Revista Florencio

LOS 70 AÑOS DE LA TELEVISIÓN ARGENTINA

Adulta, mayor, imprescindible e incorregible

Cuando llegó la televisión en octubre de 1951, los posibles interesados en el nuevo invento ya contaban con una considerable experiencia audiovisual, desarrollada a través de la música en vivo (óperas, zarzuelas, tangos), grabada, el baile, la radio (que todavía atravesaba su época de oro) y en especial el cine, primero mudo y posteriormente sonoro desde los primeros años de la década del 30. Ninguna película argentina pasaba inadvertida: justamente en ese 1951 se registró el récord de estrenos en un año: 53. Las temporadas teatrales de los 50 orillaban los 5 millones de espectadores anuales. Muy pronto, el “efecto televisión” retraería dramáticamente esas cifras. De a poco, los radioescuchas se convertirían en televidentes y replicarían una fuerte y estimable promesa básica que hasta ese momento obtenían en la escucha radial: desde el sillón más confortable y sin necesidad de trasladarse empezarían a recibir, gratuitamente, una gran cantidad de actividades y acontecimientos que se desarrollan fuera de sus casas, en el país y en el mundo.

Quién tomó el gigantesco compromiso de la instalación era, desde 1927, un pionero de la radiofonía. Entre 1932 y 1947 Jaime Yankelevich estuvo al frente de Radio Belgrano, una de las tres grandes cadenas, junto a Radio Splendid y Radio El Mundo. En 1947, por un entredicho político (hablaba Perón en cadena despidiendo a Evita que partía a Europa y en la transmisión de Belgrano se filtró una voz masculina diciendo ‘No le crean, no le crean’), el gobierno peronista le adquirió la emisora, aunque él la continuó gestionando hasta su muerte en 1952. Cuenta la historia familiar, que Don Jaime (así se lo conocía y apreciaba en el ambiente) le prometió a su hijo Miguel, gravemente enfermo y que moriría tiempo después, que cumpliría con su pedido: traer la televisión al país. Eso hizo. Fue y vino varias veces de los Estados Unidos trayendo el material de rezago que había adquirido y que fueron los primeros “fierros” de la televisión argentina. Durante sus primeros años todas las cámaras llevaban la inscripción LR3 Radio Belgrano Televisión. El propio Yankelevich y otro pionero de la radio, el loco de la azotea Enrique Telémaco Susini, manejaron cámaras en la transmisión inaugural, el acto del Día de la Lealtad Peronista del 17 de octubre de 1951.

Jaime Yankelevich

La inicial etapa de despegue de la televisión tuvo mucho que ver con la radio. De allí y también de la industria del cine y del teatro, llegaron los primeros técnicos y, en especial, los que pusieron la cara, previo paso por la sala de maquillaje, los locutores, en su gran mayoría pertenecientes a Radio Belgrano. En poco tiempo, los nombres de Isabel Marconi, Jaime Más, Adolfo Salinas, Daniel Alfonso Luro y, muy especialmente, Nelly Prince y Guillermo Brizuela Méndez se popularizaron y después de una cantidad de apariciones se convirtieron en alguien de la familia. De a poco, las nobles radios modelo capilla fueron corridas por unos enormes, desangelados cajones de madera bien lustrada. Como del primero al último tornillo o metro de cable, los primeros aparatos –no más de 700, marcas Raytheon, Capheart, Admiral, Zenith- habían llegado importados de los Estados Unidos y se vendían a precios, para los costos de esa época, difíciles de cubrir para un ciudadano medio o un trabajador. Sin embargo, en relativos pocos años la televisión se convertiría en el nuevo electrodoméstico que todos querían tener. La tenencia, o no, de ese aparato era la más clara señal de la condición social. A través de la pantalla chica –para ver una grande no había otra que ir al cine-, también llamada “la quinta pared del living”, un público cada vez más numeroso apreció mundos cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos, en blanco, en negro y en diversos tonos de grises.

En 1956, algo más de 100 mil familias habían hecho lo necesario como para no quedarse lejos del menú de tentaciones que el nuevo electrodoméstico proponía. La televisión había llegado para quedarse, ocupando en cada casa el lugar central que hasta ese momento había sido de la radio, como indiscutido ordenador del entretenimiento hogareño y como propiciador de manías, tentaciones y consumos y que, probablemente, en este siglo heredaron la computadora y las redes sociales.

Jaime Yankelevich y Enrique Telémaco Susini, probando cámaras en la primera transmisión el 17 de octubre en 1951

De una etapa inicial, reinterpretada por los televidentes con una frase despectiva (“Es radio con imagen, no hay nada para ver”), la tele creció a partir del inevitable crecimiento y variedad de los géneros. El radioteatro se convirtió en teleteatro; el informativo radial devino en el telenoticioso; el programa musical en vivo o con grabaciones pasó a ser el lujoso show repleto de figuras. Del mismo modo, no hubo rubro artístico que la televisión no le vampirizara a la radio. Quiénes hasta entonces afilaban sus sentidos en torno a la escucha, de ahora en adelante tendrían que concentrarse en el novedoso ver para creer y para entender. Ya desde su tercera temporada, el interés comenzó a crecer. Llegaron miles de aparatos y, cuestiones de oferta y demanda, los precios de venta de los aparatos pasaron de ser “imposibles” a “accesibles”, asi como también la programación fue variando y mejorando hasta convertirse en una presencia indispensable, una nueva voz familiar dentro de las casas.

El 7 fue el primer canal argentino y el único durante una década, hasta que en junio y en octubre de 1960 llegaron los dos primeros canales privados, el 9 y el 13. La primera década fue fascinante porque en modalidad ensayo y error (más de lo último que de lo primero) se instalaron y desarrollaron todos los géneros. Este fue y será, para siempre, uno de los logros de la señal pionera. De a poco, ese medio de comunicación, al que algún atrevido llamó “octavo arte”, pasó del amateurismo al profesionalismo; de la ignorancia absoluta a hacer escuela en programaciones de cualquier índole; de la televisión estatal a la televisión privada; de la improvisación creativa a la era industrial del medio que les generó ocupación a miles de personas. Paralelo al aprendizaje de quienes estaban del otro lado de la pantalla, en cada casa había gente haciendo su propio curso de televidente. Siempre me llamó la atención la autoridad del televidente medio argentino para manejar la jerga del medio (rating, vivo, directo) y para opinar sobre cuestiones muy relacionadas con el desarrollo técnico e incluso con el negocio.

La televisión argentina inaugura su séptima década con expedientes que no terminan de completarse, como, por ejemplo, cuál tendría que ser la principal misión del medio: ¿debe educar o solamente entretener? ¿tiene que ser un vehículo informativo o un complemento cultural? Antes que dar lugar a respuestas como las anteriores (tal vez demasiado complejas para un medio que se enamoró de contarlo todo a través de informes que no duren más de dos minutos) la televisión se especializó en famas súbitas, en pedir “fuerte ese aplauso” y en idolatrías. Para lo que más sirvió fue para ofrecernos temas de conversación para el día siguiente. En el desayuno, en el subte, en el café, en la escuela, en la calle mucho de lo que había para hablar, discutir o polemizar tuvo origen televisivo. Queda claro que los atletas del entretenimiento, la diversión y el pasatiempo aventajaron a los de la información, la educación y la cultura. Un resultado similar se registró en muchas otras televisiones del mundo. Pero sería injusto no reconocerle a la televisión argentina un aspecto trascendente de su capacidad divulgadora. Desde sus horas inaugurales mostró, a su manera, millares de libros, exhibió prácticamente íntegros repertorios teatrales y cinematográficos nacionales e internacionales, difundió catálogos musicales clásicos y populares y nunca le dio vuelta la cara a momentos de la ciencia, del arte y de la técnica. Esa televisión –que si se cumple con el calendario de apagón analógico planteado en nuestro país para el 2022– pronto será completamente digital. Esa televisión, que en sus inicios dependía de orthicones y estabilizadores de voltaje ahora emite desde multiplataformas ubicadas vaya a saber en qué nubes. Hoy hay muchas maneras distintas de mirar televisión: you tube, streaming, desde las páginas web de canales y señales, a través de redes sociales y, en cualquier caso, sin necesidad de seguirlos en los receptores convencionales sino en cualquier dispositivo móvil. Y para nuestro asombro, más temprano que tarde, se sumarán otras, aún desconocidas.

Lo cierto es que cada vez que estuvo respaldada por un adelanto tecnológico la televisión creció. Hay un continuo entre 1959 cuando llega el video tape y la actualidad cuando la televisión es a demanda. Entre 1960 y 1966, una vez más con asesoramiento estadounidense se instalan los cuatro canales privados. Ahora los de aire son seis, con el 7 y Net TV. En 1969 se inaugura la estación terrena de Balcarce y la televisión asciende a los satélites. En los 70 llegan las cámaras portátiles, las máquinas de mirar. En los 80 empieza la televisión en colores. En los 90 la privatización de los canales exige una fuerte renovación tecnológica. En la década siguiente la expansión más significativa es la del cable, con servicios que ofrecen más de 500 opciones distintas y en la que son estelares los canales de noticias.

Pero es imposible olvidar la proeza de los primeros tiempos. Porque no había nadie que se pusiera al frente de la clase, ni era preciso el nombre de la materia que había que aprender. Sin embargo, todo se conoció y reconoció sobre la marcha, por supuesto con equivocaciones y metidas de patas históricas, que también ofrendaron su pintoresquismo a una rica historia que en este 2021 cumple setenta años.

Carlos Ulanovsky


Algunos hitos televisivos

River vs. San Lorenzo se pudo ver en directo a los pocos días de inaugurada la TV en nuestro país

Ya el 18 de noviembre de 1951, apenas un mes y medio después de su inauguración, los espectadores pudieron ver en directo el partido de fútbol entre San Lorenzo y River y los dos goles de ese encuentro que terminó empatado. De ahí al fútbol codificado y pago de la actualidad pasaron, seguramente, miles, o millones, de goles. En 1952 el suceso fue el de una pareja en la vida real –Ana María Campoy y Pepe Cibrián-, que se atrevieron a hacer un ciclo policial llamado Néstor Villegas vigila. Ellos mismos, al año siguiente, personificaron a lo que eran en la vida de todos los días: el matrimonio de Ana y Pepe. Otros nombres sacudirían el amperímetro de la popularidad: el primer gran show, Tropicana Club; el concurso en busca de la Miss Televisión; el primer telenoticioso argentino; una transmisión de exteriores del Día de la Primavera desde la avenida Santa Fe; los ciclos de preguntas y respuestas con miles de pesos en premios; ficciones familiares como Todo el año es Navidad o cuasi pecaminosas para la época como los besos húmedos de María Aurelia Bisutti y Fernando Heredia en el Teleteatro para la hora del té; las locutoras y los locutoras; las series extranjeras dobladas al castellano y tantos nombres que estuvieron y están. Irma Roy, Eduardo Cuitiño, Mariano Perla, Alberto Olmedo, Narciso Ibañez Menta, Osvaldo Miranda, Modas en TV, La familia GESA, Virginia Luque, Dringue Farías, Francisco Petrone, César Mermet, Blackie, Violeta Antier, Beba Bidart, Marcos Zucker, Augusto Bonardo, Chas de Cruz, Pinky, Carlos Balá, Antonio Carrizo, Pedro López Lagar, Jaime Jacobson, Ernesto Veltri, Mirtha y Silvia Legrand, Juan Carlos Mareco, Héctor Coire, Carlos D’Agostino y miles más que por razones prácticas no mencionamos aquí, pero que de ninguna manera olvidamos.

Pepe Cibrián y Ana María Campoy