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OBRA EN CONSTRUCCIÓN

Adivina, adivinador… ¿Quién es la autora o autor?

Entrevista a Hugo Paredero: “Una cosa es imaginarse haciendo algo y otra muy distinta es experimentar esa intensidad plena al concretarlo”

Hace unos meses, Hugo Paredero celebró las primeras doscientas emisiones de su Parrafus interruptus en AM 750, micro que ya es un clásico en radio y que desde 2017 está en el aire una vez a la semana en el programa Una nueva aventura donde también lleva a cabo sus payadas con El Payador Perecedero.” Me encanta hacer las payadas en la radio. Tengo cierta facilidad para las rimas, además de una obsesión. Me crié en el campo, como te conté, así que la payada está instalada en mi vida. Este segmento comencé a hacerlo en FM La isla. Luego ya en Radio Nacional hice un programa los sábados que se llamó Mambo Argentino. Con Carlos Bermejo, un actor amigo mío, hacíamos una payada donde él era el guacho Martín sin fierro y yo el negro. Desde que estoy con Any Ventura, todos los lunes hago una payada sobre algún tema o personaje de la semana”, dice el periodista y escritor que obtuvo en 2006 el Premio Argentores –categoría microprograma radial– y en 2009 el Premio Éter como mejor programa cultural de radio. Para el ciclo Obra en Construcción conversamos con Hugo Paredero a propósito de Parrafus Interruptus pero también sobre otros temas, su intención de convertirse en actor, por ejemplo, y sobre todo su otra pasión que ha quedado plasmada para siempre en la memoria cultural de nuestro país por medio de sus notas en la legendaria revista Humor.

¿Se aprende lo que hacía en Humor o viene con uno?

Pienso que es una mezcla. Hay algo que viene con uno de manera natural. Y es lo que te hace escribir sobre lo que te moviliza o apasiona, y después está el oficio, por supuesto. Todos tenemos una impronta propia. Tal vez el secreto sea saber rastrear por dónde pasa y así poder elegir mejor. Siempre hay una que es más que las otras. En los primeros años de Humor, cambié mi vida. Yo me avoqué, iba a decir me consagré pero me resultó muy religioso, de lleno a la revista. Recuerdo que me iba de la redacción con bolsas llenas de cartas. ¿Y quién era yo? ¿Sandro? No, sólo un colaborador. Me encantaban esas cartas. Y las respondía. Todavía las conservo. La revista Humor en su mejor época la leían dos millones de personas. Es algo muy fuerte, ¿no?

¿Cómo surgió la idea de Párrafus interruptus?

La idea surgió a mediados de los años noventa. Un sábado a la tarde. Llovía y yo estaba tomando mate, leyendo Nadar de noche de Juan Forn, un escritor maravilloso, que lamentablemente falleció hace unos días. De pronto sonó el teléfono, el fijo obviamente, y me acuerdo de que odié que me interrumpieran la lectura. Pensando en esa situación, una vez que terminé de hablar por teléfono, comenzó a nacer la idea. ¿Y si hago algo así que me interrumpan una lectura para decir quién es la autora o el autor? Es decir capturé eso que me había sucedido en la vida real y lo llevé para el lado del juego. Y bueno, me puse ambicioso y comencé a leer teatro, poesía, novela o cuento sin dar ninguna pista a los oyentes. La idea es que puedan decir el título de la obra, quién la escribió y alguna experiencia relacionada con la lectura. Puedo decir que en un noventa y nueve por ciento, la gente me interrumpe y acierta con la autora o el autor.


“Desde que está en la 750 leyó fragmentos de La peste, de Albert Camus –al minuto y quince, Ana Sacomani, dueña de una pyme de productos para mascotas de Matadero lo interrumpió–; Esperando a Godot, de Samuel Beckett –Cecilia Trigu, ceramista de La Plata, se comunicó apenas pasados los 37 segundos–; Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández –Viviana Spírito, desocupada de Bernal que había trabajado en una empresa, acertó–; y La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne –Matías Giménez, médico traumatólogo de Mataderos fue el ganador–, por mencionar apenas un par de títulos y nombres tan eclécticos, que incluyen también clásicos de la literatura argentina, latinoamericana y universal, como Roberto Art, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Herman Melville y William Shakespeare, entre tantos otros”, escribe Silvina Friera


¿Cuándo empieza tu relación la radio?

Tuve una infancia de pueblo, así que mi relación con la radio comienza desde muy chico. Por la radio conocí el cine porque todo me lo hacía ver. También por la radio conocí el teatro a través de los radio teatros que se realizaban desde los estudios. La radio estaba instalada en mi casa como un familiar más. Te diría, incluso, que era el más respetable de todos. La casa entera escuchaba radio porque estaba prendida todo el día. Era una presencia muy fuerte, inolvidable para mí. Me dio la posibilidad de conocer a un montón de artistas, muchos de los cuales tuve la dicha de ser amigo años más tarde. Una especie de círculo. Es lo bueno de tener mucha edad, coleccionás anécdotas.

¿Se puede decir que ahí comienza tu sueño de trabajar en radio?

La verdad es que no era mi sueño trabajar en radio, lo que yo quería era actuar. Ser actor. Me parece un gran oficio, el gran don. De hecho estudié teatro allá por los años setenta con Martín Adjemián. Hace un ratito mientras estaba en la radio, entrevistamos con Any Ventura a Héctor Bidonde y nos acordamos del día en que nos conocimos en esa época en que yo estudiaba teatro y participé en una obra con él. Pensar que yo lo había visto actuar en El pupilo quiere ser tutor, dirigida por Lito Cruz y donde también actuaba con Carlos Moreno. A mí lo que me quedó de recuerdo es la felicidad que me generó actuar al lado de un grande como Cacho Bidonde. Una cosa es imaginarse haciendo algo y otra muy distinta es experimentar esa intensidad plena al concretarlo. Me acuerdo de que cuando fui a estudiar abogacía a La Plata, creyendo que quería ser como uno de los personajes de Gregory Peck, rápidamente abandoné y me anoté en un grupo de teatro. Tenía veinte años. Mirá, lo recuerdo y siento que le pasó a otro. De pronto me veo ensayando y estrenando una obra de Samuel Beckett, Final de partida.

¿Tu trabajo en radio llegó mucho tiempo después?

Comencé en el año 83, un tres de diciembre y fue una bisagra en mi vida. A Enrique Vázquez, que era compañero mío en la revista Humor, lugar donde trabajaba desde el año 1979, lo llamaron de Radio Belgrano cuando pasó a dirigirla Daniel Divinsky. Recuerdo que Enrique me propuso hacer una columna de espectáculos. Fue una emoción inmensa para mí, tanto que me quedé son voz de los nervios. Pero por suerte el día del estreno estuve en perfectas condiciones a pesar de la emoción. La alegría me dio coraje. El programa comenzó llamándose El Molino, la verdad a los cuatro vientos. Duró un mes con ese nombre. Luego fue cambiando de Nuevos Aires, a El árbol y el bosque. Y con distintos conductores.

Hace unos minutos mencionaste a la revista Humor como bisagra en tu vida

Que la revista humor haya aparecido en mi vida, siendo después lo que significó en su momento y la significancia que nos dio a todos es algo de lo que estoy siempre agradecido. La revista Humor fue una de las experiencias más fuertes que viví. A la revista llegué por un amigo, Carlos Rivas, a finales de los años setenta. Un día me propone que escriba algo, conocía a la gente porque había escrito en Satyricón. “Te acompaño”, me dijo. Yo ya era un lector ferviente de Humor, iban por el número once en aquel momento. Llevé una crítica de la película Interiores de Woody Allen, planteando quiénes tendrían que haberla hecho en Argentina y el por qué de la selección de las actrices y actores. El título de la nota era “Pormenores de una familia de depresivos”. Recuerdo que hablé con el jefe de redacción, Tomás Sanz, una persona exquisita, divina, y me dijo que le dejara la nota y llamara por teléfono al otro día. Imaginate mis nervios. Llamé y me dijo que la nota ya estaba en imprenta que fuéramos pensando la próxima. Esas palabras no me las olvido más. Y así fue durante veinte años. Por eso te digo que me siento afortunado y, sobre todo, agradecido.

Cuando pensás en esos veinte años, ¿qué es lo primero que aparece en tu recuerdo?

La primera etapa de Humor y la seguridad que me provocó el apoyo de Tomás Sanz. No me refiero a un apoyo al estilo “Vos podés”. Si no el modo en que fue conmigo, pidiéndome más notas y más páginas. Es decir la libertad que sentí para escribir. Nada me censuraba en mí, aquello que no escribía era por limitaciones propias. Te cuento una anécdota que me resulta muy significativa. Ya venía trabajando desde hacía tres o cuatro números. Un día a las once y media de la noche suena el teléfono en mi casa y era Tomás Sanz, estaban de cierre y con una nota mía. Aparentemente sobraban algunas líneas para que entrara en una página. Y me dice: “Leela y fijate qué le podés sacar. Yo te espero” Ahora bien, para mí eso fue natural porque lo hice con él al teléfono, pero cuando lo conté siempre recibía una respuesta incrédula. ¿Quién hace algo así? ¿Un jefe de redacción te llama por teléfono en pleno cierre para decirte que modifiques vos tu propio texto? No existe. Bueno, así es Tomás Sanz. Fui un malcriado, claro. Después pensé que el mundo era así, pero no.


Compartimos una payada de Hugo Paredero:

Payadita Doliniana

Aquí me pongo a payar,
y hago sonar mi bocina
`e San Telmo hasta la China,
desde la Tierra a la Luna…
¡Mozo jinetazo ahijuna,
Don Alejandro Dolina!

A él dedico esta payada,
con emoción bien pulenta:
todo es Haber, en su cuenta,
sus Venganzas son Terribles…
¡Dolina Insustituible,
Rey `e la Siete Cincuenta!

Igual que al Zorzal Crioyo,
que era francés y uruguayo,
le sucedió a nuestro Gayo:
según cuenta Wikipedia,
Dolina ha nacido a medias,
lo via esplicar, no me cayo…

Porque es oriundo e dos pueblos:
‘e Morse, y ‘e Baigorrita;
ambos -en sus solapitas-
lo yaman: Hijo Dileto…
¡Pa’ escapar ‘e ese prospeto,
jue a Caseros con sus cuitas!

Enfrentó áhi su remolino:
hacía música, escribía,
y aqueyo que no sabía,
a la Vida, preguntaba:
cuanto más se incomodaba,
tanto mejor se sentía…

Aunque nunca vivió ayí,
jue el gran cronista ‘e Flores,
la plaza ‘e los temblores
desvelaos, ‘el Ángel Gris,
ave ‘e un Barrio País
con fantasmas voladores…

“General Pedro Aramburu”,
era el nombre ‘e esa Plaza;
pior que una franja ‘e Gaza,
mejor cortar ‘e raíz:
¡Hoy es Plaza ‘el Ángel Gris,
por la Aveyaneda pasa”…

“Las puertita ‘el señor López”,
lo encontró haciendo ‘e Dios;
al mesmo tiempo que abrió
su yamao Bar del Infierno…
Negro Clásico y Moderno,
Mendieta, que lo parió!

Entre los antiguos griegos,
el más joven, es Dolina;
filosofía sin gomina,
cultura por varios laos,
con el Humor lubricao,
y el absurdo haciendo esquina.

Sobredosis ‘e TV
juntó el sábado a Dolina
con el Presi ‘e Argentina,
que es Otro Admirador más…
¡Y volvió a ser ese As,
el que nunca desafina!

Any, Emanuel, Marisú,
se suman a este homenaje,
que yeva un claro mensaje:
¡y es el ‘e agradecimiento
a Dolina, y los momentos
que nos mete en su Paisaje!

Áura los istoy dejando,
via seguir mi derrotero;
¿el plan Dolinismo Cero?
¡No es un plan pa´ este milenio!
¡Lo firma, en honor al Genio,
Payador Perecedero!