Teatro

A cuarenta años de la creación de Teatro Abierto, la vigencia de una ideología inquebrantable

Homenajes y reflexiones para conmemorar a uno de los movimientos de resistencia cultural más significativos del siglo XX

Osvaldo Dragún en el cierre del ciclo 1981 de Teatro Abierto (foto: Julie Weisz)

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”, escribió Bertolt Brecht. Y es el propósito de esta nota rendir un homenaje, o más que un homenaje manifestar un profundo agradecimiento, a quienes hace cuarenta años, exactamente un 28 de julio de 1981, llevaron a cabo un acto de resistencia y lucha, “dispuestos a reafirmar la existencia de la dramaturgia argentina” frente a la censura promovida por la última dictadura cívico-militar, creando un movimiento sin parangón no sólo en nuestro país sino a lo largo de toda Latinomérica: Teatro Abierto.

“Nuestras obras no estaban en los teatros oficiales, no éramos convocados por la televisión ni por el cine.”, afirma el dramaturgo Roberto “Tito” Cossa [1], uno de los fundadores de Teatro Abierto y actual Presidente de la Fundación Carlos Somigliana. “Nos eliminaron de los programas oficiales de las escuelas de teatro. Uno de los detonantes de Teatro Abierto fue que una funcionaria eliminó la cátedra de Teatro Argentino Contemporáneo. También un funcionario dijo: ´No, yo no hago teatro de argentinos porque no existen’”. Se llamaba Kive Staif, el funcionario en cuestión, y era por entonces director del Teatro San Martín.

La historia detrás de los dichos de Kive Staif es señalada de manera magistral por Roberto Perinelli [2], en un escrito donde también reflexiona sobre otros asuntos de suma importancia. El actual Presidente del Consejo de Teatro de Argentores hace hincapié en que ninguno de los autores que jerarquizaron Teatro Abierto (con excepción de Eugenio Griffero) tuvieron cabida en los escenarios del San Martín durante la dictadura militar iniciada en el 76, y que la desdichada respuesta de Staif era la única posible para justificar la aberración, ya que la condición de “autores prohibidos” no podía ser pronunciada por el funcionario. Por otra parte, sostiene Roberto Perinelli, para entender el nacimiento de Teatro Abierto habría que reconocer otros antecedentes, tal vez de mayor peso, tal como el cuadro de situación de la escena porteña que, entre 1979 y 1980, había logrado éxitos que la ponían en condiciones de aspirar a metas ambiciosas. Los estrenos casi simultáneos de Marathon, Siete locos, Boda blanca y El viejo criado, precedidos de una alta respuesta del público y de beneplácito de la crítica, se constituyeron en una suerte de demostración de fuerzas del teatro independiente local.

Roberto «Tito» Cossa, uno de los fundadores de Teatro Abierto, junto a la placa que recuerda el movimiento en la confitería de Argentores

También habría que hacer otros agregados a este despertar del teatro porteño. Entre ellos la iniciativa del Teatro Payró de ofrecer funciones de teatro al mediodía, en apariencia solo un inédito proyecto empresario independiente, inocuo políticamente, pero que sin embargo alteró a las autoridades castrenses, que prohibieron una de las obras del ciclo, Telarañas, de Eduardo Pavlovsky, por ejemplo.

Pavlovsky fue inmediatamente amenazado y debió exiliarse para proteger su vida. Cuando Chacho Dragún, a quien todos le asignan el rol de mentor de Teatro Abierto, amplió la iniciativa frustrada por los recelos de la gente del IFT, involucrando a un mayor número de autores, se encontró con un medio teatral envalentonado. Y que Argentores, la casa de los autores, haya sido la sede donde se efectuaron los largos preparativos iniciales, da mayor veracidad a esta afirmación.

“Del resto fui testigo”, concluye Roberto Perinelli: “Asistí la tarde, luminosa en el balcón terraza de Argentores, en que Tito Cossa leyó la fantástica Gris de ausencia y la tarde (las funciones comenzaban a las 18,30 hs.) en que abrimos por primera vez las puertas del Teatro del Picadero, luego incendiado por la horda, para inaugurar el ciclo con una ‘función para amigos’, donde caímos en la cuenta de que Teatro Abierto había despertado expectativas aún mayores que las del más optimista de nosotros”.

En noviembre de 1980, durante una reunión en la confitería de Argentores –que contó, entre otros, con la presencia de Carlos Gorostiza, Elio Gallípoli, Roberto “Tito” Cossa, Oscar Viale, Jorge García Alonso, Ricardo Monti, Carlos Somigliana, Roberto Perinelli y Máximo Soto– se comienza a materializar la idea de realizar veintiún obras de autoras y autores, es decir tres obras por día en el curso de una semana. “Pensamos que éramos nosotros mismos, las víctimas de estos problemas, los que debíamos producir un ámbito donde reencontrarnos a través de lo mejor de nosotros mismos” señaló Osvaldo Dragún [3]. “Y demostrar la existencia y la vitalidad de un teatro argentino muchas veces negado”.

Por su parte, Carlos Gorostiza [4], afirmó: “Vivíamos en un país cerrado y teníamos necesidad de encontrarnos, mirarnos, conversar. Empezamos a reunirnos semanalmente porque nos empezamos a dar cuenta de que nos estaban separando y la única manera de sobrevivir era estar juntos. Acá aparece una idea de Dragún y fuimos entendiendo que era posible”.

El apoyo del público fue notable (foto: Julie Weisz)

En un primer momento sólo se contaba con cinco directores para el ciclo, señala la periodista Hilda Cabrera [5]. Y que al divulgarse el proyecto se postularon treinta y seis. Y agrega: “Después aparecieron músicos, escenógrafos y técnicos. En cuanto al dinero, hubo aportes varios, además del que provino de la venta de abonos. El libretista Abel Santa Cruz, entonces en la comisión de Argentores, entregó un cheque. El anuncio a la prensa lo hizo Dragún junto a otros pioneros, el 12 de mayo de 1981. En julio comenzó la venta de abonos y el 28 de ese mes tuvo lugar el acto inaugural con la lectura de un texto de Somigliana. El encargado de dar a conocer el manifiesto fue el actor Jorge Rivera López, entonces presidente de la Asociación Argentina de Actores. Se iniciaba así una etapa de reafirmación de la existencia del teatro argentino, del derecho a opinar sin ataduras y del propósito de mantenerse unidos a pesar de la diversidad de opiniones y caracteres. Se decidió que las funciones comenzarían a las 18 para dar oportunidad a que los protagonistas del proyecto, que trabajaban gratuitamente, pudieran cumplir con sus otras tareas. El escenario era el Teatro del Picadero, donde se vieron Decir sí, de Gambaro; El que me toca es un chancho, de Alberto Drago; y El nuevo mundo, de Somigliana”.

El día 28 de julio, en el marco de los ensayos generales, comienza el ciclo de representaciones y tan sólo una semana después se produce un incendio intencional (no es casual que el fuego se haya producido desde el escenario) nunca esclarecido por parte del gobierno de facto aunque sí endilgado como accidental, sospechosamente. En relación a dicho incidente, señala Hilda Cabrera: “El hecho le dio un cariz más político a lo que hasta entonces era ante todo un acto de resistencia ético-cultural. Se imponía rearmarse. Frente al Picadero destruido se reunieron técnicos y artistas: Dragún, Cossa, Somigliana, Gorostiza, el actor Alberto Segado, los directores Antonio Mónaco, Omar Grasso y muchos más. Hubo asamblea en el salón de Argentores y una conferencia de prensa en el Teatro Lasalle. El ciclo debía continuar. Hubo adhesiones, entre otras del escritor Ernesto Sábato; Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz; y Jorge Luis Borges, a través de un telegrama. Entre los ofertados se optó por el Tabarís, destinado por la noche al género revisteril. La etapa en la sala de la avenida Corrientes se inició el 18 de agosto y concluyó el 21 de septiembre. Las veinte obras ofrecidas fueron expresión de libertad, aun cuando no se refirieran de modo directo a la realidad política”.

Hay una cuestión que no debe ser soslayada y nos permite darle una dimensión aún mayor a las y los imprescindibles que conformaron el movimiento del Teatro Abierto. Un punto de encuentro entre lo ideológico y lo estético como una fuerza vital que trasciende su contexto para convertirse en ejemplo de futuras generaciones. O, para decirlo en los propios términos de Perinelli: “Cuando algunos de sus organizadores se encontraron con la pregunta acerca de qué significó Teatro Abierto, tomaron por la cómoda tangente de calificarlo de fenómeno político. Teatro Abierto fue, por encima de cualquier otra circunstancia, un movimiento político. Pero también es verdad que sus organizadores pusieron en juego valores estéticos, porque se trataba de atacar al régimen mediante el teatro, y el teatro es un arte”.


[1], [3] y [4]. Extracto del documental País cerrado (1990), Teatro Abierto, dirigido por Arturo Balassa.
[2] “Teatro abierto. Condiciones de gestación”.
[5] TEATRO ABIERTO, UN MOVIMIENTO QUE DESAFIO A LA MORDAZA DE LA DICTADURA“ Para mirarnos a la cara sin vergüenza”
[6] «Teatro abierto, ¿una incógnita?»