Revista Florencio

ESCRIBE MARTA SUINT, PAYADORA ARGENTINA

Aquellos programas camperos

La primera vez que ingresé a un estudio de radio fue en 1967, a Radio Mitre, que transmitía desde los estudios de Arenales 1925. Allí llegué, con 9 años recién cumplidos, al programa Amanecer argentino creado por Julio Mario Lorusso. Integraban su equipo Julio César Comte, Roperto Pozzi, Orlando Bilbao, Liberto Palazón, Wilmar Caballero. Los jóvenes locutores eran Juan Carlos Imparato y Rubén Bayón y cubrían la parte técnica Francisco Balbino, Carlos Mensimbrá, Marty Araujo y Armando Pío.

A los pocos años «nos mudamos» a los estudios de Maipú 555. Allí, un trágico día, se produjo un incendio donde murieron dos queridos compañeros: Arenas y Bacigalupi. Yo sentía que la radio era mi casa, sin imaginar entonces, que allí me aguardaba mi destino.

En el campo, a la mañana temprano, la gente madrugaba para escucharnos. Y -a la hora en que la tarde se iba poblando de sombras y luciérnagas- era la cita de honor con Miguel Franco para disfrutar de Un alto en la huella. La particular voz de Miguel movía multitudes en sus tradicionales fiestas de A lonja y guitarra. Era tal la sugestión que aquellos programas despertaban, que recuerdo un día la cara de decepción de un paisano que se apareció a las ¡cinco de la mañana! con un lechón adobado para que lo asáramos en honor a los payadores…

La misión de la radio era solidaria y fundamental para quienes se hallaban en lugares lejanos o atravesaban por problemas de salud: se conseguían remedios, sillas de ruedas, muletas y se emitían mensajes sobre el estado de los caminos.

Quiero recordar a mis viejos amigos: Horacio Alberto Agnese, Coco Lanza. Mario Alberto Acuña, Perla Vázquez, Víctor Abel Giménez, Perla Carlino, Marcelo Simón y al querido Waldemar Lagos, creador del Rincón de los payadores. Al irse muchos de ellos, sentimos que se llevaron parte de una historia, que aún permanece imborrable, en el recuerdo de quienes los sobrevivimos.

Después de 53 años de aquel lejano día, sigo convencida y admirada ante la insuperable magia de la radio. Nada me conmueve más, que el abrazo emocionado de alguno de mis paisanos cuando me llama «Martita» y me confiesa entre lágrimas…: «¡Yo la escuchaba con mis viejos cuando era chico!»

La vida construye destruyendo; hoy la posta ha quedado en las manos de las nuevas generaciones, encargadas de sostener las columnas de nuestra identidad.

Nosotros, los de entonces, ¡los aplaudimos de pie! ¡Felicidades!