Escribe Sergio Vainman, Presidente del Consejo Profesional de Televisión de Argentores

Escribe Sergio Vainman, Presidente del Consejo Profesional de Televisión de Argentores

“Son pocos, es verdad, pero hay días en que – al menos por un rato y hasta el próximo round – la tortilla se vuelve, el tiro suena para el lado de la justicia y algunos se ven obligados a masticar lo que nunca pensaron comer.

Qué placer comprobar que cuando los guionistas norteamericanos amenazaron con una huelga, todos los empresarios corrieron con desesperación a tratar de resolver un problema que - ya lo comprobaron años atrás – prometía extenderse mucho más allá de las pantallas y, presionados por otras actividades que se verían afectadas por el paro, no tuvieron más remedio que ceder a los reclamos autorales.

Y, más placer aún, la huelga se convirtió en un tema importante que trascendió fronteras y oficios y puso nuevamente a los guionistas y a su tarea en un plano público superior.

Ahora, de pronto, como si los planetas se alinearan mágicamente para nosotros los autores, el universo entero descubrió que si no hay guionistas no hay nada, que sin autor no hay obra. 

Felicitaciones a todos los descubridores, pero hay malas noticias: no es un pensamiento original. Hace mucho tiempo que los autores sabíamos que nada es exactamente la palabra que cabe aquí, porque el paso de la “nada” al “algo” lo da el escritor, que recibe una pantalla en blanco y la devuelve hecha guión. Detrás de él, sólo se atisba el desierto, una suerte de limbo silencioso y caótico donde vagan las ideas no nacidas y las intenciones sin realizar.

 

Si no hay nadie que guíe los pasos a través de un texto que indique el camino, de nada valdrán los esfuerzos de productores, actores, escenógrafos o directores por salir del desierto. 

Serán panaderos sin harina, carpinteros sin madera, herreros sin metal: les falta la materia prima para realizar sus trabajos y concretarlos en obras. 

En vano pasarán horas en los decorados y en los estudios de grabación porque nada tendrán para decir, ni para mostrar, ni para interpretar; porque ese muchacho tímido, de pelo desordenado, siempre con un libro bajo el brazo o esa joven de anteojos gruesos de carey que nunca se animó a actuar pero escribe como los dioses, han decidido bajar los brazos en señal de protesta y de sus computadoras no parten archivos que construyan el camino. 

Oscuridad, caos y silencio en lugar de imágenes, orden y palabras.

Las ruedas de la industria detenidas. 

La pérdida. 

El show business jaqueado. 

El horror.

Recién entonces, en la carencia o en el peligro de caer en ella, es cuando se aprecia el verdadero tamaño de la tarea. Como pasa con la salud, que sólo valoramos cuando aparece la enfermedad, o con el amor perdido. Lloramos sobre la falta de lo que en su momento supusimos normal, natural, dado, automático, pensando que siempre estaría, que no podía escasear. Y no es así. Los guiones no crecen como el pasto ni caen del cielo como el maná. Nada tienen de automático ni de natural, todo lo contrario. 

Son el resultado del esfuerzo, la creatividad, la dedicación y el amor de seres humanos cuya única herramienta es su talento, su inteligencia, su cultura, su vocación inquebrantable por lo que hacen. 

Si para muchos ignorantes el guionista no importa, no hay por qué cuidarlo; si creen que lo que hace carece de valor y no es fundamental, no es necesario pagarle por lo que realmente genera; si siempre hubo guiones y suponen equivocadamente que siempre los habrá, no tienen que preservar su estabilidad ni cuidar de su futuro. 

Son los mismos ignorantes que reverencian hasta la adoración al autor muerto – el mejor de los autores según muchos usuarios de las obras – y desprecian profundamente al autor vivo, lo ningunean, lo maltratan. Total, esa gente rara que reclama derechos y trato digno es simple y sencillamente la que los provee de un guión y nada más. 

Y nada menos. 

Porque si esa gente se enferma, se va, se enoja o hace huelga, no tienen nada en las manos, ni saben qué troley hay que tomar para seguir.”

Sergio Vainman / Consejo Profesional de Televisión / Argentores