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OBRA EN CONSTRUCCIÓN

«Hoy en día, la estrella es el guion»

José Ignacio «Chascas» Valenzuela, autor de la exitosa serie ¿Quién mató a Sara?, producida por Netflix, habló en exclusiva para la web de Argentores sobre la forma en que creó esta serie, la nueva realidad de los autores en las grandes producciones de plataformas internacionales y la figura del «showrunner»

Durante la entrevista exclusiva con los integrandes del Consejo Profesional de Televisión de Argentores, José Ignacio Valenzuela se refirió a la nueva figura de «showrunner» en la producción de las principales plataformas audiovisuales, como Netflix.

José Ignacio “Chascas” Valenzuela es el creador de ¿Quién mató a Sara?, una de las más exitosas producciones de Netflix que se estrenó pocos meses atrás. Nació en Chile pero desarrolló su carrera en diversos países del continente americano. Inició su carrera muy joven en su Santiago de Chile natal y luego vivió 8 años en Puerto Rico, 2 años en Nueva York y casi 10 años en México. En la actualidad reside en la ciudad de Miami, desde donde conversó a través de la plataforma Zoom con los integrantes del Consejo Profesional de Televisión de Argentores Jorge Maestro (Presidente) y Ricardo Rodríguez (Secretario) para la sección “Obra en Construcción” de nuestra web.

Valenzuela es un autor prolífico que ha trabajado en televisión (telenovelas y series), cine, teatro y más de cuarenta libros de narrativa (novelas y cuentos).

Sin dudas, ¿Quién mató a Sara? significa el punto más alto de popularidad debido a la repercusión mundial de la serie y la diversidad de regiones en las que impacto. Realizada en México y rodada originalmente en español, la serie conquistó mercados como el norteamericano, el europeo y el asiático.


¿Cómo fue tu metodología de trabajo a la hora de escribir una serie?

Yo vengo trabajando como guionista profesional desde que tengo 19 años. Fue en Chile, donde, por azares del destino, literalmente, terminé frente a la secretaria del área dramática del Departamento de Ficción del Canal 13 de la Universidad Católica de Chile. Le dejé mi currículum que no era nada: “Estudiante de literatura. Primer año”, para ver si podía ser el ayudante de algún ayudante de algún ayudante, porque necesitaba trabajar para pagarme la carrera. Y me enteré ahí, frente a ella, que estaban buscando guiones de telenovelas. Entonces dejé escrita a mano una idea de telenovela y a los tres días me llamaron porque les había gustado, y a la semana estaba escribiendo una telenovela para Canal 13.

Así empezó mi carrera. Entonces, desde muy temprano, no me quedó más remedio que forjarme una rutina de trabajo porque decidí que la inspiración no iba a jugar un rol importante en mi carrera, porque si jugaba un rol importante yo iba a quedar a merced de algo que yo no sabía siquiera si existía. ¿Cómo voy a dejar en manos de un fantasma algo que necesito entregar todos los días? Porque pasé de no haber escrito un guion en mi vida a tener que escribir seis capítulos a la semana de una telenovela que se empezó a grabar y que iba a salir al aire en tres meses. No puedo quedarme sentado a esperar a las musas. Entonces partí de la base de que no todos los profesores tienen ganas de serlo todos los días, pero si son buenos profesores, sus alumnos no se van a dar cuenta de que no tienen ganas. Así que decidí que lo mismo sería para los escritores. Yo no tengo ganas todos los días de escribir, de hecho nunca tengo ganas de escribir (risas), pero la audiencia no tiene por qué darse cuenta, por lo tanto debía profesionalizar eso. Por lo tanto, lo que hice fue ponerme horarios que es la mejor manera que tengo de ordenarme. Así que yo escribí todos los días desde las 9 de la mañana hasta las 10 de la noche hasta hace dos años cuando mi hija, y ahora lo hago de 9 a 7 de la tarde. Lo que pasa en ese tiempo es rigor y disciplina pura, donde si tengo que escribir algo por contrato o porque estoy en mitad de un proyecto, dedico las primeras horas a revisar lo ya escrito, a releer lo que escribí el día anterior, a entrar calor… en el fondo, a llamar a las musas, de alguna manera. Diagramo, corrijo, lleno libretas con ideas, me obligo, me siento y no me levanto hasta que llega la hora de terminar la jornada de trabajo. Esa es básicamente mi rutina como escritor.

Hasta hace muy poco, todo lo hacía solo. Desde hace un par de años, por un asunto netamente de tiempo, empecé a explorar cómo sería trabajar con alguien más. Y la primera persona a la que llamé para trabajar fue mi hermana, escritora y actriz, con quien nos entendemos muy bien, y de esa manera, en estos últimos tres o cuatro años, fui ampliando un poco el círculo de escritura. Pero mi rutina, mi cuerpo laboral diario es el mismo que tengo desde los 19 años.

Escena de ¿Quién mató a Sara?

¿Cómo planeas un proyecto de serie cuando no tenés idea si constará de una, dos o tres temporadas?

Antes de ¿Quién mató a Sara? ya tenía contratos con Sony y con Telemundo para desarrollar proyectos seriados. Entonces ya me había tocado enfrentarme a ejecutivos que me habían pedido ideas para streaming. Y lo que aprendí muy rápidamente es que una manera de dejar muy tranquilo a los productores (y esto es como un consejo a mis colegas) es que cuando presentaba la idea, en todos los proyectos presenté siempre al menos tres temporadas. Eso no significaba que se fueran a hacer, pero en el fondo yo presentaba una macro historia que involucraba al menos 3 temporadas. Eso tranquiliza a los productores porque esa idea que les llevaba tenía paño para cortar, pero también me dejaba tranquilo a mí que no me iba a quedar sin gasolina a mitad de camino.

«Lo que aprendí muy rápidamente es que una manera de dejar muy tranquilo a los productores (y esto es como un consejo a mis colegas) es que cuando presentaba la idea, en todos los proyectos presenté siempre al menos tres temporadas».

José Ignacio Valenzuela

Entonces, cuando me llamaron de Netflix (que no se me olvidará nunca) en enero de 2019 y me propusieron hacer una serie de suspenso para ellos, yo dije inmediatamente que sí, por supuesto. Colgué el teléfono y me arrepentí, obviamente, porque me empezó a ganar la angustia. Pensaba: “¡Me está llamando la gente que hizo ‘The Crown’, ‘Stranger things’, a cuyos autores no les llego ni al tobillo!”. Entonces lo que hice fue lo mejor que uno puede hacer en la vida: me puse a estudiar. Me metí en la Universidad, aquí en Estados Unidos, en la UCLA, y estudié Guion de series para el streaming. Ahí, lo primero que te enseñan es hacer proyectos para 3, 4 ó 5 temporadas. Entonces cuando presente ¿Quién mato a Sara?, presenté un proyecto largo, completo. Por eso me da mucha risa cuando escucho comentarios como “claro, van inventando en el camino”… ¡Si supieran el año que me pasé encerrado en mi casa, sin escribir una letra, pensando solamente en esas temporadas!

Aquí no hay nada inventado en el camino, sobre todo en una serie de este tipo tan particular donde todo es una pista de algo, donde cada escena está relacionado con lo que se verá tres capítulos más adelante, etcétera. Es imposible improvisar cuando se tiene una estructura de este tipo.

Jorge Maestro: Cuando llegó el momento en que te llamó Netflix para hacer una serie de suspenso, ¿vos tenías una idea o material relacionado con este género o fue una premisa desde la que tuviste que empezar a trabajar de cero?

No tenía nada armado. De hecho, no estaba en mis planes hacer una serie en ese momento. Esto fue en enero de 2019 y en marzo de ese año nació mi hija. Mis planes de vida eran tener un año sabático, estaba empezando a escribir un libro, algo a lo que en general le destino los jueves y los viernes, o solamente los viernes, porque al no tener entregas que hacer, al trabajar sin plazos, podía manejar mis tiempos. Ese era mi plan: ser papá 24 horas, cambiar pañales, etcétera. De ahí, corte a: ¡Escribir una serie para Netflix, en la universidad y siendo papá!

La propuesta de Netflix era escribir una serie de suspenso. Quien me convocó, Roberto Stopello, había sido mi jefe en Telemundo, para quien había hecho dos telenovelas muy exitosas que se llamaron La casa de al lado y Santa diabla, que eran telenovelas de suspenso. Y que llamaron mucho la atención porque en la historia nada era lo que parecía. Me plantearon algunas ideas sobre lo que querían de la serie pero no había nada muy claro. Yo soy un gran fanático de Agatha Christie, he estudiado mucho su método para pasearnos entre los sospechosos sin que nunca descubramos quién es el verdadero. Entonces tomé todas las ideas y recursos que había sobre la mesa y armé un cóctel. Pero la verdad es que partí de cero, lo que fue mucho mejor en el fondo, porque me permitió armar este traje a la medida desde el principio sin tener que desarmar algo ya hecho.

EL ROL DEL SHOWRUNNER

Jorge Maestro: ¿Cómo se produce la ampliación de tu rol de autor de los guiones al de showrunner, como se dice ahora? Es decir, el último responsable ante Netflix de la historia.

Fue progresivo. Yo, desde la temporada 1, tuve crédito de productor ejecutivo, pero no fui el showrunner desde el inicio. En la temporada 1, mi rol fue escribir la serie y, por supuesto, participar de todas las reuniones de producción, dirección, etcétera. Yo empecé a darme cuenta de que Netflix empezó a depositar en mí cada vez más confianza como a mitad de la primera temporada, cuando ya estábamos trabajando en la grabación.

Los directores y productores mandaban preguntas por mail –ya había comenzado la pandemia–, entonces la respuesta de Netflix era “Que lo conteste Chascas”. Al principio eran consultas simples, sobre locaciones o detalles por el estilo. Pero luego la cosa comenzó a ponerse más seria y empezaron a dejar en mis manos decisiones como quién será el actor que interpretará determinado personaje. Y de pronto, un día me di cuenta de que estaba contestando un montón de preguntas que nunca me había tocado contestar. ¿Será eso ser productor ejecutivo? Y descubrí que sí, que de eso se trataba.

Ximena Lamadrid encarna al personaje de Sara Guzmán en la exitosa serie de Netflix escrita por «Chascas» Valenzuela

Jorge Maestro: ¿Sobre la administración del presupuesto también eras consultado?

No, no… no tengo nada que ver con eso. ¡Por suerte! (risas)

Jorge Maestro: ¿Y cómo siguió ese camino de showrunner?

Bueno, ahí comenzó todo otro proceso. Durante la grabación me instalaron un programa en mi computadora para que pudiera ver en línea, inmediatamente, todas las grabaciones del día. Entonces advertí que tenía que empezar a ver todo el material, todos los días, y empezar a opinar sobre él. Y un día comprendí que realmente estaban pendientes de mis devoluciones porque comenté que uno de los personajes no estaba en la emoción que tenía que estar para que la escena funcionara y lo dije. ¡Y bastó que lo dijera para que instantáneamente se reprogramara la misma escena y a los dos días se volviera a grabar con las indicaciones que yo había dado! Ahí me di cuenta de cuán grande era la responsabilidad que estaba teniendo. Eso me hizo tomar conciencia de que tenía que ser muy cuidadoso con mis aportes porque no puedo rehacer escenas a tontas y a locas porque simplemente no me gustaban. No pasa por ahí. A partir de ese momento, la cosa se puso mucho más seria para mí.

«Comer, dormir, escribir… repetir», dice la remera del «Chascas» Valenzuela, y no podría describirse mejor su compromiso con el oficio de autor

Jorge Maestro: Por tu conocimiento, tanto práctico como teórico, ¿creés que ese rol de showrunner lo ejercen más los autores que los directores o los productores?

Sin dudas, el que ejerce ese rol es el creador de la serie. Obviamente, ese rol lo ejerce el que mejor conoce la historia, el que mejor puede contestar cualquier pregunta sobre ella, y ese es el creador de la serie.

Ricardo Rodríguez: Es admirable hacer el trabajo de escribir al mismo tiempo que ejercer ese rol de showrunner o productor ejecutivo, porque es muy demandante…

Exacto. Además, lo aprendí de golpe. No fue un concepto que tuviera en la teoría y luego lo implementé en la práctica, sino que me vi haciendo eso, sin haber tenido una experiencia previa, con un temor infinito a no arruinarlo todo por mi falta de experiencia. Temía hacer preguntas que fueran demasiado obvias y me dejaran expuesto como inexperto. ¡Me podría morir de vergüenza! Por eso mi primer acercamiento a este rol fue de mucho respeto, mucha cautela, para no meter la pata. Pero es cierto que fue muy demandante escribir la segunda temporada ejerciendo ese rol mientras se grababa la primera.

«YO AMO LAS TELENOVELAS»

Ricardo Rodríguez: ¿En cuánto te ayudó en esta nueva etapa el hecho de haber tenido la experiencia de escribir seis capítulos por semana de telenovela?

Yo amo las telenovelas. Encuentro que no existe género más noble que el melodrama. Es un género, además, imbatible. Tú inyectas melodrama a cualquier historia y crece tres pisos. Al mismo tiempo soy muy agradecido del melodrama y siempre he estado muy orgulloso de la telenovela porque es el único género que hemos inventado los latinoamericanos. Y cuando hay una buena telenovela, se puede llegar a hacer productos de altísima calidad. Por lo tanto yo nunca he renegado de eso, todo lo contrario, me encanta. Y siempre he sido muy crítico de las personas que se ponen en una posición de superioridad con respecto a este género. Para mí, escribir seis capítulos a las semanas de una telenovela y que te quede bien, es casi más valioso que escribir una película con la que te ganaste el Oscar. Porque ciertamente es muy difícil hacerlo, sobre todo con todos los condicionamientos que conlleva: que no haya exterior nocturnos; que haya un equilibrio de 70% interior y 30% exterior; que los protagónicos no salgan en más de diez escenas pero que esas escenas sean importantes; que corte a los comerciales; que buscar un buen final de capítulo que haga que la gente vuelva 24 horas después; etcétera, etcétera.

Escribir telenovelas es ir a la guerra. Y cuando uno ha ido a la guerra, volver a tu lugar y tener que enfrentar un conflicto menor, se te hace “pan comido”. Por eso sostengo que la disciplina, el rigor y las herramientas que a mí me dio la telenovela, para mí son invaluables. Y no podría haber hecho lo que hice en ¿Quién mató a Sara? ni ejercer el rol de showrunner si no tuviera sobre mis espaldas 25 años de telenovelas en México, Chile o Estados Unidos. Por eso para mí es fundamental haber pasado por esa escuela.

«Yo amo las telenovelas. Encuentro que no existe género más noble que el melodrama. Es un género, además, imbatible».

José Ignacio Valenzuela

Jorge Maestro: ¿Vos creés que, a pesar de los cambios en la industria y las nuevas formas de consumo de ficción, la clásica trama o el clásico formato de la telenovela permanecerán?

Yo creo que la telenovela no va a morir nunca. Ha cambiado, está cambiando de piel, se han inyectado nuevas temáticas… Si ves series como la misma ¿Quién mató a Sara? o Bridgerton, son telenovelas. Bridgerton es una novela magníficamente bien hecha: hay un triángulo, hay un secreto, hay una familia poderosa, están los ricos, los pobres… es una telenovela exquisita.

Ahora, yo tengo una teoría personal y puedo estar totalmente equivocado, pero tengo la teoría que en los países latinoamericanos tradicionalmente telenoveleros como Chile, Argentina, México, la renovación generaciones de ejecutivos (no de creativos) no estuvo a la altura. Creo que estos nuevos ejecutivos que llegaron hace unos ocho o diez años a reemplazar a monstruos de la televisión que levantaron los imperios televisivos en los respectivos países, no eran animales de televisión, venían de otras áreas, del mundo comercial. Entonces no llevaban en su ADN a la televisión. Ellos programaban, elegían, diseñaban la televisión desde una planilla Excel y no desde la vida televisiva. Entonces empezaron, por ejemplo, con la parrilla flexible: “vamos a estrenar la novela de la seis de la tarde el domingo para que haya más audiencia; y después, si no le va muy bien a las seis la podemos pasar a las siete y media; y los viernes no damos telenovela porque baja mucho la audiencia”. Y empezó este desastre que vive la telenovela en nuestros países. Además, vos hablabas con ellos y notabas que les daba vergüenza el género. Pero yo estoy convencido que si haces una telenovela, la pones en un horario, te apegas a ese horario, y la tratas respetuosamente como se hacía antes, ese producto va a funcionar sí o sí.


Ricardo Rodríguez: En Chile hay una relación muy fuerte entre el policial y la telenovela. Algo que también se ve en ¿Quién mató a Sara? ¿De dónde crees que viene esa particularidad?

La verdad es que no sé muy bien de dónde viene. Hay grandes hitos de thrillers en Chile. Uno de los más famosos es la Madrastra, de Arturo Moya Grau, de hace 40 años, cuya frase más recordada es “¿Quién mató a Patricia?”. En esa época, con otros formatos, toda la telenovela se estructuró en torno a esa pregunta y recién en el último capítulo descubrimos quién lo hizo. Hoy en día descubriríamos al asesino en el capítulo 5; en el capítulo 10, nos daríamos cuenta de que el asesino no era el que creíamos; en el 15, se revelaría que Patricia era un hija de puta que merecía que la mataran; y en el 25, Patricia está viva, simuló su muerte y ¡ella termina matando a todos!

Ricardo Rodríguez: Volviendo a ¿Quién mató a Sara?, con respecto al armado de una historia compleja, ¿cómo la trabajaste? ¿desarrollaste las líneas por separado y después las ensamblaste, o la fuiste trabajando sobre la marcha?

Me encantaría dar una respuesta que me haga quedar bien y explicar que primero desarrollé todas las líneas de la historia y luego las fui entrelazando… pero no fue así. Fue intuición. Aunque parezca absurdo lo que te voy a decir, esto fue así: escribí los capítulos de Sara tal como vos lo vez al aire. Escribí el desorden. Intuitivamente. Después, claro, a los efectos de la producción y dirección, una vez que había escrito la primera temporada, me tocó sacar de cada capítulo todas las escenas del pasado y ordenarlas cronológicamente para que se pudieras desglosar bien los capítulos, con los vestuarios, etcétera. Pero mi trabajo de escritor fue en desorden, porque la única manera que yo tengo de medir la intensidad del capítulo es escribirlo tal como va a salir al aire. Como autor, no puedo responder por la intensidad de un episodio si no lo trabajo así.

«Netflix, como modelo de negocio, deja en claro desde el primer día que ‘el dueño de la historia es el creador‘. Y en este sentido, en Netflix la estrella es el guion».

José Ignacio Valenzuela

Jorge Maestro: En la serie se ve una continuidad en la manera de contar, en la estética. ¿Cómo es el trabajo con los directores?

En la primera temporada de ¿Quién mató a Sara? fueron tres directores –David “Leche” Ruiz, Bernardo de la Rosa y Alfonso “Poncho” Pineda– que fueron los mejores cómplices de la historia. Se pusieron al servicio de la historia, cada uno desde sus propias miradas pero con esta perspectiva más amplia, un poco definida por la propuesta original planteada por Netflix. Yo mismo tuve que acomodar mi talento, mi mirada y mi escritura para encausar la historia en lo que Netflix esperaba de esa serie, y los directores también se sumaron a esa propuesta.

Hay una anécdota que ilustra muy bien esto. Cuando mandé los primeros seis capítulos de la serie (yo no conocía a ninguno de los directores), recibí un mail en el que ellos planteaban algunas dudas sobre la historia… ¡eran 20 páginas de dudas! Entonces, con Roberto Stopello lo charlamos y entendimos que teníamos que hablar sobre el tono… porque evidentemente estaban leyendo el guion en otro registro. Entonces me tomé un avión, me reuní con ellos en México, nos encerramos durante dos días y en ese tiempo les leí los capítulos. Porque ¿Quién mató a Sara? es un híbrido entre thriller gringo y melodrama latinoamericano. El esqueleto de la serie es el clásico thriller, con una estructura anglosajona tradicional: un teaser y cuatro actos. Pero este híbrido en el que se mezclan The Killing, por poner un ejemplo, con Cuna de lobos, la única manera que tenía para explicarlo es diciéndolo, porque no tenía otra serie que se pareciera o que pudiera servir como referencia. Este híbrido es algo que llevaba diez años dando vuelta en mi cabeza.

Una vez que comprendieron el tono, las 20 páginas se redujeron a cero, y a partir de allí los directores se convirtieron en mis mayores cómplices para transmitirles la idea a los actores en el set.


«EN TRES O CINCO AÑOS, NO HABRÁ DUDAS SOBRE EL ROL DEL SHOWRUNNER»

Creo que en tres o cinco años más, no va a haber duda de lo que es un showrunner, sobre todo en Latinoamérica. En Estados Unidos está muy claro, no hay ni que decirlo, no hay ni que explicarlo. Showrunner es “creador + productor ejecutivo”. Esta es la definición a la que, honestamente, nunca antes me había enfrentado y terminé con ese título de productor ejecutivo exclusivamente porque mi agente es estadounidense. Por lo tanto, cuando a ella le tocó negociar el contrato con Netflix, Estados Unidos, obviamente, al ser el creador se incorporó la figura de productor ejecutivo y yo me enteré cuando el contrato ya estaba firmado. Eso implicaba que mi nombre figuraría tres veces en los créditos: “Creada por”, “Escrita por” y “Productor ejecutivo”. ¡Me dio un gran pudor porque me imaginé que todos iban a pensar que estaba acaparando todos los créditos!

En Latinoamérica todavía no está claro quién es el showrunner. De pronto está la discusión: ¿son los directores? ¿los productores? ¿los escritores? Y esto se plantea porque todavía es muy nueva la figura y porque, además, históricamente en Latinoamérica el director siempre tuvo mucha fuerza y mucho poder. Esto no está mal que pase pero creo que va a quedar cada vez más clara la figura del creador. Y si ese creador, como debiera ser, tiene además funciones de productor ejecutivo, entonces la figura de showrunner va a ir quedando cada vez más clara y vamos a tener que explicarla menos.

Netflix, como modelo de negocio, deja en claro desde el primer día que “el dueño de la historia es el creador”. Y en este sentido, en Netflix la estrella es el guion. Allí están las respuestas, por lo tanto, si hay dudas hay que consultarlas con el creador. Debo confesar que la primera vez que escuché esto me dio una especie de vértigo porque, como autor, en Latinoamérica, uno es hijo del maltrato. Entonces cuando participé de un Zoom con sesenta personas y Roberto Stopello dijo “aquí el dueño de la historia es el Chascas”, lo primero que pensé es que acababa de ganarme cincuenta y nueve enemigos. Pero fue todo lo contrario y eso es algo que agradezco y que disfruto. Y no lo digo por una cuestión de ego sino porque finalmente el guion está teniendo la relevancia que siempre debió haber tenido. Porque el guion es el origen, antes de él no hay nada. Es el vacío y la nada. Todo lo demás son artes interpretativas del guion. El único proceso original es la escritura del guion. Es decir, me parece que son grandes tiempos para por fin darle el valor que se merece al guion.