Escriben  Jorge Maestro y Sergio Vainman ante la muerte de Diana Alvarez, notable directora de la televisión argentina

Escriben  Jorge Maestro y Sergio Vainman ante la muerte de Diana Alvarez, notable directora de la televisión argentina

Hay amistades que perduran a través del tiempo y la distancia. 

Presentes en todo momento, inconmovibles, firmes como peñascos que resisten los embates del egoísmo y el olvido. Relaciones llamadas a ser únicas e irrepetibles, como las personas que las provocan y las mantienen. Esas que, sin duda, son personas diferentes, especiales, distintas del resto, excepciones a la regla, piezas escogidas del género humano.

En un mundo como la televisión, donde todos compiten y tratan de imponerse con las armas de las que dispongan, sin importar las consecuencias ni los daños; en un trabajo donde pocos respetan a quien tienen delante y casi nadie escucha al otro, de pronto aparecen personas que desmienten esta afirmación e imponen su presencia a través de otras herramientas: la creatividad, el amor por lo que hacen, la solidaridad con los que comparten su tarea, el reconocimiento por el trabajo del otro, la generosidad.

En un medio donde cada uno trepa la cuesta pisando la cabeza del que queda abajo, donde todos se declaran imprescindibles en cada entrevista, donde la única forma que se conoce de conjugar el verbo es en primera persona del singular, donde siempre hay “yo” y nunca “nosotros”, donde la soberbia y la vanidad son los motores más comunes, se encuentran también seres que hacen exactamente lo contrario: apoyan a los que están subiendo, sostienen a los que ya llegaron y aguantan a los que van de bajada. 

Son pocos, contados con los dedos de una mano, quizás, pero los hay. Están escondidos, un poco por su natural humildad y otro mucho por la escasa prensa que tiene la gente buena, la que no vive de escándalos, la que no especula con la fama, la que no se desespera por ocupar la vidriera y los titulares. La que de verdad es importante pero no lo anuncia con bombos y platillos porque no los necesita para saber quién es.

En los años de televisión que cargamos sobre las espaldas hemos conocido mucha de toda esta gente distinta: algunos indeseables, muchos que nos resultan indiferentes y algunos que, definitivamente, revisten la categoría de imprescindibles e integran nuestros Olimpo compartido.

Una de esas personas queridas es Diana Álvarez.

Querida y admirada no solamente por su talento y su capacidad de trabajo, no sólo por su mirada aguda y su inteligencia, su profesionalismo, su trabajo artístico. Eso es materia de los críticos, los analistas, los semiólogos de la televisión. 

Nuestro amor pasa por otro lado: por su extrema humildad, por  su respeto, por la preocupación por el lugar del otro, por la pelea por las causas perdidas, por la valentía de imponerse por prepotencia de trabajo y talento en un mundo de hombres,  por la sensibilidad exquisita, por las charlas interminables sobre todos los temas, por su humor inteligente, por su reconocimiento de siempre a nuestro trabajo como autores en un medio donde todos los demás nos niegan y nos marginan, por haber inventado un programa histórico y comenzar su título con la primera persona del plural, en suma por su enorme humanidad contenida en un cuerpo tan pequeño y tan frágil.

Hace casi cuarenta años que, orgullosamente, somos amigos de Diana, que acaba de fallecer. Y conste que decimos “somos” y no “fuimos”, porque Diana sigue y seguirá en nuestro corazón y en nuestra vida como si no hubiese muerto.

Porque estará presente en los recuerdos y en nuestras creencias, en las elecciones, en las certezas y en nuestros desagrados compartidos.

Porque los amigos del alma no se van nunca y Dianita estará junto a nosotros peleando por una televisión mejor, una cultura verdadera, un país más justo, un mundo con menos miedos.

 

Foto: Magdalena Viggiani