que se quería tapar?

Esta es la obra. Pero ay, ¡Jean Giraudoux también escribió prosa no literaria! Ahí agrega otros conceptos a los que ya dijo, que no lo hacen quedar muy bien.

Ante un Giraudoux menos poético

Antes de que los nazis ocuparan Francia, Giraudoux alternaba su labor artística con la diplomacia. Después ocupó diversos puestos en el gobierno de Vichy. Mientras desplegaba su labor de diplomático, y estrenaba una obra tras otra, publicó en 1939 el libro Plenos Poderes, donde reunió diferentes artículos y conferencias. Ahí confiesa que una inmigración escandinava es “altamente deseable» para Francia, y propone excluir «esas razas primitivas o impermeables cuyas civilizaciones, por su mediocridad o carácter excluyente, no pueden ofrecer más que amalgamas lamentables», simbolizadas según él por los árabes. Y agrega, en otro lado: “Estamos totalmente de acuerdo con Hitler cuando proclama que una política alcanza su mayor expresión cuando es racial”.

Después, en un párrafo que preanuncia La Loca de Chaillot, se despacha de la siguiente manera: “Se infiltraron en nuestras casas… cientos de miles de eskenazis escapados de los guetos polacos o rumanos… entrenados de hace siglos a trabajar en las peores condiciones… Ellos eliminan a nuestros compatriotas… Viven al margen del Estado y están acostumbrados a burlar la ley… Por donde van llevan consigo la corrupción y son una amenaza constante al espíritu de precisión, de buena fe, de perfección, que caracteriza al artesano francés”. Contundente, ¿no? “Nadie puede resistir una sonrisa de Giraudoux”, decía André Gide. Ese encanto le había abierto todas las puertas, le había permitido tener amantes célebres, entre otras la millonaria argentina Anita de Madero. Pero lamentablemente murió en Paris antes de que terminara la guerra, a causa de una uremia. No pudo ver el estreno de La loca de Chaillot.

Y como si esto fuera poco

Desde julio de 1940, cuando cayó derrotada por los alemanes, Francia se encontró en la peor situación de su historia desde la guerra de los 100 años. Paris era la capital de un país vencido, ocupado, con sus fuerzas armadas destrozadas, 2 millones de prisioneros, 8 millones de personas desplazadas, las vías férreas cortadas, los puentes destruidos, los servicios públicos funcionando apenas, el aprovisionamiento de la población terriblemente difícil. O sea, con un desorden descomunal y angustia por todos lados. Sin embargo, Pétain se las arregló para empezar su gestión anunciando un reglamento para la minoría judía. El Estatuto de Pétain, que así se lo conocía, los volvía a la condición de parias que tenían en el Antiguo Régimen. Ahí eran maltratados, no tenían acceso a la tierra, a los empleos públicos ni a las profesiones liberales. ¡Así Pétain daba su revancha a los sectores más retrógrados, que hacía 40 años que se lamentaban de haber perdido en el así llamado affaire Dreyfus! ¡Ahora, la así llamada “Revolución Nacional” de Pétain intentaba borrar a la Gran Revolución Francesa de 1789!

El “Estatuto de los judíos” se trató y se aprobó en una reunión especial presidida por el anciano mariscal. Si Giraudoux no estuvo presente en dicha reunión al menos estuvo cerca: después de ocupar varios puestos en la administración, culminó su labor diplomática cuando fue ascendido a ministro de Propaganda, que en paralelo era como el puesto que el jerarca Goebbels tenía en el gobierno nazi de Alemania. El Estatuto indicaba: “Los judíos no podrán desempeñarse más en la enseñanza ni en la justicia”. Y como si fuera poco, establecía -antes que los nazis lo pidieran formalmente y para sorpresa de ellos- que “las personas de raza judía… podrán ser internadas en campos especiales”. Esa decisión facilitó a los nazis a realizar más tarde deportaciones masivas a los campos de exterminio.

Entre paréntesis, es bueno tener en cuenta, como una de las conclusiones, que los derechos que se conquistan laboriosamente tienen que defenderse de la misma manera todo el tiempo. Porque en cualquier momento pueden perderse.

Volviendo a Giraudoux, se decía que “se hacía pasar por diplomático entre los escritores, y por escritor entre los diplomáticos”. También llegó a ser considerado el “Racine del siglo XX”. Pero como pasó con todos los hombres célebres de su generación, su conducta fue enjuiciada por la prensa y por sus pares. Sus críticos lamentaron sobre todo que en su libro Plenos Poderes dijera que Francia “había entrado en decadencia”. Y, sobre todo, que manifestara una admiración sin límites por los nazis. Nada es definitivo, pero por el momento sus obras no se ven más en los escenarios.

Ricardo Halac